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"Hay que lograr que los hombres entren al ámbito doméstico": Ana Fernanda Maiguashca

Presentamos una entrevista con Ana Fernanda Maiguashca, economista de la Universidad de los Andes y miembro actual de la junta directiva del Banco de la República.

Isabel López Giraldo

17 de diciembre de 2019 - 10:03 a. m.
Ana Fernanda Maiguashca nació en Cali y es economista de la Universidad de Los Andes. / Cortesía
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Soy una persona a la que le gusta transformar cosas.

Rama materna

Mi mamá, Ana Fernanda Olano, venía de lo que en el Valle del Cauca llamarían “una buena familia”.  Mi abuelita, Francia Georgette Raimunda Fernanda de la Merced, para el mundo doña Georgette, o mejor, “doña yoryé” y para mí Lalali, fue hija de un inmigrante francés, Luis Chedé, que vino a trabajar en los ferrocarriles del Chocó.

Papá Luis es mi historia de superhéroes. Amigo de Napoleón y también de Simón Bolívar, según los relatos fantásticos de mi abuela, una noche entera luchó contra una culebra y para el amanecer había encanecido.  En la selva fue mordido por otra, una pudridora, pero se hizo una herida para chupar el veneno de su pierna y así sobrevivió.

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Las historias más maravillosas de mi vida me las contó Lalali, y eran de Papá Luis. Hoy en día pienso que ha debido ser una gran adoración la que sentía por su papá para convertirlo en nuestro héroe de infancia, así, sin asomo de vergüenza por la dimensión épica de las historias.

El amor por la comida en mi familia se remonta a Papá Luis, quien debió ser quien enseñó a cocinar a mi abuela comida francesa en algún arrebato de nostalgia. Él se casó con mi bisabuela, Aura María Marulanda: un inmigrante un poco loco que se juntó con la alta sociedad vallecaucana (aunque medio en bancarrota según entiendo).

Papá Luis era un aventurero -si bien no tan heroico como lo describía su hija- pero ese tenía que ser su ADN. Con mi bisabuela tuvo tres hijas, mi tía Luisa Victoria, a quien llamábamos la Tía Vita, Lalali y mi tía Ivonne, la menor. Papá Luis se casó, dejó embarazada a Mamá Gia y se fue a pelear la Primera Guerra Mundial: mi tía Vita nació el día de victoria en la Batalla del Marne, por eso se llamaba Luisa Victoria del Marne. Al parecer Papá Luis regresó muy afectado por la guerra. Pese, o gracias a esto, todos los cuentos eran mágicos.

Lalali se casó a sus 16 años con Rafael Olano, un hombre que debía tener más de treinta y, al menos en los relatos de ella, lo hizo por razones diferentes al amor. Él pertenecía a una familia caucana, dueña de tierras. Era un hombre hermosísimo, de ojos verdes, pero depresivo, alcohólico y diabético.

Mi abuelita tenía al parecer un recuerdo amargo de ese matrimonio. Nos contaba que cuando Rafael se acostaba a dormir la siesta, ella salía a jugar a las muñecas con sus hermanas e intentar no despertarlo para no desatar su furia. No sé qué tan fiel sea esta historia a la realidad. Tal vez fue la forma de materializar su idea de que era una niña cuando se casó y no estaba lista para casarse con mi abuelo. Nació mi mamá y seis años después María Clara, mi tía.

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A los seis años de mi mamá, mi abuelito Rafael murió porque bueno, la diabetes y el alcohol no son una buena combinación. Aunque no hablaba mucho de él, mi mamá no olvidó nunca que alguna vez, después de un viaje en avión, él le trajo unos peces en una bolsita. No recuerdo muchas otras historias de su padre.

A mí me fascinaban todas las historias. Mi hermano y yo somos increíblemente fantasiosos, quizá por las historias que escuchamos, o quizá las historias vienen de nuestras fantasías, pero es una herencia que cargamos nosotros y nuestros hijos. Mi sobrino Martín, el hijo menor de mi hermano, es el que más se embelesa cuando se las cuentan. Mi otra sobrina estudia cine. Todos, en cierta medida, vivimos de nuestra imaginación.

Mi tía abuela Ivonne, la menor, se casó con Mario Córdoba y tuvo cinco hijos. Resulta que don Mario tenía su finca en Silvia, Cauca, y se llamaba Chimán. La muchachada, los hijos de mis tías, mi mamá y María Clara solían ir en “verano”, como le decían ellas. Un tren los llevaba hasta Piendamó y ahí los recogía una camioneta destartalada que los subía hasta Silvia donde se encerraban todo el verano a montar a caballo, a meterse al río y a hacer maldades, porque mi tía era muy necia. Allá se la pasaban en un mundo como de otra época. Así fue como llegamos a Silvia, donde pasé muchos años de mi vida.

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Mi abuelita no tuvo un matrimonio feliz con mi abuelo. Al enviudar se casó con Fabio Martínez, un médico. Un día los dos se fueron para la finca, que quedaba en Corinto, Cauca, (que heredó de mi abuelo), con su hijo pequeño, que también se llamaba Fabio. A Fabio papá le habían dicho que no fuera, que los bandoleros estaban rondando esa zona, pero él insistió a pesar de que, contaba mi abuela, una bruja le había dicho que lo iban a matar. Se bajaron los dos en García (así se llamaba la finca).

Mi abuelita presenció el momento en el que mataron a Fabio y aseguró durante toda su vida que el asesino había sido Tirofijo. La encontraron desmayada y escondida en medio de un cafetal con el niño. Mi mamá decía que ella vio llegar el cadáver, a sus 17 años, con los adornos de la época: con el corte de franela o con el corte corbata. A mi abuelita hubo que internarla unos meses. Casi pierde la razón de nuevo cuando a los 17 años Fabio hijo murió en un accidente de tránsito.

Vengo de un linaje de mujeres, todas muy fuertes, y muy solas también.

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Mi abuela tuvo que sacar adelante a sus tres hijos, aunque, he de decirlo, mucho de la herencia de mi abuelo se fue en manteles, vajillas y viajes en barco. Lo cierto es que sus hijos vivieron un contraste profundo entre el lujo y el descuido en temas básicos en cuanto al orden, las rutinas y la economía.

Gastada la herencia, el resto de su vida se la ganó cocinando como los dioses.  Cocinando compró una casa en la entrada de Silvia donde sembró papas y fresas, y se arruinó varias veces solo para ser reemplazada en esta vocación de media vida por mi mamá, quien, al menos en esto, siguió sus pasos con detalle. Yo me esfuerzo en no sembrar sino las matas que adornan esta casa porque por ahí andará el llamado corriéndome por las venas. Silvia fue mi segundo hogar mientras crecía y supe más de las cosas del campo que de muchas otras.

Mi mamá era una mujer bastante atípica para su época: extraordinariamente inteligente, malgeniada, y un poquito apegada al alcohol, pero no diabética, eso ya mejoraba la situación. Era preciosa, rebelde y muy culta. Estudió economía en la Universidad del Valle y luego hizo una maestría en Georgia Tech.

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El director de tesis de mi mamá en la del Valle fue un ecuatoriano que estaba terminando su doctorado en economía y que había venido gracias a un programa de apoyo de la Fundación Rockefeller para algunas facultades de economía. Ese señor era mi papá. Vino en esa oleada a Cali donde conoció a mi mamá: se enamoraron, se casaron y tuvieron dos hijos con cuatro años de diferencia. Yo soy la menor. Vivieron en un lote que les dio mi abuela de matrimonio, en una casa diseñada por ella, quien pensaba quizá que la arquitectura se aprendía por vínculo civil.

Mi casa de infancia (nuestra hasta mis 34 años) es una parte muy importante de mi historia. Quedaba en una zona aún poco habitada de Cali en esa época, subiendo a Pance. Recuerdo que para llamar a Cali teníamos que anteponer el número ocho. Los gritos en mi casa advertían: “Anita, fijarse en los zapatos antes de ponérselos no vaya a ser que haya un alacrán”. “Fijarase”, ese era un recurso verbal en el que hablaban mucho las mujeres que trabajaban en mi casa.

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En mi jardín había un guadual y siempre supe que quería casarme algún día debajo de mis guaduas (así lo hice). Un río de poco caudal entraba a la propiedad y una vertiente caía en una chorrera. La otra acequia pasaba debajo de la cocina. Siempre me hizo pensar en la frase final de un libro que se llama “A river runs through it” de Norman Mclean: estoy acechado por aguas.

Mi casa era mi sitio favorito del mundo.

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Mi mamá siempre fue una gran trabajadora con una cabeza muy creativa. El cargo que durante mi infancia yo veía como el más relevante en el que ella se había desempeñado fue el de gerente de una empresa de aires acondicionados donde comenzó a trabajar cuando yo era muy pequeña. Con ese puesto llegó a ser presidente del consejo de Fedemetal, lo cual era inusual para una mujer. Crecí con una mamá con criterio, muy fuerte e independiente. Ella era quien llevaba las riendas de todo. Mis papás se separaron cuando yo tenía seis años.

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Rama paterna

Maiguashca es un apellido quechua. Mi familia paterna es ecuatoriana. Dice mi tío el mayor, que es historiador, que en el imperio Inca había una figura que se llamaba “los mitimaes”: comunidades revoltosas que el imperio trasladaba en su integridad a terrenos lejanos para contener sus efectos rebeldes. La traza de nuestro apellido ahí nos lleva: éramos de aquellos.

La ascendencia indígena, o la más fuerte al menos, venía del lado de mi abuelo. Él se llamaba Segundo. Se crío en varios pueblos: La Magdalena, Guaranda y Latacunga, y llegó de adulto a Quito por el rebusque. Fue en Quito donde finalmente logró estudiar y graduarse de derecho ya entrado en los cuarenta años. Ahí también conoció a Eloisa, mi abuelita, quién venía de otro pueblo que se llamaba Ceballos. Era profesora de colegio y también una gran cocinera. Con ella conocí los cangrejos cuando tenía como tres años: los soltó en el patio de la casa que tenían en Quito minutos antes de echarlos a la olla.

Mi tío Juan, el mayor, logró becarse en el colegio Americano y jalonó el ingreso de sus otros hermanos: mi papá Franklin Emerson, su hermano Mesías, un virtuoso de la música nacido un 24 de diciembre y de ahí su nombre, y el menor, Lincoln. Nunca supe quien decidió lo de los nombres.

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Cuando murió mi abuelita, mi abuelo se instaló en un pueblo llamado Santo Domingo de los Colorados y se casó con una señora que llamaban siempre “doña Elsa”, que entiendo trabajaba en su casa, y que a sus muchos años engendró su quinto hijo, quien también nació un 24 de diciembre, y bueno, yendo como iba lo de los nombres, le pusieron Segundo Mesías. Esos son todos mis tíos.

Mi papá no solo fue becado del Colegio Americano sino también por la Universidad de Texas y por Stanford. En la primera estudió economía y en la segunda hizo un doctorado. Es un hombre inteligente pero no domina enteramente lo de vivir en este mundo, así de sencillo. Sospecho que por su abstracción de la vida cotidiana mi mamá terminó sintiéndose muy sola; esa incapacidad suya para conectarse, aunque con mi hermano bastante más, hizo de la relación conmigo también algo complejo. A él le debo buena parte de mi amor a la literatura, a la música y al fútbol. Contaba mi mamá, no sé si haya sido cierto, que ad-portas del divorcio mi papá le mandó flores, me imagino que queriendo reconstruir algo. Al poco rato le llegó a ella también la factura pendiente de pago. Eran graciosos esos dos.

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Yo fui más cercana a mi familia materna creciendo, pero ya de adultos hemos venido a conocer los primos Maiguashca y no deja de ser extraordinario nuestros puntos comunes. Nos encanta el cine, repetir películas y parlamentos; tenemos un sentido del humor muy malo que nos mantiene alegres (aunque no necesariamente a nuestros contertulios) y la música es un elemento central de la vida de todos. Es momento de decir que mi hermano baila pésimo, y yo sí buenísimo.

Soy tan tímida que, decía mi mamá, me pusieron en matrícula condicional para mi ingreso al Colegio Colombo Británico en Cali. Creo que los primeros cuatro años de mi vida me la pasé más que nada hablando con mis perros en un mundo donde no había muchos niños, y escuchando historias de terror que me contaban las mujeres que trabajaban en mi casa. No tenía mucho de dónde desarrollar habilidades sociales, pero tampoco sé si lo hubiera hecho en un entorno diferente.

Sería tal mi suerte que previa furia de mi madre ingresé finalmente al Colegio y una niña que estaba por ahí, me vio me cogió de la mano y me salvó. Desde ese momento hemos sido amigas. Tengo dos grandes amigas del colegio, pero esta, Juliana, es mi amiga más antigua y cuya bondad me marcó más temprano en la vida.

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Era lo que se llama un “nerd”. Me gustaba aprender. Creo que no solo por mí, por mis impulsos propios, sino también buscando puntos para tener de que hablar con mi papá. Leí mucho, entre otras cosas porque esa era mi manera de estar sola. Pance era fantástico y fantasioso, pero era algo solitario, y yo vivía inventando historias encaramada en un árbol de mango o de naranjas.

La casa de Pance era muy bonita pero en la noche un poco miedosa.  Me daba miedo dormir.  Ahí empezó mi afición por la lectura. Mi mamá me compraba los comics de Walt Disney. Yo tenía cerros y los leía hasta que me vencía el sueño a los dos o tres de la mañana.

A mis dos padres les interesaban muchas cosas, eran lo que se podría denominar unas personas cultas. La consecuencia es que mientras mis contemporáneos oían lo que hoy se llama “música de plancha”, a mí me llevaban a punta de Beethoven. Hoy en día me toca sacar el celular para ver las letras de las canciones de Daniela Romo cuando la fiesta llega a su clímax.

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Con algunos de sus amigos montaron un beta club, donde alquilaban películas de betamax, llamémoslas de “cine arte” o no sé cómo denominarlas. Obviamente quebraron porque ya hemos discutido lo de los negocios en la familia, así que nosotros nos quedamos con una parte de la colección. Crecí viendo ballets, óperas y unas películas viejísimas que alimentaban mi mundo fantástico.

Tuve una formación un poco distinta a los niños de mi edad y una impronta diferente en cuanto a los roles de género.  Mi mamá siempre fue el proveedor ante mis ojos y fue siempre muy exitosa. Yo crecí con el amor de Visa, que cocinaba (también delicioso) y Martha, mi niñera hasta mis cinco años. Ella se fue pero me siguió visitando por siempre y cuando decidí vivir en Bogotá Martica vino a vivir conmigo.

Tenía 15 años o algo así cuando mi hermano se fue a estudiar a Estados Unidos. La educación afuera era como una obsesión, creo, para mi papá. Viajó en contra de la voluntad de mi mamá que sentía que él no estaba lo suficientemente maduro para irse a vivir tan lejos. Ella tenía una forma rara de ver la vida y en mi casa el sexo fuerte era el femenino.

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Yo quería estudiar biotecnología, publicidad o cualquier cantidad de cosas raras, pero la carga económica con mi hermano fuera del país era tan grande que decidí no hacerlo. Elegí economía en Los Andes porque me parecía una buena caja de herramientas para pensar el mundo.

Me instalé en Bogotá con dos de mis amigas de colegio y Martica en un apartamento en la calle 99 con 8ª. Adoré mi carrera. A la mitad quise retirarme como mucha gente, supongo, pero no lo hice y terminé enamorada de ella. Los Andes es mi alma mater por excelencia. En el colegio no viví años mágicos de amistad, no tengo recuerdos colectivos o gregarios, pero la universidad fue diferente: descubrí otro mundo, todo era distinto, la forma de pensar, la gente, sentí que encajaba mucho más.

El clima de Bogotá no lo he superado, ni su lluvia mustia y frecuente, pero aquí he sido feliz.

Estando en séptimo semestre quise hacer parte de un programa que se llamaba Opción Colombia para irme a trabajar en proyectos de impacto social en regiones apartadas del país, lo que cumplía con todos mis objetivos, incluido ir en contra de la voluntad de mi mamá. Sin embargo, Marcela Eslava, hoy una gran economista, que en ese momento trabajaba en la oficina de apoyo al estudiante, me dijo que el Banco de la República había abierto una práctica empresarial exclusiva para enviados por la Universidad y ella quería postularme.

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La beca del Banco siempre fue muy importante, así que me presenté. Mi profesor de Macro I, que trabajaba en el Banco y se llamaba Hernando Zuleta, me recomendó. Llegué como técnico de medio tiempo a la subgerencia de Estudios Económicos a cargo de José Darío Uribe. Sin embargo, al cabo de unos tres semestres o algo así, no fui yo la escogida para ingresar definitivamente al Banco. Recuerdo que me dijo que él pensaba que eso de la investigación económica no era lo que a mí me iba a gustar. Si bien esto significó un duro golpe a mi autoestima, con el tiempo comprendí que era lo mejor que había podido pasarme y que él tenía toda la razón.

Un grupo de jóvenes de Planeación Nacional habían llegado al Banco a conformar una cosa que se llamó la Unidad Técnica, bajo la inspiración del Gerente Técnico de entonces, Alberto Carrasquilla. Fueron ellos quienes me rescataron cuando no ingresé a Estudios. El director era el mismo Zuleta que me había recomendado para entrar. Me dijo que me quedara con ellos, que me dejaban dictar mis clases, y trabajar en esta área que pertenecía a una subgerencia diferente. Acepté. ¡Luego llamó a decirme que no tenía vacantes! Sin embargo, su vecino Carlos Alberto Rodríguez, mi profesor de política monetaria junto con Alberto Carrasquilla, sí tenía. Así que fue así como terminé como trader junior del mercado cambiario en la mesa de dinero. Ahora puedo confesar que me vine a enterar qué era un trader ya ingresada.

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Fueron “los de la Unidad Técnica”  mis grandes amigos en el Banco, y luego los de mi vida. Medio locos, raros, cultos, inteligentes, futboleros, eran mis amigos. En un ambiente masculino y agresivo aprendí a defenderme, a argumentar, a responder con inteligencia y la  oportunidad y se volvió rápidamente mi sitio en el mundo.

Pasé de querer hacer un doctorado y aprender de economía agrícola, a un mundo financiero. En la medida en que fui aprendiendo, me fui fascinando más. No eran muchos los economistas en esta área. Al muy poco tiempo Carlos Alberto se fue a estudiar a Francia. La pregunta era quién lo iba a reemplazar como Director de mi área. Yo llevaba pocos meses en el Banco y al día siguiente de cumplir 23 años, en 1997, la Subgerente, a quien todos le teníamos algo de temor reverencial, me llamó para decirme que iba a dejar a mi jefe directo como director y a mí encargada de la jefatura que él ocupaba.

Ese fue el día más feliz y horrible de mi vida. Había mucha gente que estaba mucho antes que yo en línea para ese cargo. Aunque le expresé mi preocupación a ella, la decisión estaba  tomada. No fui capaz de volver a la mesa de dinero a sentarme al lado de mis compañeros, así que tomé el ascensor y me fui a ver a mis amigos de otro piso. Llegué llorando de la angustia por lo que iba a ser para mí el día siguiente.

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Hubo varias pruebas de mi fracaso como jefe pero también muchas lecciones que me sirvieron más adelante: construí la certeza de que mi vocación era tener equipos a cargo.

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Me nombraron cuando teníamos banda cambiaria. Ese mes la tasa de cambio se fue del piso al techo en el preludio de la crisis de finales de los noventa. Fue una época en la que sufrí mucho pero al mismo tiempo aprendí por toneladas. Era el mundo más financiero del Banco donde este se conectaba con los mercados locales. Jota tenía toda la razón: fui descubriendo que yo no quería ser un investigador, yo lo que quería era trabajar en esto. Con juntas directivas semanales en las que siempre había que escribir un documento de política (entender qué estaba pasando en el mercado, diseñar la intervención, aprender de derivados, evaluar las reglas que teníamos), me formé de la mano de mi jefe directo que era un ingeniero industrial que si conocía este mundo financiero y me enseñaba. La vida, en ese momento, fue muy intensa y estimulante.

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Mi grupo  se encargaba del pedazo que la prensa llamaba “el Banco desacumuló reservas internacionales”, y, aunque me habían enseñado ya por un tiempo ese oficio, lo cierto es que no dejaba de ser lo más tensionante del mundo. En la tarde firmaba unas órdenes para mover muchos millones de dólares, fruto de la intervención. Algunas veces el gerente, Miguel Urrutia, se paraba detrás nuestro a ver qué estaba pasando en las pantallas, lo cual se sentía como tener a Dios al hombro. Casi todos los días había que escribir documentos entendiendo lo que estaba pasando en el mercado, había que hacer un puente entre la macro y este mundo financiero, de mercados, que se movía en altísima frecuencia y con lógicas extrañas. Nos fuimos dando cuenta en el camino que la regulación que teníamos estaba pensada para otro mundo. Muchas cosas cambiaban ágilmente y nosotros teníamos que adecuarnos.

Aprendí que me gustaban otras cosas como las finanzas, la gerencia y la política pública.

Fue así como quise hacer un MBA en finanzas yendo un poco en contra de lo que se usaba en el Banco que era hacer el doctorado en economía.

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Mucho influyeron mis jefes en ese periodo, dos de ellas eran mujeres: Mónica Aparicio, que me dio la oportunidad de tener algo a mi cargo, y Patricia Correa, quien terminó de curtirme en ese oficio. Siempre he reconocido la importancia de tener mentores, aquellos que ven más allá, reconocen cosas que uno aún no puede ver. Yo he tenido muchos, personas que me acogieron y que me han dado oportunidades que cambiaron mi historia. Algunos de ellos aún me acompañan y siguen siendo colegas y amigos.

El MBA cambió mucho mi forma de trabajar, aunque al sol de hoy no podría puntualizar por qué se dio ese cambio. Regresé a un mundo que aún era muy masculino pero donde yo ya tenía un espacio ganado. Volví a estar con mis amigos, y otros más que habían llegado en mi ausencia. Esa historia de mi construcción profesional, tuvo bastantes matices, unos muy agradables y otros un poco desafortunados desde el punto de vista emocional.  

En esta etapa volví a tener gente a cargo y creo que esa vez si lo hice bien. Adoré a mis equipos porque logramos crear esa mística de grupo en el que todos queríamos estar allí, pensar en economía y resolver problemas. Me nombraron jefe, luego directora. Lo que seguía era ser subgerente, pero en el Banco los movimientos pueden tardar mucho tiempo, así que en medio de esa discusión mental, me ofrecieron irme a la recién integrada Superintendencia Financiera, en un  cargo que a mí me parecía de ensueño.

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Por primera vez en mi vida tuve que ponderar el hecho de que había diferencias de género en la evolución profesional. Mi hoy ex-esposo ya quería que tuviéramos hijos. Yo estaba muy feliz viviendo mi carrera profesional a los 31 años, y además me aterraba la idea de un compromiso que sin duda se adquiría “para toda la vida” como era la maternidad. Sin embargo, yo ya sabía que no era particularmente fértil y, aunque a ratos coqueteaba con la idea de no tener hijos, la fuerza opuesta me pesaba mucho.

Recuerdo que así se lo manifesté a Gerardo Hernández, secretario de la Junta Directiva y gerente ejecutivo en ese momento, uno de mis grandes mentores. Él me dijo que en ese entorno iba a ser muy complicado quedar embarazada, que me quedara, y así lo hice, pero solo entonces me di cuenta de lo difícil que fue hacerme a un costado. Al cabo de un tiempo me sentí frustrada. Sentí que si me quedaba mucho tiempo más en el Banco no iba a poder conocer el mundo.

Llegó la oferta como gerente de Investigaciones Económicas de Porvenir y creo que sin pensar mucho en el cargo, acepté pensando en moverme, casi que como si ese fuera el mandato. Estuve ahí por un período de diez meses. Creo que mucha gente pensó que lo que no me enamoró fue el haber estado en el sector privado, pero en realidad lo que no me hizo vibrar fue que quise tomar decisiones más grandes que las que mi cargo me permitió. También se bromeó con que el área de Inversiones fue la más fértil: hubo muchos embarazos y yo no fui la excepción. Quedé embarazada a los pocos meses de llegar.

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Durante ese tránsito me llamó el entonces viceministro Técnico de Hacienda (y mi gran amigo de esas épocas iniciales del Banco) Juan Pablo Zárate, y me pidió nombres de candidatos para otro cargo que se había abierto en la Superintendencia Financiera (para este entonces ya habían pasado un par de años desde la primera oferta). Le di el mío. Tenía seis meses de embarazo y eso no asustó a mi futuro jefe para ofrecerme el cargo, a quien le agradeceré siempre haber actuado como deberían actuar los nominadores de cargos. Me dio una oportunidad hermosa de la que creo que jamás se arrepintió. No fueron pocas las dudas mías, por cierto, pero me pudo mucho más la emoción y allí fui a dar. A dar, casi que a luz, porque mi hija Elisa nació al mes y unos días antes de posesionarme.

Por esas inmensas fortunas de la vida Martica, mi nana, quien se había devuelto a Cali cuando yo me casé y me fui a vivir a Nueva York, tomó sus maletas y se vino a acompañarme desde que nació mi bebé. Llegó en un Expreso Bolivariano con un bulto de cebada, una canasta llena de huevos criollos, dos cuyes y unas gallinas para mi “dieta”.  Yo trabajaba, aprendía con esfuerzos a ser mamá, incluyendo las labores de ordeño, mientras Martica me cuidaba a mí.  A los meses le diagnosticaron un linfoma de No Hodgkin que además de todo la dejó parapléjica.

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Ese fue, quizás, el año más duro de mi vida.

Yo no tenía ninguna experiencia en supervisión y en la Súper estábamos en la mitad del fenómeno de las pirámides, de la crisis financiera mundial, con un jefe exigente, lactando a una bebé, y con quien era como mi mamá en una Unidad de Cuidados Intensivos. Por fortuna conté con el apoyo de muchas personas que se van a apareciendo como ángeles. En especial mi suegra, pero también mi asistente en la Súper, mi conductor, mi empleada, algunos familiares de Marta, mucha gente que me ayudó. Al año siguiente ella murió. Siempre voy a agradecer la oportunidad que tuve de cuidarla en esa etapa final de su vida. Ella a mí me cuidó siempre.

El Superintendente César Prado se cayó el 14 de noviembre de 2008 por la crisis de las pirámides. En esta crisis se le pretendió endilgar al estado unas responsabilidades que en mi opinión eran muy cuestionables, y cuyo efecto creo que será interesante estudiar en algún momento cuando todos los procesos jurídicos estén resueltos. Lo cierto es que a pesar de todas las campañas de advertencia que se continúan haciendo, siguen proliferando este tipo de esquemas, lo cual habla de una disposición de ciertos pedazos de la población a asumir riesgos muy altos con tal de percibir rentabilidades extraordinarias.

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Llegó a reemplazarlo en una noche triste y muy angustiosa para la entidad, Roberto Borrás, que era el Director de Regulación Financiera hasta entonces. Llegaba a una entidad que gestionaba la crisis mencionada, pero que además tenía en sus manos velar por el ahorro de los colombianos que se encontraban en entidades vigiladas, y que por aquellos días vivían con la amenaza latente del efecto de la crisis financiera mundial. Implementamos medidas de prevención que en muchos sentidos se adelantaron a discusiones internacionales de estabilidad financiera y el país navegó por las aguas del episodio “Lehman” sin muchos traumatismos.

 

Aprendí de supervisión, de incentivos, de gerencia -es una entidad enorme-, de gestión pública, de manejo de crisis. Hice grandes amigos y tuve grandes maestros en el equipo de la Súper. Una de ellas continúa siendo hoy una de mis grandes amigas.

Permanecí en el cargo hasta el fin del gobierno en el 2010, momento en el que el ministro Juan Carlos Echeverry me propuso ser su Directora de Regulación Financiera. Con una lógica prístina, llegué al Ministerio de Hacienda a trabajar el doble por la mitad del sueldo.

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Hacienda es un gran amor en mi vida. Fue mi casa desde que llegué. Mi cargo era uno lindísimo donde podía diseñar una visión de política pública del mundo financiero e ir trazando líneas en diferentes aspectos: inclusión, mercado de capitales, normas prudenciales. Vivo muy orgullosa de lo que hicimos en ese tiempo con un equipo de trabajo pequeño pero fantástico. El cambio en la visión de lo que se hacía en inclusión financiera es quizá uno de mis orgullos más grandes porque además es uno en el que genuinamente siento que fuimos grandes innovadores y propulsores de cosas que hoy día son la normalidad del discurso tanto público como privado.

Una tarde me dijeron que el Ministro me necesitaba y yo iba pensando en hablarle de una oferta laboral que yo acababa de recibir. Sin embargo, cuando me reuní con él me propuso ser su viceministra Técnica, puesto que el Vice de entonces viajaba a ser el representante de Colombia en el Banco Mundial. Eso cambió todo. Otra vez un jefe mío me abría una puerta que yo no me había ni imaginado y por la que le estaré agradecida siempre. El Viceministerio es quizá el trabajo más bonito que he tenido. Sin demeritar la importancia del que ejerzo, ni lo mucho que me divertí y aprendí en los anteriores, lo cierto es que, como vice fui extremadamente feliz, aunque no creo haber trabajado tanto como ahí lo hice.

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Aprendí mucho en esos primeros meses de 2012 y luego el Ministro Echeverry renunció y llegó el Ministro Cárdenas. Ya para ese entonces yo estaba muy desgastada, mi matrimonio no iba bien, hacía maromas inmensas para estar con mi hija, sentía que tenía que pensar en alternativas. Yo sabía que los miembros de Junta Directiva del Banco se elegían a inicios de 2013 y ya en el Viceministerio, de regreso un poco en el ejercicio de la economía más tradicional, ese tránsito no parecía descabellado.

Era un cargo importante, prestigioso, pero también más flexible en términos del tiempo disponible para mi familia. Habiendo trabajado tanto tiempo en el Banco, sabía que a la Junta le sería útil mi conocimiento más micro de muchos temas. Así que a mis 38 años, creo que por primera vez en mi vida, le manifesté a alguien que yo quería ser considerada para un cargo. Hablé con el Ministro Cárdenas recién llegó para que le propusiera mi nombre al Presidente para la Junta del Banco cuando llegara el momento.

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Hecho eso, quedaban varios meses de trabajo. El Ministro Cárdenas había decidido que íbamos a presentar una reforma tributaria a consideración del Congreso, si bien no una que fuera totalmente comprensiva como la que habíamos trabajado con el Ministro Echeverry (y que a todas luces se veía improcedente). Radicamos el proyecto de lo que sería luego la Ley 1607, a comienzos de octubre.

De todas las experiencias que adoré en Hacienda, de las cosas que aprendí, y la gente que conocí, ninguna más gratificante que el trámite de esa reforma. Evidentemente el líder responsable de todo proyecto de ley en el Congreso es el ministro, pero me siento muy artífice de lograr que ese trámite fuera exitoso. Hubo que coordinar equipos de diferentes áreas, de otros ministerios, trabajar con el Congreso y con grupos de interés: trabajar día y noche para este caso en partícular. Aprender y pensar en todo: economía, impuestos, normas, asuntos de seguridad social, financieros, atender gente, socializar, escribir, dibujar, comunicar, defender, cuidar al equipo, animarlos, regañarlos.

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Fue un proyecto de cuya gerencia me siento profundamente orgullosa y de cuyo resultado aún más. La reducción de la carga de parafiscales que se produjo a raíz de esta ley tuvo un impacto sustancial en la creación de empleo formal en Colombia, y con alguna probabilidad cambió las condiciones de esta en adelante. Si no fuera por nada más, esa sonrisa de satisfacción me basta para mi historia de servicio público. Eso, y haber liderado un equipo maravilloso de gente para un propósito bonito y ambicioso que salió bien y nos llenó de historias para recordar.

No fue fácil tampoco. En medio del trámite y en plena toma de posesión de la Superintendencia Financiera de la Sociedad Comisionista Interbolsa, a mi hija le diagnosticaron una pulmonía que nos dejó en el hospital por varios días. Tuve que pasar horas hablando con el Gerente Técnico del Banco de la República -había que coordinar la acción de la Red de Seguridad Financiera – desde el teléfono fijo de la Fundación Santa Fé, porque la señal del celular no entraba en la zona de hospitalización de niños. Ahí también estuvo el amor de mis amigos rodeándome y fue una de ellas a socorrerme y a entretener las horas nonas de mi hija mientras yo cuadraba cosas en el teléfono.

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Terminó 2012 y pasó la tributaria. En ese punto adoraba mi trabajo y yo me hubiera quedado feliz, pero realmente ser mamá a ese ritmo no era lo que yo quería. Estaba cansada y por otra parte sentía que esa dinámica profesional le estaba pasando una cuenta de cobro a mi matrimonio. Luego entendería que no era exactamente así y se sumó a muchas reflexiones de género que vine a tener tiempo después.

El ministro Cárdenas habló con el presidente sobre mi nominación para la Junta, quien luego habló conmigo. Vinieron unas semanas de silencio en las que no sabía qué iba a pasar hasta que recibí su llamada en la que me dijo que había decidido nombrarme. Esto ocurrió un jueves y el sábado me separé de mi esposo. La vida le enseña muchas cosas a uno con sus contrastes.

Durante estos seis años largos que llevo en el cargo,  la situación más difícil fue el choque macroeconómico de la caída de los términos de intercambio de fines del 14, que fue fuertísimo para el corazón del Banco. Lo que ahora se consolida como una gestión exitosa del ajuste que dicho choque implicó, requirió grandes esfuerzos conceptuales: escuchar, aprender, tratar de pensar por fuera de la caja.

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Las discusiones en cuerpos colegiados son ricas en su contenido pero difíciles en su dinámica, justamente porque se reúnen visiones distintas. Al final me repito siempre las sabias palabras de César Vallejo, mi colega “hay que confiar en la sabiduría de la Junta”, que era su forma de decir que esa sabiduría colectiva superaba la suma de las individuales y nos llevaría por buen camino.

La parte más bonita ha sido construir cambios estratégicos importantes para ir moviendo lentamente al banco, que debe mutar junto con las trasformaciones que vemos en la economía y la sociedad. En tiempos de grandes movimientos tecnológicos y sociales hay muchos retos para los bancos centrales: tener la oportunidad de pensar en ellos y ayudar a la institución a moverse en nuevas direcciones ha sido tremendamente interesante: desde cómo se van a realizar los pagos de la economía, hasta cómo hemos de comunicarnos en esta era de redes sociales. Lo que menciono son temas apasionantes, sobre todo hablando desde esa óptica tan particular que le corresponde a esta institución.

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Esta historia, que quizá no es muy larga, ha sido fascinante para mí.  Aprender en momentos críticos en las diferentes instituciones a lo largo de estos años, transformar cosas pequeñas y grandes, liderar gentes y estar con ellas. He sido muy feliz haciéndolo y he aprendido a confiar en mi forma de liderar y de decidir a lo largo de este proceso.

No ha sido fácil en cualquier caso. Mirando hacia atrás veo un camino en el que hoy me parecen más claras las diferencias entre mi historia y la de mis pares masculinos. Y no solamente en el ámbito laboral, que es de lo que la gente más discute. En esas no reparé mucho por mi personalidad quizá. En cambio en el ámbito personal ha sido costoso y difícil.

Creo que no le ponemos suficiente atención a ese desbalance, llamémoslo doméstico, que nos afecta tanto a hombres como mujeres. Claro, para las personas de menores ingresos, la desigualdad puede ser un tema de vida o muerte, y yo no he enfrentado ese tipo de conflicto. Pero creo que ya en el privilegio de las personas con altos niveles de educación, la inequidad doméstica, aquella que nos impacta en la esfera de lo más íntimo, debe ser el centro de la discusión en los años que vienen.

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Las mujeres ya entramos al ámbito laboral y ahora hay que lograr que los hombres entren al ámbito doméstico y, sobre todo, que hagan los ajustes emocionales que eso implica. Si no es así, no habrá forma de que este equilibrio sea sostenible: es atrozmente desgastante para nosotras y tremendamente nocivo para ellos. Es difícil salir a competir cuando en casa me tengo que ocupar de todo por el rol de género que aprendimos hombres y mujeres por igual.

La paradoja es que lo que para nosotras puede ser una tarea agotadora -hacerse cargo de todo-, para ellos puede derivar en peores estados de infelicidad y, sin embargo, seguimos pensando que la lucha por la equidad es femenina. Los estereotipos con los que ellos crecen generan, en muchos casos, una incapacidad pronunciada de gestionar sus emociones. Eso suena a discurso rosa, excepto que los lleva al suicidio, al consumo insalubre de alcohol, al consumo de sustancias psicoactivas en proporciones que son aterradoras. Es curioso que nosotras llevemos la carga de una lucha contra un fenómeno que los afecta a ellos también.

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Creo que hasta que no haya suficientes lupas puestas en que lo que ahora se denomina nuevas masculinidades, estaremos fallando en la discusión de la que somos responsables en esta generación. Estaremos fallando los que tenemos el privilegio de la educación y les estaremos fallando sobre todo a los que no lo tuvieron, que pagan con muchísima más violencia los costos de este desequilibrio.

¿De qué manera se proyecta?

Me proyecto en el sector privado liderando una empresa o un proyecto importante, y dedicada a la estrategia y a la creación. Me gusta la idea de reinventarme en la vida. Quiero consolidar ese potencial de liderazgo gerencial, que me gusta y que hasta ahora he ejercido pero no con toda la responsabilidad sobre mis hombros. Estoy muy orgullosa de las cosas que hice para transformar los sitios donde he estado y quiero seguir haciéndolo en el ámbito privado. Quiero usar las plataformas que encuentre y las que ya tengo para continuar avanzando en la discusión de los prejuicios, no solo los de género, porque esa es ya una parte importante de la forma en que entiendo el liderazgo.

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¿Qué la divierte?

Leer, viajar, bailar, correr, el cine (aunque ahora me gustan los finales felices), contar historias, comer rico, ir al Valle, a veces cocinar, escribir, estar con mis amigos, pasar tiempo con mi familia, pensar problemas, conversar sobre las cosas que pienso, me divierten muchas cosas en realidad. Me gusta disfrutar de muchas cosas con mi hija. Ahora tenemos una perrita y me gusta andar por ahí con ella. Me encanta bailar, eso sigue siendo algo que todavía creo que quiero hacer cuando sea grande.

¿Qué la introvierte?

Ciertas interacciones sociales. No todas. Mientras que hablar en un auditorio gigante o en una clase me llena de energía y adrenalina, un coctel puede resultarme aterrador. Sigo en el fondo siendo tan tímida como lo dijeron en mi colegio, pero gracias a esa y tantas otras educaciones, a la risa y a la gente que me ha querido, es algo que no me ha cerrado ninguna puerta. Afortunadamente mi mamá no dejó que se cerrara esa primera, ese primer prejuicio que se ejercía en mi contra: el de que la introversión es un defecto y no simplemente una forma de ser.

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Por Isabel López Giraldo

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