Poco a poco, día tras día, Heberto Padilla se iba desilusionando de la situación en Cuba y en la Unión Soviética. Palabras más, palabras menos, sus amigos le decían que las revoluciones necesitaban de un proceso, que había que tener paciencia y comprender el presente mirando hacia el futuro. Él lo intentaba, pero cuando leía en Moscú la prensa que llegaba desde La Habana, o le relataban muy en voz baja lo que ocurría con Jrushov, todos sus intentos y sus esperanzas se derrumbaban. “Más sabotajes, más juicios sumarios, más fusilamientos. Siempre buscaba la lista de los ejecutados y no olvido la vez en que tropecé con el nombre del comandante Plinio Prieto, un joven profesor de inglés que había obtenido su rango en el Ejército rebelde y trabajaba en el ICAIC. Fusilado por agente de la CIA. En cada acusación, que culminaba con la orden de fusilamiento, se responsabilizaba a la CIA”, escribió en sus memorias.
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Para Padilla, era cierto que la CIA había estado “detrás de la abierta insurgencia contra el régimen, pero hubo otra oposición a los métodos autoritarios de Fidel que nada tenían que ver con el organismo de inteligencia norteamericano”. Sin embargo, también y sobre todo, era verdad que se había ido desarrollando en la isla un profundo “culto a la personalidad” de Stalin que se había empezado a multiplicar alrededor de Fidel Castro, bien fuera porque sus seguidores estaban de acuerdo con sus postulados o acciones, porque pretendían un alto cargo en su gobierno o por temor. Cuando Padilla escribió su libro de poemas “Fuera del juego”, que desencadenó una polémica multinacional intelectual y política, los burócratas de la “Unión de Escritores y Artistas de Cuba” que pretendían quedar siempre bien con Castro, proclamaron entre otras muchas cosas que era un “combate en detalle”. “Resultaba anonadante ‘el principio de las tiranías del siglo XX’”, escribió.
Entonces recordó que “Hasta mi amigo Julio Cortázar, que descifró el primero que una guillotina simbólica comenzaba a introducirse en nuestra revolución y que se apresuró a defenderme en Le Nouvel Observateur de París en un artículo titulado ‘Ni traidor, ni mártir’, escribiría en 1984, en un ensayo a propósito de la novela 1984 de Orwell, que ‘ningún argumento ideológico justifica poner el todo sobre las partes... pero en la medida en que la noción de individuo no escamotee la del pueblo, como es el caso en ese tipo de crítica siempre egocéntrica, que extrapola a los Sajarov o a los Padilla al conjunto de sus compatriotas y los convierte a todos en víctimas por lo menos potenciales’”. Padilla ya no creía en el comunismo. De tanto verlo, olerlo, sentirlo, palparlo, había terminado por considerar que “No, para mí el comunismo, o como quieran llamarle, no podía ser ya el desafío de nuestro tiempo”.
En otra apartes de “La mala memoria”, hablaba del XX Congreso de los soviéticos, en el que Jrushov había admitido que eran verídicas las versiones que habían circulado alrededor de los goulags, las desapariciones, los campos de concentración, las purgas y demás de los tiempos de Stalin. Decía, dijo, “El comunismo quedaba apresado para siempre en aquellas impresionantes revelaciones hechas por Jruschov en el XX Congreso. Yo mismo tocaba diariamente una realidad subvertida, enconada. La Unión Soviética que tuve la oportunidad de conocer a partir de 1962 era un país entregado al rito de enterrar y desenterrar cadáveres en medio de una angustia y una rabia y una exaltación esperanzada, y al mismo tiempo temeraria; pero aún prevalecían la reserva y el miedo”. Padilla temía, como temían varios de los compañeros de los Castro que habían luchado con ellos en la Sierra Maestra.
A varios, los habían destituido, o denigrado de ellos. O les habían inventado historias de historias de conspiraciones. Mientras trabajaba en Moscú, Padilla iba con frecuencia a la Embajada de Cuba. “Armando Morales —el consejero comercial— me mostraba recortes de Prensa cubana, y Eddy Suñol comandante de la Sierra Maestra y a la sazón agregado militar en Moscú, me invitaba a tomar café cubano en su despacho, donde además comentábamos el curso de los acontecimientos. Su preocupación era la suerte de sus compañeros de lucha, combatientes de la primera hornada que iban siendo destituidos y remplazados por desconocidos. No se quejaba de su propia suerte y continuaba confiando en Fidel y Raúl, al menos eso decía; pero la sombra de Hubert Matos lo acosaba. Cuando ponía dos o tres copas de coñac en su café, Eddy se tornaba sombrío: ‘Lo que le han hecho a Hubert es una cabronada’”.
Matos había sido uno de los comandantes del Movimiento 26 de julio que logró derrocar al dictador Fulgencio Batista. En varias imágenes se le veía al lado de Fidel Castro y del Che Guevara, con su uniforme de combate y la barba distintiva de los miembros del grupo. Desde el triunfo de La revolución, Matos insistió en que pese a lo que habían prometido en sus tiempos de campaña en el monte, las directivas del gobierno habían tomado un rumbo claramente comunista. Matos renunció a sus altos cargos, pero en un principio, Castro no le aceptó la renuncia. Luego, ya a finales del 59, volvió a renunciar. Fidel Castro lo acusó de sedición, y envió a Camilo Cienfuegos para que lo arrestara. Cuando llegó, Matos le dijo que a él lo iban a desaparecer, pues Castro no soportaba su inmensa popularidad. Era un peligro para él y para la misma Revolución, decían en Cuba.
Pasados diez días, el 28 de octubre, el avión en el que iba de vuelta Cienfuegos se precipitó a tierra y el comandante pereció. Matos fue sentenciado a veinte años de prisión. Raúl Castro y el Che Guevara habían opinado que debían ejecutarlo. Castro prefirió la cárcel. Cuando cumplió su pena, salió del país y escribió su testimonio, “Cómo llegó la noche”, donde describió las torturas que padeció, su ruptura con Castro, y el rumbo que había tomado la Revolución. En las charlas que sostenían Heberto Padilla y Eddy Suñol, ni el uno ni el otro lograban percibir un futuro claro para Cuba. Sin embargo, tampoco estaban absolutamente convencidos de lo que escuchaban, y que en la mayoría de los casos, lo achacaban a las ramplonas vanidades de los protagonistas. “Entre morirme de hambre y poder decir lo que quisiera optaba por lo último. En definitiva, comer cualquier cosa era más fácil que ser libre”, decía Padilla por aquellos tiempos.