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Héctor Abad Faciolince: “Se debe luchar por un mundo mejor”

En entrevista con Héctor Abad Faciolince, el escritor colombiano habla sobre El Olvido Que Seremos, la situación política del país y el proyecto de Ópera Prima, una plataforma que busca publicar los primeros trabajos de jóvenes escritores.

Diego Aretz
14 de octubre de 2020 - 08:51 p. m.
Héctor Abad Faciolince está planeando una nueva colección de "Ópera Prima", proyecto con el que busca publicar los trabajos de jóvenes escritores.
Héctor Abad Faciolince está planeando una nueva colección de "Ópera Prima", proyecto con el que busca publicar los trabajos de jóvenes escritores.
Foto: Archivo El Espectador

Comencemos hablando de Fernando Trueba y de El olvido que seremos. Cuéntenos un poquito de cómo fue este proceso de llevar su libro al cine.

Bueno, para mí ha sido una experiencia muy bonita y muy rara, porque es el recorrido de una historia que va de la experiencia y de la realidad a un libro que está escrito en forma de novela. Después de ello, mi hija hizo un documental usando imágenes de la realidad y entrevistas. Adicionalmente a ello, Fernando Trueba hizo una película de ficción recreando un libro y también a una persona real, y el protagonista es mi papá. Entonces, todo este proceso es raro vivirlo en una misma vida: la experiencia, el libro, el documental, la película de ficción. Es como un recorrido que lo hace pensar a uno mucho en qué es real y qué no lo es, porque es una película donde hay un niño que hace el papel mío. También, hay una serie de mujeres jóvenes que son mis hermanas y una señora joven que es mi mamá, interpretada por una gran actriz como lo es Patricia Tamayo. Y, además, hay un gran actor que es Javier Cámara. Entonces, podría decir que ha sido una experiencia muy rara, creo que no muy común. Por ello, podría concluir que es una reconstrucción real o artística que me ha dejado una sensación de que ese pasado trágico es posible convertirlo, al menos, en algo que no sé muy bien si es realidad o leyenda, pero que al convertirse en leyenda es como más manejable. Y eso me recuerda una cosa, y es que cuando mi hermana murió de cáncer, mi papá escribió algo para consolarse que se llamaba La niña que se convirtió en leyenda. Y entonces ese procedimiento que él trató de hacer de convertir en leyenda a su hija, sin yo darme cuenta, lo he tratado de replicar de alguna manera.

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¿En qué sentido?

Uno, separar la realidad de su representación. Hay una realidad que es la experiencia de lo que uno vive, y mi papá era un señor con una actividad médica profesional y política real. Fue un señor al que realmente lo mataron. También tuve una hermana que realmente murió de cáncer y que de verdad tocaba la guitarra y el violín. Todo eso se convirtió en un libro, después en un documental y luego en una película de ficción. Lo bonito de los libros, de las películas y de las novelas, es que los personajes ficticios adquieren una realidad a veces más grande que los personajes reales. Entonces, al ficcionalizar, de alguna manera se vuelven más reales.

Pero hablando un poco de eso, de estas personas reales, como los son su familia, sus amigos cercanos, las personas que existen y existieron, ¿cómo reaccionan al verse en los libros? ¿Cómo es la relación de ellos con su ficción? ¿Cómo es tramitar esa memoria?

Sí, yo creo que mi obsesión por la memoria parte de una condición personal, que es mi mala memoria. Entonces mi lucha contra la mala memoria se ha convertido en libros, palabras y objetos que me pueden servir para recordar. En cuanto a las reacciones de las demás personas, eso va sufriendo como una evolución y un cambio. Hay varios tipos de reacción: hay personas que se enojan por estar en un libro, hay unas que se enojan por cómo están en un libro, hay otras que creen estar en un libro y están contentas, y hay otro grupo que se enoja por no estar en un libro. Por todo eso, he recibido cartas muy duras y se han dañado relaciones. Mis primeros libros provocaron en mi familia roces difíciles, pero al menos con la familia más inmediata y más querida eso se fue limando. Con el tiempo se resignaron a que eso pasaba si había un escritor en la familia.

¿Alguna anécdota que quisiera compartir que le haya sorprendido? ¿Alguna cosa que a usted le sorprendió al escribir sobre gente cercana que quizás usted no esperaba que pasara?

Más sorprendente es cuando uno de verdad no ha pensado para nada en alguien en un fragmento de una novela o de un cuento. Cuando esa persona prácticamente para uno estaba olvidada, cuando ni su nombre estaba presente, ni su figura, ni nada, y después recibo el reclamo de por qué usaste esta historia mía, me pongo a pensar que muchas personas leen en una especie de fantasía muy rara, pero por mucho que trato de aclarar que están equivocadas, insisten en que no lo niegue y en que es así. Eso es lo más raro y lo más desesperante porque da una sensación de sed y de irrealidad muy extraña. Luego, hay detalles muy pequeños. Creo que en todas las familias hay secretos y tabúes, y en general yo cuento mucho de mi primera novela que se llama Asunto de un Hidalgo disoluto. En esa novela yo hablaba de un cura que tenía lepra y ese era un asunto que no se podía mencionar en mi familia, ya que había un tío de mi mamá que era cura y era leproso. Eso que para mí no era grave, sí lo era para algunas personas de la familia de mi mamá. Otra reacción rara es el silencio. Hay gente que no dice nada, la verdad, y esa es una reacción inteligente, porque lo que más te perturba como escritor es que no dicen nada.

Usted tenía 27 años cuando asesinaron a su padre, ¿ya sabía en ese entonces que quería ser escritor?

Sí, yo eso lo tengo claro como desde el principio de la adolescencia, por ahí desde los 12 o 13 años. Y de hecho mi papá en sus cartas me hablaba mucho de mi vocación de escritor. Yo creía que era algo muy secreto, pero sabía que no lo era. Yo empecé a escribir desde muy joven. Comencé escribiendo poesía e incluso a los 19 o 20 años me gané un concurso nacional de cuento cuando estaba en la universidad. Cabe resaltar que ese cuento salió publicado en el suplemento literario. Luego, estudié literatura porque quería seguir siendo escritor, pero quería ganarme la vida como profesor y periodista. Por lo tanto, también estudié periodismo. Cuando mataron a mi papá yo quería ser escritor. Lo que pasa es que el asesinato de él postergó todas las cosas. Digamos que, durante mucho tiempo, tres o cuatro años, yo no pude escribir nada.

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¿Y eso a qué cree que se debió?

Yo creo que tiene que ver con las circunstancias de la vida que se volvieron de repente muy difíciles. En el mismo año que mataron a mi papá, yo me tuve que ir primero para España y después para Italia. Por otro lado, antes era mi papá y mi mamá los que me mantenían, pero por las circunstancias de la vida, me tuve que convertir en el adulto responsable, tenía que valerme por mí mismo. Entonces creo que tuvo que ver con la lucha por la existencia y con la lucha por olvidar, por darle a mi hija, que ya había nacido, y a mi hijo la sensación de que yo era un padre feliz. Y para eso era muy importante no estar viviendo en ese pasado que había vivido y mucho menos tenerlo presente en mis pensamientos. Por todos los hechos ya conocidos, odiaba Colombia, no quería saber absolutamente nada de este país.

¿Y eso cambió, correcto?

Sí, digamos que la relación se volvió un poco más como la de siempre, que es una relación de odio y amores. En todo caso, yo intenté dejar de ser colombiano e igual tuve que seguir siendo colombiano a mi manera.

Yo lo vengo siguiendo hace años, Héctor, y se evidencia una melancolía feliz en usted, ¿cómo es ese sentimiento?

Yo creo que está bien decir una melancolía feliz. Porque es como la constatación de que la vida es horrible a cada rato. A pesar de ello, esa constatación y la descripción de esos horrores pueden ser feliz en el campo de los libros y por eso lo traduje. El Cándido de Voltaire es una demostración de que el mundo es horrible, de que este no es el mejor de los mundos posibles, sino un mundo donde hay pestes como la que estamos viviendo, donde hay inquisición, donde hay terremotos, donde hay accidentes, donde hay torturas y guerras. Sin embargo, describiendo todo eso y contándolo con la gracia con la que la cuenta Voltaire, uno se da cuenta de que ese mundo, con todos sus horrores, es una delicia. Entonces hay una constatación melancólica e inevitable de que mi país y el mundo son muy duros y horribles, pero, a pesar de ello, estar vivo es una experiencia extraordinaria, única, y no hay afán en salir de la vida porque de todas maneras nos vamos a ir. Cuando yo era muy joven consideraba mucho el suicidio, pero me convencí que no hay ningún afán, ya que tarde o temprano me voy a morir. Yo sé que, en 20 años, si no antes, ya voy a estar muerto. Así que para qué precipitarse. (A no ser que tenga un dolor inaudito o una pena inaguantable.) Siempre se puede considerar esa salida. Pero ,en general, sí es una mera melancolía alegre, como dice usted, entonces hay como un equilibrio y se puede seguir viviendo.

Hay un tema que me encantaría tocar, como la política. Su padre fue un defensor y un luchador por los derechos humanos, conocidísimo. Lastimosamente, fue asesinado en el momento en que era precandidato por el Partido Liberal o a la Alcaldía de Medellín. Para nadie es un secreto que el país vivía en una coyuntura bastante difícil, ya que la mafia y el narcotráfico estaban en auge. A pesar de ello, ¿usted nunca pensó en hacer política o participar en una contienda electoral en Colombia? ¿Nunca se sintió llamado a seguir esos pasos?

Digamos que en esos momentos algunos me decían “recoja las banderas de su padre” y entre al Comité de Defensa de Derechos Humanos para enarbolar las ideas por las que él se sacrificó. Pero había una circunstancia personal que me impedía hacerlo. Lo primero es que yo tenía una niña de un año. Y, naturalmente, entrar a esa lucha por los Derechos Humanos implicaba un riesgo de muerte muy alto en esos años. De hecho, a las dos personas que sucedieron a mi papá en el cargo de Presidente para la Defensa de los Derechos Humanos de Antioquia las mataron. Y a los que hablamos en el Comité de reconstitución para la defensa de los Derechos Humanos, de cuatro que hablamos mataron a tres. Por eso me fui para Italia, pues si me hubiera quedado probablemente me habrían asesinado. Es más, si ustedes ven las caras y los nombres de las víctimas que ha habido podrán ver las caras y los nombres de las víctimas que vendrán. Pero además de ello, en la política debe haber una pasión que no tengo. Una capacidad de transigir y de llegar a acuerdos y pactos que tampoco tengo, sin ser yo una persona intransigente. Sé que en la política yo me estaría dando la mano con gente despreciable. Entonces, qué bueno mantenerme lo más lejos posible de ese mundo.

Con base en lo anteriormente mencionado, ¿usted cree que esto ha evolucionado? Le pregunto esto porque desde hace 20 años el uribismo pone presidente en Colombia y hay gente que piensa que esto es como los relatos de García Márquez que son circulares y se repiten continuamente.

Bueno, digamos que el segundo triunfo electoral de Santos fue contra el uribismo. Entonces, yo diría que el segundo período de Santos, e incluso en seis años de su gobierno donde se empeñó por alcanzar un acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC, fueron contra esa corriente política. Por lo tanto, hubo seis años que no impusieron a su candidato, y sin yo haber sido Santista voté por él en su reelección. Creo que el cambio más importante que ha habido en estos veinte años ha sido el Acuerdo de Paz con las FARC. También el pacto que hizo uribe con los paramilitares significó mucho. Esos dos hechos permitieron una gran disminución en la tasa de homicidios en Colombia, y aunque yo sé que los problemas siguen siendo los mismos, que siguen matando al mismo tipo de personas que mataban cuando mataron a mi papá, la cantidad de los asesinatos no son los mismos. Sé que hay cientos de líderes sociales asesinados, pero cuando mataron a mi papá empezaba la masacre de la UP, la cual nunca se ha cuantificado bien, pero no se cuentan centenares sino miles (entre 3000 y 5000 personas asesinadas). Tampoco ha vuelto a ocurrir lo que sucedía a principios de los 90: que tres candidatos presidenciales en unas elecciones fueron asesinados o que 1000 policías fueron acribillados. Y mucho menos estamos viviendo el terror de que exploten bombas una y otra vez en las calles. Entonces, aunque lo que acabo de mencionar sigue pasando, la cantidad ha disminuido significativamente. Por consiguiente, la pretensión de reducir todo a cero es una ilusión de creer que somos ángeles. De la noche a la mañana no nos vamos a convertir en ciudadanos virtuosos y, lógicamente, siempre hay que apuntarle al cero, pero también reconocer que en vez de que haya 7500 homicidios al año en Medellín, el hecho de que haya 450 es un cambio notable.

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¿Cómo lee el momento que estamos viviendo en Colombia con dos referentes opuestos como lo son Gustavo Petro y Álvaro Uribe, teniendo en cuenta de que el país está sumamente polarizado?

Yo creo que estas personas que son muy ideológicas y politizadas, que hacen un uso permanente de las redes sociales, promueven que nosotros vivamos de indignación en indignación y de sobresalto en sobresalto. Vivimos en esa pelea ideológica permanente, sin enfrentar con cada problema en lo mejorable o en lo que se pueda hacer ante cada uno de ellos. Entonces, a mí eso me harta debido a que es muy fácil vivir de indignaciones morales cotidianas. A mí no me gusta estar en eso y a pesar de ello hay ocasiones en las que he caído, pero trato de evitarlo cada vez más. En cambio, trato de buscar en qué puedo ser útil y prefiero hacer cosas chiquitas y dedicarme mucho más tiempo a mi trabajo de escritor, editor y traductor. Además, yo no siento que trabajo, yo paso el tiempo rodeado de mis libros, pensando en un tema, leyendo sobre algo, traduciendo un libro, escribiendo un ensayo, o un cuento. Eso es lo que más quiero hacer.

¿Cómo ve el panorama actual en Colombia teniendo en cuenta la pandemia? ¿Lo puede llegar a ver optimista?

Yo creo que esta pandemia es una tragedia para el mundo entero, ya que la crisis económica va a ser durísima. Creo que el contragolpe va a tener unas dimensiones que no nos vamos a dar cuenta porque el hambre, el conflicto, y la dureza se agudizarán. Creo que se ha hecho lo que se ha podido debido a que cuando el gobierno no es totalmente insensato y sigue los consejos de los que más saben puede mitigar un poco el problema. Pero a pesar de eso, creo que las consecuencias van a ser tremendas para mucha gente en Colombia y en el mundo entero, y en algunos países peor que en otros. Vamos a ver que cómo logramos convivir con las consecuencias tremendas que esta pandemia traerá a nivel económico. Ojalá tengamos capacidad de reacción.

Muchos filósofos han intentado hablar de este tema, puesto que la pandemia es un cambio de paradigma. Sin embargo, en las activaciones de Alemania o Colombia la gente ha vuelto a las tiendas y nuevamente ha consumido con tal intensidad, como si el consumismo realmente los secuestrase. ¿Qué hacer hoy por hoy para cambiar todo eso? ¿Usted qué le dice a la gente que busca luchar por un mundo mejor? ¿Vale la pena lucha?

Yo creo que sí se debe luchar por un mundo mejor, creo que el mundo no es siempre igual. No soy de los que piensa que cualquier gobernante es lo mismo, o que cualquier actitud que tenga con los otros es la misma. Creo que los jóvenes deben creer en ellos mismos, deben creer en su capacidad de sentir y de razonar, y tienen que ser capaces de orientar su vida y su misma actividad de lucha a lo que quieran. Necesitan orientarla según criterios que son emocionales, pero que deben ser también racionales por medio de una actitud de creación, de ayuda a los otros y de creación con otros.

Sigamos hablando del optimismo, ya que esta generación le apostó mucho al proceso de paz de Colombia. Por otra parte, es preocupante ver las recientes declaraciones de Marta Lucía Ramírez es las que expone que la igualdad de género es que las mujeres vayan a prestar servicio militar. Y por cosas como esas uno concluye que hay gente muy equivocada en este país. ¿Cómo ve usted el 2022? ¿Considera que hay un sujeto o un grupo apropiado de personas para que nos gobierne?

En las elecciones pasadas pude haber votado solamente por dos candidatos: Humberto de la Calle o Sergio Fajardo. Por eso voté en blanco en la segunda vuelta, puesto que yo aspiro a que haya en este país un poder mucho más sereno, menos ideológico, y que no tenga la solución de antemano, sino que entienda que Colombia es un caso muy complejo de país, con una tradición muy violenta. Yo prefiero unos líderes más serenos que algunos llaman “tibios”, pero yo llamaría serenos. Por todo esto, la democracia exige muchas veces conciliar intereses, pero en un país no sólo están los intereses de la clase trabajadora, o de los campesinos, o de los empresarios, o de los políticos. Hay una cantidad de intereses que muchas veces son muy difíciles de compaginar. Es por esto que creo más en un político que no adopte simplemente la defensa de cierto tipo de intereses, olvidándose de lo complejo que es este país a nivel cultural y político. Colombia es un país lleno de recursos, pero hay que decidir cómo se van a usar dependiendo del interés como nación. Entonces yo creo que serenamente uno puede tener esas discusiones sin que la ideología me diga de antemano que yo tengo que invertir por ejemplo en Ejército y en seguridad, porque eso es lo que dice mi ideología y punto. Yo creo más en ese liderazgo, no indignado, sino racional y sereno de algunos políticos.

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Quizás usted estaba hablando de Gustavo Petro, ¿acaso usted lo considera un hombre que promete mucho, pero que no tiene cómo cumplir esas promesas?

Mire, él es una persona que cambia mucho, que dice un día una cosa y otro día otra. Un día se declara capitalista y otro día se declara socialista. También, traicionó a uno de mis mejores amigos, que es Carlos Gaviria, lo trató muy mal. Entonces es una persona que no me inspira confianza. Por todo lo que acabo de decir, por sus volteretas políticas y emocionales, por sus traiciones a los amigos, por sus amistades con los embajadores gringos o por los jerarcas venezolanos, por todo eso, no me gusta.

¿Por qué no le está gustando a la gente esos líderes sobrios de los que usted habla?

En parte es porque el mensaje es muy difícil de dar, puesto que la persona no es iracunda e intransigente, y no es ni amiga ni enemiga. Y al ser una persona que no es amiga o enemiga la califican como despreciable, tibia o pusilánime. Pues para ser una persona capaz de dialogar con unos y con otros hay que tener un gran carácter, pues lo más probable es que te odien los unos y los otros. Pero hay que hacer entender que tener ese carácter es difícil e implica una actitud que, aunque sea conciliadora, trate de interpretar cuáles son sus intereses. Adicionalmente, debe considerar la realidad en toda su complejidad y no debe poseer ninguna solución facilísima que se pueda expresar en un eslogan porque cada situación tiene que ser estudiada. Entonces, claro, es mucho más difícil transmitir eso porque eso no cabe en un tweet.

¿O sea, la democracia parece un sistema que está fallando? Porque si los peores líderes son los que llegan al poder, ¿significa que hay un problema de fondo?

Yo todavía confío en que haya un mecanismo de corrección de la democracia. Estoy convencido en que la manipulación de la verdad, la grosería de unos sujetos como Trump, Bolsonaro o Maduro, tiene que cesar en algún momento. Yo creo que a veces la democracia pasa por experiencias intolerantes, muy poco democráticas, que le demuestran a la gente que más le vale no atender a eslóganes muy definidos (ya sean de izquierda o de derecha) y en ves remitirse a soluciones muy rápidas de hacer un país grande o paradisíaco en pocos años.

Héctor, quiero hablar acerca de Fernando Vallejo, ¿qué piensa de él como escritor?

Fernando Vallejo escribía muy bien. Creo que sus primeras novelas son muy buenas. Yo reseñé varias de las novelas del él de manera muy elogiosa, pero de repente las novelas que a mí me parecían buenas se volvieron malas. El problema que yo tuve con Fernando Vallejo fue que él se puso a escribir de ciencia, biología y matemáticas, y a pesar de que él es un hombre, o por lo menos era un hombre muy inteligente, no es un sabio. Él no es matemático, ni físico, y mucho menos biólogo. En cambio, es un buen profesor de retórica y era un buen novelista. Últimamente creo que sus delirios lo llevan por un camino muy obsesivo con la política y muy fácil, que es, por ejemplo, fusilar en sus novelas a toda la gente que le cae mal. Me parece un recurso literario muy pobre. Entonces yo reconozco que él escribió libros muy buenos, novelas muy hermosas, pero creo que él no está muy bien. Creo que lo afectó mucho la muerte de su compañero David Antón, que era un gran hombre y siento que muchas de las cosas que escribe son como una especie de “autolesión” y eso no lo entiendo.

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¿Qué se viene para Héctor Abad en estos 100 años que le quedan? (risas)

Como dice un amigo del colegio: “nos queda por mucho un cuarto de tanque”. Yo no creo que a estas alturas uno vaya a cambiar mucho, solo espero no enloquecerme y no sufrir de ninguna manera. Tengo la gran suerte de hacer lo que me gusta, le he dedicado mi vida a los libros, he sido traductor de libros, edito libros con mi esposa en la editorial Angosta. Me gusta todo lo relacionado con la invención de historias, y, actualmente, estoy escribiendo una novela. Asimismo, tengo gente que quiero mucho, así que no creo que cambie mucho en este cuarto de tanque. Francamente, si yo creyera en Dios no pediría ningún cambio. No pido ni siquiera felicidad, sólo deseo que no haya cosas trágicas y poder seguir trabajando en lo que siempre he trabajado.

El olvido que seremos es un libro que también significa mucho para la memoria colectiva del país y para mucha gente. Se podría decir que es irónico que la tragedia también haya traído en usted tanta vida y alegría.

Ahí hay una gran paradoja y es el libro por el que me van a recordar algunos durante dos o tres años luego que muera. Es un libro que tiene su origen en una tragedia, pero lo que menos quisiera es tener que vivir otra tragedia para poder escribir otro buen libro. Si ese es mi único buen libro y si lo único que produce un buen libro es una circunstancia vital trágica, no preferiría la literatura sobre la vida. Sacar algo bueno de lo malo es muy válido, pero ojalá uno no tenga que llegar a eso.

¿Qué le hubiera gustado hacer en el pasado?

Me hubiera gustado mucho aprender a tocar bien un instrumento musical. Eso me hubiera gustado mucho, pero no creo que no haya nada nuevo en el futuro, creo que cada novela que uno emprende es siempre una aventura. Estoy planeando una nueva colección en Angosta de algo que ya hemos hecho en la editorial que se llama Ópera Prima. La Ópera Prima es publicarles a los jóvenes sus novelas, cuentos o crónicas. Ya lo hemos hecho como cuatro o cinco veces y eso es muy bonito. Eso a uno lo rejuvenece y lo mantiene aún en contacto con lo que ustedes están pensando, y yo sé que publicar el primer libro no es fácil. Y bueno, Agosta quiere publicar primeros libros de mucha gente porque confiamos en que aquí hay muchísimo talento y mucha gente leyendo, pensando y escribiendo bien.

Héctor, muchas gracias por esta entrevista. ¿Qué libro nos recomienda?

Ayer leí El burgués gentilhombre de Molière, así que les recomendaré ese.

Por Diego Aretz

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Francisco(82596)15 Oct 2020 - 6:53 p. m.
Hola, amigos. No hay eco a la entrevista. Creo, sin embargo, que estamos frente a un escritor importante en el país. Sincero, auténtico, honrado. De la cuerda de William Ospina, aunque mucho menos valioso. Así no aspiren a ser profetas, interpretan el pasado, esclarecen el presente e iluminan el porvenir. Invitan a superar el cerrilismo obtuso al que nos quieren llevar los Uribe o los Petro. Raus!
Francisco(82596)15 Oct 2020 - 1:19 p. m.
Hola, amigos. Me gusta la serenidad con que mira la realidad colombiana uno de sus buenos escritores. Eso se llama madurez. Ha aportado mucho y le queda mucho por aportar. El documental de su hermana me gustó y el libro, ni se diga. Esperamos otras obras tan buenas o mejores. Yo soy mucho más pesimista. Dos lemas de Caballero: "Cada presidente colombiano es peor que el anterior". Y "Sin remedio".
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