Entre la incertidumbre y la resistencia, la experiencia migrante venezolana ha encontrado en la cultura distintas maneras de manifestarse ante el mundo. Pero, ¿cómo se ve esta experiencia a través de los ojos de un niño? Esta pregunta fue planteada por el escritor Fanuel Hanán Díaz, quien vio en la literatura una oportunidad para arrojar luz sobre el recorrido que han realizado millones de sus compatriotas a lo largo de estos años, en los cuales el país fue sometido por el régimen de Nicolás Maduro.
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En esa búsqueda, la pluma de Díaz asumió el reto de convertirse en un puente para que las infancias migrantes fueran reconocidas. “Hemos llegado a Berlín: una travesía hacia la esperanza” es un libro ilustrado infantil que muestra el viaje emprendido por un niño junto a su familia a través del páramo de Berlín, uno de los lugares más transitados por la diáspora venezolana en Colombia.
El cuento de Díaz recibió el Premio Nacional de Literatura Infantil Pedrito Botero en 2021, y este año llega a Colombia una nueva edición realizada por Panamericana, la cual acercará al público lector colombiano a la experiencia de la migración venezolana, desde el dolor y la inquietud que puede provocar este tipo de suceso en la niñez.
En la primera página del libro se puede leer: “Ahora camino por el mundo soltando lágrimas”, una frase de “Me fui”, de Reymar Perdomo, canción que se ha convertido en un himno para los migrantes del vecino país. Esta primera mención da cuenta de un esfuerzo del autor por retratar aquella identidad colectiva que ha acompañado a los venezolanos en diferentes latitudes.
Durante los últimos años el páramo de Berlín, ubicado entre Cúcuta y Bucaramanga, se ha convertido en un paso migratorio de gran relevancia, debido a su localización estratégica. No obstante, este extenso reservorio de agua también se volvió un lugar peligroso para los migrantes que han decidido emprender su recorrido por allí.
Con una extensión de 195 kilómetros, temperaturas gélidas y aproximadamente entre 2.800 y 4.290 metros sobre el nivel del mar, el páramo alberga condiciones de gran dificultad para el tránsito de los migrantes. En 2018, varios medios de comunicación reportaron que al menos 17 venezolanos habían fallecido mientras cruzaban este ecosistema.
En este cuento se describen las situaciones extremas a las que se enfrentan el niño de la historia y su familia. “Nos comentan que muchos han muerto al cruzarlo por el frío”, expresa el protagonista, mientras da detalles sobre el ambiente de Berlín.
El paisaje descrito en el libro presenta un fuerte contraste. Mientras el niño admira las tonalidades de las montañas y los seres vivos que ahí habitan, como los pájaros o los árboles, también identifica al páramo como un lugar que pone en peligro su supervivencia: “Las montañas son infinitas, desde aquí parecen no terminarse nunca”. Esta dualidad construye este escenario como un sitio incierto, donde conviven la posibilidad de muerte y aquellos atisbos de esperanza que conservan los migrantes.
En “Hemos llegado a Berlín” también conviven las dificultades propias de la migración: “Tampoco tenemos mucho más: llevamos la casa encima, los recuerdos”. Desde los ojos del protagonista, se hace evidente el desarraigo que experimenta el migrante y todo lo que se deja atrás en búsqueda de un mejor futuro.
Otro punto de inflexión en la obra sucede cuando el niño menciona que se usan distintas palabras para referirse a ellos, como “venecos”, aunque él cree que se utiliza con “cariño”. La breve mención a este término se puede leer como una crítica a la xenofobia latente que se vive en distintos sectores del país y, a partir de la ingenuidad de la niñez, cuestiona el discurso cargado de violencia que se maneja en contra de los venezolanos.
Por otra parte, el umbral de emociones expresado por el niño durante el relato demuestra la complejidad no solo de la situación migratoria, sino de la forma en la que las infancias se acercan a este tipo de circunstancias. La narración Díaz concibe a la niñez desde una dimensión humana: el lenguaje utilizado no es ambiguo. Se habla desde la claridad que puede resultar tan cruda como conmovedora.
La escritura del autor venezolano diseña un lugar para escuchar las voces de las infancias migrantes y reconoce el valor que reside en sus historias y vivencias. Desde un notable cuidado, Díaz logra un acercamiento asertivo a la niñez: representa individuos que entienden lo que ocurre y que lo viven de manera profunda.
A pesar de la hostilidad del entorno, el protagonista reconoce los gestos de apoyo que ha experimentado en este recorrido. Desde las historias que narran sus compatriotas hasta los esfuerzos comunitarios para mantenerse a salvo, como la señora que improvisa una fogata y su mamá que cumple con la función de enfermera, el niño encuentra una fuerza colectiva que se abre espacio en medio de tanta desolación.
El libro termina con una escena incierta, pero cargada de fe. El grupo con el que está viajando el protagonista decide refugiarse durante la noche y, en medio de esta congregación, entonan al unísono un fragmento de la canción “Venezuela”: “Y tus recuerdos al atardecer me harán más corto el camino”. El niño menciona que aún no saben a dónde van, pero que han llegado a Berlín con esperanza.
De acuerdo con cifras de Migración Colombia, en 2024 había 2.845.706 venezolanos en el territorio nacional, por lo que este tipo de narrativas pueden llevar a los colombianos a comprender con mayor profundidad el éxodo del país vecino. El mismo Díaz tuvo que migrar en 2014 y, en una entrevista para Infobae, declaró que esta historia tenía mucho que ver con su propia experiencia y “con el sentimiento de desarraigo que todos los migrantes llevamos a cuestas”.
El contexto actual con la captura de Maduro y la intervención de Estados Unidos en Venezuela han dejado una serie de incógnitas y sentimientos disímiles. A pesar de la incertidumbre, la literatura sigue constituyéndose como un espacio para que las historias de los venezolanos sean contadas. Mientras eso suceda, seguirá habiendo lugar para la esperanza.