Al servicio de los emperadores Vespucio y Tito, Cayo Plinio Segundo (23-79 d. C.) escribió su “Historia natural” con el propósito de describir “todo el mundo natural en una única obra”. El proyecto enciclopédico más ambicioso de la Antigüedad tuvo una prolongada influencia que perduró por siglos, siendo el referente más importante de la historia natural medieval. En obras de amplia circulación como las crónicas del viaje de Marco Polo (1229) y en “El libro de las maravillas del mundo”, de John Mandeville (c. 1370), se recrean una y otra vez las descripciones del escritor romano. Incluso en el temprano Renacimiento, exploradores como Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes y Gonzalo Fernández de Oviedo tuvieron la obra de Plinio como el referente para sus observaciones del mundo natural de las nuevas tierras descubiertas.
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La versión en castellano que hoy citamos corresponde a la traducción de Francisco Hernández, quien después de años de arduo trabajo remitió un manuscrito de 16 tomos a el rey Felipe II desde la Ciudad de México en 1576. La imagen que elegí también es del siglo XVI, y corresponde a uno de los grabados que ilustran la obra “Cosmographia”, de Sebastián Muster de 1544, en la cual vemos extrañas figuras humanas descritas por Plinio quince siglos antes.
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La “Historia natural” se compone de 37 libros, que cubren los temas de la astronomía, la cosmología y la geografía de cada uno de los continentes conocidos: Europa, Asia y África. También incluye un amplio tratado sobre los animales terrestres y acuáticos, aves, reptiles e insectos; las plantas y sus usos medicinales, la agricultura, los metales y las artes humanas. No hay duda de que Plinio fue un hombre extraordinario, pero este tipo de obras colosales solo pueden producirse en poderosos centros culturales y económicos, como era el claro caso de Roma, con un robusto servicio de correo e importantes bibliotecas privadas que le permitieron a Plinio tener acceso a información como pocas personas en el mundo. La enorme cantidad de fuentes y autoridades filosóficas que se citan en la obra son muestra de su afán por tener el reconocimiento científico y de ser el autor de una obra fiel a la realidad.
“Historia natural” describe numerosas criaturas que hoy nos parecen increíbles: unicornios, serpientes de dos cabezas, dragones, felinos alados y la espantosa mantícora, una legendaria criatura con cuerpo de león y rostro humano, tres filas de dientes y una ponzoñosa cola similar a la de un escorpión. Las frecuentes referencias a estas maravillas de la naturaleza han facilitado reiterados juicios sobre la obra de Plinio como fantasiosa o poco rigurosa que marcó el tono de los libros de maravillas y bestiarios medievales.
En esta oportunidad comentaremos las descripciones que hace el autor romano de las diferentes formas humanas que habitaban la Tierra. Los seres humanos, en particular los romanos, son el centro de su gran obra. Al inicio del capítulo 7, “Figuras admirables de gentes”, Plinio escribe: “… hablaremos (…) primero del hombre, con muy gran razón, pues por su causa parece haberse criado todos los demás, aunque con tan grande y cruel contrapeso contra sus excelentes dones que no se puede bien averiguar si le haya sido [la naturaleza] buena madre o mala madrastra”. Los seres humanos son el centro de la naturaleza y todo lo demás existe para su provecho. Los árboles existen para que los humanos tengan madera; el trigo, para proveer a los humanos de alimento, y las numerosas descripciones de plantas y animales están escritas en función de su utilidad y su historia en relación con los romanos del siglo I.
En su descripción de la naturaleza humana señala como un hecho paradójico que la criatura “que ha de mandar a todos los otros animales” es desde el nacimiento una especie frágil e indefensa. Los demás animales tienen fortalezas y ventajas notables: son más veloces y fuertes, algunos pueden volar o nadar con facilidad, están protegidos por fuertes pieles, tienen feroces garras y los recién nacidos parecen estar mejor equipados para sobrevivir, mientras que los humanos se muestran débiles y “lo único que saben hacer al nacer es llorar”.
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En el primer capítulo del libro séptimo, “De extrañas figuras de gentes”, Plinio inicia una descripción de criaturas extraordinarias y nos advierte, “entre las cuales no dudo que muchas parecerán monstruosas e increíbles, porque, ¿quién creyera que había negros antes que los viesen?”. De manera que Plinio tuvo la confianza de reportar razas humanas extrañas y aterradoras pero reales, que si bien no las había visto porque habitaban lugares remotos, sus descripciones tuvieron origen en lo que entonces se creyó eran testimonios confiables.
Entre otras sorprendentes criaturas, Plinio confirma la existencia de hombres salvajes que comen carne humana; a los arimaspi, o cíclopes, hombres con un solo ojo en medio de la frente; a los ilirianos, que podían matar con la mirada; otro linaje de hombres llamados monoscelos, “de una sola pierna y maravillosa ligereza en el salto” y que en tiempos de calor se protegen con la sombra de sus propios pies; hombres sin boca; vellosos por todo el cuerpo o que se alimentan de solo el aliento; los que no comen ni beben y viven de diversos olores; hombres con rabo velloso, o con orejas enormes que les cubren el cuerpo entero; hombres que viven de las flores (lotófagos); los que tienen cabeza de perro (cinocéfalos), o con el rostro en su pecho (blemios). Una vez nos ha presentado esta galería de gentes extrañas, Plinio se ocupa de la naturaleza humana con detalle y precisión, describiendo sus características y desarrollo desde el parto hasta la madurez, sus enfermedades y costumbres, lo que podemos reconocer como la suma de un amplio conocimiento basado en la experiencia.
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Los copistas medievales trascribieron la obra de Plinio de manera prolífica pero poco estable, lo cual produjo versiones disímiles, algunas de las cuales contenían fragmentos ajenos o solo eran resúmenes. Hoy se conocen más de treinta manuscritos medievales que contienen fragmentos de la obra de Plinio, y más que la obra de un solo hombre, lo que queda es una larga tradición enciclopédica que fue de enorme trascendencia durante la Edad Media. En el Renacimiento, con la aparición de la imprenta, la obra alcanzó una mayor estabilidad y difusión, pero al mismo tiempo mostró sus limitaciones gracias a un nuevo mundo natural que sorprendió a los exploradores de otros continentes.
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