Pocas plantas han estado rodeadas de tanta controversia como la coca. Durante décadas, esta hoja ha cargado con los estigmas impuestos por la guerra contra las drogas. Sin embargo, su historia no siempre ha sido sinónimo de disputa. Por el contrario, para varias comunidades, esta hoja está vinculada con la palabra y el diálogo.
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Si bien la distinción entre coca y cocaína se ha abordado en numerosos debates públicos, la vinculación inmediata entre la planta y la sustancia ilícita parece estar lejos de desaparecer. En “La hoja que une”, un proyecto editorial impulsado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia y el Instituto Caro y Cuervo, se retoma esta asociación que se ha establecido entre la hoja milenaria y su uso ilícito, tratando de darle un nuevo significado.
El discurso estigmatizante contra la coca ha sido históricamente legitimado por la política exterior. En 1961, durante la Convención Única sobre Estupefacientes realizada por las Naciones Unidas, se decidió incluir a la hoja de coca en la Lista I, por lo que está sujeta a fiscalización internacional estricta.
Bolivia exigió la eliminación de la hoja de coca de esta lista, argumentando que su uso no se limita a la producción ilícita, sino que hace parte de la historia y tradición de varias comunidades indígenas.
Actualmente, Colombia se ha sumado a esta iniciativa y, desde su política exterior, ha decidido reivindicar el valor ancestral de la coca. La Directora de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, Catalina Ceballos, dijo para El Espectador que “La hoja que une” hace parte de la estrategia de diplomacia cultural del Gobierno de Colombia.
En discusiones recientes se ha evaluado la posibilidad de que la hoja de coca se reclasifique o se retire de esta lista, por lo que estos libros surgen como una alternativa para que los miembros del Consejo de Drogas y de la Organización Mundial de la Salud, puedan aproximarse de forma distinta a la planta. “Teniendo en cuenta que en marzo se realizará la reunión del Consejo de Drogas, surge la importancia de acompañar esa conversación”, mencionó Ceballos.
“La hoja que une” se divide en tres volúmenes, cada uno con su propio enfoque: el primer y tercer libro se centran respectivamente en la política exterior y en la ciencia y la creación, mientras que el segundo habla sobre la hoja de coca desde los saberes y las culturas de Colombia.
Esta segunda entrega propone una mirada cercana de la planta a partir del valor que ha adquirido en la vida de distintas comunidades en el país. Desde textos que se originan en disciplinas como la antropología o la medicina tradicional, hasta aquellos que se construyen desde la oralidad, el arte e incluso la poesía, la diversidad de voces se convierte en un rasgo distintivo de esta publicación.
“Ese trabajo se pensó a partir de varios criterios. Primero, garantizar diversidad de género, diversidad étnica y diversidad de sectores, buscando la mayor representación posible de lo que compone la sociedad colombiana (…) También era fundamental contar con voces de pueblos indígenas, porque se trata de la hoja de coca y sus usos tradicionales que están principalmente en el Amazonas y en el Caribe”, manifestó Ceballos.
En las primeras páginas de este segundo volumen, Elizabeth García Carrillo, indígena arhuaca y kankuama y embajadora de Colombia en Bolivia, enumeró las posibilidades que la diplomacia puede otorgarle a la resignificación de la coca en el panorama internacional. También expuso que acciones como el diálogo, la negociación y la resolución de conflictos se han ido tejiendo desde mucho antes en los pueblos indígenas gracias al uso de la hoja.
En el caso de los arhuacos, todo está mediado por la coca o el “ayu”: “la gente se encuentra e intercambia la hoja; si hay una asamblea, el ayu debe estar presente; si se hacen acuerdos, la hoja es testigo”. Hablar de estas formas de diplomacia indígena en torno a la coca permite reconocer a la planta como un símbolo cultural que precede a ese carácter controvertido que se le ha otorgado en el exterior.
La hoja de coca no tiene un significado ni un nombre único: mamacoca, kinthu, ayu, esh´s, jibina… Dependiendo de la región, pueden cambiar sus usos y aproximaciones. Sin embargo, casi como un patrón, esta planta se ha convertido en sinónimo de encuentro con la naturaleza, con lo espiritual, con el otro.
El libro explora distintas prácticas con la coca que permiten ese encuentro, como el mambeo, la medicina tradicional o la alimentación y, gracias a la descripción detallada de sus autores, se quita ese velo de opacidad y desconocimiento, permitiéndole al lector acercarse a estas costumbres.
La poesía y la oralidad también se hacen presentes, y desde la palabra exploran cómo la coca ha hecho parte de las historias de origen de estos pueblos. En la Amazonía, por ejemplo, la coca, junto al tabaco y la yuca dulce, son consideradas como plantas esenciales entregadas por los creadores, que les permiten organizar la vida y gobernar en armonía.
Inclusive artistas indígenas y no indígenas han tomado la hoja de coca y la han resignificado desde lo material y lo simbólico. Desde mapas satelitales creados con polvo de coca, que reflejan la explotación en la Amazonía, hasta libros que contienen papel artesanal hecho con la hoja, el arte ha encontrado una forma de denunciar la cultura del narcotráfico, las políticas antidrogas y los daños ejercidos contra los pueblos indígenas a partir de los usos ilícitos y la estigmatización que ha sufrido esta hoja ancestral.
La apuesta editorial de “La hoja que une” hace un esfuerzo por cambiar estos discursos y evidenciar que, más allá de su asociación con la droga, la hoja de coca reúne usos e historias fundamentales para varias comunidades. A través de la palabra escrita y el intercambio de saberes, este proyecto construye un puente entre culturas para que la coca deje de representar conflicto y se transforme en una oportunidad de encuentro y vida para la región.