
A Mircea Cărtărescu le toma cerca de cinco años escribir una novela. Dice que es el tiempo que se puede demorar ese proceso cuando no se hace uso de la inteligencia artificial; también dice que está contento con los años que se tarda “porque escribir es como un matrimonio. Cuanto más largo es, más feliz eres”. Se niega rotundamente a usarla ni para documentarse, ni para ortografía, ni “cosas de estilo”. Para el escritor rumano, acudir a ella en el proceso de escritura, darle unos personajes y decirle, por ejemplo, que escriba un capítulo “es un robo literario, es hacer trampa. No es legítimo”.
Cuando Cărtărescu compartió esa opinión sobre la literatura y la IA con El Espectador, todavía no se conocía el caso de Thélyson Orélien, escritor canadiense señalado de usar inteligencia artificial en su libro “C’était ça ou mourir”, ni el de David Silva Rojas, escritor peruano cuya novela “Donde el agua trabaja”, premiada por la editorial mexicana Almadía, está bajo sospecha por el presunto uso de esta tecnología.
En contexto: Una novela premiada por editorial Almadía, bajo sospecha de uso de Inteligencia Artificial
Este último caso desencadenó una discusión sobre el peligro de la inteligencia artificial para la literatura y los límites de la misma, pero también sobre las dificultades que tienen programas como Pangram –utilizada por el diario El País en el caso de Silva Rojas – para identificar si realmente se utilizó.
Para John Naranjo, editor de Rey Naranjo, los libros que se hacen con IA no se pueden llamar literatura. “Esto crea el fenómeno de la escritura artificial”, que, asegura, todavía no acabamos de entender. “Pasarán algunos años antes de que podamos comprender mejor qué está ocurriendo con la escritura y la inteligencia artificial generativa. Estamos en un momento de zozobra, incertidumbre y estupefacción. Es la primera vez que nos enfrentamos a esos temas (como los escándalos de escritores señalados de escribir novelas con ayuda de esa tecnología) tanto jurídicamente como éticamente”.
No es la primera vez, sin embargo, que una tecnología genera incertidumbre en el sector editorial, como señala Naranjo. En el siglo XV, con la invención de la imprenta de Johannes Gutenberg, los escribas y copistas, que hacían los libros a mano, vieron transformado su oficio. "Se les movió el mundo", explica el editor.
Algo similar ocurrió durante la Revolución Industrial, cuando la introducción de las máquinas de vapor transformó el trabajo en las fábricas y dio lugar al movimiento ludita, cuyos integrantes se opusieron a los cambios tecnológicos que amenazaban sus empleos. “El término ludita lo refieren casi siempre a alguien retrógrado que no quiere el cambio, que quiere mantener el statu quo. Estamos en un momento de transición”, afirma.
Para el editor, la inteligencia artificial nos deja, entonces, ante un punto de inflexión similar, pero también frente a “una cacería de brujas”. Es una idea que también menciona Carolina López, editora de Penguin Random House, quien advierte que es uno de los peligros de estos tiempos al que, además, “nos estamos aficionando”.
La ética y la pérdida de la relación con el escritor
En el momento en que un lector se adentra en las páginas de un libro, también se encuentra con parte de la historia del escritor. La literatura tiene, al final, retazos de las vivencias y de lo que ha leído quien decide plasmar una historia en una obra.
Para Cărtărescu, el diálogo entre el lector y el escritor se pierde cuando alguien decide darle a la inteligencia artificial el poder de narrar una historia y, entonces, se mancha la experiencia literaria: “Cuando leo un libro me interesa la vida interior del escritor. Quiero conocer al escritor, poder llamarlo por teléfono, como decía Salinger. Quiero tener una relación personal con el escritor, no con una máquina. No me interesa. Quizá una máquina pueda desarrollar conciencia. No lo sé. Pero quiero hablar con un ser humano, no con una máquina”.
La pérdida del ejercicio humano de la literatura, ese en el que se articula lo que sucede en el mundo con el universo de las emociones, también le preocupa a la editora López. "Cuando un escritor decide desconectarse emocionalmente de su oficio, cuando no se sienta a escribir por el afán de entender sus propias experiencias emocionales para intelectualizarlas, pero también para poder decirle a los otros ‘sí, he estado ahí, entiendo lo que cargas por dentro’, está prescindiendo no solo de una de las herramientas más poderosas de conexión con los demás, sino de la herramienta más poderosa de conexión consigo mismo", afirma. Según ella, renunciar a esa dimensión de la escritura supone un riesgo mayor en un contexto marcado por el aislamiento y la polarización.
En ese contexto, aparece el tema de la ética del escritor y de la promesa intrínseca que hace con los lectores de que aquello que se encontrarán en sus páginas se construyó en su cabeza.
Ese problema se profundiza todavía más cuando la novela se presenta, por ejemplo, a un concurso. “Yo creo que ahí hay unos temas éticos para los participantes, ya sean escritores, correctores, traductores, ilustradores o fotógrafos. Esta es una tecnología que evoluciona exponencialmente y, si alguien envía algo a un concurso, a una editorial con pretensiones de que sea una creación artística, pero ha sido generado a través de esta de estas escrituras artificiales, pues es una falta de ética de ese autor”.
La pregunta sobre cómo identificar un texto con IA
Identificar la escritura hecha con inteligencia artificial también representa un reto para las editoriales y abre, además, la pregunta sobre qué tan ético es utilizar herramientas como Pangram para hacerlo.
Naranjo dice que hace dos o tres años, la forma de encontrar el uso de inteligencia artificial era solo a través de la intuición de quienes detectaban ciertas formas lingüísticas y de construcción de los párrafos, que llevaban a pensar que un escrito estaba hecho con IA. “Pero ahora, cuando se analiza a través de estas plataformas que son inteligencia artificial, también estás alimentando a la IA. Es tremendo porque le estás pidiendo a una inteligencia artificial que te evalúe si algo es o no inteligencia artificial. Entonces, eso es básicamente una trampa. De todos modos es una tecnología en desarrollo que no es completamente fiable”, explica el editor.
El riesgo de seguir alimentando la inteligencia artificial con obras literarias, incluso al intentar comprobar si un texto fue escrito con estas herramientas, también pone sobre la mesa el uso de creaciones ajenas sin el consentimiento de sus autores, una panorama que ha sido motivo de manifestaciones de escritores. En marzo de este año, cerca de 10.000 autores, entre ellos Kazuo Ishiguro, Philippa Gregory y Richard Osman, publicaron un libro "vacío", cuyo único contenido era una lista con sus nombres. La iniciativa, titulada "Don’t Steal This Book" (No robes este libro), fue una protesta contra el uso de sus obras por parte de la industria de la inteligencia artificial sin su autorización.
Mientras esas herramientas se desarrollan a una velocidad vertiginosa y siguen siendo alimentadas por millones de usuairos, el sector editorial se pregunta cómo adaptarse. López explica que aunque Penguin se ha caracterizado por ser pionera en la incorporación de nuevas tecnologías, tiene una política clara en el uso de la inteligencia artifical: “Todo empieza y termina en el humano”. Conocer mejor esta tecnología, señala, permite utilizarlas con mayor conciencia y responsabilidad, al tiempo que plantea la necesidad de establecer límites en asuntos como la propiedad intelectual.
“Aún hay mucho por descubrir y por afinar en estos procesos, pero creo que cada vez el criterio humano será un elemento no solo necesario sino determinante ante los lectores que aprecien tener una conversación enriquecedora entre pares. Si la inteligencia artificial nos empuja a sentir más curiosidad por los demás, por entender cómo funciona la cabeza de quienes están detrás de un libro, me parece que es una ganancia”, agrega la editora.
Sector editorial Vs. IA
Cărtărescu lleva cinco décadas escribiendo literatura y no está dispuesto a darle cabida alguna a la IA. “Llevo 50 años escribiendo literatura, mucho antes de que la inteligencia artificial fuera un problema, y seguiré escribiendo así. No escribo un libro en minutos”.
En medio de todo, el escritor reconoce que la rapidez y el bajo costo de estas herramientas pueden resultar tentadores para las nuevas generaciones. “Es barato escribir un libro con inteligencia artificial. Normalmente uno escribe un libro en un año. Ahora se puede escribir un libro en 15 minutos. Por eso mucha gente siente la tentación de usarla de una forma u otra”.
El debate, sin embargo, va más allá de cómo se escribe un libro. La inteligencia artificial se suma a las transformaciones que el sector editorial ha enfrentado con la llegada del libro digital y los nuevos dispositivos de lectura, explica Naranjo. “Entonces, yo creo que paralelo a todo este mundo de la escritura artificial va a estar lo que históricamente ha significado el mundo del libro, que no solo son los editores leyendo y sentenciando qué es susceptible de edición, sino los talleres de artes gráficas, los impresores, los encuadernadores, los fabricantes de papel que hoy en día están en crisis. Cuando tú hablas de una crisis en el sector editorial versus inteligencia artificial, pues es un desmonte tecnológico, de información y de comunicación”.
Es un momento en el que, para Cărtărescu, “estamos obligados a seguir adelante a toda costa, y los riesgos son enormes”.
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Arturvel(22800)•28 de octubre de 2026 – 07:10¿Por qué se juzga la ética de usar una IA, pero se aplaude el uso de escritores fantasma? No tiene sentido criticar la tecnología si, al mismo tiempo, se ve con buenos ojos explotar económicamente a autores anónimos para ganar premios y prestigio a costa de su trabajo. No uses IA! Contrata fantasmas que sí está permitido! Sigue el ejemplo de Alejandro Dumas…
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Drizku(32497)•27 de octubre de 2026 – 08:39La máquina se vuelve más inteligente mientras el hombre retrocede en su inteligencia como ya lo demuestras algunos expertos. No olvidar que los celulares que hipnotizan al mundo, también son máquinas.
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Lasmoiras(20wln)•26 de octubre de 2026 – 20:17Creo que llegaremos a una época donde mejor leer todo lo escrito antes de 2022, escuchar toda la música anterior a esa fecha también etc…. como para "asegurar" el toque humano…
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Arturvel(22800)•28 de octubre de 2026 – 07:20Antes de 2022 muchos autores no escribían…contrataban, por monedas, a buenos escritores muertos de hambre y se ganaban los aplausos y el dinero. Hay que valorar el arte desde su estética no desde los prejuicios éticos. Auguste Rodin. En su taller en Meudon llegó a emplear a cerca de cincuenta ayudantes, entre escultores, obreros y moldeadores, quienes le ayudaban a pasar los bocetos a diversos materiales o ampliar sus piezas.
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pachobarrios(bz384)•26 de octubre de 2026 – 20:11Y eso le pasa a Almadía por estar más atentos a la agenda "woke" que a la calidad de los libros.