18 May 2021 - 2:00 a. m.

Gratitud y amigos

El escritor y poeta español José Manuel Caballero Bonald murió recientemente en Madrid a sus 94 años. Vivió en Bogotá en la década de los sesenta, estancia que no dejó de mencionar ni en sus memorias ni en sus entrevistas.

Myriam Bautista*

“Si la patria es lo que se ve desde la ventana de la casa donde uno vive a gusto, yo tengo varias patrias, unas más duraderas que otras: el Coto de Doñana, Jerez, Mallorca, Bogotá… En Colombia estuve unos tres años y allí escribí mi primera novela, tuve mi primer hijo… Me acuerdo mucho de esa patria”, afirmó José Manuel Caballero Bonald en una entrevista que le hizo Javier Rodríguez en 2015, publicada en el diario El País de España.

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Esta mención a la ciudad en la que habitó 21 meses se repite a lo largo de su vida. Agregando a ella los nombres de Eduardo Cote Lamus, el primer colombiano que conoció en Madrid en 1954, a Jorge Gaitán Durán y a Hernando Valencia Goelkel, que se convirtieron en tres de sus mejores amigos, así la muerte le hubiera arrebatado en los años sesenta a Gaitán y luego a Cote, y décadas después a “Hernandito”, como siempre lo llamó.

Sobrevivió Caballero décadas a estos escritores, gracias a los cuales, sobre todo a Cote Lamus y a Gaitán Durán, fue nombrado por el carismático Mario Laserna Pinzón, rector de la Universidad Nacional (1959-1961), como profesor de humanidades.

Nombramiento que aceptó de inmediato así no estuviera muy convencido de sus dotes de educador, porque sus trabajos en Madrid eran irregulares y porque la dictadura franquista lo tenía harto.

Recién casado con la mallorquina Josefa Remis llegó a Bogotá, al moderno aeropuerto El Dorado, a una ciudad que se ponía al día con sus vecinas latinoamericanas no solo de pensamiento, sino con obras públicas que se inauguraban con regularidad.

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Desde que llegó a Bogotá, José Manuel Caballero Bonald tuvo un espacio en El Magazín de El Espectador, para la época se llamaba Dominical, bajo la batuta del inolvidable Gonzalo González, “GOG”. Todos los domingos aparecía un artículo de crítica literaria sobre autores españoles, latinoamericanos y uno que otro colombiano.

Además, es famosa en su biografía la crónica, en tres entregas, sobre su viaje por el río Magdalena, que también publicó este periódico y de la que se enorgullecía el escritor y por la que recibió elogiosos comentarios. En la fundación que lleva su nombre en Cádiz se encuentran copias de estos artículos, a los que el escritor hizo algunos arreglos a mano.

La tertulia de los jueves en la oficina de don Guillermo Cano, director del periódico, cuando el escritor entregaba su artículo para el dominical, forma parte de sus mejores recuerdos, porque ahí conoció a quienes eran por esos días los escritores, pintores, periodistas y poetas más reconocidos.

Su paso como profesor no tuvo demasiado brillo, pero logró rescatar a algunos de sus alumnos para la lectura, que siempre anteponía como la mejor forma de encontrar la libertad de luchadores por un mundo mejor.

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En la Nacional se hizo muy amigo del capellán, padre Camilo Torres Restrepo, a quien le dedicó un bello poema y cuya muerte lamentaría desde España. También se reencontró con muchos españoles que escapaban del franquismo y dictaban clases en la misma Nacional o en la Universidad de los Andes.

Con esos compatriotas recorrió el centro de la ciudad y viajó a “tierra caliente”, porque “callejear” fue una de sus aficiones, así como tomar vino en largas tertulias noctámbulas en casa propia o ajena, o en los pocos establecimientos que funcionaban en la fría noche capitalina.

Terminó en Bogotá su primera novela que había empezado en Mallorca, Dos días de septiembre, por la que ganó en 1961 el Premio de Novela Breve y que recrea los años de la posguerra en un pueblo de bodegueros jerezanos. Relató que, con el paso de los años, fue desechándola porque la consideró de menor valía.

Participó en el concurso de televisión Trece mil pesos por su respuesta, y se ganó el premio mayor. El conductor de este programa fue por años Antonio Panesso Robledo, columnista de este periódico durante años y a quien conoció en uno de los jueves de tertulia. El tema fue el flamenco, del que Caballero Bonald no solo fue seguidor, sino especialista.

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Su primer hijo nació en la Clínica Palermo y vivió esos 21 meses en los alrededores de la Ciudad Blanca, en un edificio del que siempre recordaba la dirección de manera precisa, así como a sus vecinos.

Tradujo obras del teatro griego para la emisora H.J.C.K. y, también, fue su corresponsal por un par de años cuando se devolvió a Madrid. De manera reiterada recordaba la belleza de Gloria Valencia de Castaño.

Su relación con Gaitán Durán se evidenció en sus colaboraciones y en la reseña de sus obras en la revista Mito, además en la publicación de su antología poética en diciembre de 1961, cuando el escritor jerezano dejó Colombia.

José Manuel Caballero Bonald sobrevivió al COVID-19 que tuvo el año pasado. Algunas dolencias de los últimos años se lo llevaron de manera inesperada, porque seguía conversando con sus amigos y respondiendo una que otra entrevista por escrito, ya que no se dejaba ver mucho por un cáncer de piel que lo hacía “impresentable”, como dijo alguna vez.

(*) La autora de este artículo prepara un libro sobre esa corta, pero fructífera estadía en Bogotá del escritor jerezano.

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