Un ensayo que no incluye la fe o la idea de Dios de Juan Esteban Constaín, pero sí su característico rigor para abordar la historia, revisarla y explorarla con lupa. “El hijo del hombre. Grecia, Roma y el nacimiento del cristianismo” es el nuevo libro del autor payanés, que empieza proclamando su amor por la capital italiana, que en su inicio y desenlace nos recuerda que somos mortales, y que a lo largo de sus más de 500 páginas nos ofrece un repaso por los mitos, relatos e ideas de un viejo mundo que dejó en sus leyes, principios y creencias un legado estructural en Occidente.
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Luego de la pandemia, Constaín viajó a Roma para reencontrarse con sus hijas. Ese reencuentro en la ciudad, dijo, hizo que la viera como si fuera la “primera vez con una intensidad inédita”. Una vez allí visitó las catacumbas romanas, que eran los cementerios de los nuevos fieles en tiempos de expansión del cristianismo. En ese lugar, explica el autor, “hay sobre todo una figura clave que aparece allí, que es la de Orfeo, este bardo y semidiós de la mitología griega que tenía un don muy particular: rescatar a los muertos del Hades y traerlos de vuelta a la vida. Muchos cristianos de la primera hora se encontraban con espacios dedicados al culto órfico y ahí iban montando las catacumbas, los cementerios cristianos. Lo que hicieron al final fue equiparar a Orfeo con Jesús, porque decían: hace lo mismo, nos redime de la muerte, solo que Cristo nos regala también la vida eterna. Entonces, en ese reencuentro con las catacumbas romanas, yo quise hacer algo sobre ese tema. Pensé que iba a ser un ensayo de unas pocas páginas y terminó siendo este libro de 560”.
Usted cita a Nicolás Gómez Dávila, quien dijo: “Dios encarna en las formas religiosas del judaísmo postexílico y de los cultos helenísticos como en la materia de su carne galilea”, y luego afirma que esta frase casi resume lo que quiere decir en este libro.
Nicolás Gómez Dávila es un grandísimo escritor clandestino colombiano, un sabio universal, un maestro, y para mí un ídolo que venero desde hace muchos años. Es una de mis primeras devociones literarias. El libro se inaugura con un escolio suyo que dice: “Más que cristiano, quizás soy un pagano que cree en Cristo”. Ese epígrafe resume también lo que es mi fe y marca el tono general del ensayo, que trata del cruce de caminos entre el judaísmo del Segundo Templo y el paganismo griego y romano. Ese cruce explica el surgimiento del cristianismo y también por qué una secta mesiánica, como había tantas, termina volviéndose un fenómeno universal que doblega al Imperio romano. En la obra de Gómez Dávila hay una obsesión permanente por la teología cristiana y por la manera en que el paganismo y el judaísmo confluyen en el símbolo de la cruz. Por eso cito ese escolio: porque el cristianismo es el resultado de esa mezcla entre la tradición mesiánica judía y las tradiciones mistéricas del helenismo. Cristo es una figura histórica, encarnada en su carne galilea, y hay un elemento temporal e histórico que es fundamental para explicar lo que ocurrió.
Quiero preguntarle por la importancia del mito, específicamente el mito fundacional de Roma. Usted dice que es un mito fratricida, el de Rómulo y Remo. ¿Qué significa que una civilización se funde sobre ese símbolo?
Los mitos son la transposición narrativa de la historia y de los traumas de los pueblos, sobre todo en sus etapas fundacionales. Hay quienes los desprecian como simples ficciones, pero eso es un error. El mito, como decía Alfonso Reyes, lleva siempre el trasunto de una realidad muy profunda. La historia romana es una historia mítica por excelencia. Gran parte de lo que contamos sobre Roma recicla mitos que se volvieron verdad a fuerza de repetirse. El mito fundacional es el fratricidio de los gemelos Rómulo y Remo. Es interesante ver cómo esos mitos se emparentan con la mitología griega y cómo el cristianismo mismo es una religión mitológica.
Usted dice en el libro que “la historia de Roma es el caso arquetípico y perfecto de una narración que ocurre hacia adelante y se va proyectando hacia atrás para moldear y definir lo ya ocurrido (…)”. ¿Cómo explicar esto como un proyecto cultural, como lo sugiere en el texto?
El surgimiento del Imperio romano tiene que ver con la expansión de la República por todo el Mediterráneo. En ese momento, la sociedad romana necesita inventarse o reinventarse un pasado, porque incluso se decía que los archivos se habían perdido tras el saqueo celta del siglo IV a.C. Cuando Roma empieza su gran expansión, las élites cobran conciencia del lugar que ocupan y necesitan una historia que justifique ese destino. Empiezan a creer en ese relato como un acto de fe. Eso ocurre en muchas sociedades: se reinventa el pasado según las urgencias del presente. Roma no solo avanza hacia adelante, también hacia atrás: ensancha su pasado y encuentra allí los insumos que justifican su destino imperial. Eso se ve con claridad a partir del siglo II y el siglo I antes de Cristo, con la aparición de los grandes historiadores romanos.
Usted menciona las catacumbas, pero también el Panteón. ¿Por qué quiso destacar su importancia?
Este libro empieza con una declaración de amor a Roma y, sobre todo, a esos espacios romanos en los que se funden y se mezclan el paganismo y el cristianismo. El cristianismo llega a Roma como un culto oriental perseguido, pero al cabo de tres siglos se vuelve la religión oficial del Imperio y lo doblega. Es decir, el cristianismo conquista al poder más grande que hayan visto los siglos.
Eso se ve con claridad en los testimonios exteriores del poder romano y del poder cristiano-católico. Muchos de esos templos son la suma y la confluencia de la herencia pagana con el cristianismo. Yo hablo, por ejemplo, de Santa María sobre Minerva, que es un templo cristiano construido sobre un entramado arqueológico con un templo a Minerva, pero también con templos a Serapis y a Isis.
De ahí desemboco en el Panteón, que es quizás el templo de la Antigüedad mejor conservado, uno de los lugares emblemáticos de la cultura romana en todas sus épocas. Es un templo milenario erigido en el año 27 antes de Cristo por Agripa, el yerno de Octavio, y tenía esa condición ritual de ser un templo para todos los dioses del paganismo. En el siglo VII de nuestra era, el Panteón se vuelve una iglesia cristiana.
Por ahí pasaron Montaigne, Stendhal, Goethe, Laurence Sterne; no ha habido viajero en Roma que no quede deslumbrado con el prodigio que es el Panteón. En un momento, incluso, mi corrector automático me decía que no era Panteón sino panetón. Hablando de Italia, me parecía un acierto involuntario. El Panteón es el símbolo por excelencia de esa fusión entre la tradición pagana y el cristianismo, y por eso empiezo este libro con su exaltación y su historia.
Usted decía en una charla en Jericó que creíamos que la humanidad progresa, evoluciona, pero parece que no es así. Hay varios momentos en el libro, pero resalto uno en el que usted señala el debate por la tierra entre ricos y pobres, si caben esos términos. Es una lógica de demasiados siglos atrás que sigue presente. ¿Eso lo impresionó? ¿Qué le hizo pensar ese paralelo entre la antigua Roma y el presente?
Sí, muchas veces me di cuenta de cómo hay conflictos y tensiones de la historia que se van perpetuando, que se reciclan. Uno está hablando de la antigua Roma y parecería como si estuviéramos hablando de la Colombia de hoy, incluso en el plano ideológico y partidista, en las causas que se atizan y se defienden.
También hay que tener mucho cuidado con ese lugar común de que la historia se repite, porque eso no es cierto. Pero este libro, a su manera, también es una historia de Roma: de la Roma mítica y monárquica, luego del surgimiento de la República con sus conflictos y, después, de la creación del Imperio romano.
Yo sentía que tenía que contar esa historia porque quería narrar bien todas las raíces que explican el surgimiento del cristianismo. Es la historia del Mediterráneo oriental, de las conquistas de Alejandro y la helenización de Oriente, lo que llamamos el helenismo, y también cómo el poder romano termina sintetizando todo eso.
Sin el Imperio romano no existiría el cristianismo. El Imperio primero persigue a los cristianos, pero luego el cristianismo termina doblegándolo. Hay un elemento muy elocuente para pensar la pervivencia de los conflictos políticos: la guerra civil, los defensores de ciertos privilegios y de un pasado idealizado, y las fuerzas que buscan reformas y transformaciones.
Todo eso explica la expansión de la República, el surgimiento del Imperio, el asesinato de Julio César y la irrupción de Octavio, el primer emperador romano, que funda el Principado en el año 27 antes de Cristo. Y hay una coincidencia, que quizá no lo sea tanto: bajo el imperio de Octavio aparece Jesús. Esos elementos son fundamentales para ampliar el panorama y describirlo con precisión.
Usted dice que dentro del judaísmo había distintos grados de asimilación del helenismo. ¿Nos puede explicar la relación de ambos conceptos?
El helenismo es la proyección de la cultura griega en el mundo oriental tras las conquistas de Alejandro Magno. Es la apropiación griega de Anatolia, del Oriente Próximo, de Egipto, de buena parte de Mesopotamia, hasta llegar al norte de la India.
Fue un torrente que hizo posible el encuentro de una enorme cantidad de pueblos, lenguas, civilizaciones y credos religiosos, entre ellos el judaísmo, que tenía rasgos muy particulares por su vocación monoteísta y por su tradición profética, la que está en la Biblia hebrea.
Esa cultura, con una identidad tan fuerte, se va impregnando de lo griego, de su lengua y de su civilización. Sin ese proceso, el cristianismo no habría existido. El cristianismo es una religión profundamente griega, aunque nace de la entraña judía monoteísta, en Judea, Galilea y Samaria, en un momento histórico muy concreto: la fundación del Imperio romano y el reinado de Herodes el Grande y sus descendientes, hasta que Roma convierte Judea en provincia.
El cristianismo no se explica sin la forma en que sus difusores —empezando por Saulo de Tarso, san Pablo— se sirven de la herencia griega: de sus moldes literarios, históricos y teológicos, incluso del paganismo griego, para reformular ese monoteísmo judío. El elemento verdaderamente novedoso es la encarnación del Dios de los judíos en Jesús. Jesús es, en ese sentido, un dios que se encarna, como los dioses griegos.
Usted en un momento habla de la historia como un acto de fe. En este caso, ¿cuál era su acto de fe al revisar la historia de Roma y del cristianismo?
Esa frase va con beneficio de inventario y muchos granos de sal. La historia es el relato de un pasado que habita el presente. Siempre, cada presente estaba habitado por unos pasados que debemos desentrañar, contar, narrar y para eso existe también la historia como una ciencia, como una disciplina intelectual que nos permite rescatar esa sensibilidad del pasado y adentrarnos en él y tratar de entenderlo un poco mejor para explicar un poco el mundo en el que vivimos, pero hay casos en los que se vuelve un acto de fe porque tenemos muy pocas fuentes y dependemos más de mitos y restos arqueológicos.
Ha habido un intento científico arqueológico y filológico en la modernidad por ahondar en esos testimonios materiales sobre la vida de Jesús y es muy poco lo que hemos logrado progresar, aunque claro, la arqueología sí ha ido abriendo cada vez más el camino para iluminar, si no esa biografía, sí su contexto y el pasado en el que pudo haber ocurrido esa historia. Entonces, por eso digo a veces que en muchos casos la historia se vuelve un acto de fe, también porque en el plano colectivo la historia suele ser una especie de relato que pactamos y que aceptamos y que claro, tiene la prueba ácida siempre de la ciencia para ver qué tan cierto es eso que se cuenta.
Creo que está hablando de César, si no estoy mal, cuando dice que nuestra vida también es la suma de esos hechos que no lo fueron...
Esa idea para hablar de César viene de la obra de un autor español al que adoro que es Javier Marías, que siempre decía eso, que nuestra vida y nuestro destino son la suma de lo que fuimos y somos y hemos decidido y hemos hecho, pero también es la suma de todo aquello que dejamos de ser y hacer. Es también como una especie de destino paralelo que proyecta su sombra sobre el nuestro con aquello que negamos.
Y leyendo otra vez esa idea de Javier Marías, yo me di cuenta de que él era un gran lector de un autor colombiano al que yo venero que es Álvaro Mutis. Es uno de los autores que más le gustaban a Javier Marías y resulta que esa idea Javier Marías la sacó de la obra de Álvaro Mutis a partir del destino de Maqroll, del destino contrariado y desastrado de Maqroll. Somos la suma de todas nuestras decisiones, de los gestos que van tejiendo nuestra suerte, pero somos también el relato contrariado y negado de aquello que no fuimos, la llamada que no respondimos, la puerta que no abrimos, la carta que dejamos pasar y cuando uno traslada eso a un relato histórico, pero en un ensayo que también es literario, pues se encuentra con figuras como la de Julio César, sobre la que conocemos un poco más, como la del propio Cristo, sobre el que conocemos menos, pero entonces ahí está el relato biográfico de estos personajes y también la suma de aquello que pudieron haber sido y no fueron. Entonces yo quería invocar a Javier Marías y Álvaro Mutis en este ensayo por el solo placer de mencionar su nombre y hablar de sus ideas.
Usted empieza y termina el libro con la frase “Recuerda que eres mortal”. ¿Por qué esa importancia en esa afirmación?
Esa frase es un poco un mito, extraída de autores como Plinio el viejo y Dion Casio, pero sintetizada sobre todo en un texto de Tertuliano en el que la cita mucho mejor: “Recuerda que eres humano”, que era una especie de admonición para los emperadores, que supieran que su condición divina tenía límites. Pero cuando uno la lleva al cristianismo, y sobre todo al papel de Cristi como hijo de Dios, y como Dios mismo, tiene un cariz todavía más revelador. Por eso la invoqué en el libro.
Para cerrar: ¿este libro le cambió en algo su idea de Dios o del cristianismo?
Soy cristiano, católico, pero me acojo al epígrafe de Gómez Dávila: más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo. Este libro no es apologético ni busca convertir a nadie. Es un ensayo histórico y literario que se pregunta por qué una secta mesiánica terminó volviéndose universal. Tuve que ahondar mucho más en las fuentes del cristianismo, pero no hubo una conmoción en los cimientos de mi fe. Mi fe, en este libro, es irrelevante: lo que importa es el análisis histórico y literario.
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