En el Renacimiento fueron comunes las creencias apocalípticas donde el triunfo del mal y el fin de los tiempos parecían inminentes. No nos sorprende entonces que temas como la brujería, el demonio y la magia fueran recurrentes en la pintura, donde grandes maestros como El Bosco, Andrea Mantegna, Pieter Brueghel, Alberto Durero y, algo más tarde, Francisco de Goya, entre otros, se ocuparon de crear imágenes de abominables hechiceras.
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En su mayoría, las brujas se representan como mujeres mayores, de cuerpos envejecidos, imperfectos, enfermizos y repugnantes, pero no faltan figuras seductoras, cuya sexualidad resulta amenazante y diabólica.
La imagen que hemos elegido es una xilografía de 1510 firmada por Hans Baldung Grien (c. 1480-1545). Su maestro, Alberto Durero, ya se había ocupado de la brujería en obras como “Las cuatro brujas” (1497) y “La bruja cabalgando hacia atrás sobre una cabra” (1500). El grabado de Baldung, conocido como “Las brujas”, representa a varias mujeres desnudas preparándose para viajar a un aquelarre usando un ungüento volador que están preparando. Los aquelarres, o Sabat de las brujas, eran reuniones nocturnas de perversas mujeres asociadas con adoración al diablo, un ritual antagónico de la misa cristiana: se decía que allí tenían lugar diversos tipos de prácticas nefandas, como la fornicación con demonios y animales, el canibalismo y los sacrificios de animales e incluso de niños.
Más que un aquelarre, la imagen del grabado recrea el momento en que las brujas preparan su ungüento volador y las viandas para un evento al que se disponen a asistir. Las dos mujeres sobre el suelo preparan en un caldero la poderosa poción, que al parecer ya hace efecto sobre otras mujeres que flotan en el aire. En la parte superior se puede ver a una bruja con las piernas abiertas y el cabello suelto que cabalga hacia atrás sobre un macho cabrío, animal que solía encarnar al demonio.
Algunos brebajes y plantas medicinales asociados con la brujería, con poderosos efectos alucinógenos como la mandrágora, la belladona o el beleño, podrían explicar algunas de las creencias sobre los poderes de las brujas, incluso su capacidad de volar. Por otro lado, el miedo al poder del demonio, el temor y el afán masculino de proteger su autoridad y el uso de la tortura para justificar falsas acusaciones pueden explicar la propagación de estas creencias, que hoy nos parecen fantásticas y absurdas.
Entre los historiadores no hay consenso sobre números precisos, pero gracias a los cuantiosos, fascinantes y perturbadores juicios que quedaron registrados, sabemos que solo entre 1560 y 1630 en Europa se condenaron por delitos de brujería a más de 50.000 mujeres. En su mayoría se trataba de mujeres mayores, solteras o viudas, de clases bajas, que encontraron como única forma de supervivencia oficios como la partería o la preparación de pociones medicinales, pero también se condenaron mujeres jóvenes acusadas de delitos asociados con su sexualidad. Entre los muy diversos crímenes, generalmente relacionados con pactos con el diablo, estaba el acto de volar, tener encuentros sexuales con íncubos (demonios masculinos) o súcubos (demonios femeninos), secuestrar o comer niños, robar o matar la vaca del vecino, seducir a hombres casados, causar la enfermedad o demencia de sus enemigos, haber propiciado plagas o destruir cosechas.
Hoy parece obvio que se trata de invenciones propias del temor y la autoridad de sus verdugos más que de las acciones de hechiceras con reales poderes diabólicos. Para justificar las condenas, los inquisidores deberían creer ellos mismos o mostrar como reales estos nefandos delitos y demostrar en juicios la culpabilidad de estas aliadas del demonio. Uno de los delitos más frecuentes, y motivo de numerosas condenas, fue el acto de volar y recorrer largas distancias para asistir a encuentros nocturnos montadas sobre escobas. En el año 1000, la Iglesia católica negó la realidad del vuelo de las brujas o lo consideró una ilusión provocada por el diablo, pero 500 años más tarde la Iglesia no solo defendió la realidad de estos poderes mágicos, sino que acusó de herejía a quienes negaban la realidad de los vuelos de estas mujeres satánicas.
Los veredictos fueron el resultado de juicios que hoy nos enseñan sobre la espantosa historia de lo que podríamos llamar la invención de la brujería. Muchas condenas fueron confirmadas por confesiones de sus acusadas que aceptaron tener tratos con el diablo, haber volado y asistido a aquelarres en compañía de otras mujeres. Las confesiones resultan poco confiables por haber sido en su mayoría declaraciones bajo brutales torturas, como la estrapada (levantar a la acusada con una soga amarrada a sus muñecas en la espalda), el potro (aparato de tortura hecho para dislocar o desmembrar miembros del cuerpo humano), sillas con puntas afiladas, zapatos con objetos punzantes, yerros candentes, hambre e insomnio. Además, la autorización de la Iglesia de confiscar los bienes de las personas acusadas de brujería alimentó el fervor de los acusadores.
Un buen ejemplo de un libro con consecuencias lamentables en la historia puede ser el tratado sobre brujería titulado “Malleus Maleficarum“, conocido en castellano como el “Martillo de las brujas”, impreso por primera vez en Estrasburgo, en 1487. Escrito por los inquisidores dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, el texto era una compilación de las creencias sobre brujería en el siglo XV. Con docenas de reediciones posteriores en diferentes lugares de Europa, “Malleus Maleficarum” se convirtió en uno de los libros de mayor circulación en el Renacimiento y tuvo un profundo impacto en los juicios contra mujeres en el auge de la caza de brujas en los siglos XVI y XVII.
Para sus autores, la existencia de las brujas y sus poderes, resultado de alianzas con el demonio, son una innegable realidad. El libro enseña cómo se pueden reconocer genuinos actos de brujería y ofrece instrucciones de cómo erradicar estas abominables prácticas, incluyendo la tortura como una legítima forma de buscar la confesión y condena de brujas. En una fatídica mezcla de misoginia, miedo y superstición, la sexualidad femenina, aunque esencial en la reproducción humana, fue vista como una amenaza diabólica.
Sus ideas no eran nuevas; en la Biblia, Eva seducida por el demonio incitó a Adán a seguirla en la tentación de tomar del fruto prohibido del conocimiento; fue ella la que se dejó seducir de la serpiente, ella la culpable de la expulsión del Paraíso y el origen del pecado. En la Biblia, la mujer parece como una criatura más susceptible a las tentaciones, menos racional, dada a las pasiones o causa de las mismas, y por lo mismo las sentencias morales sobre sus acciones han sido mucho más severas que los juicios sobre el comportamiento de los hombres, quienes, por buena parte de la historia, estuvieron a cargo de la autoridad moral, tanto en lo religioso como en lo legal.
Hasta hace poco, la filosofía griega, la teología medieval y la ciencia moderna, es decir, el mundo del conocimiento, ha estado en manos de hombres. Las mujeres que buscaron ser parte del mundo del conocimiento y quisieron tener una voz propia fueron silenciadas, siendo la caza de brujas una de las formas de represión más violenta de la historia que, por siglos, alimentó el estereotipo de la mujer como causa del mal, del engaño y del pecado.