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Adel López Gómez: de niño prodigio a maestro del cuento

En las antologías del cuento en Colombia no puede faltar el maestro Adel López Gómez, escritor, periodista y uno de los mayores representantes del género costumbrista. Semblanza.

Jorge Emilio Sierra Montoya

20 de enero de 2026 - 02:58 p. m.
En 1929, Adel López Gómez se unió a la redacción de El Espectador.
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En aquel entonces, a comienzos del siglo pasado, Armenia era una ciudad muy distinta a la de hoy, apenas una aldea de siete a ocho mil habitantes, cerca del río Quindío que se desprende desde lo alto, por las estribaciones de la cordillera central, para atravesar zonas boscosas con empinados guaduales, indispensables para la construcción de viviendas.

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Recién había nacido el municipio, en 1889, y sus fundadores se paseaban todavía por las calles, narrando tan extraordinaria hazaña, repetida una y otra vez en el parque principal, en calles y esquinas, en cafeterías y cantinas o al interior de las casas.

Adel López Gómez tuvo allí su cuna, el 17 de octubre de 1900, en los comienzos del siglo pasado. Era miembro de una familia influyente, como que un tío suyo fue alcalde, mientras otros parientes cercanos ocupaban cargos de poder en la incipiente población donde él pasó, en la finca paterna, sus años de infancia.

Héroe en casa

Adel López Londoño, su padre, era “medio campesino”, tanto que sostenía, a cuatro vientos, que la mejor escuela era la tierra, donde los hijos pueden formarse —proclamaba, con la autoridad debida— en contacto con la naturaleza, estableciendo así una relación más humana con el mundo, en medio de la mayor tranquilidad.

Durante el día, don Adel, según le llamaban en el pueblo, dirigía a sus trabajadores, revisaba los palos de café y estaba pendiente de sus animales, pero en las noches se dedicaba a su familia, a la esposa y sus pequeños hijos, todos ellos reunidos alrededor para oírle declamar poemas, sacados de un amplio repertorio de autores españoles.

Pero lo que más se disfrutaba allí eran sus cuentos, narrados por él con entusiasmo, representando a los personajes de quienes hablaba, al tiempo que los niños, sorprendidos, esperaban ansiosos el final de cada historia, fuera para reír o entristecerse, siempre en medio de aplausos.

El padre, entonces, era su héroe por excelencia. Y cuando, de un momento a otro, interrumpía la lectura para irse a consultar, en la biblioteca, el pesado diccionario de la Real Academia Española, lejos estaban de imaginar que lo hacía en virtud de su purismo idiomático, de su honda vocación académica, como poeta castizo.

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Pensaban, con seguridad, que estaba algo cansado o, mejor, que a la manera de un mago preparaba su próxima función, llena de fantasías.

Las primeras letras

Su madre era tranquila, paciente, de espíritu sereno. Si bien realizaba sus labores domésticas, sacaba tiempo para impartir lecciones a sus hijos, haciendo también las consultas de rigor en la biblioteca.

Cuando menos pensó, el niño Adel —Adelito, le decían— pudo leer y escribir a temprana edad, fascinado especialmente por las poesías de Espronceda. En tales circunstancias, su nuevo anhelo era previsible: competirle a su padre en las noches, ¡siendo tan buen declamador como él!

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No obstante, con los años se hizo indispensable que los niños recibieran educación formal en el colegio. De ahí que la familia, como tantas otras, se vio obligada a irse del campo a la ciudad, donde residían muchos de sus parientes, cuya favorable posición económica y social les exigía de antemano sacar de la finca a los muchachos, ya grandecitos.

En su caso, el estudio allí no fue de su agrado. Prefería ser independiente, sin depender de nadie, ni siquiera de sus padres, y por ello cambió las aulas escolares por el trabajo, como escribiente de un juzgado donde tramitaba sumarios y recibía declaraciones, al tiempo que escribía, a escondidas y en horas de descanso, sus primeras páginas en prosa.

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Fue así como empezó a publicar sus artículos en un pequeño periódico local: Ideales, donde cantaba al amor, la patria y la naturaleza, con el romanticismo propio de su época, cuando aún no incursionaba, a sus escasos quince años de edad, en el género del cuento que más tarde lo haría tan famoso.

Su primer cuento

Lo del juzgado, aunque de manera indirecta, tuvo que ver con su incipiente carrera literaria. Y es que entonces escribió, con gran facilidad, aunque habiéndolo pensado mucho durante varios días, su primer cuento: “El alma del violín”, para presentarlo a un concurso promovido, con bombos y platillos, en toda la ciudad.

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El fallo del jurado no pudo ser mejor: ¡ocupó el segundo puesto! De hecho, no pudo obtener el primero, pues su afortunado ganador era nada menos que un señor de 43 años, a quien conocía de cerca: ¡el jefe del juzgado donde trabajaba!

A partir de ahí, la vida le cambió por completo: ya no sería solo “el hijo de Adel López Londoño”, sino también un niño prodigio, naciente escritor a quien sus condiscípulos miraban con respeto, orgullosos de ser sus amigos y confidentes literarios.

La ceremonia de premiación fue solemne, tanto que se hizo presente la alta sociedad de Armenia, no solo por asistir al acto, sino, sobre todo, para conocer y admirar en persona al talentoso adolescente; su jefe, sorprendido, le cedió el puesto de honor en el escenario, admitiendo, con dolor, que no volvería a escribir, y hasta él se dio el lujo de escoger a la reina que le daría su presea, decisión que favoreció a una bella jovencita. María Tejada —¡hermana de Luis Tejada!—, quien le hizo entrega del galardón en medio de vítores y aplausos.

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Adiós a la infancia

De este modo, aún adolescente, Adelito se empezó a abrir paso en el mundo literario, donde estaba dispuesto a destacarse como escritor.

Pensó, en consecuencia, que Armenia no era el ambiente propicio para ello; que debía abandonar la ciudad en busca de otros rumbos, donde hubiera autores consagrados que pudieran valorar a cabalidad sus escritos, y partió con su amigo Luis Tejada a Bogotá, viaje que se transformó en una maravillosa aventura, hoy todavía narrada por muchos.

La infancia y la adolescencia quedaban atrás, sin nostalgia. Pero ese primer viaje a Bogotá, con Tejada, fue un rotundo fracaso, pues él tuvo que regresar en pocos días al lugar de origen, donde estaba dispuesto a salir de nuevo cuanto antes.

Fue entonces cuando empezó a preparar su próxima salida, esta vez con menos afán y más cuidado, sin tanta aventura de por medio. Partiría hacia Medellín, donde la actividad intelectual era, al parecer, mucho más intensa que en la misma capital de la república.

Sin embargo, había preparado el terreno: por correspondencia se hizo amigo de Francisco Villa López, conocido periodista antioqueño que dirigía en Medellín, con don Gabriel Cano, la revista Sábado, donde sus cuentos no tardaron en aparecer.

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Así las cosas, los contactos iniciales le permitieron divulgar sus escritos y hacerse conocer, acreditando su nombre, tanto que la fama iba en ascenso, confiado en que ahora sí su partida sería triunfal, definitiva.

Más y más éxitos

Medellín estaba repleto de escritores. Los 13 panidas, por ejemplo, habían conmovido al país con su antioqueñidad universal, mientras se editaban revistas de reconocido prestigio y periódicos de amplia circulación.

López Gómez, con inmensa alegría, aprovechó al máximo dicha situación, como fue hacerse colaborador de Lectura Breve, una de las mejores revistas del país, codeándose allí con un selecto grupo de intelectuales, desde Tomás Carrasquilla y Efe Gómez hasta Fidel Cano, Ciro Mendía y Otto de Greiff.

Además, se vinculó, como redactor de planta, al periódico Colombia (dirigido por Carlos E. Restrepo, quien recién había ocupado la presidencia de la república), publicando, día de por medio, su columna “Hojas al viento”, y colaborando, hacia 1925, en El Correo Liberal.

Escribió en Cromos, durante 1928, y asumió, con honores, la dirección de Sábado. En tales circunstancias, sus éxitos literarios y periodísticos se iban acumulando.

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Tan bien le fue allá que hasta se casó y llegó a ser, como era de esperarse, un respetable padre de familia, a quien los jóvenes llamaban, con respeto y admiración, “don Adel”, igual que a su padre.

Triunfos en Bogotá

En 1929 le propusieron en El Espectador, de Bogotá, integrarse a su planta de redacción. Para entonces, no era un desconocido en la literatura colombiana y el periodismo. Al contrario, se le consideraba uno de los mejores cuentistas del país, más aún cuando sus publicaciones en Cromos le dieron enorme popularidad.

Después empezó a colaborar en El Tiempo y la prestigiosa revista Senderos, dirigida por Jorge Zalamea.

Como escritor y periodista podía sostenerse con su familia en Bogotá, si bien tuvo un breve receso al dirigir la Oficina Nacional del Trabajo, cargo que le ofrecieron en compensación por su actividad política, a la que no podemos dejar de referirnos.

Y es que López Gómez era liberal consumado, incluso desde su juventud, cuando se distinguió no solo por sus cuentos, sino por sus discursos, la continua asistencia al directorio departamental de su partido y la debida participación en los homenajes rendidos a los dirigentes políticos regionales.

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Tertulias literarias

No obstante, el mayor ambiente cultural de Bogotá estaba en las tertulias literarias de movimientos como Los Nuevos, uno de los más influyentes en el siglo pasado, gracias a su etapa inicial, cuando se dio tanta publicidad a los escándalos protagonizados por algunos de sus miembros.

Así, personalidades como Alberto y Felipe Lleras Camargo, Juan Lozano y Lozano, Jorge Zalamea y Abel Naranjo Villegas, entre otros, se reunían en amenas y agitadas tertulias, a las que iba con frecuencia.

Pero su tertulia predilecta fue la suya, aquella que todas las tardes se formaba en el café Riviêre alrededor de Luis Vidales, Ricardo Rendón (el caricaturista), León de Greiff, Jaime Barrera Parra y, obviamente, el propio Adel López Gómez.

Los contertulios eran, en su mayoría, intelectuales paisas y caldenses antioqueñizados, residentes en Bogotá, quienes a diario figuraban en los diarios capitalinos, pontificaban en nombre de las nuevas letras colombianas y, en medio de la bohemia, leían sus poemas, cuentos y ensayos, desplazando sin más a la generación anterior.

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Él se sentía, con orgullo, realizado.

Cuentos de la manigua

Fueron más de diez años continuos en Bogotá, cuyo balance final le dejó varios libros publicados, numerosos amigos y anécdotas, ahora con el sonoro título de Maestro que algunos le atribuían.

Pero, como ser escritor y periodista en Colombia ha sido condición indispensable para ser famoso… y morirse de hambre, cierto día decidió vincularse a una firma de ingenieros amigos suyos en Urabá, con la vaga ilusión de salir, en forma definitiva, de la pobreza.

Claro, de aquella región selvática le atrajo su ambiente novedoso, extraño, que sería fuente no solo de riqueza, sino de creación para escribir una serie de cuentos, como en efecto lo hizo, sin dejar de atender su oficina de contador y almacenista en la empresa de construcción que trabajaba en la carretera al mar.

Por ello, en sus relatos empezaron a surgir el calor intenso, el paludismo, la fiebre y la miseria, dando como resultado el libro Cuentos del lugar y de la manigua, acogido con entusiasmo por la crítica.

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Con esa misma compañía, un año después viajó a Cúcuta, donde la nostalgia hizo su terrible aparición, pues le dio por pensar en su Caldas natal, en sus tierras, en sus verdes montañas, en los cafetales y en su amada provincia.

No se había enriquecido —pensaba—, ni tenía la edad (pasados los cuarenta años), para continuar la loca aventura de adolescencia. No. De ahí que tomó la decisión irrevocable de irse a Manizales, capital del departamento de Caldas, dados sus antecedentes de haber conocido, desde temprana edad, a tan bella región.

Sus últimos años

Tan pronto llegó a la ciudad de las puertas abiertas, por donde cruza —según solía decirse— el meridiano intelectual de Colombia, fue nombrado director de la Imprenta Departamental, donde se publicaban las mejores obras literarias de la región, de la que aún no se habían separado los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío.

Era el reencuentro con su mundo, con la maravillosa calma de la aldea en que nació, recuperada tras una larga experiencia que había quedado reflejada en sus cuentos anteriores.

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Podía, al fin, dedicarse a escribir, organizar su hogar, charlar con sus amigos de infancia y recordar, siempre recordar. En Manizales, por cierto, le respetaban y querían, “algo tan necesario en la vida”.

En 1959 ingresó, como miembro correspondiente, a la Academia Colombiana de la Lengua, donde se posesionó con un denso ensayo sobre el costumbrismo, género propio de su cuentística. Después fungió como secretario de educación departamental.

En los años postreros, atendía su oficina de publicidad; con un grupo de teatro formado con sus hijos; realizaba el programa radial “Pago a todos”, donde se dramatizaron, durante más de treinta años, cuentos de autores famosos, y escribía en La Patria una columna diaria con cuentos de su autoría, sin dejar de colaborar en otros periódicos nacionales y revistas como Selecciones.

En su vejez, al borde de los ochenta años, mostraba todavía una vitalidad a flor de piel, proclamando la satisfacción del deber cumplido.

Su muerte lo alcanzaría en Manizales, en 1989, cuando sólo faltaba una década para llegar al tercer milenio de nuestra era.

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Por Jorge Emilio Sierra Montoya

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