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La biblioteca que los kankuamos esperan para remendar un hilo roto por la violencia

La obra de Kankuaka, una biblioteca ordenada como reparación por la violencia paramilitar que sufrió ese pueblo indígena en Atánquez (Cesar), lleva casi una década entre trámites, suspensiones y retrasos. Mientras la construcción sigue inconclusa, la comunidad sostiene por su cuenta un proyecto pensado para recuperar la memoria y el vínculo entre generaciones.

Natalia Ortega
Souldes Maestre en la obra de la biblioteca kankuama de Atánquez. El contrato se inició el 3 de septiembre de 2025. La ejecución de la obra estaba prevista para terminar el 31 de diciembre de ese mismo año.
Foto: Cortesía Kankuaka

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A la hora en la que los abuelos kankuamos solían ensanchar el tiempo con sus historias, los paramilitares confinaban el mundo y la cosmogonía de ese pueblo indígena tras las puertas de las casas.

“Usted después de las cuatro de la tarde no puede salir”. Esa era la orden en Atánquez, Cesar, un pueblo ubicado en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde no cesa la violencia. Así lo recordó el líder Souldes Maestre Montero.

Los toques de queda cortaban, entonces, el camino de los niños hacia la casa de sus abuelos, quienes no tenían otro remedio más que encerrar en su memoria los relatos sobre el origen del universo kankuamo. “Los abuelos a esa hora es que te cuentan las historias. Ellos estaban en la finca, tú trabajabas, hacías los oficios y ya de noche era que llegabas allá. Entonces se rompió ese hilo generacional”, dijo Maestre.

Para volver a tejer lo que la barbarie paramilitar había roto entre finales de la década de 1990 y mediados de los años 2000, con el confinamiento, el despojo y la sangre de la comunidad, los kankuamos encontraron en los libros una posibilidad. Surgió así la idea de una biblioteca que ayudara a recuperar aquello que el conflicto armado —que en Atánquez también involucró a guerrillas y estructuras de narcotráfico— les había arrebatado a los jóvenes: el vínculo con sus orígenes.

La construcción de Kankuaka —como decidieron llamar al espacio después de una consulta con el mamo— fue ordenada en 2016 por la Sala de Conocimiento de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Barranquilla, como medida de reparación al pueblo kankuamo. Hoy, sin embargo, sigue encallada entre trámites y órdenes de suspensión.

“Ha sido un proceso largo, de cansancio. Nosotros, por ejemplo, íbamos al Ministerio, buscábamos rehabilitar el proyecto y decían: ‘No hay recursos’. Luego, la comunidad usaba el terreno para otras cosas porque no había recursos para la biblioteca. Al final casi que le decimos al Ministerio: ‘Vea, vamos a renunciar a la sentencia y nosotros hacemos las cosas’”, contó Souldes.

La obra tardó casi 10 años en empezar a materializarse. “El 23 de abril de 2025, Día del Bibliotecario, el Ministerio de las Culturas llegó e hizo una socialización con la comunidad. Nos dijeron: ‘Tengo los recursos, tengo cómo cumplir la sentencia’”, recordó Souldes.

La obra de Kankuaka se construye en el resguardo indígena kankuamo, uno de los cuatro pueblos indígenas que viven en la Sierra Nevada de Santa Marta.
La obra de Kankuaka se construye en el resguardo indígena kankuamo, uno de los cuatro pueblos indígenas que viven en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Una vez aprobada la obra, según se indica en un documento del Ministerio, las actividades arrancaron oficialmente el 3 de septiembre de 2025 mediante la firma del acta de inicio. Según el líder, la construcción —cuyo valor adjudicado ascendió a COP 1.976 millones para el conjunto del contrato, que incluía también un centro cultural en Santa Rosa del Sur— avanzó hasta cerca del 53 % después de siete meses de trabajo. La primera fecha de entrega, añadió, estaba prevista para diciembre de 2025. Después, el Gobierno de Gustavo Petro anunció que estaría lista en junio de este año. Tampoco ocurrió.

A la obra pareció perseguirla desde antes de nacer la costumbre de los aplazamientos. Incluso cuando no se había puesto el primer cimiento, el territorio mismo fue motivo de disputa. La primera suspensión se dio en septiembre de 2025 por las inconformidades del Consejo de Mayores del pueblo Kankuamo sobre la ubicación de la biblioteca. Siguieron meses de discusiones para evaluar alternativas, entre ellas la de mover el proyecto a un lote que, como concluyó oficialmente el Ministerio, “no cuenta con viabilidad técnica ni jurídica”. Pero a mediados de diciembre aceptaron lo que la comunidad sostenía desde el primer día: “la implantación del módulo principal de la biblioteca mantiene su ubicación”.

Desde entonces, la obra sigue acumulando suspensiones, ausencias y explicaciones que la comunidad solo logra descifrar navegando por la plataforma del Sistema Electrónico para la Contratación Pública (SECOP). La más reciente, conocida a inicios de septiembre, señala alertas del IDEAM por lluvias en la Sierra Nevada y ocurre mientras la interventoría advierte posibles incumplimientos del Consorcio Orimeg 2025, al que se le adjudicó la construcción. El propio documento que aprueba la pausa por 30 días reconoce que la interventoría radicó un “informe de presunto incumplimiento” y que el trámite para evaluar una sanción “se encuentra actualmente suspendido, mientras se adelantan las actuaciones y verificaciones necesarias para la adopción de las decisiones que correspondan”.

Según explicó Maestre, la comunidad no ha tenido una comunicación directa con el Ministerio. “Presentamos un oficio y no nos lo contestaron. Lo último que entendemos, por lo que vemos en la pantalla del SECOP, es que es por lluvias. Pero aquí no ha caído un aguacero torrencial que tú digas que se tumbó la madera. Y aun así, si esa era la preocupación, no entendemos por qué no se garantizó cuidar ese material”.

La comunidad supo que algo volvía a fallar cuando se dio cuenta de que los contratistas se habían ido. Mientras los documentos oficiales registraban los retrasos, ellos —contó Maestre—, los contratistas, recogieron sus pertenencias, dejaron de pagar a proveedores locales y abandonaron el predio. Otro indicio fue que en el terreno quedó la madera que habían comprado para la estructura expuesta al sol y a la lluvia. “Se estaba mojando, el sol le daba todo el día y luego la lluvia… Eso se va a dañar porque la madera se expande y se contrae. Nos tocó convocar a la comunidad, a esos muchachos que les gusta leer, les dijimos ‘hay que proteger una madera que dejaron ahí tirada’. Y la gente del barrio cogió, metió la madera en una casita que estaba ahí y dijo: ‘Vamos a guardarla’”.

Con esa misma apropiación sobre una obra que hasta el momento solo parece traerles cansancio, la comunidad acudió hace unos años al juez que llevaba el caso de los kankuamos para explicarle por qué una biblioteca podía ser una forma de reparación. “Lo curioso es que la sentencia la buscamos nosotros. Decíamos: ‘¿Cómo conseguimos construir una biblioteca?’. Porque en el país nunca se había dado una sentencia, creo que no, que obligara al Estado a la construcción de una biblioteca. También le explicamos al procurador cuáles eran las razones por las que eso podría reparar a las víctimas y no, por ejemplo, una estatua que las recordara. Queríamos hacer algo que le devolviera esa sensación a los jóvenes de querer aprender, de volver a los orígenes y de cosas que se habían perdido”, contó Souldes.

La biblioteca Kankuaka trabaja con estudiantes como Brenda Icela Torres Rodríguez (izquierda) mediante horas sociales.

Brenda Icela Torres Rodríguez, estudiante de grado 11 de la Institución Educativa San Isidro Labrador de Atánquez que se ha vinculado a los procesos de la biblioteca, habló de lo que significa para los jóvenes seguir esperando ese espacio. “La verdad es que nosotros nos sentimos muy frustrados porque esta obra ha generado que no tengamos un espacio en el cual compartir o trabajar cosas del colegio o actividades que necesitamos. Para la comunidad también ha sido una problemática que no se haya entregado este proyecto, porque esta biblioteca nos va a brindar espacios en los que nosotros podamos compartir o al menos distraernos, leer un libro, jugar con amigos o buscar otras formas de entretenimiento”.

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La idea de la biblioteca de Atánquez que hoy los kankuamos esperan como reparación no nació cuando la reclamaron al Estado. En 2013, Souldes y un grupo de amigos encontraron en el municipio una caja de libros del Ministerio de Cultura en una bodega sin luz ni agua, con goteras y paredes a punto de venirse abajo.

Ese hallazgo llegó casi al mismo tiempo que una visita del Ministerio. “Ellos llegaron y nos dijeron: ‘Miren, ustedes tienen que devolvernos esas cajas porque son unos libros que se habían dotado, pero la comunidad no los ha utilizado’. Y nosotros cogimos ese espacio que parecía una bodega abandonada, lo arreglamos y en la noche ordenamos los libros como cualquier niño cree que pueden organizar: por colores, por tamaño. Cuando llegó Luz Adriana Martínez, que era coordinadora del equipo técnico de la Biblioteca Nacional, dijo: ‘Esto no es una biblioteca, esto lo ordenaron ayer’. Y nosotros muy sinceros le dijimos: ‘Esto lo ordenamos esta madrugada porque hay un grupo de jóvenes que quiere salvar estos libros’”.

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Le prometieron a la coordinadora cuidar el material si les enviaban los estantes. Al año siguiente llegó el mobiliario y dos años después, esa pequeña y primera sede de Kankuaka ganó el Premio Nacional de Bibliotecas “justamente porque creímos que podíamos formar nuestro propio concepto de qué era una biblioteca”, afirmó Maestre. Pero el lugar pronto resultó insuficiente. “La bodeguita que tenemos ya se nos hizo pequeña para lo grandes que somos”, dijo Souldes.

Niños y jóvenes kankuamos participan en el laboratorio de retrato y narrativa documental KandurumaLAB, en la primera sede de la Biblioteca Kankuaka.
Foto: Cortesía Kankuaka

Lo grandes que son, dijo Souldes, y tal vez no habla solo de los libros, sino de los jóvenes que no dejan de llegar para construir —o reconstruir— algo que les arrebataron desde antes de nacer; para recuperar esa vieja devoción por la memoria y la literatura que el pueblo kankuamo ya guardaba en las entrañas de la Sierra desde hace décadas.

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Según Maestre, en los años 80, los jóvenes del pueblo se refugiaban en libros para responder una pregunta que los acechaba durante el “Renacer Kankuamo”: qué eran ellos. Arriba, en la montaña, los arhuacos los miraban con distancia por vestir ropa de civil; en Valledupar, mientras tanto, los señalaban por el acento y la mochila.

“El kankuamo siempre ha querido aprender por aprender, leer, comprender el mundo. Alguien leía a Borges, alguien leía a García Márquez, el realismo mágico se parece mucho a las historias de acá de apariciones, de mundos posibles. Teníamos que buscar un espacio donde se mediara lo de afuera con las tradiciones fuertes que están de la Sierra”, dijo Maestre.

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Mientras las prórrogas se acumulan en las oficinas de Bogotá y la madera de la obra inconclusa se moja bajo la lluvia que de tanto en tanto cae sobre Atánquez, los muchachos del municipio siguen buscando dónde hacer caber lo que todavía tienen por contar.

Ante la falta de espacio en la primera sede de la biblioteca Kankuaka y las altas temperaturas, las actividades también han terminado trasladándose al exterior, bajo la sombra de los árboles.
Ante la falta de espacio en la primera sede de la biblioteca Kankuaka y las altas temperaturas, las actividades también han terminado trasladándose al exterior, bajo la sombra de los árboles.
Foto: Cortesía Kankuaka

“Profe, diga si ellos van a terminar de hacer esa obra o si no nosotros la terminamos y nos gastamos el resto de la vida viendo cómo buscamos que el Estado pague por no cumplir una sentencia judicial”, le preguntan con frecuencia a Souldes.

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Esa pregunta también explica por qué Maestre se resiste a hablar de Kankuaka como un proyecto propio. “Esa biblioteca nace de un sentir colectivo. Siempre me ha costado decir que este es mi proyecto”, explicó. El grupo de amigos que empezó a imaginarla se ha ido ampliando con los años: jóvenes que salen a estudiar y, cuando pueden, regresan con algo entre las manos. Hay ingenieros de sistemas, estudiantes de literatura, muchachos que aprendieron a trabajar con tecnología y que ahora vuelven para poner esos conocimientos al servicio de la biblioteca.

De ese grupo salieron una página web, un servidor para gestionar los préstamos y una aplicación para iOS y Android, que trabaja con con la memoria y la oralidad de la comunidad. Para conseguir la licencia de desarrollador, le escribieron directamente a Apple. “Fue en febrero. Le dijimos: ‘Apple, mira, estamos en esto’, como una botella que se lanza al mar. Y nos contestaron en febrero. Nos dijeron: ‘Mira, les regalamos la licencia’”.

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Desde julio trabajan en la aplicación. El 23 de septiembre, Apple la aprobó y, este 1 de octubre, Kankuaka comenzó a poner en circulación una de las 900 fotografías de la memoria de la comunidad que resguarda la biblioteca.

Fue una idea que nació de una conversación con la estudiante Brenda. “Un día pensamos, ¿qué podríamos hacer con un jueves de TBT (Throwback Thursday) Y planteamos la idea de poner cada jueves una foto antigua, donde se recordara todo lo que hicieron nuestros mayores, nuestros antepasados, y así la gente de la actualidad pudiera recordar todo eso”, contó.

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Lo que empezó como una idea para compartir fotografías terminó convirtiéndose en una forma de juntar a las generaciones alrededor de la memoria. Una imagen en la pantalla puede devolver un nombre, un parentesco, un lugar. Un sobrino se la muestra al abuelo y él reconoce a alguien, recuerda qué estaba pasando ese día, cuenta una historia y así se va recuperando la memoria. “Básicamente hicimos un intercambio, porque las personas mayores están conociendo más sobre la tecnología, pero también están recordando sobre los momentos de antes”, afirmó la estudiante Torres. En esas conversaciones aparecen también las formas en que sus mayores cuidaban la tierra y la naturaleza.

La obra fue adjudicada al Consorcio Orimeg 2025.
Foto: Cortesía Kankuaka

Para Souldes, la urgencia es justamente que jóvenes como ella no terminen por asumir que sus sueños pueden quedar siempre para después. “Entendemos que más demoras con esta obra van a ocasionar que se anulen los sueños de los jóvenes y hará que crean que las cosas siempre van a ser así, que el Estado nunca va a poder cumplir nada. Si lo público no se puede cuidar, ¿qué es lo que le estamos enseñando a nuestros jóvenes en las bibliotecas?”.

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Es un desgaste que ha tenido que vivir una comunidad a la que durante años le han puesto límites sobre su territorio, su tiempo y su manera de vivir. Y Souldes Maestre Montero teme que esa forma de cansancio termine alcanzando también a las nuevas generaciones. “Esa capacidad de empañar los sueños de los jóvenes siempre ha sido lo que hace que la resistencia kankuama, que es muy pacífica, termine agotándose. Nos cansan”.

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Natalia Ortega

Por Natalia Ortega

Periodista de la Universidad Javeriana. Interesada en temas de género, paz y memoria. ortegarnatalia nortega@elespectador.com
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