La cara oculta de Cartagena

Uriel Cassiani presenta “Música para bandidos”, una poderosa y delirante novela que muestra la cara oculta de la Cartagena turística y cuestiona las tarjetas postales del Corralito de Piedra.

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Julio Olaciregui
07 de agosto de 2019 - 01:30 a. m.
Escrita en cortos capítulos que parecen cuentos, Música para bandidos, publicada por la editorial Pluma de Mompox, nos hace convivir con varios héroes y antihéroes palenqueros, muchachos de las barriadas que buscan ser músicos o campeones mundiales de boxeo. / Archivo
Escrita en cortos capítulos que parecen cuentos, Música para bandidos, publicada por la editorial Pluma de Mompox, nos hace convivir con varios héroes y antihéroes palenqueros, muchachos de las barriadas que buscan ser músicos o campeones mundiales de boxeo. / Archivo
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Cassiani nació en San Basilio de Palenque. Su familia se trasladó a Cartagena cuando él era un niño y se instalaron en el barrio La Candelaria, rebautizado La Candela en su obra, un sector dominado por las pandillas y muy cerca de la zona tugurial de los alrededores de la Ciénaga de la Virgen. Como lo anuncia el título de su novela, la primera escrita por un descendiente de los cimarrones que escaparon de la Cartagena esclavista del siglo XVII, la música está muy presente, desde la champeta criolla y africana, pasando por el reggae de Bob Marley y el sonido borinqueño, hasta la salsa de Joe Arroyo y Rubén Blades, las baladas de Rocío Durcal y alguna nota vallenata.

Uriel, quizás inspirado por su nombre de ángel, nos ofrece una visión panóptica, con un narrador omnisciente que habla de todo con desparpajo y surca los cielos sobre “la ciudad de piedra”, “la ciudad en ruinas”, para descender a los patios de los barrios marginados, donde se cocina con leña, paseándose por las calles y esquinas estremecidas por la música de los picós, donde hierve una juventud hermosa, en busca de su noble destino, debatiéndose entre la droga y la violencia, el analfabetismo y la falta de oportunidades.

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Escrita en cortos capítulos que parecen cuentos, Música para bandidos, publicada por la editorial Pluma de Mompox, nos hace convivir con varios héroes y antihéroes palenqueros, muchachos de las barriadas que buscan ser músicos o campeones mundiales de boxeo —como Kid Pambelé—, pero también grandes traficantes, atracadores o pandilleros, revolucionarios que desean tomarse el poder en Cartagena para darle comida, trabajo, salud y educación al pueblo, tumbar las murallas y cambiar el nombre de la avenida Pedro de Heredia por el del líder cimarrón Benkos Biohó. Esta loca utopía está muy bien contada y el lector sigue paso a paso los preparativos de la insurrección.

“¿Vamos a tumbar las murallas? —Sí, las vamos a tumbar en nombre de nuestros ancestros sacrificados, por su sangre, su carne y sus huesos quebrados, Pardo me explicó cómo fue todo, los blancos de Portugal y de España en distintos tiempos hicieron un secuestro masivo y después pusieron de esclavos a nuestra gente, África es nuestra madre”, dice Farolo, el pandillero metido a revolucionario, uno de los protagonistas de esta jugosa novela, junto con Villano y Bacano, líderes seguidos por numerosos jóvenes, queridos no solo por su arrojo y sus dones de mando, sino también por sus “ropas de marca” y su sensualidad al bailar y caminar.

Cassiani, admirador de James Baldwin y Fedor Dostoievsky, de Roberto Burgos Cantor y Gabriel García Márquez, de Meira Delmar y Emily Dickinson, nos transmite con maestría el ambiente del mercado de Bazurto y las calles de esa Cartagena proletaria por las que nunca caminamos; nos lleva a las discotecas de los palenqueros y nos cuenta los romances entre las “blanquitas” de Bocagrande y los galanes y atletas “champetúos”, “juran que sus herramientas son inmensas”, esos que de alguna manera también figuran en la novela del haitiano Danny Laferriere, Cómo hacer el amor con un negro sin cansarse. Hay mucho humor en esta novela, cuyas múltiples tramas exaltan, en medio de la precariedad y la pobreza, el coraje, la solidaridad, la amistad, el amor a la familia. “Los palenqueros trabajan recogiendo basura y las mujeres vendiendo frutas en las calles y en las playas, se defienden entre ellos (…) Las líneas de nuestras vidas nacen torcidas, podemos verlas en nuestras manos, enderezarlas es posible, el boxeo es una posibilidad, el boxeo es duro como el acero, la soledad, el aislamiento, las repentinas derrotas”.

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Cassiani derrocha imaginación y posee un verbo rabelaisiano cuando habla de sexo o comida y es firme para denunciar la violencia intrafamiliar, la drogadicción, el acoso sexual a las jóvenes, las injusticias sociales. “Nosotros somos la otra ciudad, la de debajo de la cama, la oculta en el cuarto de San Alejo, como todo aquello que en el hogar avergüenza. Somos ciudad en ruina: humana, ágil y apandillada. El lugar de los perros y las perras sueltas, de la mala hora (…) donde el mundo se hincha, donde la espera es lánguida, donde los niños aún mueren de vómito y simple diarrea”.

Su prosa es ágil, vigorosa, sus diálogos precisos, su estilo se mueve dentro de un realismo untado de pinceladas poéticas. Y aun cuando las historias que narra son urbanas y el narrador parece tomar distancia de las creencias mágico-religiosas de los ancianos de San Basilio de Palenque, toda la novela está atravesada por cierto misticismo, por la gracia palenquera, por la fuerza de la danza y la música, por la risa de su gente, por “algo” que suena como susurros de duendes y espíritus, por la presencia y los consejos de los difuntos.

Uriel Cassiani había publicado antes los libros Ceremonia para criaturas de agua dulce (prosa poética) y Alguna vez fuimos árboles, pájaros o sombras (poesía). En algunas entrevistas ha recalcado que en sus primeros años como escritor recibió el apoyo del poeta Pedro Blas Julio y de los novelistas Roberto Burgos Cantor y Óscar Collazos. La literatura del Caribe colombiano se enriquece con Música para bandidos, una obra que sin duda se irá abriendo paso entre los lectores de las barriadas y los estudiosos de las facultades de letras.

Por Julio Olaciregui

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