“No tenía que hacer nada de mal gusto, le advirtió la mujer de la posada al anciano Eguchi. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido”.
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Yasunari Kawabata (1899-1972) fue el primer escritor japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura. Recibió el galardón en 1968 “por su pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincrasia japonesa con enorme sensibilidad” (extracto del discurso del jurado). En efecto, la obra de Kawabata se caracteriza por utilizar una prosa sutil y sensible. Se vale de un lenguaje poético, pero al mismo tiempo sencillo y cotidiano. Los temas de sus novelas, con frecuencia, tienen que ver con las sensaciones íntimas, las exploraciones amorosas y sensuales, la soledad y las relaciones de las personas con la sociedad que las rodea. Afirma Miguel Sardegna en el prólogo de la edición de Seix Barral de 2005 lo siguiente: “La literatura de Kawabata es algo vivo, late como las olas y el viento. Avanzamos por sus páginas comprendiendo qué es lo que sucede, pero sin comprender el símbolo”. Kawabata tuvo una infancia dolorosa y solitaria, ya que sus familiares cercanos fueron muriendo en trágicas circunstancias hasta quedar solo a los quince años, y posiblemente estas experiencias marcaron su relación con el mundo, la sociedad y la naturaleza.
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“La casa de las bellas durmientes” (Nemureru Bijo) es una novela corta publicada por entregas entre enero de 1960 y noviembre de 1961 en la revista “Shincho”; luego se transformó en libro y se publicó en ese mismo año. El protagonista, Eguchi, es un hombre de sesenta y siete años que acude a una posada donde señores maduros pasan la noche con muchachas jóvenes y vírgenes a las que solo pueden observar dormir. Las mujeres duermen profundamente porque se les ha dado un narcótico, pero los hombres no pueden hacer nada distinto a mirar. Ese inquietante voyerismo se presenta de una forma sutil, íntima, sí, pero no maliciosa. De hecho, Eguchi termina observando todo lo que rodea. Por ejemplo, cuando la anfitriona de la posada lo guía y le va explicando las reglas, él contempla su espalda: “No había nada de extraño en la espalda que daba a Eguchi. No obstante, parecía extraña. Había un pájaro grande y raro en el nudo de su obi. Ignoraba qué especie era. ¿Por qué habrían puesto ojos y patas tan reales en un pájaro estilizado?
No era que el ave fuese inquietante por sí misma, solo que el diseño no era bueno; pero si había que atribuir algo inquietante a la espalda de la mujer, se encontraba allí en el pájaro”. Son reflexiones minuciosas desde la soledad, la vejez y la experiencia de vida, que no tienen final; son esbozos de miradas que no concluyen en la historia, pero dejan una sensación de introspección.
Gabriel García Márquez lo leyó y varias de sus inquietudes se ven plasmadas en “Memorias de mis putas tristes”(2004); incluso utilizó el primer párrafo de la novela de Kawabata como epígrafe de la suya. Las dos novelas mantienen la temática de la vejez, el deseo y la soledad; sin embargo, la novela del colombiano toma un rumbo distinto, toda vez que el protagonista experimenta un despertar sentimental y un enamoramiento tardío, mientras que los relatos del japonés se quedan como flotando dentro de la contemplación simbólica y terminan en decadencia.
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Eguchi vuelve varias noches a la posada y cada noche le asignan una muchacha diferente. Él se acuesta al lado de ellas y, al observar sus cuerpos inermes, empieza a recordar mujeres de su pasado. Como las mujeres duermen, no pueden responder a las divagaciones de su memoria; se convierten en una especie de espejo del recuerdo. Entre más avanza la trama de la novela, vemos cómo el protagonista experimenta un deseo vacío; nostalgia por momentos sublimes; culpa por su trato a ciertos amores que pasaron por su vida y una conciencia de su vejez y muerte inminente. Las niñas lozanas, jóvenes, hermosas, sensuales dentro de su sueño, contrastan con su falta de vitalidad, la pérdida del erotismo, su cuerpo viejo y arrugado. Un día, una de las muchachas que ha dormido junto a él no despierta nunca.
Es decir, “La casa de las bellas durmientes” es una novela que rezuma explosión de sentimientos desde una sola perspectiva: la de un hombre mayor que recapitula la esencia vital y contrasta la juventud con la vejez, el deseo con la ambición de una relación estable, y la memoria, dependiendo de la muchacha de turno, que dispara recuerdos de forma caprichosa.: “—Algunos caballeros dicen que tienen sueños felices cuando vienen aquí —había dicho la mujer—. Otros dicen que recuerdan lo que sentían cuando eran jóvenes: el sueño frente a la muerte y la belleza como algo efímero: “No era una muñeca viviente, pues no había muñecas vivientes; pero, para que un viejo que ya no era hombre no se avergonzara, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete no: para los viejos podía ser la vida misma. Semejante vida era, tal vez, una vida que podía palparse con confianza”. Sin duda, se trata de una novela compleja si se analiza desde la perspectiva de género y de objetivación de la mujer, pero no era ese el propósito del autor japonés.
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