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La trivialización del prestigio (Opinión)

Esta columna explora el prestigio y, a partir de un caso específico, la manera en la que este concepto ha cambiado con el paso del tiempo.

Roberto Palacio
20 de septiembre de 2026 – 06:58 p. m.
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En algún momento de nuestra historia reciente, algo pasó con el prestigio. Se fue al traste. Los mecanismos de reconocimiento del mérito, del valor, de la capacidad, de la inteligencia, del trabajo continuado y del esfuerzo simplemente se diluyeron. No sé bien en qué momento se trivializó el prestigio y el mérito, pero lo vemos por doquier. Al cargo más alto de los países, a los corporativos, a ser los “influencers” más influyentes llegan personas no sólo desprovistas de méritos sino abiertamente inadecuadas. Ya señalaba yo en La Era de la Ansiedad (Ariel 2023) que, como sociedad, hemos roto la conexión entre la capacidad contributiva de una persona al núcleo social y el valor que le otorgamos como persona. ¿Acaso no es Kim Kardashian una de las figuras públicas más reconocidas y admiradas justamente porque no sabe hacer cosa alguna aparte de ser famosa? Derivamos de su fama un valor, cuando debería ser que de su valor se deriva una fama. Nuestro tiempo es uno en el que el prestigio ha entrado en una espiral autorreferencial y falaz de petición de principio: somos prestigiosos porque tenemos mucho prestigio.

Gran parte de lo que determina el prestigio pasa por juegos y equívocos del lenguaje. Hemos jugado con la ambigüedad de la frase “cualquiera puede gobernar” (o, si a ello vamos, “cualquiera puede ser un gran artista”, “cualquiera puede ser un gran pensador”, etc.) como si fuera la piedra angular de la democracia, y la hemos interpretado como si quisiera decir que literalmente cualquiera puede gobernar, pensar o ser un gran artista. Sin embargo, acá vale la pena recordar a Auguste Gusteau en la película de Disney, Ratatouille, cuando explicaba lo que, para él, quería decir el lema de su marca “cualquiera puede cocinar”: con ello no afirmaba que cualquiera podía ser un gran cocinero independientemente de su talento o pericia, sino que un gran cocinero podía tener los orígenes más humildes… en su caso, un ratón.

Esta semana tuve un encuentro brutal con la trivialización del prestigio. Me llegó de madrugada un mensaje del Claustro Doctoral Honoris Causa de México, en letra cursiva, con respectivas marcas de agua, todo acuñado con el latinazgo Homines Dum Docent Discunt “Los hombres aprenden mientras enseñan” (porque claro, no hay honor que no se pueda poner en términos de un adagio latino) en el que tenían el gusto de informarme que había sido elegido para recibir ese galardón.

Luego de la emoción, y la ilusión que nos proporciona la idea de un reconocimiento en una vida como la mía, sin mucho acontecer, se instaura cruelmente en la conciencia la sospecha que llamamos “realidad”: ¿por qué carajos me iban a premiar a mi?…¡Esta gente no tiene ni idea de lo que hace! Ya lo decía Groucho Marx: ¿cómo sentir respeto por un club que me quisiera tener como miembro?

Todo el tiempo me embargaba esa aprensión de que se trataba de algo, en esencia, similar a los correos de hace una década que nos anunciaban que había muerto el rey de Suazilandia y que, por alguna extraña razón, nos había legado toda su fortuna. Sólo había que enviar cuarenta dólares para recibir el enorme importe. Con mi pretendida distinción, la petición no se hizo esperar: en una llamada me especificaron las condiciones para acceder al honorable estandarte: me otorgarían el reconocimiento a cambio de que yo depositara cuarenta mil pesos mexicanos en una cuenta (unos ocho millones de pesos colombianos), enviara unas fotos “tipo pizarra” (creo que esa fue la expresión) y pagara el honroso ajuar, birrete y toga. Podía, eso sí, pagar en cuotas, a lo cual la vocera del Honorable Claustro se refirió como pagar con una “logística de parcialidades”. Todo: el viaje, la estadía, el birrete y la toga, los chilaquiles corrían por mi cuenta.

Claro que no era el único homenajeado. Falta ver la enumeración de virtudes y logros de la larga lista de anónimos ciudadanos premiados tal como aparece en su página web, ostentando un birrete y una toga autofinanciados, junto a un cartón por el que han pagado el equivalente a ocho millones de pesos colombianos… herederos de la fortuna del rey de Suazilandia. ¿Debo decirlo? Se trataba de un enorme negocio que vende reconocimiento y “honor” en un mundo como el nuestro, el latinoamericano, que nunca tuvo títulos nobiliarios pero que aún sueña con mecanismos que avalen nuestro prestigio autopercibido.

La causa profunda de que nos permitamos este tipo de transacciones no hay que buscarla en este enorme amor que le tenemos a la “democratización” del reconocimiento, sino en lo que el filósofo español Daniel Innerarity ha llamado la “desregulación de los mercados cognitivos”. Las instituciones que antes nos decían qué era conducente en el mundo de las doctrinas, qué méritos y qué ideas eran valiosos se han debilitado o simplemente ya no existen. Las razones por las cuales algunas instituciones venden doctorados no se diferencian en esencia de aquellas por las cuales algunos creen que la Tierra es plana: no hay quien regule claramente ni las teorías ni quién merece el reconocimiento de decir que no lo es.

Cabe aclarar que un doctorado honoris causa no sirve de título académico, ya que un título así otorgado, sin ser emitido por una universidad específica, no equivale laboralmente ni en escalafones académicos a un PhD. No sé si el Honorable Claustro Doctoral estuviera dispuesto a cumplir su parte del negocio, como nunca supe si me perdí de una fortuna en Suazilandia. Pero no tengo que ofrecer pruebas de cuál probablemente sea la parte ganadora en ambas transacciones. Tampoco hará falta que aclare que ambos aún están a la espera de mi transacción bancaria.

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