Inmaculada González Puy llegó a Pekín en 1979, cuando China apenas comenzaba a abrirse al mundo. Lo hizo como estudiante, en un contexto en el que el intercambio con el exterior era todavía limitado. Lo que entonces fue un viaje académico terminó convirtiéndose en una trayectoria de más de cuatro décadas ligada al país.
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Desde 1983, ya instalada en la Embajada de España, vivió de cerca los años de transformación que redefinieron la relación de China con el exterior. Su trabajo se desarrolló en ese territorio menos visible pero decisivo donde la cultura actúa como puente: proyectos, interlocuciones y vínculos que, con el tiempo, consolidaron un diálogo sostenido entre China y el mundo hispanohablante.
Ese recorrido fue tomando nuevas formas —entre ellas, la creación del Instituto Cervantes de Pekín en 2006—, pero ha mantenido un mismo hilo conductor: la voluntad de entender y de acercar. Hay una imagen que atraviesa ese camino: la de las historias que viajan. Como el Quijote reinterpretado en chino y devuelto después al español, las culturas no permanecen intactas; se transforman en el tránsito y regresan con nuevos significados. En ese movimiento —más vital que institucional— se ha construido su trayectoria.
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Veinte años después de su apertura y con su regreso a la dirección, ¿cómo ha cambiado el Instituto Cervantes de Pekín y qué dice esa evolución sobre el lugar del español en China?
Estos veinte años son, ante todo, un proceso de transformación compartido. Cuando el Instituto Cervantes abrió en 2006, China vivía un momento de apertura acelerada y el interés por las lenguas extranjeras crecía al ritmo de esa curiosidad por el mundo. Hoy el escenario es distinto. El Instituto ya no es una presencia nueva, sino parte del tejido cultural de Pekín. Y, en paralelo, el español ha dejado de percibirse como una lengua minoritaria para convertirse en una herramienta académica y profesional con proyección. Quizá el cambio más importante no sea solo cuantitativo, sino de enfoque: hemos pasado de mostrar una cultura a propiciar encuentros. El Instituto funciona hoy como un espacio donde las culturas en español dialogan con China, se cruzan y, en muchos casos, se transforman.
En dos décadas de programación, ¿qué momentos resumen mejor ese diálogo cultural entre China y el mundo hispanohablante?
Es difícil quedarse con momentos concretos cuando veinte años están hechos, sobre todo, de encuentros. Por el centro han pasado escritores, artistas, cineastas, músicos e intelectuales que han dejado su huella en el público chino y en la historia del Cervantes. Durante estas dos décadas, sus espacios han acogido a figuras como Mario Vargas Llosa, Juan Gabriel Vásquez, Rosa Montero, María Dueñas, Javier Cercas, Irene Vallejo o Fernando Iwasaki, además de creadores como Isabel Coixet, Blanca Li, Sol Picó, Luz Casal, Chicuelo o Jorge Pardo. A través de exposiciones, conciertos y encuentros literarios, el Instituto ha acercado al público chino distintas expresiones del arte y la cultura en español, desde Goya y Picasso hasta creadores contemporáneos como Joan Fontcuberta o Carlos Garaicoa.
Pero más allá de los nombres, lo que ha definido este recorrido ha sido la creación de espacios de diálogo. Una historia que resume ese espíritu es la del viaje del Quijote entre China y el mundo hispanohablante. En 1922, el escritor chino Lin Shu recreó la obra de Cervantes sin conocer el español, a partir del relato de un colaborador. Su versión no fue una traducción en el sentido moderno, sino una interpretación literaria que adaptó la novela a los códigos narrativos chinos de su época.
Décadas después, el Instituto impulsó el camino inverso con una edición en español de aquella versión china, realizada por la sinóloga Alicia Relinque. Ese recorrido de ida y vuelta muestra cómo una obra puede viajar entre culturas, transformarse y regresar enriquecida por nuevas miradas. Ese ha sido también nuestro propósito durante estos años: acompañar la circulación de historias, ideas y creaciones. El mayor legado de este camino es la comunidad que se ha construido alrededor del proyecto, formada por estudiantes, profesores, artistas e instituciones que han convertido este espacio en un lugar compartido.
Tras más de cuatro décadas vinculada a China, ¿qué afinidades le siguen sorprendiendo entre la cultura china y la española?
Hay una afinidad profunda en la relación con la tradición y la memoria. Son dos culturas con una larga continuidad histórica, pero también con una gran capacidad de absorber influencias y transformarlas. Sin embargo, lo que realmente las acerca es la curiosidad mutua. El interés por el otro ha sido el motor de ese diálogo, y en ese proceso ambas sociedades han encontrado nuevas formas de mirarse a sí mismas. La lengua juega ahí un papel decisivo: aprender español en China no es solo adquirir una herramienta, es entrar en una comunidad cultural amplia y diversa.
Cuando el Cervantes llegó a Pekín en 2006, ¿qué encontró y qué tipo de espacio vino a construir?
Encontró una ciudad con una vida cultural intensa y en plena transformación. Pekín no necesitaba ser “descubierta”, sino acompañada en ese proceso de apertura y experimentación. El Instituto no llegó a llenar un vacío, sino a sumarse a ese ecosistema con una propuesta específica: un espacio estable dedicado al español y a las culturas que lo atraviesan. Desde el inicio, la apuesta fue clara: no solo programar actividades, sino generar conexiones. Que una exposición, una película o una conversación fueran puntos de partida para nuevas relaciones.
¿Cuándo dejó de ser el Cervantes un actor externo para convertirse en parte del mapa cultural de la ciudad?
No hubo un momento exacto, sino una acumulación de confianza. Eso ocurre cuando una institución deja de presentarse y empieza a colaborar. Un hito simbólico fue la participación en los Juegos Olímpicos de 2008, formando a voluntarios en español. Ahí se hizo evidente que la lengua también es una forma de hospitalidad. Con el tiempo, lo más significativo ha sido ver cómo estudiantes, artistas e instituciones locales sienten el Instituto como un espacio propio.
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Su trayectoria atraviesa ese mismo proceso de apertura: de estudiante a directora. ¿Cómo lee hoy ese recorrido?
Ha sido un viaje marcado por la transformación, tanto del país como de mi propia mirada. Llegué en 1979 a una China que apenas comenzaba a abrirse, y regresé en 1983 para trabajar en la Embajada en un momento clave de las relaciones bilaterales. Después vinieron años de cambios muy rápidos, en los que la cultura se consolidó como un puente fundamental. Más adelante, la creación de Casa Asia y el proyecto del Instituto Cervantes ampliaron esa línea de trabajo. Si tuviera que resumirlo, diría que todo ha girado en torno a lo mismo: crear espacios de encuentro entre realidades distintas.
¿Qué cambia en la mirada al pasar de estudiante a gestora cultural y luego a directora institucional?
Cambia la posición, pero no la motivación. Como estudiante, todo era descubrimiento. Como gestora cultural, el reto era construir puentes concretos entre instituciones y creadores. Hoy, desde la dirección, la tarea es más amplia: no solo acercar una cultura, sino facilitar que ese encuentro produzca algo nuevo. Es un mismo recorrido en tres tiempos: conocer, comprender y hacer posible que otros también se acerquen.
¿Cómo describiría la expansión del español en China en estos veinte años?
Ha sido un crecimiento sostenido y, sobre todo, una transformación en su significado. Al principio, el español estaba muy ligado al ámbito universitario; hoy tiene presencia en la educación, la cultura y el mundo profesional. También ha cambiado la percepción: ya no se asocia únicamente con España, sino con un espacio global que incluye a América Latina y otras regiones. En ese proceso, la formación de profesores ha sido clave. Son ellos quienes han llevado el español mucho más allá de las aulas del Instituto.
En ese cruce entre lenguas y tradiciones, ¿qué papel juega hoy el Cervantes en la idea de patrimonio?
Más que conservar, se trata de activar el patrimonio. Poner en circulación obras, ideas y prácticas para que dialoguen con nuevos públicos. Eso implica mostrar tanto la tradición como la creación contemporánea, y hacerlo siempre en colaboración con instituciones y creadores chinos. Al final, el patrimonio más valioso no es solo el que se exhibe, sino el que se construye en las relaciones que surgen alrededor de la cultura.
Con este aniversario, ¿hacia dónde le gustaría ver evolucionar el Instituto?
El reto es mantener el espíritu con el que nació: ser un espacio abierto, flexible y atento a las nuevas generaciones. El crecimiento del español en China seguirá, pero lo importante será cómo se acompaña: con propuestas culturales relevantes, con formación y con proyectos compartidos. Después de tantos años, sigo convencida de que las lenguas y la cultura son herramientas muy concretas para acercar sociedades. Lo que viene ahora es seguir profundizando ese camino.
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