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Sanación
En las madrugadas, luego de noches atareadas, lo único que le impedía conciliar el sueño era el olor dulzón a sudor y sexo, pegado a la piel, a la cama, a la almohada. Cuando comenzó en el oficio, pensó que sería cuestión de tiempo acostumbrarse; pero luego de 10 años, por el contrario, su olfato parecía haberse agudizado y se hacía cada vez más agobiante. Todos los días, una vez despachado el último cliente, se dedicaba a limpiar el cuarto y a asearse hasta eliminar todo vestigio oloroso. Esta tarea podía tomarle horas, tiempo valioso de sueño y reposo. Además, los gastos en jabón, desinfectante y aromatizantes solían consumir parte importante de sus ganancias. Llegó, incluso, a contemplar la posibilidad de cambiar de oficio, aunque sin encontrar una alternativa viable. No obstante, hoy está contenta: tras varios meses de pandemia, la suerte al fin la acompaña. De manera repentina se curó de su fobia a los olores y, con tantas compañeras enfermas, el trabajo se ha incrementado.
Laura Cala
Lo invitamos a leer La Esquina Delirante LXV (Microrrelatos)
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La mujer de la radio
La noche del primer domingo de mayo algo cambió aquí dentro. Primera emisión, carreta, un par de entrevistas poco interesantes, olor a café, más carreta, un brusco cambio de dial. Fue por mi piel por donde entraron sus palabras. Encendí el último cigarro de la semana. Hablaba de un cantante que había pasado toda una noche mirando la luna hasta que por fin pudo concluir su canción. Y todo valió la pena, decía mientras aullaba y anunciaba luna llena. Bajé los ocho pisos del edificio para comprobar, desde el parque, que hablaba solo para mí. Esta noche es la más extraña para ti, sí para ti, dijo, mientras me pareció que los cráteres hacían una mueca salvaje. He dormido con ella. He bailado con ella. He creído cada una de las historias con las que prometió que nos veríamos. Le he sido fiel tantos meses, para que esta noche, mientras abrazo como siempre este radiecito contra mi pecho, la muy descarada anuncie que se va porque se casa y no quería dejar de compartir su felicidad conmigo. “Sí, contigo oyente”.
Ángela Briceño
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El preferido
“Deja de decir mentiras”, le reprocha el papá, los ojos rojos, las venas brotadas, sin apenas poder mirarlo, y sale del cuarto. Yaím oye llantos y murmullos en el corredor; comprende de inmediato que lo importante no es la verdad, sino la verosimilitud. Descarta sus posesiones más preciadas (la colección de revistas, los CD’s, los videos de La guerra de las galaxias…) y empaca solo un par de mudas de ropa.
“Te dejo toda la casa”, Saúl escribe en una hoja. Desde que naciste, ha sido más tuya que mía, igual que el amor y la confianza de papá y mamá. También era tuyo el afecto de Mimí, por eso no me creen que la mataste.
No tiene que esforzarse en la fuga: papá y mamá consuelan a Saúl, en su cuarto, por la pérdida de la gata. Deja la hoja en el comedor y sale sin hacer ruido. Un par de lágrimas y seis cuadras más adelante, sonríe. Confía en que el mundo será benévolo con un muchacho de 14 años; en cambio, su partida hará que papá y mamá desplacen la duda de un hijo al otro, y Saúl dejará de ser el preferido.
Hernando Escobar-Vera
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La novata
La llovizna se convierte en aguacero. Hombre y mujer se aprietan bajo el paraguas; aceleran el paso para alcanzar el andén y resguardarse en el pequeño espacio que ofrece el alero del edificio contiguo.
—¿Tiene que ser ahora?
—No seas floja: un poco de agua no te va a derretir.
—Pero está diluviando y no traje sombrilla.
—Habrá que improvisar. Es más fácil si parecemos novios.
El hombre aprovecha el abrazo que le da a la mujer para observar al grupo que se apeñusca en el portal de enfrente; apoya su cara contra la cabeza de ella simulando ternura.
—Corbata azul —susurra.
La luz verde se enciende y el hombre pasa su brazo por la espalda de ella; la empuja para que corran. Transeúntes y paraguas de ambos lados, urgidos por llegar al resguardo del alero, vacilan y se esquivan. Ambos alcanzan la otra acera y continúan caminando aprisa.
—¿Lo conseguiste?
—No. Ya te dije: tengo manos lentas.
—No nos vamos hasta que puedas.
Aunque no amaina el aguacero, abrazados como novios, se dirigen a buscar otro cruce peatonal.
Leonor Aguilar D.
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Elección de nombres
Cuando mi madre me consultó el nombre para mí hermana, me rehúse a todos:
—Génesis.
—No, luego le apodan Apocalipsis.
—Dalma.
—Tampoco, después la llaman “Dálmata 102”.
—Maricarmen.
—Menos, porque su diminutivo es: “Marica”.
—Morena.
—Mamá, no es racismo, pero somos rubios.
Ante mi negativa, se dio por vencida y buscó en un libro, que yo tenía en las manos, nombres de flores, de diosas griegas y de cosas árabes para convencerme de alguno. En esa búsqueda, encontró la palabra “Yalile”. Desconocía su origen y significado, pero llamó mi atención y asentí con la cabeza, bajo la condición de llamarle Yali o Lali, porque al día siguiente nacería mi única hermana y no podía llegar al mundo sin ropa y sin nombre, como llegan muchos que son abandonados afuera de algún teatro o biblioteca. Ese no era el destino que deseaba para Yali.
Carlos Martínez Buelvas
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Lo invitamos a leer La Esquina Delirante LXIII (Microrrelatos)
Un paseo por Luvina
Recuerdo aquel día: hora punta en Luvina. En cada calle, un grupo de personas que se expandía, casi tocándose con otros, en un momento en el que el coronavirus era el único que parecía ser consciente de la brevedad de la vida, de su fragilidad. Transeúntes desfilando como coches enlatados. Esquivaba como podía las granadas y los campos de minas bajo mis pies. Nadie guardaba la distancia de seguridad. Muchos iban sin mascarilla y fumando; algunos tosían con desconsideración y yo corría entre la multitud provocando la algarabía y la risa frívola. Hacía mucho calor. Al día siguiente, Luvina salió en el periódico. Había un foco del Covid-19 aumentando de forma exponencial. Y esa gente todavía no renegaba de su hábito insolidario e inconsciente, y el calor se extendía tanto, por cada avenida, que creí ver Comala y todos sus espíritus vivientes.
Celia Ortiz Lombraña
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Cuando los hombres mueran
Cuando los hombres mueran seremos de nuevo una gran raza, escribiría entonces el primer dinosaurio que inventó el lenguaje tal y como lo conocemos.
Andrés Castañeda
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