15 Oct 2018 - 1:00 a. m.

La galaxia de “Universo Centro”

Con su centro de operaciones en el bar El Guanábano situado en el Parque del Periodista, este periódico de Medellín se está volviendo de colección. Su ingeniosa historia revela también las memorias de una ciudad que no duerme ni guarda secretos.

JORGE CARDONA ALZATE

En el “antro de redacción” de El Guanábano, en el Parque del Periodista,  se cocinan las ediciones de “Universo Centro”.  / Crédito: Juan Fernando Ospina
En el “antro de redacción” de El Guanábano, en el Parque del Periodista, se cocinan las ediciones de “Universo Centro”. / Crédito: Juan Fernando Ospina

“Cualquier cosa, menos quietos” es la contraseña de ingreso a Universo Centro. Sin manual de estilo, propuesta mensual y distribución gratuita, esta “piedra lanzada sobre un pequeño estanque en el centro de Medellín” lleva una década de mecanografía colectiva desde su “antro de redacción” en el bar El Guanábano. Allá juegan de local, su director y fotógrafo Juan Fernando Ospina, el editor Pascual Gaviria, los integrantes del comité editorial, o todo aquel que surge del eje horizontal de la barra, donde comienza la historia.

En el cruce de caminos entre Girardot y Maracaibo, en un rastrojo que siempre fue pretexto para tomar aguardiente. Alguna vez asociado a la plazoleta Hungría, en homenaje a la revolución de 1956. En los años 70, los periodistas lo convirtieron en versión paisa del tributo al cubano Manuel del Socorro Rodríguez, pionero del oficio en la Nueva Granada del virrey Ezpeleta. En los 80, cuando los extraditables desenfundaron sus pistolas y el Departamento de Orden Ciudadano (DOC) se puso al frente de la muerte, el instante del último trago fue en este pequeño parque.

Como testigo mudo, un árbol de guanábano siempre fue anfitrión. Los prendidos de la noche, sobrevivientes de la tienda de don Lao o El Serenata, se enrumbaban hacia el Parque del Periodista. Cuando cerró sus puertas el bar La Arteria en la avenida La Playa, y terminó este capítulo esencial de la rumba en el centro, llegó al parque la cofradía de Luis Fernando El Mono Upegui; Francisco Guillermo Trujillo, Trujo; John Jaramillo, José Ignacio Mesa y Gloria La Monita Uribe. Buscaban donde seguir tomando y lo encontraron.

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En un destartalado local pintado de amarillo donde cerraba sus puertas el negocio El Pollo Farsante, un letrero de “Se arrienda” fue el reto para convertirse en dueños de un bar. La sociedad se llamó primero Gato con Longaniza, porque Trujo no le daba mucho tiempo al invento. Pero abrieron el 17 de abril de 1990 como El Guanábano, y desde ese día cambió la historia de sus vidas y también la del parque. De ese encuentro de amigos para beber en santa paz, surgió un abrevadero masivo, que de escurrir botellas mutó en “un remanso de respeto y tolerancia”.

La historia la escribió Guillermo Cardona en su crónica “Emborrachémonos muchachos”, publicada en Universo Centro en abril de 2010, como homenaje a los fundadores de El Guanábano “que deben seguir tomando trago en otras dimensiones”. El título del escrito evoca la convincente invitación de Luis Fernando Upegui a sus amigos de farra. El bar lleva 28 años atendido directamente por su cantinera y dueña Gloria La Monita Uribe, y para entender lo que provoca, y cómo su magia se irradia por el parque, no hay palabras para describirlo, hay que ir a verlo.

No queda un espacio libre en este coctel de plazoleta sin afanes, en el que muchos hombres y mujeres se toman y fuman la noche sin discriminaciones. Un monumento de homenaje a nueve niños masacrados en la zona de Villatina en 1992, instalado en el parque, enmarca este enjambre humano de relajados festejantes. Desde la barra de El Guanábano, los dueños de casa calibran la libertad con su propio ejemplo. Al fondo del bar, por una estrecha escalera en espiral, en el segundo piso está el “antro de redacción”, desde donde gravita Universo Centro.

El espacio es un reciclaje estético elaborado con chécheres de la calle, tres computadores, alcancías de marrano, un mapamundi, Van Gogh o El cuervo de Allan Poe. Una apropiada escenografía de añadiduras para el brazo palabrero de El Guanábano. Finalmente, Universo Centro nació de sus entrañas, lo afila cada mes su segunda y tercera generación y, como lo resaltaron sus auspiciadores, fue “una chispa que prendió con la ayuda de un poco de alcohol”, y porque “la palabra sirve como repelente contra los poderosos e imán para algunos desatinados con ideas”.

En su primera entrega, Universo Centro se fue de empelotada general en la portada y promisión de buena lectura como incorregible obligación. Ahora no falta el destape, pero de ideas sin almíbar, y sus propietarios solo piden que no se les encasille en el piropo o el señalamiento de periodismo independiente, porque los detractores o escandalizados, que no faltan pues pagan afiliación a la logia de señalar la paja en el ojo ajeno, aprovechan para decirles fletados o zalameros, “hasta enmermelados”, protesta y ríe Pascual Gaviria.

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Cada mes se atraviesa “La pauta de Babilonia” y empieza la brega por cubrir costos de impresión y página web. Los defiende su escritura a muchas manos, que da credibilidad porque desdeñan los prejuicios; y les ayuda a tapar huecos los avisos publicitarios que se reciben de las Empresas Públicas de Medellín, el Parque Explora, EAFIT, Proantioquia o Confiar. Después de diez años de elogio a la locura y la lucidez, como copistas de Erasmo, “ya era hora”, resaltan sus gestores. Y ya van en 20.000 ejemplares de tiraje y más de 200.000 visitas mensuales.

Es el legado de Universo Centro a Medellín, para rastrear en sus páginas de ayer y de hoy, hasta desempolvar los retratos que merecen estos tiempos de revelaciones. Son 101 ediciones con piezas de antología como el perfil de Andrés Caicedo titulado El tartamudo genial, escrito por Gustavo Álvarez Gardeazábal; las primeras fiestas de narcos en Medellín contadas por el nadaísta Eduardo Escobar, o Querido Jesús, de Anamaría Bedoya, sobre Jesús María Valle y sus batallas en Ituango. Un reencuentro de voces que escuchan y hablan al país desde sus heridas abiertas o sus ausencias vivas.

El único columnista es Elkin Obregón, con repentismo de caricaturista y “caído del zarzo”. Los demás solo pasan por el filtro de la escritura precisa. No pueden faltar las fotos de Juan Fernando Ospina, la saga de los barrios, la crónica verde contra prohibicionistas y tartufos, o la reproducción de una obra de arte en sus páginas centrales. Hasta el inflexible exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia Iván Velásquez se la jugó como escritor con El paraqueadero Padilla, homenaje a tres investigadores del CTI asesinados tras descubrir el centro de contabilidad de las autodefensas en 1998.

En cien números para coleccionistas, cualquier antología es arbitraria. La semblanza de Vicente Mejía, el cura que levantó a Medellín en los basureros, de Oscar Calvo Isaza. La guía de burdeles de Hugo Bustillo Naranjo, con deleitosas Ninfas y nichos del valle encantado. La trastienda de la guerra que se resiste a ir y por eso no se cansa de contar la periodista Andrea Aldana. La historia de la gonorrea, insulto de los insultos en Colombia, de Juan Fernando Ramírez, y hasta una oda al metro que Fernando Mora acuñó con sugerencia antes de abordar: Ave María metro, los que van a viajar te saludan.

“Parecía un espejismo, o una alucinación, para decirlo con una palabra más acorde”, apuntan sus gestores al aceptar su premio de montaña en el número 100. Y conservados en los mejores alcoholes, como admite John Jaramillo en su texto Bares, Estado y urbe, llevan con orgullo la marca de El Guanábano, que no cerró la barra ni en los tiempos canallas de los carros bomba. Saben que vender pauta es más difícil que expender aguardiente, pero por fortuna cargan el maletín para blindar esa causa, y la de asumir que lo suyo es “cualquier cosa, menos quietos”.

 

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