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La herencia árabe en la cosmología occidental (El teatro de la historia)

La muy arraigada idea de la revolución copernicana ha facilitado imaginar un gran giro provocado por un pensador solitario que derrumbó un antiguo paradigma, una versión pobre e idealizada de la historia que desestimó antecedentes de gran importancia como las objeciones de la astronomía árabe al sistema geocéntrico.

Mauricio Nieto Olarte

21 de abril de 2026 - 08:00 p. m.
Modelo lunar del astrónomo sirio Ibn al-Shatir (1304-1375) en su obra Kitab nihayat al-sul fi tashih al-usul ("La búsqueda final sobre la rectificación de los principios de la teoría planetaria").
Foto: Wikimedia Commons
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Nuestra visión de la historia de la ciencia moderna se suele relacionar con una cronología que se remonta a los griegos, supone una época oscura en la Edad Media y una más o menos espontánea resurrección en la Europa occidental del siglo XV, hasta llegar a su consolidación en la Ilustración. Esta concepción de la historia ha sido posible porque tanto el Renacimiento como la Ilustración han sido relatados como logros europeos, omitiendo lo que ocurrió en buena parte del mundo y la influencia sobre la Europa moderna de los saberes y culturas de otros continentes.

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Uno de los silencios más notables de esta historia eurocéntrica es el de la importancia de la ciencia del islam, que a pesar de su evidente impacto global hoy parece distante e incluso antagónica a la civilización occidental.

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Sospecho que algunos de los lectores comparten mi recuerdo de la portada del libro del Álgebra de Baldor, en la cual aparecía un señor con un turbante. Se trata de Al-Khwarizmi, quien, además de ser en gran parte responsable de nuestra adopción del sistema decimal y de la nomenclatura numérica de origen indio, que por sus divulgadores en Europa conocemos como arábiga. Una simple multiplicación de más de dos dígitos con números romanos nos parecería hoy una tarea en extremo engorrosa, y nuestras poderosas herramientas de cálculo son posibles, en gran parte, gracias a maneras de pensar los números que por siglos fueron extrañas en Europa. Además, la obra de Al-Khwarizmi propuso un nivel mayor de abstracción, en el cual el razonamiento matemático no se limita a cálculos con cifras numéricas específicas, sino que hace uso de ecuaciones generales con el empleo de letras, lo que hoy, en honor al gran matemático persa, llamamos algoritmos. Pero esa es una historia que requiere otro artículo; hoy nos centramos en el legado en estrecha relación con las matemáticas, el de la astronomía árabe.

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No sobra recordar algo del contexto histórico del origen de la poderosa tradición islámica y de la expansión de la cultura árabe. En el siglo VI nace en La Meca el profeta Mahoma y desde allí predica la nueva religión del islam. La leyenda cuenta que Mahoma tuvo una serie de revelaciones en las que el Corán (libro sagrado del islam) le fue dictado por el ángel Gabriel. El Corán fue definitivo para la difusión y estandarización de la lengua árabe escrita, y además fue la fuente de la teología, la moral, el derecho y la cosmología de una de las civilizaciones más poderosas de la historia.

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Para el año 632, cuando muere el profeta Mahoma, el islam había unificado el oeste de la península arábiga, el comienzo de una triunfante expansión geográfica con la cual los árabes lograron conquistar todo el Oriente Medio, la costa norte de África y gran parte de la península ibérica en menos de un siglo.

El control de un imperio que reúne pueblos y culturas diversas de lugares tan distantes no solo supone poder militar y un único credo, sino un Estado centralizado, una lengua, un sistema legal, un calendario, una cartografía y unidades de medida comunes.

En medio de la necesidad de una burocracia educada y eficiente, Al-Ma’mum (813-833) fundó en Bagdad la Casa de la Sabiduría. Difícilmente podemos encontrar en la historia del conocimiento un momento y un lugar de mayor fertilidad, lo cual fue en gran parte consecuencia de la capacidad de asimilación de tradiciones filosóficas griegas, indias, persas e incluso egipcias. El gigante cometido del Estado islámico por recopilar, preservar, estudiar y hacer uso de saberes de procedencia diversa dejó una importante lección para la historia de la ciencia: el conocimiento florece cuando se encuentran diversas formas de pensar. Bagdad fue un centro de actividad política e intelectual en el cual se estimuló el conocimiento al servicio del gran imperio de la mano de la traducción y apropiación de saberes de diversos lugares, incluyendo la filosofía griega, tratados de medicina de Galeno e Hipócrates, diálogos de Platón y textos de Aristóteles, los Elementos de geometría de Euclides y el gran tratado de astronomía geocéntrica: el Almagesto de Claudio Ptolomeo.

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La traducción es en sí misma una empresa compleja de apropiación y supone conocimiento, capacidad de adaptar las ideas al propio contexto, pero además, como veremos en el caso de la astronomía, el islam consolidó una cultura científica rigurosa, crítica y en varios aspectos revolucionaria.

Una larga tradición de astrónomos árabes no solo tradujo y estudió los clásicos griegos que defendieron la cosmología geocéntrica de Aristóteles y Ptolomeo, sino que los ajustaron, corrigieron y mostraron sus limitaciones. Las objeciones a Ptolomeo no se limitaron a la producción de mediciones más precisas; la cosmología geocéntrica fue objeto de una fuerte crítica conceptual, haciendo evidentes inconsistencias filosóficas entre las numerosas esferas y movimientos planetarios que requiere el modelo del universo con la Tierra en el centro, un sistema planetario que resultaba imposible de explicar con los principios físicos de Aristóteles.

Uno de los textos más populares dedicados a la crítica de Ptolomeo fue Al-Shukuk ala Batlamyus, en latín, Dubitationes in Ptolemaeum (Dudas sobre Ptolomeo) de Ibn Al-Haitham, conocido en el mundo latino como Alhacén († ca. 1040), quien concluyó: “Con el conocimiento que tenemos demostrado, es ahora evidente que las configuraciones propuestas por Ptolomeo para explicar el movimiento de los cinco planetas son falsas…”.

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Con total claridad y contundencia, más de cuatrocientos años antes de Copérnico, astrónomos árabes como Alhacén manifestaron, con justas razones, su inconformidad con el modelo geocéntrico griego. Para Alhacén, la astronomía griega proponía un modelo matemático cuya realidad física era insostenible. Es decir que la astronomía árabe tomó su propio rumbo, y la búsqueda de consistencia entre los modelos matemáticos y el mundo físico fue un cometido epistemológico mayor, que implicó la necesidad de una nueva astronomía y de una nueva ciencia. Alhacén no fue el único astrónomo árabe que criticó el modelo clásico griego. Averroes, tal vez más célebre por ser uno de los más importantes comentaristas de la obra de Aristóteles, fue contundente en su rechazo de la astronomía de Ptolomeo: “Proponer esferas excéntricas o epiciclos es contrario a la naturaleza […] las órbitas en epiciclos no son posibles porque los cuerpos que se mueven en círculos lo deben hacer —según la física aristotélica— alrededor del centro del universo y no por fuera de este”. Y más aún, concluyó que “la ciencia de la astronomía de nuestro tiempo no se ocupa de lo que realmente existe, más bien se conforma con el cálculo sin incluir la realidad”.

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La similitud entre las innovaciones de Copérnico en su Revolución de los orbes celestes (1543) y las propuestas por el astrónomo árabe Ibn al-Shatir (1304-1375) para explicar las fases de la luna y el tránsito de Mercurio ha hecho pensar a los expertos que Copérnico tuvo acceso directo a reparos del modelo de Ptolomeo de los astrónomos árabes como al-Shatir. Los expertos seguirán debatiendo de qué maneras específicas la astronomía árabe influyó en la obra de Nicolás Copérnico, pero lo que está fuera de toda duda es que las debilidades del modelo del cosmos geocéntrico de la tradición griega habían sido identificadas por los astrónomos del islam siglos antes del Renacimiento italiano y de la gran revolución científica que en Occidente se ha llamado la revolución copernicana.

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Por Mauricio Nieto Olarte

Mauricio Nieto Olarte es filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en Historia de las Ciencias de la Universidad de Londres.
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