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“Los suicidas del Sisga”, de la crónica roja al pincel de Beatriz González

La obra de la artista colombiana, quien falleció el 9 de enero, a los 93 años, marcó el inicio de una exploración que se extendió durante décadas.

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11 de enero de 2026 - 01:00 p. m.
Beatriz González posa con su obra "Los suicidas del Sisga", el 20 de agosto de 1965.
Beatriz González posa con su obra "Los suicidas del Sisga", el 20 de agosto de 1965.
Foto: Archivo El Espectador
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Era 1965 cuando Beatriz González vio una fotografía que marcó el inicio de décadas de exploración artística. La imagen publicada en El Tiempo y El Vespertino mostraba a una joven pareja, él de 25 años y ella de 20. Los amantes figuraban en los diarios no por sus nupcias, sino por su muerte conjunta en la represa del Sisga.

Oriundos de Boyacá, los enamorados fueron identificados como Antonio María Martínez Bonza y Tulia Vargas. La muerte se registró el 13 de junio de 1965, día de San Antonio, y cinco días más tarde encontraron los cuerpos. En un principio no pudieron dar con sus identidades, pues, sin documentos que lo confirmaran, las autoridades tuvieron que acudir a las personas que se creía que estaban relacionados con ellos.

La foto que inspiró a González circuló en El Vespertino el 28 de junio. Mostraba a la pareja retratada en blanco y negro con un ramo de flores entre ellos. Sobre sus cabezas, el titular rezaba: “La tragedia de la represa del Sisga. Los enamorados suicidas dejaron su última foto”.

Días antes del reporte de El Vespertino, El Tiempo publicó dos notas judiciales. “Fueron los propios familiares quienes llegaron hasta la alcaldía de Chocontá tras leer en el diario que habían encontrado dos cuerpos sin nombre en el embalse. Los hermanos de Antonio y una pariente de Tulia fueron al cementerio. A él lo reconocieron por la ropa, por un puente de oro en la dentadura superior y por unas cejas muy pobladas; a ella, por la estatura y porque era la misma joven que Antonio había presentado días antes como su novia”, escribió José Ángel Báez en el portal La Rueda Suelta.

El 5 de junio Antonio María partió con rumbo a Boyacá y allí presentó a Tulia como su novia frente a sus familiares. El 12 de junio regresaron juntos a la capital. De acuerdo con los reportes, los enamorados llegaron a Bogotá y se hospedaron en una habitación en el barrio Las Ferias, allí pasaron una noche y con la misma ropa con la que llegaron, fueron encontrados en el cuerpo de agua.

Tras la publicación de la crónica roja en diferentes medios, Beatriz González observó la fotografía. En ese momento, la artista buscaba desligarse de la abstracción y movió su mirada hacia estampas de santos y fotografías de periódicos. Con esta práctica creó un amplio archivo que, según comentó la artista, tachaba y dibujaba sobre los recortes que hacía.

La imagen de los suicidas del Sisga impactó a González, pues decía que notó que estaba “mal impresa”, con unos detalles que germinaron la idea para la pintura con la que recibiría un premio en el XVII Salón Nacional de Artistas Colombianos

Así narró Traba los inicios de González, en 1974: “En el XVII salón de artistas colombianos, celebrado en 1966, una joven artista de provincia que acababa de terminar sus estudios de maestra en artes, presentó una obra a la cual se le concedió el premio especial del salón. La obra se llamaba ‘Los suicidas del Sisga’ y determinaría nuestro modo de ver en el arte colombiano. Marcaba, además, el comienzo de una extraordinaria carrera artística, cuya originalidad más relevante sería la de expresar la idiosincrasia de una sociedad con agudeza, inteligencia y chispa inventiva”.

La fotografía publicada a blanco y negro en los periódicos de la época se llenó de color al pasar por la mano y los ojos de Beatriz González. “Este cuadro marca el comienzo de una exploración gráfica a partir de los relatos periodísticos que, de una u otra forma, construyen la memoria popular de un país azotado por una notable violencia. En las obras de Beatriz González existe siempre un testimonio registrado de forma directa sobre el soporte: personas y personajes iluminados por una paleta de colores rechinantes que advierten sobre el peligro de vivir en el olvido", escribió Felipe Meneses Ballesteros para Historia Arte.

De acuerdo con Ivonne Pini, en su texto para el Banco de la República, La obra se aproximaba el kitsch, mientras que reflexionaba sobre las historias anónimas en Colombia e “ironizaba acerca de los criterios tradicionales de pintura y composición”.

“Tanto el color como el espacio destacan la noción de frontalidad y la desaparición del volumen, reafirmando la idea de plano que maneja el cartel. La obra mostraba tempranamente el interés de la artista por el aporte iconográfico que las imágenes de la reportería gráfica podían ofrecerle. Y además, a nivel formal la construcción del cuadro, suponía componer a partir de fragmentos que se reconstruyen, enfatizando el significado de los colores fuertes, intensos, que valoran la aparente vulgaridad de su uso cotidiano”, escribió Pini.

En el aniversario 50 de la creación de esta pieza, el museo Tate Modern, en Londres, exhibió la obra. Existen tres versiones de “Los suicidas del Sisga”. La primera está en una colección privada, la segunda se encuentra en el Museo La Tertulia en Cali, y la última, la favorita de la artista, se exhibe en las paredes del Museo Nacional de Colombia.

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