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En 1924, poco después de la muerte de Conrad, buena parte de la nueva generación de lectores y escritores ingleses se entregó a un pasatiempo curioso: despreciar a Conrad. Dos años antes se había dado lo que ahora vemos como uno de esos estallidos literarios que no se repiten con frecuencia: el Ulises de Joyce, La habitación de Jacob de Virginia Woolf, La tierra baldía de Eliot. El mundo era modernista; y en ese mundo de estéticas radicales, la obra de Conrad parecía tal vez demasiado convencional, y antes de que nadie se diera cuenta quedó relegada al desván de los trastos premodernos, a la compañía de los novelistas decimonónicos.
Se trataba, claro, del consabido purgatorio que deben atravesar todos los novelistas. En el caso de Conrad el purgatorio duraría seis años, y a partir de 1930 los críticos volverían a descubrir lo que ya muchos sabían: que aquel polaco que escribía en inglés era el eslabón imprescindible entre la mejor novela del siglo XIX, de Flaubert a Henry James, y la nueva novela del siglo XX: los Joyce y los Woolf y los Faulkner y los Hemingway. De hecho, el joven Hemingway fue uno de los pocos en reconocer, a la muerte de Conrad, la importancia de su figura. Escribió: “Si supiera que moliendo al señor Eliot y rociando ese polvillo sobre la tumba del señor Conrad éste reaparecería y comenzaría a escribir, saldría mañana temprano para Londres con un molinillo de salchichas”.
Lo que Hemingway supo ver, lo que no supieron ver tantos otros, es cierta misteriosa cualidad de Conrad que lo hace —y éste no es un adjetivo que se deba usar a la ligera— necesario. Buena parte de la novela moderna podría entrar con comodidad en otros archivos: Interesante. Osada. Revolucionaria. Pero muy pocos novelistas nos parecen necesarios, muy pocos nos dicen cosas sin las cuales seríamos menos, entenderíamos menos. Conrad, me parece, es uno de ellos. Sus escenas más importantes se han transformado con el tiempo en metáforas de lo que somos: el horror de Kurtz en El corazón de las tinieblas es lo primero que viene a la cabeza, pero no es lo único.
El salto al agua de Lord Jim, la confesión de Razumov en Bajo la mirada de Occidente, el suicidio de Decoud en Nostromo, son ya momentos de nuestra historia colectiva. Ochenta años después de El corazón de las tinieblas, Coppola utiliza la novela de Conrad para explicarnos mejor lo que es la guerra de Vietnam en Apocalypse Now; setenta y cinco años después de Nostromo, Ridley Scott toma prestado el nombre de ese marinero italiano para bautizar la nave espacial de Alien. Conrad ha sido capaz de crear arquetipos: escenas cuya resonancia va más allá de sus tareas narrativas, imágenes que nos definen, nos estructuran, nos inventan.
He dicho que nos inventan, pero también podría decir que nos descubren. Eso, creo, es lo que hace Conrad con el vasto territorio inexplorado de la experiencia humana. Según la anécdota que cuenta en Crónica personal —y que por otra parte bien puede ser apócrifa—, de niño Conrad había puesto un dedo sobre el mapa de África y dicho: “Cuando crezca, iré allí”.
Al final, como se sabe, fue; y después de un par de décadas dedicadas a (des)cubrir el mundo con sus viajes, reprodujo en la ficción lo que había hecho en su vida de marinero: cada uno de sus libros coloniza un nuevo territorio de nuestra condición. En el prefacio de El negro del Narcissus, uno de los documentos que fundaron la literatura del siglo XX, Conrad dice que el artista “apela a nuestra capacidad de asombro, al sentido de misterio que rodea nuestras vidas”.
Muchos años después uno de los herederos más legítimos de Conrad, V.S Naipaul, escribió “Mi oscuridad y la de Conrad”, un ensayo que es casi un programa. “El novelista, igual que el pintor, ha dejado de reconocer su función interpretativa”, dice Naipaul. “Y así el mundo siempre nuevo que habitamos permanece inescrutado, transformado por la cámara en algo ordinario sobre lo cual no hay reflexión; y no hay ya nadie que despierte en nosotros una sensación de verdadero asombro. Ésta es, quizás, una definición bastante acertada del propósito del novelista en todas las épocas”. Y ésa es, quizás, la definición más acertada del propósito que movió a Conrad a lo largo de sus veintitantos libros: viajar a los lugares de la experiencia humana donde nadie ha estado jamás, y volver para contarnos lo que hay en ellos.
Pues bien, ciento cincuenta y un años después de nacido, Conrad sigue contándoles cosas a sus lectores en español. En los últimos dos años han aparecido nuevas ediciones —y en algunos casos, traducciones nuevas— de sus libros, y por lo menos una biografía notable: Las vidas de Joseph Conrad, de John Stape. Y ahora, para cerrar esta especie de renacimiento conradiano de la única forma en que podía ser cerrado, aparece en español una novela que, increíblemente, todavía no había sido traducida. Que a estas alturas del partido uno de los grandes novelistas de todos los tiempos no esté completamente disponible en nuestra lengua es un síntoma triste, no sé de qué, pero lo es.
Y sin embargo hay ciertas razones que permiten comprender (no justificar) el desinterés que los editores han sentido durante más de 80 años por la novela que acaba de aparecer. Primero, se trata de una novela incompleta; segundo, está lejos, pero muy lejos, de estar entre las mejores obras de Conrad. Aunque una novela mediocre de Conrad siempre será mejor que una buena novela de tantos otros novelistas, de su generación y también de las siguientes.
La novela incompleta se llama Suspense, y tiene una historia curiosa. Conrad comenzó a mencionarla, o por lo menos a referirse a la idea general del libro, hacia 1907. El libro que tenía en mente era ambicioso y difícil, pero 1907 fue la época en que Conrad escribió novelas ambiciosas como El agente secreto y difíciles como Bajo la mirada de Occidente. El escenario de Suspense era —y esto es testimonio de la ambición del novelista— el mismo de Guerra y paz: las guerras napoleónicas. Es más que probable que Conrad haya tenido en mente la gigantesca obra maestra de Tolstoi al planear su libro, y quizás fue precisamente por eso, por la imposibilidad de semejante empresa, que fue aplazando el proyecto.
Durante los años siguientes, los años de su consagración, Suspense hizo apariciones breves en su vida; pero Conrad sólo se sentó a comenzar la novela en 1920, cuando, al mismo tiempo que su reputación estaba en su punto más alto, sus energías mentales y físicas se acercaban a su punto más bajo.
Tras comenzarla a cuatro manos (las otras dos eran las de su amigo Ford Madox Ford, con quien había escrito Romance), Conrad continuó por su cuenta la lenta redacción del manuscrito. Lenta y angustiosa, pues la interrumpió para escribir The Rover, y las reseñas de esta novela no fueron las que él esperaba; así que Suspense, en la mente de Conrad, iba a darles a los críticos todo lo que no habían encontrado en el otro libro. Conrad estaba convencido, por lo menos según sus cartas, de que Suspense sería una obra maestra; pero en el fondo debe de haberse dado cuenta de que no iba a lograrlo, y por eso la abandonó poco a poco hasta dejarla incompleta. La novela se abre con Napoleón en la isla de Elba; el protagonista de la intriga, el joven Cosmo Latham, quiere ser uno de esos jóvenes conradianos que se enfrentan a la aventura y a la historia, como Decoud o Razumov. Pero el resultado final de la novela no es el que Conrad había planeado: la trama es superficial, y los grandes temas —la corrupción del mundo de entreguerras, por ejemplo— nunca llegan a formarse.
Suspense se publicó en inglés en 1925, meses después de la muerte de Conrad. A pesar de sus falencias, es una gran fortuna que los lectores tengan ahora acceso al libro. Es, después de todo, testimonio de las obsesiones de uno de los grandes, un hombre que ha formado nuestra manera de ver el mundo. Sólo por eso hay que leerla.
Conrad en la obra de Vásquez
Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) ha publicado tres libros de ficción, bajo el sello Alfaguara. El último es Historia secreta de Costaguana, una novela inspirada en la obra de Conrad Nostromo. El protagonista de esta novela es José Altamirano, quien cuenta cómo Conrad robó su historia en Nostromo.
Hace dos meses su segunda novela, Los informantes, que narra un capítulo poco conocido de la historia de Colombia durante la Segunda Guerra Mundial, fue publicada en inglés con el sello editorial Bloomsbury, que en Inglaterra publica a autores como Richard Ford, John Irving, Nadine Gordimer, entre otros.
En la importante crítica que ha recibido el libro en Inglaterra están varios comentarios como el de Nick Casitor, de The Guardian, que dice: “Vásquez demuestra dominio de la técnica y el lenguaje… Su segura construcción narrativa y el vívido retrato de un amplio abanico de personajes construyen un relato extraordinario”.