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La jaiba azul (Cuentos de sábado en la tarde)

Unas horas antes de su transformación, Irene agarró una jaiba azul entre varias que flotaban en la vasija de peltre. A continuación, la puso sobre la mesa y separó el caparazón blando. Luego, desprendió las tenazas y extrajo del interior del animal la fibra que se desmenuzaba al tocarla. Mientras palpaba, una astilla se le incrustó en el dedo índice de la mano derecha y empezó a sangrar.

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David Cabarcas Salas
29 de mayo de 2021 - 08:00 p. m.
Irene vio a una jaiba azul gigante que se paseaba de un lado al otro, y de su caparazón emergían diminutas jaibas azules que luego se deshacían sobre el suelo y formaban un caño gris.
Irene vio a una jaiba azul gigante que se paseaba de un lado al otro, y de su caparazón emergían diminutas jaibas azules que luego se deshacían sobre el suelo y formaban un caño gris.
Foto: Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica
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Pronto sacó del bolsillo del delantal la lupa y espulgó las diminutas picas sobrantes del caparazón para limpiar la carne y ubicarla en un recipiente blanco, pero no soportó el pinchazo y emitió un quejido imperceptible para sus compañeras, quienes proseguían en la rutina de espulgar jaibas.

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Irene sintió una quemadura sobre la piel y vio la sangre que se desbordaba por el dedo, como el agua que se derrama de un recipiente. Se puso de espaldas a la plataforma donde espulgaba, pues no soportó el dolor. Se bajó el tapabocas y succionó el dedo, pero la sangre no se contuvo.

Cuando volvió la mirada hacia el mesón, notó que tres de los diez tarros que ya había llenado no estaban. Miró al resto de sus compañeras con la intención de identificar a la ladrona, pero estas seguían alejadas de la realidad, a través del movimiento repetitivo que requería la limpieza de jaibas. La forma como repetían las acciones las hacía parecer un circuito compacto de máquinas.

Irene comprendió al instante la afrenta y se fijó en Dani, la ballena, quien estaba a su izquierda. Era una mujer robusta que parecía llegar a los dos metros de altura, los cuales se conjugaban perfectamente con una cara cuarteada por cicatrices y un cabello al ras, que le imprimía un aire varonil.

Luz, su compañera más cercana, se había percatado del momento en el que Dani, la ballena, se desplazó de su puesto y robó cuanto pudo de los puestos de las demás. Aunque otras también vieron, sólo optaron por mirarse entre ellas y mantuvieron el mutismo para evitar futuras afrentas, que bien podrían terminar en un corte sobre la cara.

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Sin embargo, Irene no vaciló en reclamarle a Dani, la ballena. En ese instante, el silencio invadió las entrañas de la fábrica, las mujeres quedaron inertes y Dani, la ballena, emergió desde su lugar, alzó la mirada y la fijó en los ojos de Irene, quien, para entonces, ya temblaba.

La ballena Dani corrió hacia ella, se abalanzó sobre el cuello, la levantó con la naturalidad con la que alzaba el tarro de las jaibas, y justo cuando se disponía a dejar su marca sobre la cara de Irene, fue interrumpida por Team McGregor, el jefe de personal, quien hizo sonar su silbato, el mismo que utilizaba para que las mujeres aumentaran la producción. En un español confuso, las mandó a volver a espulgar.

Irene decidió aceptar la pérdida. Se volvió a fijar en la punzada del dedo y comprobó que comenzaba a formar una especie de costra escamosa que se extendía por la piel. Vio a sus compañeras con el gorro blanco, el tapabocas y la lupa, en un oficio que sólo era comparable con una condena.

Dos horas más tarde, el reloj marcó las 9:00 p.m. y la sirena que indicaba la salida se esparció por el amplio salón con un sonido que liberó a Irene y a sus demás compañeras.

Durante el trayecto hacia la posada, notó que la rugosidad del dedo se había extendido por la mano. Irene pensó que, de seguir así, no iría al siguiente día a trabajar. Tal vez el pinchazo le había generado una alergia, pero retumbó en su mente la sentencia de Team McGregor: “No work, no money”, así que desistió de su idea. En ese momento, una mosca empezó a fastidiarla y se posó justo sobre la mano y el brazo afectado. Irene trató de espantarla, pero el insecto fue persistente.

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Al ingresar, encontró a la administradora del hospedaje, quien, con voz alta, como para que se enteraran todos los demás inquilinos, le recordó que tenía dos meses sin pagar el arriendo. Irene subió las escaleras de caracol con el impulso de haber ignorado las palabras y entró a la habitación. El cuarto no tenía ventanas al exterior, contaba con un baño pequeño. En uno de los rincones había una estufa eléctrica y al lado un catre unipersonal.

Irene tomó una ducha para contrastar el habitual olor a pescado que quedaba en su piel. Tuvo la sensación de que diminutas partículas de cristal se desprendían de su cuerpo, caían al piso y se iban por el desagüe. Pero no se preocupó, aunque sí la inquietó que todo su brazo estuviera cubierto con una mancha que parecía una lámina de escamas.

Luego se acostó y comprobó que el reloj de la alarma estuviera programado para las 3:00 a.m. Por algún motivo, Dani, la ballena, se le vino a la mente. Y quiso tener el valor para tomar el cuchillo y apuñalarla al día siguiente.

Irene quería dormir, sabía que, si llegaba somnolienta al trabajo, no rendiría. Pero cuando estaba a punto de conciliar el sueño, una mosca apareció y se posó sobre su frente; luego saltó a la oreja y de allí al cuello, en el cual empezaba a formarse la rugosidad que provenía del brazo, sin embargo, Irene no se percató.

Pasado el tiempo y sin poder dormir, Irene comprobó que sólo le quedaban cuatro horas para descansar, aunque no pudo hacerlo porque de nuevo pensó en Team McGregor y en su silbato, en los gritos de la administradora del hospedaje y en Dani, la ballena, intimidándola. Se sintió aturdida por la insistencia de la mosca y comprobó que ya no era una sola, sino tres la que la rodeaban. No supo explicarse cómo era posible que esos insectos anduvieran a esa hora. El efecto corrugado empezaba a extendérsele por todo el cuerpo, pero Irene no se dio cuenta.

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Por un instante pudo conciliar el sueño y al hacerlo, tuvo la sensación de que ingresaba a una habitación parecida a la suya, sólo que las paredes estaban atiborradas de relojes que al mismo tiempo marcaban las 9:00 p.m. Pronto, Irene empezó a aturdirse por un silbato y un grito que le decía: “Move it”. Volvió a ver a Dani, la ballena, robarse tarros llenos de pulpa. Sintió el cuerpo lleno de escamas. También vio a una jaiba azul gigante que se paseaba de un lado al otro, y de su caparazón emergían diminutas jaibas azules que luego se deshacían sobre el suelo y formaban un caño gris. Irene se asomó a las aguas y se vio reflejada. La imagen era hermosa y desde el fondo la invitaba a sumergirse. Irene se atrevió a hacerlo y una vez adentro se perdió en la profundidad.

A la mañana siguiente, sorprendida por no verla salir temprano, la administradora empezó a tocar su puerta. Insistió varias veces, gritó, pero nadie respondió. Buscó las copias de las llaves para esa habitación y cuando ingresó, se encontró con un crustáceo azul gigante, cuyas pinzas se desparramaban sobre la cama.

La dueña pensó que tal artificio no era más que un artilugio de Irene para no pagar el arriendo.

Por David Cabarcas Salas

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