Uno de los grandes retos de la reciente historiografía de la ciencia ha sido combatir un dominante eurocentrismo que suele presentar el mundo cristiano como el epicentro exclusivo de los grandes logros de la historia del conocimiento humano. Uno de los más notables vacíos de esta empobrecida tradición historiográfica se refiere a la historia de la ciencia en el mundo árabe, la cual, a pesar de tener un papel definitivo en nuestra cultura, ha sido menospreciada o simplemente ignorada. La idea de que el mundo árabe, dominado por los dogmas del islam, no tuvo verdadera actividad filosófica ni una ciencia propia dominó la percepción occidental del islam y su ciencia. A comienzos del siglo XX, el sacerdote católico y reconocido historiador de la ciencia medieval, Pierre Duhem, escribió: “No existe ciencia árabe (islámica), los hombres sabios del mahometismo eran siempre los discípulos más o menos fieles de los griegos, pero por sí mismos carecían de toda originalidad”. Para empezar, no es del todo correcto identificar la cultura árabe con la religión islámica que en parte por nuestra ignorancia aún hoy en día en el mundo occidental carga el estigma de barbarie y dogmatismo.
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La visión “clásica” occidental de la ciencia árabe reconoce la importancia de la lengua árabe como medio de difusión de la filosofía griega. Como bien sabemos, buena parte del pensamiento griego llegó a la Europa cristiana en lengua árabe y se tradujeron al latín pensadores clásicos no tanto directamente del griego, sino a través de las versiones y comentaristas árabes. No obstante, la tesis de una cultura árabe pasiva que recoge y repite saberes de otras culturas antiguas, occidentales y orientales, es una visión estrecha y socavada de la historia.
Las contribuciones árabes a la historia de las matemáticas, de la astronomía, la medicina, la óptica e incluso a la teología monoteísta fueron definitivas en el mundo cristiano. A manera de ejemplo, en esta oportunidad nos referimos brevemente a sus contribuciones en el campo de la medicina y la óptica.
La traducción de obras médicas griegas al árabe se remonta al siglo VIII y se mantuvo por varios siglos. De manera que las obras de Dioscórides, Hipócrates y Galeno fueron bien conocidas en la tradición islámica, algo que ocurrió de manera mucho más modesta en el occidente cristiano, donde la obra de Galeno solo se conoció de modo parcial hasta el siglo XI. Por esta misma razón, los médicos árabes produjeron una notable y original literatura sobre el cuerpo humano y la salud que no solo precedió, sino que influyó el pensamiento médico europeo.
Para empezar, de manera similar a otros campos del conocimiento, los tratados árabes, una vez traducidos al latín, sirvieron de intermediarios para que Occidente se familiarizara con la medicina griega. En este sentido, obras como el Canon de medicina, del autor árabe Ibn Sina (conocido como Avicena, 980-1037), hicieron parte de la educación médica de los cristianos. Pero los médicos árabes no solamente difundieron tradiciones clásicas, sino que las cuestionaron y abrieron nuevos caminos.
Tenemos, por ejemplo, el caso de Ibn al-Nafis, de Damasco y El Cairo, quien estudió la obra de Galeno y encontró en ella problemas y contradicciones. Galeno suponía que la sangre se purificaba en el corazón en su paso del ventrículo derecho al ventrículo izquierdo, mediante un pasaje entre estas dos cavidades. Cerca del año 1241, Ibn al-Nafis indicó que dicho pasaje no existe e, incluso, quiso mostrar la necesidad de que la sangre pasara por los pulmones. Teorías similares se les atribuyen en la medicina europea de los siglos XVI y XVII a autores como Michael Servetus (ca. 1553) y a Realdo Colombo (ca. 1559), que tuvieron una versión refinada en la obra de William Harvey en 1627, a quien se le considera un punto de quiebre en la historia de la medicina por sus ideas sobre la circulación de la sangre.
De manera similar a lo sucedido con la astronomía y la medicina, la tradición árabe dejó un legado notable en el campo de la óptica. Es el caso de Ibn al-Haytman (conocido como Alhacén, 1040), quien llegó a El Cairo bajo el reinado del califa fatimí Al-Hakim, un mecenas de las ciencias interesado en la astronomía. Durante este tiempo, escribió tratados sobre astronomía, geometría, teoría de números, filosofía natural y óptica.
Su obra de mayor reconocimiento dentro y fuera del mundo islámico, Kitab al-Manazir (Libro de óptica), fue traducida al latín a finales del siglo XII y, de ahí en adelante, influyó en una serie de estudiosos de la Europa cristiana, incluyendo a Roger Bacon, Robert Grosseteste, Giovanni Battista della Porta, Leonardo da Vinci, Galileo Galilei, Christiaan Huygens, René Descartes y Johannes Kepler.
Como resultado de sus estudios médicos sobre el funcionamiento del ojo humano, propuso una nueva teoría sobre la visión. Alhacén quiso refutar la antigua teoría de la proyección, según la cual la visión se explica por la emanación de algún tipo de rayos luminosos desde el ojo a los cuerpos que se observan. Esta fue, por ejemplo, la manera como Platón explicó la visión en el Timeo: “… los órganos hechos en primer lugar fueron los ojos portadores de la luz… Hicieron [los dioses] que el fuego puro, hermano de aquel que está dentro de nosotros, fluyera a través de los ojos …”. Alhacén encontró poco creíble que el ojo fuese la fuente de luz que nos permite ver objetos tan distantes como las estrellas en la noche. Por el contrario, argumentó que es desde los cuerpos luminosos que se emanan los rayos que el ojo humano percibe. Aún más interesantes son sus explicaciones sobre cómo ocurre dicho fenómeno. Con una concepción mecánica que en occidente tomó fuerza siglos más tarde, Alhacén propuso que el ojo humano funcionaba como una cámara oscura. Con lo que hoy nos parecen conocimientos anatómicos y fisiológicos limitados, describió cómo la luz pasa a través de la córnea y la úvea sentando las bases de una explicación física para entender los caminos que sigue la luz en las distintas estructuras del ojo y cómo las impresiones del mundo exterior llegan al cerebro a través del nervio óptico.
Alhacén argumentó que de los cuerpos emanan rayos en todas direcciones, pero las estructuras del ojo humano operan como lentes que les dan forma a los objetos. Así, combinando explicaciones físicas, matemáticas y fisiológicas construyó una teoría bastante completa de la visión humana. Sus ideas prevalecieron en el islam y en Occidente por siglos, y su tratado de óptica fue el más importante hasta los escritos de Johannes Kepler en el siglo XVII.
La explicación de cómo vemos es inseparable de profundas preguntas filosóficas sobre nuestra percepción del mundo y no nos debe extrañar que la ciencia de la óptica, la explicación mecánica de la visión y la búsqueda de respuestas a la naturaleza de la luz y el color fueron temas de central importancia tanto en el arte como en la ciencia moderna.
Con buenas razones la óptica cautivó, entre muchos otros, a personajes como Da Vinci, Brunelleschi, Kepler, Galileo, Descartes, Newton y Goethe, todos de una u otra manera herederos de las explicaciones árabes sobre el gran problema de visión humana. Finalmente, una adecuada explicación mecánica de cómo vemos permitió defender que nuestras imágenes del mundo exterior son fieles a la realidad, una certeza sin la cual no podríamos hablar del nacimiento de la ciencia moderna en el renacimiento europeo.