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La mujer que entregó a su marido al galeón San José y nunca más supo de él

Una mujer española del siglo XVII envió a su esposo como artillero en el galeón San José, pero nunca más volvió a saber de él.

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Antonio Jaramillo Arango*
24 de marzo de 2026 - 09:51 p. m.
En esta pintura, se ve representada la versión original del hundimiento, con el San José envuelto en llamas debido a una explosión.
En esta pintura, se ve representada la versión original del hundimiento, con el San José envuelto en llamas debido a una explosión.
Foto: Samuel Scott, David Cordingly y otros.
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Cientos de hombres trabajaban en el galeón San José como tripulantes, artilleros y soldados. Para las mujeres, las labores de mar estaban vedadas y eran excluidas sistemáticamente de las plazas de marinería. Eso no quiere decir que la historia del galeón San José sea exclusivamente masculina: este es el caso de Luisa Manuela de Carmona, mujer española cuyo destino familiar y personal estuvo profundamente ligado con el Caribe y con el galeón, a pesar de nunca haber viajado en él.

Luisa Manuela de Carmona nació a finales del siglo XVII en medio de una familia acomodada del Puerto de Santa María, en la bahía de Cádiz. Su madre y tías, dueñas de varias propiedades en la ciudad, se aseguraban un buen nivel de vida basado en la compra, venta y arrendamiento de casas. Su tío, Antonio de Carmona, vivía en México y era un exitoso comerciante. Como herencia, Luisa Manuela recibió varias propiedades que le aseguraban un futuro económicamente estable.

Su matrimonio vino a abundar en esta estabilidad. Con su nuevo esposo, Diego Antonio de la Rosa, compraron varias casas en 1689 que pusieron a rentar y de las cuales obtenían jugosos beneficios. A pesar de la relativa abundancia económica de los de la Rosa de Carmona, España estaba viviendo un momento económico delicado. La inestabilidad política del final del reinado de Carlos II que desembocó en la Guerra de Sucesión Española, entre 1701 y 1714, trajo consigo una galopante inflación que ponía en riesgo las inversiones rentistas de Luisa Manuela.

Tal vez por este motivo, cuando en 1706 el maestre del galeón San José estaba reclutando hombres para su tripulación, Luisa Manuela convenció a su esposo, Diego Antonio, de enrolarse como artillero. Era evidente que este hombre no tenía vocación marinera, mucho menos como artillero, pero su viaje sería una oportunidad para obtener un pasaje gratis a Cartagena y, estando ya en el Caribe, la familia tendría la opción de tender puentes con el comercio atlántico y diversificar sus negocios.

La paga de un artillero era ínfima para el hombre y su economía, pues los sueldos de la armada hispánica estaban congelados desde hacía por lo menos un siglo y la inflación había socavado gran parte de su poder adquisitivo. Para hacerse una idea, el salario mensual de una plaza de artillero, como la de Diego Antonio, era de 6 ducados y las casas que compró con su esposa ascendían a la suma de 1510 ducados. Es decir, solo con ese salario el hombre tendría que ahorrar íntegramente casi 21 años de sueldo para igualar tan solo parte de su patrimonio familiar.

La aventura marinera de Diego Antonio terminó de manera desastrosa. Al igual que muchos de sus compañeros, al llegar a Cartagena enfermó gravemente, tal vez de una dolencia tropical desconocida en Europa. El 1 de noviembre de 1706, apenas seis meses después de su llegada a América, murió a causa de su enfermedad en una casa particular.

La tragedia de la muerte de un familiar se multiplicó ante la falta de noticias y la poca claridad de las circunstancias. Todo parecía indicar que Luisa Manuela y sus dos hijas no se enteraron del fallecimiento de su esposo y padre hasta mucho después de sucedido. En un documento de 1710, luego de tres años de la trágica muerte de su marido al otro lado del Atlántico, Luisa Manuela de Carmona se seguía declarando “esposa legítima” de Diego Antonio de la Rosa, “ausente en los reinos de las Indias”.

Aceptar que Diego Antonio no volvería debió ser un golpe duro para su familia, que poco a poco se fue resignando a su desaparición. En 1714, y de manera coordinada con otros familiares de marineros que habían resultado muertos en la expedición del San José, Luisa Manuela contrató a dos abogados diferentes para que presionaran en la corte de Madrid y se le pagaran los sueldos atrasados que la armada le debía a su marido. Es evidente que Luisa Manuela no hacía este reclamo por cuestiones económicas, el puñado de ducados que recibiría no iba a marcar gran diferencia en sus finanzas, pero sí era una expresión de dignidad y justicia por la muerte de su esposo.

A pesar de su viudez, Luisa Manuela siguió siendo una mujer opulenta en el puerto de Santa María. En la década de 1720, ya después de terminada la guerra y estabilizada la economía, se registran varias compras a su nombre, incluyendo terrenos productivos y viñedos. En esos años, su hija Rosalía de la Rosa de Carmona se casó con José Martínez. Ante la muerte de su padre, la dote fue pagada por su tío, Antonio de Carmona, quien aún residía en México y que envió 500 ducados a la nueva pareja.

La historia de Luisa Manuela de Carmona nos demuestra que las vidas de los marineros conectaban realidades a ambas orillas del Atlántico. Los mareantes tenían familias, hombres y mujeres que los esperaban con escasas noticias de su paradero y su destino. Una muerte en Cartagena afectaba a una familia andaluza, y un tío que hacía fortuna en América podía apoyar a su sobrina con su dote. Son historias conectadas por el Atlántico, no podemos comprender una orilla sin la otra y sin barcos que, como el San José, hicieron posible esta comunicación oceánica.

El Instituto Colombiano de Antropología e Historia - ICANH trabaja para seguir investigando la historia del galeón San José, que no es más que las historias conectadas de los hombres y mujeres que tuvieron sus destinos ligados a esta nave y cuyas trayectorias nos ayuda a comprender mejor la historia de nuestro país y nuestros océanos.


(*) Antonio Jaramillo Arango es el líder del componente histórico del proyecto “Hacia el corazón del galeón San José”.

Por Antonio Jaramillo Arango*

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