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¿A qué suena un día en el campo, los paisajes de colinas verdes, los árboles frondosos y un cielo azul? Beethoven ofrece una respuesta en una pintura melódica que llamó Sinfonía Pastoral, y es también conocida como Sinfonía n°6. Los cinco movimientos que la componen demuestran el amor profundo que sentía el compositor por la naturaleza. Titulados: “Despertar de alegres sentimientos al encontrarse en el campo”, “Escena junto al arroyo”, “Animada reunión de campesinos”, “Relámpagos. Tormenta” e “Himno de los pastores. Alegría y sentimientos de agradecimiento después de la tormenta”, los cuales pintan una escena en medio del campo que Beethoven solía recorrer.
“Qué placer poder vagar por los bosques, entre los árboles, las hierbas, las rocas. Nadie puede amar el campo como yo. Los bosques, los árboles, las rocas en efecto nos dan el eco deseado”, escribió en una carta a Theresa Malfatti en mayo de 1810, dos años después de haber compuesto su Pastoral. No es ningún secreto que el alemán estaba profundamente enamorado de los entornos naturales y eso lo reflejó en esta composición. Pero Beethoven no fue el primero ni el último en tomar prestada la inspiración del mundo verde que lo rodeaba.
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Antes que él, Vivaldi ya había compuesto las Cuatro estaciones, en 1721, la serie de conciertos para violín y orquesta que asigna una imagen sonora al invierno, la primavera, el verano y el otoño, recreando los sonidos de cada una de estas temporadas: a los pájaros y sus cantos abundantes de la primavera o las hojas caídas durante el otoño.
Más allá de la música, el arte y la literatura también han sido altamente influenciados por el mundo natural. Entre mares, bosques, playas y tormentas, el mundo artístico y musical ha intentado replicar lo que los ojos y oídos perciben en estos lugares. “No es extraño que en alguna etapa de la historia se hubiera impuesto la idea aristotélica, según la cual el arte -y, por lo tanto, la música- debe imitar a la naturaleza”, escribió Luis Carlos Aljure en su artículo “La sinfonía de la naturaleza”.
Los paisajes del norte de Europa fueron el fondo perfecto para que compositores noruegos, daneses y finlandeses desarrollaran unas partituras que resaltan las sensaciones y los pensamientos que estas escenas causaban en ellos. Entre este grupo se encuentran el danés Carl Nielsen, el finlandés Jean Sibelius y el noruego Edvard Grieg.
Los nombres mencionados hasta ahora, junto con Robert Schumann y Félix Mendelssohn, son los protagonistas del Cartagena Festival de Música. Aquí convergen en la programación las partituras de aquellas personas que vieron en los pájaros, las hojas, los ríos y más un instrumento.
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Las posibilidades en este reino son infinitas, es por esto que Claude Debussy escribió en 1903 para la publicación francesa Musica que “no hay nada más musical que un atardecer”. “Quien siente lo que ve no encontrará ejemplo más hermoso de desarrollo en ese libro que, por desgracia, los músicos leen muy poco: El libro de la naturaleza”, continuó. El arte de tomar aquello que los ojos aprecian y la sensación sublime del corazón ante la belleza que ofrece el cielo, el mar y la tierra en diferentes momentos del día es lo que caracteriza a estas partituras.
Sin embargo, la naturaleza se extiende más allá de solo lo tangible y visible. Edvard Grieg es prueba de ello. Su composición de música incidental para la obra Peer Gynt no solamente refleja con notas dulces el sentimiento de una mañana apacible, sino que también toma en consideración paisajes que el protagonista de esta obra atraviesa en su travesía desde el norte de Europa hasta África y de regreso. Grieg se inspiraba en los paisajes de su Noruega natal y de la cultura con la que creció: los bailes, las músicas y las leyendas tradicionales también tuvieron una traducción al mundo sonoro.
El compositor, en una carta escrita en 1905 a su amigo Frantz Beyer, describió los sentimientos que la naturaleza le evocaba: “Cuando tenía tu edad… todavía no sentía, en relación con las imponentes montañas de la naturaleza, el sentimiento de tristeza que desde entonces se ha apoderado de mi perspectiva… Para mí, el misticismo siempre ha impedido que el júbilo tomara la delantera. De hecho, podría regocijarme interiormente por la vida libre. ¿Pero la naturaleza misma? Cara a cara con la naturaleza, permanecí en silenciosa reverencia y asombro como si estuviera ante Dios mismo. Ciertamente me encanta la necesidad de claridad de la ciencia. Pero lo místico me atrae de todos modos…”.
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Grieg fue uno de los exponentes del nacionalismo romántico noruego, de la misma forma en que Sibelius lo fue para Finlandia. Este concepto de nacionalismo romántico más allá de ser una idea filosófica permeó también el arte y la música con compositores mostrando en sus partituras parte de las herencias de sus países de origen. Entre ese legado está la riqueza natural que, de acuerdo con Aljure, durante el siglo XIX era vista como “una fuerza benéfica y como una presencia amenazante capaz de desatar todo su poder destructivo”.
Con Sibelius, Nielsen, Debussy y Grieg la influencia de la naturaleza en el campo musical continuó hacia los siglos XX y XXI. Un ejemplo de esto es el Concierto para violín n°2 o Las cuatro estaciones americanas, del compositor estadounidense Philip Glass, cuya obra fue descrita por Doug Thomas en la publicación Interlude como un acompañamiento para Vivaldi. “El concierto está estructurado de manera muy extraña, alternando movimientos y preludios y canciones introductorios. La particularidad de estos conjuntos de piezas es que no se ha proporcionado ninguna indicación sobre qué movimiento se relaciona con qué estación: es papel del oyente hacer su propia interpretación”, escribió.