10 Oct 2020 - 9:54 p. m.

La noche que las luces se apagaron (Cuentos de sábado en la tarde)

Comenzó desde lo alto, la noche que las luces se apagaron. A sus 3.152 metros, la iglesia que por siglos había velado sobre la ciudad, se disolvió en un profundo azul que descendía adagio sobre esta. Aunque ya antes las balizas rojas de las antenas de comunicaciones habían parpadeado una última vez para no volver a encenderse, al no tratarse de un ícono capitalino, nadie notó su ausencia.

Daniel Carreño León

Las pequeñas hijas del mandatario subían al antiguo observatorio que se hallaba en los jardines para admirar las nuevas estrellas que titilaban sobre el cielo capitalino por primera vez desde tiempos inmemoriales.
Las pequeñas hijas del mandatario subían al antiguo observatorio que se hallaba en los jardines para admirar las nuevas estrellas que titilaban sobre el cielo capitalino por primera vez desde tiempos inmemoriales.
Foto: Archivo particular

Poco a poco —piso a piso—, las bombillas de las torres más altas se fueron extinguiendo, haciendo de los amplios ventanales oscuros espejos que el ambiente tenue tornaron a reflejar. Aunque el descenso no fue particularmente lento, el carácter apacible con que cada filamento cedía su luz ante las sombras, despertaba más en los ciudadanos una cándida curiosidad que el sentido de alerta que habría sido lógico anticipar.

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El desvanecimiento bajó entonces por los cerros como la brisa que solía rodar de ellos, llevándose a su paso los cálidos tonos que irradiaban del interior de cada hogar, hasta que el último edificio, en el punto más bajo entre las montañas circundantes —identificado por primera vez gracias a este evento—, acabó sumido en la noche. Iluminadas quedaron sólo las calles.

Confundidos por la penumbra repentina, ciudadanos en cada extremo de la ciudad, y todo punto intermedio, probaron sus interruptores una y otra vez, acompañando con murmuros de distintas índoles la sinfonía de chasquidos que por breves minutos actuó como banda sonora del apagón.

Las pantallas de los celulares redujeron su brillo a un tenue resplandor, apenas discernible, que se esfumaba cuando estas venían elevadas a la altura de la mirada. Apartando sus ojos de los aparatos, muchos se asomaron a las ventanas e inclusive probaron mirar hacia arriba. Más de uno utilizó los dedos —ahora libres del eterno arrastrar— para sobar suavemente aquel punto del cuello que había traqueado ante el inusual estiramiento.

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El rumor imperceptible de las ondas se apagó a medida que el de voces despertaba, y las redes que conectaban un extremo del mundo al otro se redujeron a la extensión de hogares y vecindarios. Aunque nadie lo pensó en ese momento, por primera vez en quién sabe cuántas décadas (aunque bien podría ser mucho más), un evento de semejante magnitud se desenvolvía sin que nadie lo registrara en memoria alguna más allá de la propia.

Los actores habituales que vivían de sucesos como este no tardaron en ponerse en marcha. A tientas se vieron forzados a marcarse entre teléfonos fijos unos a otros en busca de respuestas. Los pocos que aún contaban con directorios mentales pudieron constatar después de varias llamadas que la confusión era universal y que la culpa no la tenían las compañías eléctricas, puesto que en cada planta los operarios afirmaban entre el ruido de maquinaria que los generadores no se habían detenido.

En más de un estudio completamente a oscuras, algún pobre empleado de noticiero tropezaba entre torres de equipos audiovisuales en el afán por encontrar uno que le permitiera informar a cada hogar sobre lo que ya todos sabían que estaba ocurriendo. Las únicas llamas que se encendieron fueron las de velas decorativas, aromáticas y otras menos elegantes sacadas del fondo de los cajones, que se prestaban para operaciones estrictamente necesarias, y que procedían a extinguirse en un hálito cuando quien las prendía intentaba malgastar su corta vida en banalidades que podían esperar al día siguiente.

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Había sido semejante la sorpresa para la ciudadanía, que ningún bandido oportunista logró sacar provecho de las penumbras para hacer de las suyas. Aquellos que lo intentaron vieron frustrado una y otra vez cada intento, hasta que la resignación los condujo a hacer parte de la perplejidad colectiva que venía tocando a cada habitante de la capital.

Si bien todo interior se encontraba drenado de luz, el alumbrado externo continuaba pintando de morados y ocres cada parque y andén, y los aviones que desde lo alto divisaban con mayor claridad que nunca las venas latientes de la ciudad y los vehículos que lentamente se detenían a lo largo de ellas, siguieron derecho en busca de un descenso que no precisara hacerse a ciegas.

Los hospitales, por su lado, ni se enteraron del suceso. Entre salas de operación y cuartos de reposo, no hubo un solo parpadeo que alterara aquel blanco aséptico en que se movía el mundo del cuidado. Al parecer eran ya suficientes las luces que por esta noche abandonaban la ciudad.

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En el Palacio Presidencial, mientras que los equipos de seguridad se apresuraban para garantizar que no existiera peligro alguno y los de comunicaciones comenzaban a meditar las palabras que vendrían enunciadas ante cámaras y micrófonos una vez los medios dieran luz verde, las pequeñas hijas del mandatario subían al antiguo observatorio que se hallaba en los jardines para admirar las nuevas estrellas que titilaban sobre el cielo capitalino por primera vez desde tiempos inmemoriales.

Desde lo alto del cerro, un guardabosques que acostumbraba a apreciar la privilegiada vista que se extendía a ambos lados de este, fue de los pocos en conocer los límites del apagón. Mientras que en la gran urbe una noche que había comenzado como ordinaria estaba en proceso de grabarse por siempre en la mente de cada uno de sus habitantes, los pequeños municipios aledaños, en medio de su iluminación, ignoraban lo que sucedía al otro lado.

Con miradas inocentes, los ciudadanos fueron dejando sus casas para unirse en las calles al gentío bañado en cobre al que el suceso alucinaba. Una noctívaga plétora de almas nunca antes presenciada, librada de los destellos distractores del día a día —o más bien de la noche a noche—, vio con nueva luz el mundo que la rodeaba. Aquellos que no salieron, admiraron silenciosos desde penumbras privadas la belleza nadir que se elevaba incandescente. Todos convinieron en que la ciudad lucía hermosa.

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