
A María José de Bustos las palabras se le quedaban adentro, atascadas. De niña hablaba con sus padres y sus hermanos, pero fuera de la casa el lenguaje se le volvía un muro. Un desconocido quería saber su nombre y ella callaba. Las monjas del colegio, en España, le hacían preguntas y ella callaba. Mucho después, ya adulta y en Colombia, encontró que “mutismo selectivo” era el nombre para aquel silencio.
A lo largo de su vida, la necesidad de decir encontró otras formas de desahogo: en el piano al que llegó siendo apenas una niña y que la convirtió en música; en los libros que devoraba desde pequeña y en esas páginas donde, mientras crecía, volcaba lo que la atravesaba. Escribía sobre el enfado, la alegría y la amistad recién descubierta. A los pocos días, sin embargo, rompía esos papeles para no dejar marca alguna de sus pensamientos. Pero la escritura la persiguió y, con los años, se impuso la pregunta de por qué no entrar a una novela, a una historia larga.
De esa pregunta nació El horizonte de mi existencia, su primera novela publicada. El relato sigue a Diógenes, un arquitecto uruguayo que intenta acompañar a su hijo Ezequiel tras el diagnóstico de esquizofrenia. A partir de esa relación, la novela se adentra en la culpa, el desconcierto y las decisiones que surgen cuando la enfermedad mental irrumpe en una familia. También lleva a reflexionar sobre ese plural que cada individuo construye con otros y sobre el lugar que ocupan allí los vínculos familiares y de amistad.
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En entrevista con El Espectador, De Bustos habla sobre el origen de la historia, su relación con la música y el mar, y las preguntas que atraviesan la novela.
Hay algo particular en el ritmo de la novela. No siempre están marcados los cambios entre personajes, tiempos o escenas, y el lector termina entrando en ese movimiento entre el presente de Diógenes frente al mar y sus recuerdos. ¿De dónde nace esa forma de escribir? ¿Tiene alguna relación con la música?
No sabría decirlo. Ese estilo es propio, me han dicho mucho que es diferente. Ni es copia ni está basado en otras prosas, ni es algo que haya buscado de esa manera. Me nació así. De hecho, tengo otros escritos y también tienen como el mismo estilo. Es algo que va conmigo.
El cuidado de las personas con enfermedades mentales suele estar asociado a las mujeres, pero en la novela Diógenes asume ese lugar mientras Eme, su esposa, se distancia de la enfermedad de su hijo. ¿Por qué decidió contar esta historia desde la perspectiva de un hombre?
Precisamente por eso. Estos temas siempre están rodeados de mujeres. Las hermanas, las mamás, las abuelas, las tías, pero excepcionalmente hay hombres.
Fue un reto para mí meterme en la cabeza de un hombre, pero quería descubrir que también se puede, que un hombre también puede hacerlo. Es una cuestión de responsabilidad.
En el caso de esta familia, a Diógenes le ocurre una situación de estas y todos tienen que decidir qué postura tomar. La familia transcurre con tranquilidad hasta que aparece algo que la hace explotar y obliga a cada uno a decidir qué hacer. Hay una persona que está enferma, de cuya enfermedad se sabe muy poco. Entonces ahí está quien investiga, asume la responsabilidad y quiere permanecer a su lado. Pero también está quien no entiende, quiere huir y decide tomar otro camino, que también es lícito. Aquí nadie juzga; simplemente lo expongo y cada uno puede pensar qué partido tomaría.
Pero yo sí creo que Diógenes, y eso es lo que quería hacer con él, atraviesa todas sus dudas existenciales y las rupturas que provoca la enfermedad de su hijo, y opta por continuar apoyándolo y sacándolo adelante, hasta puntos muy complicados.
¿Cómo hizo para meterse en la cabeza de un hombre?
Mucha lectura y estar muy rodeada de familia masculina. A mí no me gusta generalizar, eso de definir a los hombres de una manera o de otra. No. Creo que todos tenemos un poco de todo, y aquí hay tanto de empatía como de egoísmo, tanto en unos como en otras.
Yo quería dibujar un hombre a partir de un compendio de personas que he ido conociendo. Por circunstancias personales, me ha tocado, de vez en cuando, estar en salas de espera de consulta psiquiátrica, y ahí he visto sobre todo mujeres; algunas pocas veces he visto algún hombre. Y lo que quise fue dibujar esos hombres que veía: ese 2 % de familiares que eran hombres, pero que eran diferentes. Eran personas distintas.
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Las mujeres, y me incluyo, siempre estábamos incómodas, tensas, cansadas. No sé si los hombres que yo veía ahí en sala eran así porque justo les había tocado un buen día y por eso resultaban más afectivo, más afables con el enfermo —como es Diógenes—, o si eran personajes que ya traían esa forma de ser con ellos. Pero, en esencia, lo que quería era dibujar un personaje así.
El mar es otro personaje del libro. Es el único que acompaña a Diógenes en su presente, en ese vaivén de recuerdos y cuestionamientos. ¿Por qué escogió el mar para ser el compañero de un hombre sumido en el dolor?
Eso es muy sencillo, el mar va conmigo. Yo soy de una ciudad de mar, el mar me ha acompañado en todos mis momentos, los buenos, los malos, los regulares. Y a partir de ahí quise que este señor (Diógenes) tuviera eso, una jornada de reflexión, de análisis, que fuera pasando por todos los capítulos de su vida. No encontré mejor lugar, ni mejor compañero de viaje, que el mar. Tirarse allá y decir "aquí me quedo, aquí no hay nada". El mar te ofrece, además, toda la calma, todo el infinito; no hay nada que te moleste. Te acompaña el sonido, el agua, la calma. Y él va pasando por todos sus sube y baja, pero acompañado, dentro de esa tranquilidad.
Y ahí encontró, además, la fijación de Ezequiel también. ¿Esa relación estaba pensada desde el principio?
Lo tenía pensado porque es otra forma de meter a Diógenes a analizar y a reflexionar todo frente al mar, es una forma también de homenaje a su hijo.
Yo quería que hubiera algo también que fuera muy común a ellos, porque es homenaje al hijo, pero a la vez es enfrentarse también con todos los monstruos que tenía su hijo, porque su hijo estaba obsesionado con el mar. Entonces, de alguna manera, él hace un homenaje muy íntimo, muy personal al hijo “enfrentándose” a su pensamiento frente al mar.
El mar también se convierte en una metáfora del llanto de Diógenes y de sus culpas. “Quiero llorar hasta agonizar. Ahogarme mi propio llanto para volverme océano. Un océano que trague mi cadáver hasta su fondo inalcanzable”, se lee en el libro.
Sí, porque él va pasando por muchos altibajos y muy fuertes. Él no tiene nada claro qué es lo que va a pasar con él, qué es lo que va a decidir y en esas idas y venidas de recordar y de pensar en su hijo, con ese profundísimo amor que le tenía, piensa incluso en acabar con su vida y exactamente ahogarse en su propio llanto para irse con su adorado Ezequiel.
El libro arranca con la pregunta “¿por qué?” sobre la que Diógenes regresa varias veces. ¿Quería explorar también la culpa de quienes acompañan a una persona con una enfermedad mental?
Sí, quería visibilizar eso porque es real. La enfermedad mental lleva a hacerse una cantidad de preguntas. No sabemos cómo comportarnos, ni como padres, ni como hermanos, ni como el entorno más cercano, que son los primos, tíos, vecinos. Nadie sabe absolutamente nada.
Porque además en esos casos dejas de tener con esa persona el diálogo de siempre. Como dice Diógenes: “se acabó el hijo que yo tenía; este es un nuevo hijo”. Y hay que aprender a relacionarte con ese nuevo hijo.
Hay unos, como Eme (la esposa de Diógenes), que no entienden la enfermedad ni quieren entenderla. Y hay otros, como Diógenes, que apuestan por darle una vida mejor: cambia su forma de trabajar, se queda más en casa, aprende a acompañar. Pero ahí también empieza su propia crisis existencial.
Tiene que decidir muchas cosas. Dejar de lado lo que gozaba, sobre todo en el terreno profesional, sus viajes. Y se trata de eso: de investigar, de preguntarse "¿por qué?", sin que la pregunta se resuelva nunca.
Víctor, el amigo músico de Diógenes, es otro personaje que tiene un peso importante en la historia. ¿Qué representa?
Creo que lo construí pensando en un personaje que todos, en algún momento, quisiéramos tener. Alguien que nos saque de esos horrores que de vez en cuando nos pasan, de esos capítulos de la vida en los que uno se pregunta "pero ¿por qué?". Alguien con esa solidez, esa forma de estar en el mundo que, sin decírtelo, te dice "aquí estoy". Y que te aferres a eso. Porque, al final, el que le salva la vida a Diógenes es Víctor.
¿Y por qué poner a Víctor de músico? Porque Víctor pudo ser cualquier cosa.
Ahí sí que tenía que entrar la música. Ahí sí tenía que meterle yo el color de la música al libro, porque ayuda mucho.
Eso sí, yo no me identifico con Víctor. Yo no sería capaz de hacer lo que él hace, con ese desprendimiento y esa generosidad. Pero sí me gustaba poner esa parte de los músicos que, al final, es nuestra y nos ayuda en el diario vivir. Tenemos la fortaleza de contar con la mejor medicina, que es la música.
No quiero generalizar, pero en mi caso la música es todo. Tengo un problema o un disgusto y lo canalizo por ahí. Mi piano está conmigo, y ahí tengo una fortaleza, porque pase lo que pase, y esté yo en el punto que esté, el instrumento me lo da todo.
Yo recuerdo que, en el primer concierto después de la muerte de mi mamá, cuando estaba a punto de salir y tenía el piano delante, yo hablaba con él. Le decía: “O me ayudas en esto o yo no soy capaz. Esto tiene que ser entre los dos”. Es una cosa muy íntima y muy bonita, la verdad, lo que me pasa con la música.
¿Qué hay en Víctor de esa forma en que la música ha acompañado su vida?
Yo creo que, en general, los músicos clásicos, que somos unos personajes muy solitarios, no tenemos ese acompañamiento. Pero, en el caso de Víctor, tiene la suerte de estar con una persona sensible que aunque no entiende o no sabe lo que está haciendo el otro, se siente bien. Es una cosa imperceptible: hay una música en casa permanentemente que percibe y que está ahí, de manera constante.
De hecho, cuando ya sucede la catástrofe, él regresa a casa y echa de menos todo aquello. Y él es incapaz de decir: “¿Qué me pongo, qué hago para tener esa sensación que tenía cuando yo estaba en casa con Víctor?”. Víctor sabe cómo estabilizar, cómo dar un ambiente y una atmósfera en casa que facilite a Ezequiel moverse por la vida de otra manera.
En fin, me parece muy bonito el personaje de Víctor, la verdad. Yo le puse el violonchelo porque a mí me encanta el violonchelo. Me parece un instrumento que es muy acogedor.
En la novela, Diógenes también se pregunta por ese “plural” que construimos con los otros. ¿Ese plural busca romper con la idea de que los vínculos que nos sostienen tienen que estar necesariamente dentro de la familia?
Sí. Las mismas reflexiones que has hecho tú como lectora me las hacía yo como escritora. Me hice muchas preguntas al final porque uno tiene una idea de cómo escribir la historia, pero al final la historia manda. Y, para cerrar el círculo, me pregunté por ese plural: ¿dónde está? Nos aferramos mucho a lo cotidiano, a lo que tenemos como familia, porque hemos nacido en una familia y esas relaciones nos tocan y nos duelen, incluso cuando no funcionan, cuando hay discusiones y nos cuesta romper con ellas aunque nos estén haciendo daño. Entonces, ¿por qué decidimos que el plural está en la familia cuando igual no está en la familia?
El plural se lo construye uno con esa gente que es capaz de dar tanto sin ser nada. Yo lo dejé ahí para que el lector se haga muchas preguntas, igual que me las hago yo, porque tampoco tengo las respuestas. Diógenes nos hace reflexionar sobre muchas cosas de nuestra vida diaria.
La historia se mueve por distintos lugares: Boston, Chile, Uruguay y España. ¿Qué hay detrás de esa elección?
A mí me ha tocado viajar tanto y todos esos lugares los conozco. Prácticamente he tocado en todos también y yo quería un personaje que fuera un ciudadano del mundo, que no tuviera problema en moverse de aquí para allá.
El hecho de tener también a su amigo Luigi que vivía en Francia, pero fue su amigo estudiante que además con unas profesiones completamente distintas, pues que tuviera ahí también esa pincelada de ese amigo que apareció, que además se abandonan, pero que realmente la amistad está ahí y aparece cuando menos se lo espera y también el otro detecta que este Diógenes está como con algo que lo revuelve y el tipo tira de para darle unos días ahí y enterarse a ver qué es lo que está pasando.
A mí es que eso de la amistad me gusta mucho ahí en el libro. Y por eso las ciudades, para que me diera juego también de que saliera, de que viajara y que acabara en España. Eso sí lo tenía claro.
Elegí Uruguay como país del protagonista porque yo conozco bien Uruguay e iba a tocar muchas veces, me encanta, me encanta Montevideo, me siento muy en casa. Entonces dije: ¿por qué no elegir a una casa que me encanta, que me gusta, que es Uruguay y otra que es España para terminar la vida de Diógenes allá?
¿Cuánto de su propia historia hay en el libro?
Efectivamente yo he vivido de cerca la enfermedad mental, por familia y por algún amigo muy importante. Me tocó un poco también investigar para la historia porque lo viví en una época en la que yo era joven y también decía: “¿Pero qué es esto?”. En mi caso pues me tocó aprender, me tocó estudiar el tema.
El final de Ezequiel me tocó con un muy buen amigo mío, entonces de alguna manera era hacer un homenaje a esa historia. Lo que pasa es que tampoco me gusta contar si esto o aquello de la historia fue de uno o de otro. Simplemente hay un compendio porque fueron varias personas que yo conocí y porque me involucré mucho en el tema de la enfermedad mental.
En ese proceso te vuelves loco tú también, porque no entiendes, no sabes cómo ayudar, no sabes cómo hacer las cosas. Ya después, con tantos años que han pasado desde que viví todas estas experiencias, me pareció muy interesante visibilizarlo con otra calma, no con el alboroto que tiene uno cuando acompaña a este tipo de personas.
¿Piensa seguir escribiendo?
Sí. Confieso que esto era una pasión oculta. O sea, existía este libro y hay otros dos que también están hechos. A partir de que se me ha descubierto, pues bueno, este ha salido a la luz; hay otros dos listos y hay un cuarto aquí en la cabeza.
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