Sus padres iban de pueblo en pueblo y de país en país arrastrando el hambre y unos cuantos chiros que les quitaban el frío durante las noches de invierno. Caminaban, y solo con caminar ya estaban luchando, pues en realidad, su caminar era consecuencia de las persecuciones que sufrían. Se hacían llamar anarquistas porque no creían en los poderes impuestos ni en las normas decididas. Creían en la bondad con todas sus aristas, y como lo escribió su hijo, Víctor Serge, cuyo apellido verdadero era Kibaltchique, “Necesitábamos una regla. Realizar y darnos: ser. Necesitábamos un absoluto, pero de libertad. Una regla de vida, pero desinteresada, ardiente. La regla nos la ofreció el anarquismo”.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Serge era un niño cuando sufrió la muerte de su hermano menor, casi en plena calle y en plena huida. Entonces empezó a comprender, y más que a comprender, a decidirse. Trabajaba en lo que le pagaran unos centavos y hablaba en el idioma de la pobreza, y también, en nombre de la pobreza. Él se sentía pariente de todas las pobrezas y de todos los pobres que cabían en el mundo, de todos los sublevados, como escribió en “Memoria de un revolucionario”. “El anarquismo nos poseía enteros porque nos pedía todo, nos ofrecía todo. Exigía, ante todo, la concordancia de los actos y de las palabras, cosa que exigen, a decir verdad, todos los idealismos”.
Serge, o Kibaltchiche, o “El reacio”, como firmaba sus textos en la revista Anarquía, ya de adolescente, había nacido en Bruselas el 30 de diciembre de 1890. Su padre, Lev Kibalchich, había empezado a oponerse a las fuerzas del orden, luego de hacer parte de ellas como oficial de la Guardia Imperial, luego del asesinato en 1881 del zar Alejandro II. Él, sus parientes y sus amigos fueron acusados, en mayor o menor grado, de complicidad en el crimen, como prácticamente todos los rusos de entonces. Huyó hacia Bruselas y logró que lo emplearan como profesor del Instituto de Anatomía. Sin embargo, los órganos de inteligencia del Imperio Ruso lo encontraron.
Salió una noche hacia Francia, con su familia a cuestas. Entre huída y huída, Serge leía y leía. Y de cuando en cuando, escribía. El mundo era hostil. Él lo vivía y lo vivían sus padres y su familia, y la gente con la que hablaba. Uno de aquellos años, leyó las tesis políticas de Piotr Lavrov, uno de los principales impulsores del movimiento Naródnik ruso, que unía a su alrededor o bajo su nombre a un amplio grupo de movimientos socialistas en el siglo XIX. Apenas cumplió 15 años, se involucró con la Joven Guardia Socialista de Ixelles, barrio popular de Bruselas, y divulgó entre sus compañeros de lucha un folleto radical titulado “A los jóvenes”.
Seducido por el texto de Kropotkin, o incendiado por sus palabras, viajó a París y comenzó a militar en las filas de los ilegalistas radicales. Pese a que en varias ocasiones había escrito en “Le Révolté” y en “La Anarquía” que la violencia ciega no iba a cambiar a la sociedad, y que solo iba a producir más odio sobre el odio. Serge era uno de los tantos indignados europeos que creían que un cambio era posible y que la indignación los iba a llevar a producir esa transformación. “Nos espera un país donde la vida vuelve a empezar de nuevo, a golpes de voluntad, de lucidez, de implacable amor a los hombres”, escribiría casi diez años más tarde, luego del triunfo de la Revolución Bolchevique en octubre de 1917.
Luego de haber sido nombrado editor general de “La anarquía”, se involucró con la banda de Jules Bonnot. Serge se hacía llamar Valentín, y actuaba con instigador, convencido de que el grupo luchaba por un mundo más justo, pero mientras él instigaba, sus compañeros asaltaban bancos y se tomaban la justicia por sus propias manos. Hubo muertes, heridos, varios detenidos. Serge y su pareja, Reirette Maitrejean, fueron encarcelados y juzgados. Les prometieron una rebaja de penas si denunciaban a sus camaradas. Callaron una y otra y otra vez, y se negaron a firmar los arreglos que la Policía pretendía. Fueron condenados a cinco años de prisión. Serge escribió “Los años de la prisión”.
Corrían los primeros meses del año de 1913. Unos meses atrás, había caído el jefe de la banda, atrincherado en su casa. Los demás fueron siendo arrestados, uno a uno, y luego ejecutados. A Serge lo acusaron de ser el líder intelectual del grupo, pero de acuerdo con sus principios, guardó silencio. “Todos los hombres que han conocido realmente la cárcel saben que ésta puede extender su abrumante influencia más allá de sus murallas materiales. Hay un minuto en que aquellos a los que ella debe triturar la vida sienten con una terrible precisión desaparecer todo presente, toda realidad, toda actividad -todo lo que es su vida real- mientras se abre un nuevo camino al que uno entra tambaleándose de ansiedad. Ese minuto glacial es el arresto”.