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La ruptura del orden: hambre y marginalidad (La novela y el mundo)

“Vidas secas”, escrita por el brasileño Graciliano Ramos, propone una mirada descarnada sobre aspectos que quiebran a los seres humanos: las sequías, el hambre y la marginalidad.

Mónica Acebedo

03 de marzo de 2026 - 08:14 a. m.
Protesta en la playa de Copacabana, con platos vacíos que representaban a los 733 millones de personas que padecen hambre, según datos de la ONU. El grupo Río de Paz realizó esta acción antes de la cumbre del G20 en Brazil. EFE/ Antonio Lacerda.
Foto: EFE - Antonio Lacerda
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“Por el espíritu atribulado del sertajeno cruzó la idea de abandonar al niño en aquel descampado. Pensó en los gallinazos, en las osamentas, se rascó la barba rubia y sucia, indeciso, examinó los alrededores” - “Vidas secas” (Editorial Norma, Cara y Cruz, 2001, p. 10).

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El hambre rompe el orden social. Si no se suplen las necesidades básicas, los seres humanos se apartan de las construcciones sociales. “Vidas secas”, escrita por el brasileño Graciliano Ramos (1892-1953) y publicada en 1938, es una novela corta y esencial en la literatura brasileña. También es un referente de las letras latinoamericanas del siglo XX.

La prosa de Ramos es una alegoría a la desigualdad estructural de las sociedades periféricas y, aunque esta obra no presenta una hambruna como calamidad colectiva, sí propone una mirada descarnada sobre aspectos que quiebran a los seres humanos. El hambre se convierte en una condición histórica cíclica que desarticula cualquier proyecto vital.

Graciliano Ramos publicó su libro “Vidas secas” en 1938.
Foto: Wikipedia

Unos campesinos deambulan por el sertão nordestino en Brasil: Fabiano, el padre; Sinhá Vitória, la madre; un hijo mayor, que no tiene nombre; otro hijo pequeño, que tampoco tiene nombre, y la perra, Baleia. La familia busca un pedazo de tierra para cultivar y no pasar hambre. Huyen de la sequía y llegan a una hacienda abandonada. Por un corto período la familia logra algo de estabilidad: Fabiano consigue trabajo como vaquero, Sinhá Vitória trata de sobrevivir con los escasos recursos y siempre sueña con tener cosas básicas, y los niños exploran el mundo con una mezcla de curiosidad y miedo.

Luego Fabiano se ve atrapado en la maraña de corrupción y violencia que rodea las situaciones de escasez: el patrón lo engaña, tiene un altercado con un soldado y, sin haber cometido ninguna falta, es detenido y encarcelado por unos días. Este conflicto con el soldado muestra la indefensión de Fabiano frente al poder. La sequía regresa, los animales mueren, el hambre se intensifica y la familia se ve obligada a abandonar nuevamente el lugar, retomando el ciclo del desplazamiento: “Se arrastraron hacia allí, lentos, señora Vitória con el hijo menor arrebujado en los riñones y el baúl de cartón sobre la cabeza; Fabiano, sombrío, tambaleante, la alforja en la bandolera, la jícara colgada en una correa sujeta al cinturón, el trabuco de chispa al hombro. El niño mayor y la perra Baleia iban detrás”.

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Es un relato sobre las necesidades mínimas de los seres humanos. Las personas terminan reducidas a ser animales que solo luchan por comer y ampararse del clima. De hecho, uno de los aspectos más interesantes de esta novela es la animalización de los personajes. La falta de lo que una determinada sociedad considera educación, como la forma de expresión lingüística, el comportamiento religioso, el funcionamiento de la familia como núcleo de un sistema de producción colectiva. Dice Freddy J. Moasterios en su artículo “Vidas secas de Graciliano Ramos: una visión del proletariado”: “Se caracteriza a la familia de Fabiano como ‘seres animalizados’, elemento que se va a mantener a lo largo de todo el libro, bien por contacto con los animales, por el ritmo de vida que llevan o por la falta de educación” (revista “Letras”, Caracas, 2019.12, Vol. 51 (80), p. 252).

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La novela es una crítica directa a la desigualdad y marginalidad de ciertos grupos sociales, así como es un retrato regionalista de la vida rural y un ejemplo de escritura modernista que introduce una complejidad formal y simbólica. Tiene una estructura fragmentaria, con capítulos que pueden funcionar como relatos independientes. Su prosa está marcada por la economía verbal y precisión léxica. Además, se aleja de la estructura cronológica lineal. Precisamente, su apuesta narratológica le sirve para reforzar su discurso social y la idea de la repetición cíclica: asentamientos precarios, sequías, violencia, huida y hambre, sobre todo hambre.

Es un reflejo de los cambios políticos, económicos y sociales por los que atravesaba el Brasil durante la época de publicación de la novela. Al tiempo que el país modernizaba sus urbes principales, los campesinos de zonas rurales abandonadas por el Estado estaban sometidos a condiciones abusivas.

“Vidas secas” es una reflexión silenciosa sobre la dignidad humana y los límites del lenguaje frente al sufrimiento colectivo. La novela plantea la pregunta: ¿qué significa ser humano cuando las condiciones impuestas por el colectivo niegan la humanidad? La hambruna atraviesa todos los niveles de la cotidianidad: el cuerpo, el pensamiento, el lenguaje y las relaciones sociales. Los personajes no luchan por mejorar su situación, sino por sobrevivir. El hambre rompe la noción de progreso. La pobreza no es consecuencia de fallas individuales, sino de un sistema que reproduce la marginalidad. El límite entre lo humano y lo animal está en una zona gris: Fabiano se compara con un animal; los niños no tienen lenguaje que les permita comprender el mundo; la perra, en cambio, aparece como un personaje consciente y humanizado. La sequía, el hambre y la falta de lenguaje son la fuerza.

Por Mónica Acebedo

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