La suma de las voces

4 May 2022 - 7:47 p. m.

“Debemos mirar al campo si queremos salir adelante”, Miguel Samper Strouss

Las Memorias son Conversadas, las historias escritas en primera persona por Isa López Giraldo. En esta entrega, presentamos a Miguel Samper Strouss, abogado y político.

Isabel López Giraldo

Miguel Samper Strouss ha ejercido como director de Justicia Transicional y Viceministro de Justicia.
Miguel Samper Strouss ha ejercido como director de Justicia Transicional y Viceministro de Justicia.
Foto: José Barros

Me considero una persona sensible en lo social, me interesan los proyectos sociales. Soy muy dialéctico, me encanta conversar con la gente para conocer sobre sus vidas, entender sus necesidades, resulto un fisgón por naturaleza.

Tengo buen sentido del humor, algo le he enseñado a mi tío Daniel. Como decía Chaplin, un día sin reír es un día absolutamente perdido, lo que considero aplica para todo en la vida.

Mis gustos cinéfilos, cuando quiero desconectarme, resultan aburridos para mi novia. Disfruto cine de todo tipo, me encantan todas las películas, pero cuando estoy cansado veo las de superhéroes, fantasía, mitología, nada que me ponga a pensar. El género literario que más disfruto es la novela histórica.

Me ha gustado el fútbol, verlo y jugarlo, aunque resulto malísimo en la cancha, era el tronco. Celebro cuando Santa Fe gana, lo he acompañado en sus dos últimas victorias. Este vicio me lo pegó mi tío Daniel en España por su Barça.

Orígenes

Mis abuelas, tanto materna como paterna, fueron quienes más marcaron mi infancia.

Rama paterna

Elena Pizano, mi abuela, tuvo el mejor sentido del humor que se conozca en la familia. Sarcástica, punzante, fascinante y detallista. Cada vez que la visitábamos nos recibía con paqueticos de galletas que amarraba con hilitos de colores. Nos consentía a todos sus nietos, porque somos un reguero: tres de mi tío Daniel, dos de María Fernanda, dos de Juan Francisco y tres de mi papá. Hasta que tuvo uso de razón, porque murió de un Alzheimer muy avanzado, fue directora de un colegio femenino y enseñó literatura.

Andrés, mi abuelo, enseñó en la Universidad Militar y en la de la Sabana, donde una sala lleva su nombre. Fue embajador. Muy cercano a Misael Pastrana, porque, por extraño que parezca, en la familia Samper hay uno que otro godo, incluyendo a Don José María Samper cuyo hermano, Don Miguel Samper Agudelo, fue más liberal que Ernesto.

Daniel Samper Pizano, siempre ha ejercido el periodismo, especialmente el investigativo, alguien con el criterio de comportamiento ético más afincado, absolutamente intachable. María Fernanda, psicóloga que trabajó en el Acueducto de Bogotá. Juan Francisco, el del mejor sentido del humor de su familia, falleció de un tumor cerebral en el 2007 y fue quien me dio el primer consejo para participar en política. A mi tío José Gabriel lo conocí poco, pues murió cuando yo tenía cinco o seis años.

Ernesto Samper Pizano

Ernesto Samper Pizano, mi padre, es una de las personas más dadas a manifestar su cariño no solo con sus hijos, sino con sus amigos y conocidos. Es alguien muy generoso, simpatiquísimo, carismático, inteligentísimo, estudioso, consagrado. Quisiera poder decir que aprendió de mí, que es necesario imprimir humor en todo, pero fue quien más me lo inculcó. Algo de esto tenemos en el ADN.

Ha sido muy confiado, porque ha creído en la gente, hasta el punto de recibir traiciones que casi acaban con su carrera y que enturbiaron el proyecto social que desarrolló durante su Presidencia. Un ejemplo claro de esto fue que permitió, por recomendación de alguien cuyo nombre me quiero reservar, la participación como gerente de campaña de Fernando Botero Zea, quien terminó condenado por la Corte Suprema de Justicia por haber utilizado la campaña para lavar dinero: Botero metió a la campaña la plata mala y se robó en Estados Unidos la plata buena.

Más allá de su extrema confianza en la gente, que a veces pasa por ingenuidad, quienes lo conocen lo quieren. No es alguien calculador ni frío, abre su corazón. Como profesor fue muy cuchilla, aunque nunca me enseñó. En mi etapa política lo empecé a ver como orador de plaza pública veintejuliera, pero no es muy bueno, te lo digo entre nosotros, especialmente por el tono nasal, le gustan los discursos nasales y no los del vibrato de Horacio Serpa. En las manifestaciones a las que asistí me di cuenta de que Serpa era su telonero, quien le abría la presentación: “Yaaa viieeneee, se aaaproxiiimaaa, yaaa vaaa lleegaandooo…”. Cuando llegaba: “Muy buenas noches…”. Todo el mundo quedaba profundamente dormido.

Me hubiera gustado haber estado un poco más grande durante su presidencia para disfrutarlo más y aprender un poco de su faceta como gerente público, como líder. Pero no me quejo. Me tocó una etapa bonita, de los once a los quince años, en plena pre adolescencia, el fin de la infancia, en la que jugué con mi hermano Felipe, menor a mí, hasta alcanzar un poco más de conciencia de la política desde la tribuna, sin participar.

Siento que hubiera podido aconsejarlo, creo que le hicieron falta más consejeros, alguien de la familia. Mi tío Daniel entraba en pánico, decía: “Tenemos que irnos de acá. El mundo va a hacer implosión”.

Rama materna

Herbert Strouss, mi abuelo, murió durante la guerra de Vietnam cuando los gringos requirieron pilotos de guerra y llamaron a los reservistas comerciales. Murió en una operación entre Camboya y Laos cuando mi mamá tenía siete años.

Inés Lucena, mi abuela, es una de las personas que más admiro. Literalmente a pulso, a punta de tejidos más una media pensión que le dejó su esposo, sacó a dos hijas adelante. Se quedaba con nosotros cuando mi papá estaba en correrías de campaña, por lo mismo tuve una relación supremamente cercana con ella. Murió estando con nosotros cuando mis papás se encontraban en Marruecos. La encontré en la cama de mis papás cuando yo salía para la universidad, entonces fue mi responsabilidad avisarle a la familia, fue difícil contarle a mi mamá, y organicé su funeral.

Mi tía Sandra trabajó toda la vida, sin descanso hasta pensionarse. Estuvo en el área comercial de Expo artesanías, en Comcel, siendo bacterióloga de formación. Está casada con Orlando Jaramillo, con quien tiene dos hijas. Sandra o Tata como le decimos, y Orlando son el vivo reflejo de que con trabajo honrado y esfuerzo se puede sacar adelante a la familia.

Jacquin Strouss de Samper

Jacquin Strouss, mi mamá, es el bastión que nos mantiene unidos pese a todas las personalidades distintas, a los impulsos y al afán de mi hermano Felipe. Tiene un carácter supremamente fuerte de las puertas de la casa hacia afuera, un poco para proteger a la familia de todos los embates políticos a los que ella ya está acostumbrada, pero que nos quiso evitar. De puertas hacia adentro es infinitamente cariñosa, la típica mamá gallina que protege a los pollitos. Nos blinda y nos aconseja no solo en asuntos sentimentales, sino también políticos para los que tiene un sexto sentido muy desarrollado. En las lides políticas me advierte sobre cosas que salen siempre. Produce otro tipo de consejos que no da mi papá, desde la entraña, desde el sentimiento, son más intuitivos, atinados y terminan “pegándole al perro”, como se dice coloquialmente. Son superiores a los consejos racionales, estratégicos, meditados, que pudiera dar mi papá.

Mi mamá es economista de la Universidad de los Andes. Dictó una clase luciéndose como catedrática. Los alumnos hombres la recuerdan por ser inteligentísima, rajaba a todos y por las piernas, que eran muy bonitas, entonces se aguantaban la rajada.

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Siempre se ha interesado por el sector cultural. Fue bohemia en su juventud por ese mismo gusto a la cultura. Desde que inició su ejercicio profesional se vinculó al centro cultural del Gimnasio Moderno para dirigirlo, ha sido una lectora insaciable, le ha gustado el arte. Así mi papá trate de llevarse el crédito, fue mi mamá quien se inventó el Ministerio de Cultura y luchó a capa y espada para sacarlo adelante.

Mi mamá le salvó la vida a mi papá durante el atentado en el aeropuerto en marzo del 89. Se le lanzó encima cuando mi papá recibió trece tiros en el mismo atentado que cegó la vida de José Antequera, lo arrastró hasta la banda transportadora de maletas para sacarlo por la pista. A mi papá no le pudieron sacar cinco balas que quedaron muy cerca de la columna vertebral, por lo que lo molesto diciéndole que, de todos los expresidentes, es el más aplomado: literalmente está lleno de plomo.

Matrimonio de sus padres

Cuando mi papá ocupaba la vicepresidencia de ANIF buscó un analista junior. En las entrevistas formulaba preguntas ñoñas porque, en vez de indagar a los candidatos si podían trabajar en equipo, hacía pruebas de conocimientos.

Llegó a su oficina una economista recién graduada, sin ninguna experiencia profesional y le preguntó: “Doctora Strouss Lucena, cuénteme qué es el CAT”. Se trataba de Certificados de Abono Tributario con que se estimulaban las exportaciones no tradicionales. Entonces mi mamá le contestó: “El Cat, doctor Samper, detesta al Dog”. Mi papá, en vez de valorar el chiste de quien no conocía el tema, le dijo: “Muy bien, la estaremos llamando”. Y la descartó por completo. De inmediato entró un amigo a su oficina a decirle:

Usted cómo la va a rajar por conocimientos.

Pero cómo me toma del pelo en la entrevista.

Usted es igual. Además, ¿le vio las piernas?

¡Qué vuelva a entrar!

Se pusieron a conversar de otras cosas, compaginaron muy bien y los siguen haciendo hasta hoy, porque aguantarse a mi papá no es fácil, se requiere un teflón bastante grueso.

La familia siempre ha sido muy unida, gracias a que conservamos una tradición de almorzar una vez por semana los domingos o mínimo cada quince días. Recuerdo que mi papá hacía el desayuno los domingos dejando la cocina en absoluto desastre: se podía navegar en huevo crudo dado que quedaba esparcido por todas partes.

Cuando mi papá llegaba de su oficina o del trabajo nos jugaba de una manera que no me explico cómo sobrevivimos a las patanerías tan brutales: desde votarnos cojines, luego yunques, espadas, lo que resultaba muy peligroso para niños de siete años.

Mis papás se han preocupado por mantener la familia muy unida incluyendo a la de mi hermano Andrés, quien ya tiene tres hijos, el mayor de veintiún años. También nos han generado conciencia entre lo bueno y lo malo.

Infancia

Desde niño me gustó interactuar con personas mayores a mí. Cuando mi papá estuvo en la Presidencia, los secretarios privados y secretarios generales me decían “el llaverito” porque me cargaban para todas partes. Pero también me decían “mango biche”.

Muchos piensan que tener un papá político es sinónimo de papá ausente, pero no fue nuestro caso, excepto en campaña, aunque procuró llevarnos a las manifestaciones, nos subía en las chivas para echar Maizena.

He sido aplicadísimo, un poco para emular a mi papá. Recuerdo que nos decía que si sacábamos las mejores notas nos premiaría. Entonces nos quemábamos las pestañas por un simple helado que nos podíamos comer en cualquier momento. Con Vargas nos peleábamos el primer puesto del curso.

Una vez mi papá salió del Ministerio de Desarrollo Económico, viajamos a España para él asumir como embajador. Conservo recuerdos absolutamente fantásticos relacionados con el cambio de comida, estaba entrando a un mundo absolutamente desconocido para mí, el de las hormonas. Llegaba de compartir en el colegio Gimnasio Moderno de Bogotá con veintisiete hombres a estudiar también con mujeres. Descubrí que esto resultaba mucho más agradable y que uno podía tener amigas, no solo amigos.

Al regreso vivimos la campaña y en adelante se dio una sucesión de fotos que pasan muy rápidamente hasta desembocar en la Presidencia de la República en 1994, cuando tenía once años.

La vida en Palacio hizo que me diera duro el encierro. Allá se vive con las ventanas blindadas. Para salir a cine tiene que avisarse cuarenta minutos antes, entonces militarizan la zona, todos los ojos están puestos encima descifrando quién es este pendejo.

Caminábamos por los pasillos de Palacio, algunas veces disfrazados, pintados, lo que fuera, y nunca nos cerraban las puertas de los salones de reuniones. Todos los funcionarios fueron muy amables con nosotros haciéndonos sentir en casa. Por supuesto, no podíamos entrar al Consejo de ministros.

Esta es una vida muy encerrada y solitaria. Si bien tiene una serie de privilegios fantásticos en los temas de comida, facilidades de transporte y más, que hacen que uno se sienta privilegiado, se paga el precio.

Cuando no teníamos colegio nos llevaban a los viajes nacionales o internacionales. Nuestro argumento era que aprenderíamos mucho más si conocíamos Sudáfrica que en una clase de matemáticas. Pero fue regla de oro, imperativo categórico, el que no faltáramos, el que no perdiéramos una sola hora de clase, así nos pusieran a recortar revistas con tijeras.

Como viceministro de Justicia volví a ingresar a Palacio y me encontré con un número importante de personas que recuerdo con mucho agrado.

Universidad Javeriana

Las materias en las que mejor me iba en el Colegio fueron física, química y cálculo. Los exámenes de aptitud vocacional arrojaban que lo mío era la ingeniería, pero yo no me veía en esto. He sido muy inquieto, entonces decidí estudiar algo relacionado con las ciencias sociales. Apliqué a varias universidades, públicas y privadas, en Derecho y Economía.

Finalmente, me decidí por la Javeriana, con algunas dudas al ser una universidad jesuita y al venir de un colegio confesional, aunque absolutamente liberal. Estaba haciendo la fila de la Facultad de Derecho detrás de una niña muy querida, súper linda, lo que me ratificó en la decisión de carrera. Después nunca la volví a ver.

Algunos manifiestan que prefieren el Derecho público, otros el privado, civil o penal. A mí todas las materias me encantaron, en ellas contra argumentaba, cuestionaba porque he sido contestatario por naturaleza y muy dialéctico. Fui muy activo en todas las clases, me interesé en aprender a profundidad mi carrera, incluyendo un ejercicio extracurricular del periodismo.

Recuerdo que le dimos un golpe de Estado a los de último semestre que manejaron por tradición Foro Javeriano, el periódico de la Javeriana. Solo que lo asumimos desde quinto semestre. Aquí hice mis primeros pinitos. Con mi participación le saqué canas al padre Álvarez, el decano en su momento, quien me citaba a su despacho para decirme: “Miguel, este es un periódico de una universidad jesuita. ¡Usted cómo hace una crónica sobre cómo se aborta cerca a la Javeriana!”

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Alguna vez investigamos presuntas falsificaciones a notas que les ponen los estudiantes a los profesores. Según sondeos realizados por nosotros, uno de ellos pasó de una nota promedio de uno, a obtener la mejor de toda la Facultad. Escribí sobre esto firmando y bajo mi propio riesgo. El decano hizo luego un reconocimiento público de que gracias a la investigación se había descubierto el fraude causado por el profesor.

Supe que la carrera me brindaba opciones muy distintas que iban desde trabajar en una oficina de abogados, ser funcionario público, juez de la República, dar asesorías. Es muy versátil gracias a las herramientas nucleares que brinda: interpretar la Ley y argumentar con fundamento en lo que se interpreta. Se trata de entender por qué en sociedad nos tenemos que comportar de una u otra manera, aborda los parámetros que nos hemos ido imponiendo en materia legal para funcionar sin agredirnos.

Me hubiera encantado hacer doble programa con Economía, pero la Universidad no lo ofrecía en ese momento.

Fundación Vivamos Humanos

Antes de graduarme comencé a trabajar en una firma de abogados. Como genuinamente había querido montar una fundación, decidí hacerlo y aún sigue vigente.

Para seguir el consejo de mi tío Juan Francisco, sin que quisiera meterme de lleno en el sector público al estar en desacuerdo con algunas de las políticas del gobierno Uribe, para el año 2006, inicié a trabajar en un gremio. Fue una combinación perfecta, porque si bien hice parte del sector privado, tuve ocasión de interactuar de manera permanente con el sector público.

Me relacioné con el Congreso, con los congresistas, conocí la manera de incidir en política pública con los entes regulatorios.

Maestrías

En el 2007 viajé a Singapur para adelantar mi maestría en Derecho Internacional de la Universidad Nacional de Singapur, la más prestante y con paradigmas muy diferentes a los nuestros. También viví la experiencia de estudiar Derecho Económico, como había sido mi deseo, en una universidad gringa privada en Nueva York. Logré obtener los dos títulos en año y medio gracias a una beca.

Justicia Transicional

Germán Vargas Lleras me llamó en el 2010, como ministro del Interior, para invitarme a acompañarlo en los temas de Justicia Transicional. Esta área había sido parte del énfasis de mi maestría en Derecho Internacional. Me pidió que preparara una Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, lo que me encantó y me motivó a aceptar.

Yo había escrito a los diecinueve años un libro para hacer pedagogía sobre el referendo que se iba a votar el 2003 para hacer diecinueve cambios que se estaban proponiendo al sistema electoral, político y judicial. Me llamaron para participar en la campaña pro referendo, pero no acepté. Lo mío era un ejercicio romántico y hasta ingenuo de hacer pedagogía neutral y no campaña a nada.

También me habían llamado para que trabajara por las juventudes desde Palacio, lo que me pareció un corbatazo, pues no tenía ningún mérito. A lo que sí me le medí, años después, fue a la preparación de la Ley de Víctimas. El resultado hoy se llama Ley 1448 del 2011.

Este fue un ejercicio supremamente devastador en términos físicos y emocionales porque pasar una Ley tiene su trabajo. Obviamente no tenía idea del manejo político del Congreso, pero Germán sí. Él es un monstruo para eso, habilísimo, convocaba el quórum, todo el Congreso estaba funcionando en pro de este tema. Con él aprendí muchísimo.

Yo pensaba que el grado de concertación se daba al interior del Congreso y resulta que no, nada más alejado de la realidad, porque las concertaciones más difíciles se daban a puerta cerrada en Palacio con los distintos ministros. Para una Ley que costaba cuarenta y ocho billones de pesos, debía tener toda la información disponible para presentarla al ministro de Hacienda y así concertar con él. Con la Cancillería, para las víctimas de afuera y por la comunidad internacional que apoyaba el proyecto. Pero también se debía concertar con el Ministerio de Defensa para saber qué iba a pasar con las víctimas agentes del Estado. Con Acción Social, encargada de hacer la política de atención a la población desplazada del momento.

Estas concertaciones eran complejas, todo un aprendizaje del esquema de negociación con el Alto Gobierno. Era un proceso de validación de los cursos de negociación recibidos. Todo realmente muy interesante.

La segunda parte se surtía al interior del Congreso, por supuesto. Recuerdo una vez que estábamos con los dieciséis ponentes de Cámara sentados a la mesa. Alguien tomó la palabra y dijo: “Necesito que definamos ya mismo si le vamos a poner un límite a la reparación porque esto va a quebrar al Estado colombiano”. Saltó alguien de la orilla opuesta, si mal no recuerdo Iván Cepeda, a decir: “Sí, necesito que el Gobierno defina ya, Miguel, porque si le ponen un límite no firmo esta ponencia”. Guillermo Rivera se unió: “Sí, no vamos a dejar que le pongan límite, esto es una convicción del Partido Liberal”. Los conservadores y demás también lo hicieron. Así se me desbarató la mesa de ponencia.

Subí a consultarle a Vargas Lleras. Se quedó mirando al suelo por minuto y medio. Se giró y me dijo: “Hágase el pendejo” / “¿Cómo así que hágase el pendejo?” / “¡Hágase el pendejo!” / ¿Pero cómo me voy a hacer el pendejo si abajo está la mesa con los dieciséis ponentes?” / “Hágase el pendejo, hermano. Samper, ¿a usted no le enseñaron a hacerse el pendejo en la casa o qué?”

Morí de risa y no tuve opción, efectivamente me hice el pendejo. Me preguntaron: ¿Qué definió el ministro?”. Dije: “Avancemos que él después baja y nos tira línea sobre eso”. Seguimos negociando toda la ponencia y a las doce y media de la noche tomé las firmas, preguntaron por el límite y me despedí sin hacer caso. Estas son anécdotas de lo que pasa en la discusión de un proyecto de Ley. Finalmente no se le impuso un límite legal, solo una fecha.

Casi me sacan los ojos en un foro con víctimas, porque hicimos diecinueve en todo el país. Estábamos entre la plenaria de la Cámara y la Comisión Primera del Senado. Ya se había aprobado en plenaria con una fecha. Se iban a reconocer las víctimas para su reparación a partir de 1995.

En ese tránsito asistí a un Foro en Barrancabermeja donde me insultaron por desconocer los derechos de las víctimas. Se trataba de un auditorio de tres mil quinientas personas a quienes les dije: “Si les soy absolutamente sincero, mi familia también quedó por fuera de la Ley de Víctimas y restitución de tierras con esta fecha. Toda fecha es arbitraria. Pero esta es una decisión del Congreso, no del Gobierno Nacional, mucho menos del director de Justicia Transicional”. Y se calmaron los ánimos, por fortuna. No es fácil lidiar con esa carga emocional, con personas que han sufrido tanto como consecuencia del conflicto armado y que llevan tantos años esperando una respuesta del Estado. Al final de cuentas les cumplimos como Gobierno y como sociedad.

Luego inició otro proceso de concertación muy interesante con las comunidades indígenas, negras, raizales, palenqueras, afrocolombianas y gitanas. Dentro de la ley de víctimas teníamos que negociar un decreto para cada una de ellas. Este fue un proceso de concertación completamente distinto. El otro era de intereses políticos de los distintos partidos, el de proteger las arcas del Estado para el Partido Conservador y según el Partido Liberal de ser garantistas con los derechos. Pero aquí la conversación era otra muy distinta. Cada comunidad velaba por sus intereses para proteger al mayor número de personas. Estos tres decretos tienen rango legal, lo que me enorgullece al poder decir que nosotros los negociamos y sacamos adelante.

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Luego pasamos otras tres leyes. La Ley 1424, porque los desmovilizados rasos de las autodefensas se quedaron sin piso jurídico. La Corte Suprema de Justicia tomó una decisión diciendo que no se podía ejercer el principio de oportunidad que era para acabarles el procedimiento de investigación frente a estos desmovilizados. Como gobierno tuvimos que meter un proyecto de ley con mensaje de urgencia para garantizarles a treinta y dos mil de ellos sus derechos. De otra forma estaríamos dejando en un limbo esa mano de obra calificada para la violencia, la idea era que no regresaran al monte, lo que significa volver a la guerra. Germán Vargas Lleras la sacó adelante con toda su habilidad política y nosotros en sentido técnico.

Ya como viceministro de Justicia, sacamos adelante la reforma al Código Penitenciario y Carcelario para mejorar las condiciones de reclusión de la gente que está en las cárceles. Sacamos adelante también la reforma a la Ley de Justicia y Paz para que tomaran en serio a las víctimas de los paramilitares.

Esto último fue una mezcla entre dirección de Justicia Transicional y como viceministro, cargo que ocupé del 2012 al 2015.

Viceministro de Justicia

Fui nombrado por Ruth Estela Correa, recientemente posesionada cuando acababa de dejar el cargo de viceministro Pablo Felipe Robledo para asumir la Superintendencia de Industria y Comercio.

El Ministerio de Justicia está dividido en dos áreas. El “lado bueno de la fuerza” y el lado no tan bueno, como dicen internamente en el Ministerio. Siempre me ha gustado el tropel, pero Ruth me quería nombrar en promoción de la justicia, donde se conversa con los decanos de las facultades de Derecho, se organizan reuniones con los abogados, se estructuran proyectos para descongestionar la justicia y se interactúa con toda la rama judicial.

Cuando llegó Alfonso Gómez Méndez le pedí que me pasara al otro lado que maneja el viceministerio de política criminal y justicia restaurativa atendiendo temas como la justicia transicional, el proceso de desmovilización, desarme, reparación de víctimas, acuerdo de paz, política de drogas y política criminal que tiene a su cargo las cárceles y demás. Me resultaba muchísimo más interesante pues es donde están los retos grandes del país.

Después de casi dos años llegó Yesid Reyes, gran ministro, inigualable abogado, gran ser humano, una gran persona, pero me retiré no porque objetara su manejo pues me parecía el más apropiado de todos los que había visto, sino porque quería organizar mis temas personales, acababa de nacer mi hija y tenía propuestas de asesorar entidades públicas. Estaba organizando un cambio en mi vida.

Agencia Nacional de Tierras

Estuve nueve meses por fuera hasta que me llamaron para manejar el mayor reto de mi vida, que es el más grande que sigue teniendo el país, como es la Agencia Nacional de Tierras.

Esta Agencia fue creada por el Proceso de Paz en reemplazo del INCODER, responsable de administrar las tierras baldías, de adjudicar esos terrenos públicos y la formalización de la propiedad rural, a muy grandes rasgos. Yo siempre digo que es la entidad encargada de organizar la casa en el campo. Fue un reto absolutamente maravilloso porque montamos la entidad de ceros. Me preocupaba que había escuchado muy malos cuentos del INCODER por corrupción, no eran pocas las denuncias contra ex directores nacionales y territoriales, muchos de ellos presos.

Tuve una ventaja muy grande que he mencionado en público y en privado. Le pedí cita a Luis Guillermo Vélez, secretario general de Palacio, para comentarle:

Aquí hay dos formas de manejar esto. Fui viceministro, sé las afugias que siente un gobierno, que los congresistas quieren espacios de participación política. Entonces podemos politizar la entidad como lo hicieron con el INCODER, pero a eso no le juego. Estoy muy agradecido con el presidente Juan Manuel Santos, por lo que voy a renunciar de la manera más discreta desde inventarme que me tronché un tobillo o que se me enfermó mi hija. La otra opción es que me la deje manejar a mí comprometiéndome a aplicar cinco pruebas para lo que contrataría una firma externa que no pague la Agencia para no incidir de ninguna forma, sino hacerlo con recursos de cooperación internacional.

Hicimos pruebas de conocimiento, de comportamiento ético, aptitudes gerenciales, entrevista por parte de delegados de Presidencia y polígrafo a todos los directivos de la Agencia. Solo conocí a quienes fueron nombrados en las territoriales el día de su posesión en el cargo. Es por esto que no tengo procesos ni investigaciones en contra porque quienes estaban a mi cargo eran personas supremamente honradas y a prueba de balas. Con ellos hicimos trabajos que el INCODER ni en sueños había logrado. Mientras este entregaba doscientos títulos al año, nosotros en dos años y medio entregamos más de cuarenta y dos mil, legalizamos más de un millón y medio de hectáreas en el país. Obtuvimos no solo reconocimiento, sino también un premio del que pocos conocen como es el Premio Nacional de Alta Gerencia que recibe una entidad del orden nacional, otra local y otra regional. Esto ocurrió en el 2017 y fue la primera vez que lo recibe una entidad tan recientemente creada, pues llevábamos menos de un año de funcionamiento.

En agosto 7 de 2018 cuando renuncié a la Agencia una vez llegó al poder Iván Duque, le pedí al presidente Santos que me firmara la aceptación de la renuncia él para que no me tomaran en el nuevo gobierno de firmón, porque ese es el tema más delicado del país.

Llevamos doscientos años de historia republicana matándonos por el problema de la tierra y yo no se lo iba a manejar a un gobierno con el cual no comulgo ni en ideología. Me sigue pareciendo que Iván Duque no estaba preparado para asumir el cargo, aterrizó en un avión después de casi dos décadas de vivir por fuera, llegó al Senado, no tuvo responsabilidades administrativas. Con esto lo hicieron gerente de un millón y medio de funcionarios públicos. Obviamente las cosas salieron como tenían que salir, no había otra opción.

Cuando me fui monté una empresa de tierras para acompañar procesos de víctimas del despojo, brindé asesoría a empresas que quisieran tener inversiones seguras en la tierra. Hace un año tomé la decisión de participar de la arena electoral porque las causas que quiero abanderar se han desdibujado bajo este gobierno y alguien tiene que darles voz.

Política

Cuando celebrábamos el día de mi grado de la universidad, en el 2006, mi tío Juan Francisco me preguntó qué quería hacer en adelante. Para ese momento trabajaba en una firma de abogados. Entonces le dije que montaría una Fundación para ayudar a la gente con proyectos productivos promocionando sus emprendimientos. Me contestó: “Si realmente quiere ayudar a la gente, debe trabajar con el Estado”.

Pero yo no quería al considerar que la exposición era enorme, que la gente le daba a uno durísimo, que caían todas las asustadurías. Le dije que yo no tenía esa vocación. A lo que me respondió: “Si usted quiere ayudar con un granito de arena, está muy bien, monte su fundación, pero si quiere ayudar con baldados de arena a los más vulnerables tiene que trabajar con el Estado. No tiene otra opción, pues es allí donde se manejan los proyectos de gran envergadura, de cobertura nacional y es desde donde puede hacer las transformaciones que se propone”.

Esta conversación tan seria como la conté realmente tenía sus visos de humor negro como: “No, pues buenísimo. Venga para acá, madre Teresa de Calcuta. Qué verraquera. Todo lo que apoyamos su carrera de abogado y ahora se va a dedicar a andar descalzo”.

Aspiré al Senado para hacer una nueva reforma rural integral. Las reformas rurales integrales se han truncado siempre por los distintos gobiernos conservadores. La de López Pumarejo por liberales y conservadores, pero en general por la hegemonía conservadora. La de Lleras en el 61 la truncó Misael Pastrana en el 72 por el Pacto de Chicoral. La de Ernesto Samper en el 94, Andrés Pastrana la frenó en seco siguiendo el legado de su padre.

Creo que se necesita una reforma adaptada al siglo XXI con modernización del campo, entrega de títulos, mecanización de la producción de la tierra, proyectos productivos, créditos subsidiados, acompañamiento técnico y actualización catastral. De eso se trata el ejercicio que es mi bandera, entre otras cosas, para que bajen los precios de la comida y para que haya menos importación de alimentos. En la actualidad no estamos alimentando a los colombianos, estamos entrando el 30% de lo que consumimos. Debemos transformar la realidad y volver a mirar al campo si queremos salir adelante, que la clase trabajadora tenga más oportunidades para no quebrarla a punta de los precios exorbitantes que estamos pagando. Esto se logra mirando más allá de las oficinas ubicadas en las ciudades.

Esta fue mi primera campaña electoral, por cierto muy compleja. Hay todo un mercado electoral que la gente desconoce, intermediarios que se hacen llamar líderes, personas nefastas que le ponen precio al voto. Estoy seguro de que con esa plata que le piden a los candidatos, salen a comprar votos.

Al mismo tiempo fue muy gratificante ver que en el país hay gente que sigue las causas, que no están interesados en cincuenta mil pesos, en un tamal o en una teja de zinc, sino que se vincularon al proyecto por convicción y de corazón.

Quiero seguir trabajando por el país desde la orilla que me lo permita, construir las transformaciones que necesita Colombia, porque las he estudiado, recorrido, porque las conozco.

Hija

Tengo la hija más hermosa que existe y eso nadie me lo puede rebatir. Miranda cumplió ya siete años y es la prueba reina de que la genética se va mejorando generación tras generación. El nombre lo tomé del municipio en el que me encontraba cuando me llamaron a contarme la noticia de que la mamá estaba embarazada. De inmediato dije: “Si es niña tiene que llamarse Miranda, pero si es niño lo revaluamos porque Mirando no puede ser”. No puedo imaginar qué hubiera pasado si yo hubiera estado en Anolaima u otro municipio con nombre similar.

Miranda es la luz de mis ojos.

Pareja

Convivo con una pareja que es periodista. La voz de la sensatez en la casa.

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