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El ángel de piedra (Cuentos de sábado en la tarde)

Yo rodaba, cuesta abajo, demasiado consciente de la aspereza de hojas y guijarros del suelo, y de ese aroma permanente a tierra mojada y limonaria del pueblo donde vivía mi abuela. La bajada, dando tumbos, como barril de carne magullada, parecía eterna. Poco, muy poco de mí, sería reconocible una vez alcanzara el fondo, pensé en agónico tropel. No obstante, el balance de mi caída fue muy positivo: solo unas raspaduras, en rodillas y codos y, claro, la nariz sangrante, fruto del puñetazo que me acababa de soltar mi primo Armando, el cual me precipitó colina abajo, desde el galpón de las gallinas de la abuela.

M. Mantra

16 de octubre de 2021 - 03:30 p. m.
"En adelante, mi mamá habría de catalogarlo como ‘El ángel de piedra’, por una telenovela de la época, con Raquel Ércole, Álvaro Ruiz y Judy Henríquez, que contaba la historia de un niño salvaje e indomable que planeaba destruir a la familia de su madrastra, en venganza por robarle la fortuna de sus padres".
Foto: Pixabay
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Yo tenía ocho años y él, siete, pero me doblaba en fuerza y fiereza. Era rudo e indomable, mientras que yo, más del tipo esmirriado y nerdo, siempre débil y expuesto a cualquier virus o grandulón que quisiera cogerme como su saco de golpes. Mi pecado, en aquel entonces, fue arrebatarle a mi primo un carrito de metal (que además era parte de mi colección de Majorette) y él me había respondido de la única manera que conocía: con violencia, con brutalidad, la misma transmitida por su papá, mi tío materno, y a este, por su propio padre, y así, hacia atrás, generación tras generación, en una cadena de barbarie sin fin.

Mientras mis padres eran dulces y amorosos, los suyos eran una perpetua tormenta doméstica. Dos tornados de fuego conviviendo bajo el mismo techo. Luego, ¿qué más se podría esperar de Armando? Claro que, a decir verdad, a veces yo mismo me beneficiaba de su ferocidad. Por ejemplo, en una ocasión se batió a trompadas con un simio, de décimo grado, que acababa de arrebatarme la lonchera de mi almuerzo. Y tampoco era que tuviera el corazón podrido o algo así. De hecho, me acuerdo que una vez que pasé en cama una semana, por culpa de la varicela, mi primo me visitó, religiosamente, todas las tardes, para resumirme las actividades del colegio, y ponerme al día de todas sus aventuras. No le temía al contagio, o a lo mejor eran los virus quienes le tenían miedo a él.

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Ahora me siento culpable, pero admito que era muy feliz cuando a veces me despertaba de madrugada, y mi primo, junto con sus dos hermanos, dormían en mi cama porque el troglodita de su papá había llegado a medianoche borracho, como una cuba, y los había corrido a golpes de su propia casa. Me invadía la dicha porque yo era hijo único, luego la mañana siguiente despertaría acompañado de más niños dispuestos a jugar a lo que fuera, desde las 6 AM. Gritos, risas, carreras, pancakes, mermelada, y cereales con jugo de naranja. ¿Qué más se le podría pedir a la vida, aunque fuera un pedazo de felicidad chueca como esa?

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Armando, obvio, también era mucho más evolucionado en las lides con el sexo opuesto. En la fiesta de mi primera comunión, él fue capaz de pedirle un beso a Felicia, una compañera de trabajo de mi mamá quien, a nuestros ojos pre-púberes, era la mujer más hermosa del mundo. Toda voluptuosidad, y ni hablar del aroma cálido y penetrante del perfume que siempre llevaba. Era un reto que nos habíamos puesto. El primero que lograra pedirle un beso, se quedaba con diez Majorette del otro. Y, ni corto ni perezoso, mi primo la sacó a bailar, torpe, divertido, aferrándose a sus caderas desafiantes, como a una concupiscente tabla de náufrago. Mientras que yo no pude ni pararme de mi silla, y menos, cerrar la boca cuando lo vi, todo arrojo, todo voluntad el muy maldito, dejándose besar en la mejilla por la exquisita Felicia.

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También, la primera revista porno que llegó a mis manos, fue vía mi primo favorito. Pienso que, a lo mejor, todavía está escondida, ya roída por las ratas y los años, debajo de una tabla de madera suelta, en el piso del que entonces era mi cuarto en la vieja casa de mis padres. Cómo olvidar esa calentura in-crescendo desde mi bajo vientre, página tras página de brillante, suculenta, desconocida y mítica anatomía femenina. Armando tenía trece años en aquel entonces, y ya tenía novia, yo tendría mi primera novia a los 19: “Toma, tú la necesitas más que yo”, recuerdo que me dijo.

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Para aquel entonces, como generalmente sucede en estos casos, sus papas ya se habían separado, y él ya estaba a la deriva, sin norte, sin polo a tierra. A veces, se refugiaba en mi casa para cenar con nosotros o para ver televisión o para que alguien le pusiera atención, simplemente, y le brindara afecto y calor de hogar. En más de una ocasión mi propia madre tenía que curarle los labios partidos o los ojos amoratados, luego de alguna golpiza, fuera de mi tío o de sus usuales rencillas en el colegio. “Este muchacho va a terminar mal”, repetía mi mamá, como en oscuro mantra.

Dejamos de frecuentarnos a finales de los 80, cuando ya no le pareció interesante un primo nerdo y apocado, y le dio rienda suelta a su testosterona, y a la mezcla de pólvora y violencia con la cual lo habían amamantado desde chico.

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No pasó mucho tiempo para que comenzáramos a recibir noticias suyas, no muy positivas. Que bebía en exceso, que había estrellado el carro del papá, que había dejado el colegio, que era un vago, etc. En adelante, mi mamá habría de catalogarlo como ‘El ángel de piedra’, por una telenovela de la época, con Raquel Ércole, Álvaro Ruiz y Judy Henríquez, que contaba la historia de un niño salvaje e indomable que planeaba destruir a la familia de su madrastra, en venganza por robarle la fortuna de sus padres. Y así se quedó, entre mi mamá y yo: “¿supiste algo de El Ángel de Piedra? ¡Ni te imaginas la última de El Ángel! ¡Encarcelaron a tu primo, el Ángel, dizque por venta de narcóticos, dizque por asalto a mano armada, dizque por robo, etc!

Yo intenté acercármele en varias oportunidades, mucho antes de su debacle, en nombre de los viejos tiempos, en nombre de nuestra infancia; pretendiendo, tontamente, cambiarle de rumbo a un huracán. Pero aquel Armando ya no existía; mi primo era otro, había mutado en algo, alguien, irreconocible, por dentro y por fuera. La mirada huidiza y vidriosa, el gesto despectivo, como quien trata a un desconocido indigno de confianza.

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Siempre me ha carcomido la cabeza la pregunta de cómo es posible que dos seres que comparten información genética, que provienen de la misma familia, que disfrutaron tantas cosas dulces y positivas pueden llegar a ser diametralmente opuestos. El alfa y el omega. El blanco y el negro. El agua y el aceite. ¿Qué lotería existencial está siempre en juego, de la que uno no tiene ni idea, pero en la cual apuesta a ciegas minuto a minuto?

Y el vuelo de nuestro ángel, de alas de agrietado concreto, terminó a los 28 años. Una noche recibí la llamada apremiante de mi mamá, para decirme que acababa de explotar un motín en la cárcel en la cual tenían a mi primo Armando, desde hacía ya varios meses. Me rogaba que usara mis influencias profesionales para saber si estaba vivo, pues los noticieros reportaban ya una decena de muertos, y todo el penal en llamas, y completamente aislado. Hice un par de llamadas y, en efecto, logré una lista preliminar de muertos, entre los cuales aparecía Armando Contreras, mi primo.

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¿Todo bien, mi comandante?, me preguntaron al otro lado del teléfono, ante el bloque de silencio que se me atravesó en la garganta. Sí, todo bien, mil gracias subintendente.

Por M. Mantra

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