Adentrarse en la inmensidad de la selva amazónica hacia un mundo desconocido, hacia un universo en el que los ríos, vientos, bosques y niebla se encuentran para crear el equilibrio que permite la vida del ser humano y de millones de especies más. Un espacio en el que el conocimiento ancestral, además de las prácticas sociales y culturales de los pueblos originarios, es un pilar para la conservación de la biodiversidad y del equilibrio, que están bajo amenaza y destrucción. En medio del noroccidente amazónico, un grupo de investigadores se encuentra con las comunidades que habitan alrededor del río Apaporis. Poniendo en paralelo dos tipos de conocimiento, sin la intención de anular al otro, pero resaltando la relación entre cosmología, apropiación del territorio y cuidado ambiental de los indígenas, el documental El sendero de la anaconda deja un mensaje claro: los retos medioambientales, que equivalen a los retos de la supervivencia humana, necesitan una solución colectiva, un diálogo entre saberes.
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Un viaje al pasado, al presente y al futuro, así define el antropólogo Wade Davis su paso por la Amazonia colombiana. “Cada cultura tiene algo que decir y cada una merece ser escuchada”, esa, según él, es la máxima lección de su disciplina. Siguiendo los pasos de Richard Schultes, un biólogo que por años se adentró en la profundidad de la selva, topándose con plantas con propiedades farmacológicas, Davis llegó por primera vez al Amazonas a sus 19 años con ese mismo propósito: recolectar plantas. A Martín von Hildebrand Mulcahy le pasó algo similar: llegó a la selva gracias al antropólogo y arqueólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff y se quedó por más de cuatro décadas, dada la preocupación por la explotación, la violencia y las presiones económicas que las caucheras ejercieron por años en contra de las comunidades nativas. Además, su interés por las culturas indígenas lo relaciona con su herencia irlandesa. “La historia de Irlanda luchando por su cultura, por su tradición, por su autonomía, frente a la colonización inglesa, y mi abuelo que estuvo en la cárcel un par de veces y salió haciendo huelgas de hambre por estar batallando por eso, yo creo que me llevó a crecer con ese sentimiento relacionado al derecho de las minorías étnicas y a la diversidad cultural”.
La interacción de los indígenas con sus malocas, sus chagras, los ríos y el bosque forma parte de la cosmología que les dicta comportamientos, no deliberados ni accidentales sino intencionales, relacionados con la preservación del entorno. La mujer macuna, por ejemplo, es concebida como “la madre de la comida”: es la fuerza detrás de la semilla de la yuca, de la fruta y de los tubérculos. El compartir las cosechas con los espíritus del río, haciendo un ritual para compartir el chontaduro y la yuca, entre otros alimentos más, forma parte de un sentido de reciprocidad: dar y recibir, y así funciona su relación con el resto de la selva. Esa intimidad con el entorno trae consigo un sistema de creencias, una forma de relacionamiento a nivel físico y metafísico con el ambiente, que desemboca en la preservación ecológica.
La llegada de intereses privados a la zona, que se acercan al territorio ofreciendo servicios que por la misma ausencia del Estado las comunidades no tienen, pero que entran con proyectos sin ser consultados con los pobladores, se suma a la lista, encabezada por la evangelización y las caucheras, de las amenazas que han recibido históricamente los pueblos indígenas, y por ende la selva amazónica. Sin considerar necesaria la creación y promulgación de más leyes, según cuenta el líder indígena Maxi Tanimuka, lo que buscan las comunidades es el respeto por su forma de vivir en el territorio. “Para los Macuna, el oro es la esencia del sol. Está debajo de la tierra por una razón: es la luminosidad que guía al chamán en sus viajes subterráneos para equilibrar las fuerzas del mundo entero. Y de repente aparece esta minera canadiense que quiere sacar el oro de la tierra para fundirlo y fabricar lingotes que luego guardarán en bóvedas, debajo de la tierra. Básicamente, están negando la esencia y el valor y el significado y el poder de estos raudales [el Chorro la Libertad], que son la encarnación misma de los ancestros (…). Al hacer esto, se socavan y se niegan todas las creencias de los Macuna”, afirma Davis.
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Y es que la cuestión es de fondo: revaluar un estilo de vida que, bajo los argumentos de progreso, desarrollo y civilización, está agotando poco a poco la vida de los ecosistemas y, por ende, de los seres vivos del planeta. Esto no solo ha ocurrido en la Amazonia, sino también en la Serranía de la Macarena, en Caño Cristales, y en Nuquí (Chocó), por mencionar algunos lugares más. A esto se suma la vulnerabilidad en la que viven los líderes sociales y ambientalistas en el país. Francisco Javier Vera Manzanares, de 11 años, recibió amenazas a través de redes sociales por hablar de ambientalismo y dignidad, y Yarley Margarito Salas, Juana Perea y Fernando Vela, entre varios líderes sociales más, han sido asesinados en sus territorios. El asunto va más allá de cuestiones económicas e industriales. La defensa de distintas formas de vida y la preservación de modelos sociales y comunitarios van de la mano de la conservación del pulmón del mundo. La coordinación y comunicación entre distintos saberes, así como la construcción de una sociedad en la que la defensa y el cuidado de lo nuestro no nos cueste la vida, son parte transversal en la preservación de la selva amazónica y de la humanidad.