12 Jun 2021 - 6:30 p. m.

Leopardos en el estadio

El 11 de octubre de 1981 Alfredo y su hijo menor tenían planeado asistir al partido del Atlético Bucaramanga contra el Junior de Barranquilla y desde el viernes anterior compraron las boletas en preventa. Ese domingo salieron temprano a desayunar a la plaza de mercado y después subieron de prisa para hacer fila y ser de los primeros en entrar al estadio.

Isabel-Cristina Arenas Sepúlveda

Quince mil, veinte mil, veinticinco mil hinchas llenaron las gradas. Antes de salir, Alfredo alistó su radio Channel Master, al que llamaba “el Sanyo”, para oír bien la transmisión porque con los gritos de la tribuna no se entendía ni una palabra, pero hacía lo mismo con los partidos por televisión, bajaba el volumen a cero y sintonizaba la radio para escuchar a Perea. El Sanyo tenía una funda en cuero hecha por él mismo con uno de los retales que colgaba detrás de la puerta de la zapatería. Utilizó un retazo marrón claro, delgado y maleable, tomó las medidas como si estuviera haciendo un zapato y lo cosió con un hilo más claro que hacía contraste, así le daba un toque parecido a algunos modelos de calzado que estaban de moda en esos años. También tuvo la precaución de abrir agujeros pequeños con el troquel para no cubrir el sonido de los parlantes, dejar el espacio preciso para cambiar de banda y hacer una correa corta con posibilidad de alargarla para colgárselo en el brazo, darle dos vueltas y protegerlo de los ladrones. El radio llamaba la atención porque era de color rojo, si hubiese sido azul ni regalado lo hubiera aceptado. Era un modelo 6512 Marine Wave, la banda con la que se comunicaban los barcos, y aunque el mar quedaba a veinte horas en bus, el hijo se divertía escuchando la radioayuda del aeropuerto en clave morse que alcanzaba a sintonizar a escondidas.

Si desea leer otro texto de Cuentos de sábado en la tarde, ingrese acá: Muñecas (Cuentos de sábado en la tarde)

El Atlético tenía un buen equipo y jugaba de local, los hinchas esperaban el triunfo frente al Junior. Antes de salir al partido dejaron encendida la luz de la puerta de la calle por si acaso llegaban pasadas las cinco de la tarde. San Francisco era un barrio en el que era mejor que los ladrones pensaran que dentro de las casas había alguien, así que, aparte de la luz de la puerta, también dejaban encendida otra radio en la cocina o en el patio de atrás. Entraron al estadio y se sentaron muy cerca del arco, justo detrás de una valla publicitaria de cigarrillos Royal. Alfredo encendió el Channel Master, se lo puso sobre el hombro y comenzó a escuchar a Perea en los preliminares. A los diez minutos algunos celebraban una victoria anticipada, muchos hinchas ya estaban borrachos. A los veinticinco minutos del segundo tiempo el Atlético iba perdiendo 1-2. Algo muy grave va a suceder en el estadio, pensó el hijo. La gente comenzó a emocionarse cuando derribaron a un delantero y todo apuntaba a penalti. Frascuelly, con el número 6 en su espalda, se dispuso a cobrarlo a favor del Atlético. Segundos después el árbitro Eduardo Peña decidió que no había sido falta y pidió el saque de meta. Comenzaron a volar botellas de aguardiente, de cerveza y orines de un lado a otro en medio de los gritos de los asistentes. Primero comenzó la trifulca en la tribuna sur, luego en oriental hasta que se extendió por todo el estadio. Con el empate o la victoria se aseguraba la clasificación del equipo a la siguiente fase del campeonato colombiano. Algunos hinchas echaron las mallas abajo y entraron a la gramilla a pelearse con los contrarios, entre ellos mismos, con el árbitro, jueces de línea y los jugadores. En una de las esquinas se formó una hoguera con los papeles que iban a servir para celebrar el triunfo. Perea seguía transmitiendo. Llegó la policía con sus bolillos a calmar los ánimos, muchos huyeron por las escaleras y otros intentaron desarmarlos. Los hinchas iban de un lado a otro, los jugadores corrían hacia los camerinos y detrás de ellos el árbitro Eduardo Peña y los dos jueces de línea, que se quitaron la camisa negra y se dejaron la blanca para confundirse entre la gente. Peña pensó rápido y se afeitó el bigote en el camerino.

Si está interesado en leer otro texto de El Magazín Cultural, ingrese acá: La Esquina Delirante LXXVII (Microrrelatos)

Alfredo tomó a su hijo del brazo para salir lo más rápido posible de allí, pero antes de lograrlo entró el ejército al estadio con fusiles de guerra y sonaron las ráfagas. Al oír los primeros disparos se tiraron al suelo y se amarraron juntos con la correa del radio para no perderse. Se arrastraron entre heridos y el humo hasta la salida; eran las nueve de la noche. ¿Está bien? Bien, respondió el hijo y levantó la correa sin el Channel Master del que solo quedó el recuerdo del número del modelo para jugar al chance durante años. Vivían a pocas cuadras del Alfonso López y mientras corrían hacia la casa podía verse el humo saliendo del estadio, se oían gritos y disparos. Los soldados contraguerrilla del batallón Ricaurte estaban adentro, nunca se supo quién llamó al ejército que estaba justo a la vuelta del campo de fútbol, ni quién dio la orden de disparar. Se reportaron cuatro muertos y veintinueve hinchas heridos. Ni Alfredo, ni el hijo, ni nadie cree aún que esa cifra fuera cierta.

Para Helmuth Kopp

Comparte:
X