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4 Sep 2021 - 7:33 p. m.

Los jugadores (Cuentos de sábado en la tarde)

El hombre permanece sentado, ajeno al paso del tiempo. Una araña de cristal cuelga del techo e ilumina en claroscuro la mesa sobre la que descansa una baraja de Tarot y un vaso que contiene un líquido de fuerte olor, así como su rostro atribulado. Él sabe que es veneno; así yo lo he querido. Alterna la mirada entre el vaso y el lomo de la grande carta que descansa sobre el tope de la baraja.

Tinta Púrpura

"Recuerda la interpretación de las figuras, como si los naipes declararan un lenguaje que conociera de manera muy íntima".
"Recuerda la interpretación de las figuras, como si los naipes declararan un lenguaje que conociera de manera muy íntima".
Foto: Pixabay

Dios mueve al jugador, y éste la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía?

Jorge Luis Borges

Aspira el humo de una pipa; disfruta el sabor que el tabaco deja en su boca. Medita si acaso el azar puede ser tan importante como el destino o la posibilidad de que la vida sea solo una sucesión de azares que guardan entre sí una sincronía difusa o poco aparente. Toma una moneda, la examina y se pregunta quién dispone de qué lado debe caer; con qué criterio estipula tan sencillo designio y si es el mismo criterio que aplicaría para las más complicadas decisiones. Lanza la moneda al aire, sin observar cómo cae.

No recuerda cómo terminó sentado justo allí, en ese preciso momento. Levanta la cabeza e intenta descurbrir en la araña de cristal el origen de aquella situación: no hay respuesta. Es como rastrear el génesis de un sueño. Así que, aún sin entender, pero sabiendo que debe hacerlo, parte la baraja con su mano derecha, toma una carta y decide jugarse en ella la vida.

─¿He de tomarme el contenido del vaso? ─pregunta el hombre, queriendo destapar la carta con su voz.

Arcano número XVIII: la luna. Conoce el significado de la carta; también así yo lo he querido. “Cuando se camina bajo la luna, es fácil imaginarse rodeado de toda clase de fantasmas”. Recuerda la interpretación de las figuras, como si los naipes declararan un lenguaje que conociera de manera muy íntima. Su mirada se irrita y toma bocanadas más profundas de humo. Se centra en los íconos del naipe: dos perros aúllan a una luna que parece hacer llover llamas de fuego sobre un mar tempestuoso; un escorpión sale de las aguas. No hay respuesta clara; solo desesperación que aumenta cada vez más.

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Divirtiéndome con su aflicción, decido acercarlo un poco más al abismo y hago que la luz de la araña de súbito se apague. Tras unos segundos de silencio, exclama ofendido:

─¿Quién es usted para burlarse así de mí?

Como una iluminación, Pessoa me trae la respuesta que de igual manera siembro en él: “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”.

─En verdad le creo que es nada ─dice en tono desafiante. Soy yo ahora quien resulta ofendido.

Escucho sus pasos rechinando sobre la madera y tras el abrir y cerrar de unos cajones enciende una vela.

Se sienta, toma una segunda carta a la que con ademán ceremonioso gira y coloca junto a la primera.

─A ver si con esta se digna a aclararme algo ─Dice con desdén. Pienso en volver a encender la araña para forzarle a buscarme en las alturas. No obstante, la imagen dibujada por la vela me parece más acorde a la situación y a mi voluntad.

Arcano número XXI: el mundo, pero, boca abajo. No soy yo quien lo estipula: es el azar quien le tiende una peor emboscada colocándole la carta mayor de los arcanos, invertida, sobre la mesa. Ríe con sarcasmo.

─Es un miserable ─dice─. Incapaz de presentarse, se esconde tras las cartas. Por más que sienta, bajo alguna lógica que no comprendo, de seguro plantada por usted mismo en mi pensamiento, que debo beber de este vaso, no lo haré. Venga, salga de la nada, encáreme si es que aún conserva algo de dignidad. Estoy seguro que si se esconde detrás de una araña de cristal es por miedo.

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Me hierve la sangre. No lo pienso. Vistiendo un gabán negro me presento pretendiendo asemejarme a la muerte.

Estamos frente a frente. Las dos cartas sobre la mesa dividen nuestro recelo. Examina mi rostro como si se tratara de una carta más de la baraja. Le tiemblan los labios; reprime su cólera. Yo sonrío mientras medito el sarcasmo más apropiado para abrir la conversación. No obstante, prefiero callar. Él también calla. Otorgamos poder a la palabra. Respira profundo; cavila su plan. El humo de la pipa hace nido en el vientre de la araña de cristal. Entonces, con sosegada apariencia, sin dejar de mirarme ni un instante, se atreve a decir:

─Juguemos nuestro destino en una partida de ajedrez. El que pierda beberá del vaso.

Siguiendo un impulso de orgullo, acepto. Me pienso representando la memorable partida entre la muerte y un caballero en el séptimo sello. Mientras busca el tablero me pregunto cómo lo había obtenido si yo jamás así lo dispuse. ¿Cómo se había enterado que me gustaba el ajedrez? ¿Por qué me desafió de esa manera desconociendo si soy o no un buen jugador?

A los pocos movimientos entiendo esto último. Es brillante. Recuerdo cierta novela de Stefan Sweig en la que un hombre se convierte en un inmenso jugador como resultado de haber jugado una y otra vez contra sí mismo para vencer el tedio del encierro. Lo había subestimado. Una por una me despoja de las piezas que va lanzando al suelo mientras me persigue con su mirada y sonrisa irónica. Me quito el gabán y lo dejo caer mientras el sudor se apodera de mi rostro. Estoy perdido. Permanezco frente a él, ahogando el miedo en la poca dignidad que sigue en pie. ¿Cómo salir y dejarlo allí mofándose de mí, su dios, escritor y padre? Dentro de aquella habitación es él quien rige el destino y de qué lado debe caer la moneda. Allí, en ese plano, somos iguales.

Se toma su tiempo para cada movimiento. No porque necesite meditarlo, sino para acrecentar mi angustia. No cree en el tiempo ni le teme. Sabe que yo soy el esclavo de los instantes. No pregunta. No quiere saber nada que venga de mí. Tan solo, con una voz firme que escucho cual trompeta divina en medio del cielo que se abre, dice “Jaque Mate”, a la vez que busca en la baraja el arcano número XX: el juicio, que lanza con desdén sobre la mesa. Mis entrañas se vienen abajo dentro del vientre, igual como lo hace el rey negro.

El orgullo no me deja hablar. Mis labios prefieren llevarse al exilio todo lo que saben sobre él: las razones por las que jugaba así con él en pro de la creación, el dramatismo y la “obra”. Por qué lo esbocé de forma tan nublada sin siquiera darle un nombre y puntualizar los detalles de su rostro. Por qué quería asesinarlo con un veneno que ahora correría en mi interior llevándome al olvido. Mi propia creación es quien castiga mis desatinos; es la escritura misma quien me da azotes. Aprendió a jugar ajedrez, siendo tan solo una idea y sin haber sido escrito. Se lleva todo de mí: pasiones, miedos y placeres. Se lleva mi sonrisa que tanto le manipulaba desde las alturas. ¡No!, es preciso callar, pues a pesar de todo, mi obra es mi asesino. Tomo el vaso y bebo.

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Mientras mi carne hierve veo cómo todo comienza a desvanecerse. Primero las cortinas, los muebles y el suelo de madera. Se desvanece el gabán al ritmo de los segundos que se dilatan ante el dolor de mi agonía. Me resisto a ver si yo también me estoy desvaneciendo. Se esfuma la moneda que no distingo si está en cara o sello. Desaparecen las piezas del tablero, y asumo que también las cartas de la luna y el mundo al revés. Se esfuma el tiempo y el cuerpo de mi verdugo y lo último que veo es su rostro que también se llena de terror. Entonces, cruza mi mente de nuevo el verso iluminado antes de desaparecer para siempre de mí:

“No soy nada...”

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