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Última voluntad (Cuentos de sábado en la tarde)

La gente se sacudía la ropa oscura y pegada al cuerpo. El vigilante salió de su apretada oficina con el mazo de llaves colgándole del cuello. Desde afuera, se divisaban algunas tumbas adornadas con pequeños jarrones plateados y rosas de plástico.

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Verónica Bolaños
26 de junio de 2021 - 07:00 p. m.
Caminar por el cementerio no les resultó fácil, ya que tuvieron que lidiar con los escombros que incordiaban el paso, los cráneos que rodaban como cocos, las cabelleras que parecían pelucas y se enredaban en los floreros, los sacos de fique con cadáveres exhumados y el olor de los difuntos en proceso de putrefacción.
Caminar por el cementerio no les resultó fácil, ya que tuvieron que lidiar con los escombros que incordiaban el paso, los cráneos que rodaban como cocos, las cabelleras que parecían pelucas y se enredaban en los floreros, los sacos de fique con cadáveres exhumados y el olor de los difuntos en proceso de putrefacción.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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El hombre caminó arrastrando los zapatos hasta la reja de metal. Con sus dedos amorcillados y pesados, apartó las manos que se sujetaban con ansias a la reja. A los que tenían asomadas las cabezas, les pidió que se retiraran porque ya era el momento de dar paso al entierro.

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La gente se apartó hacia los lados, entonces, se podía ver en lo alto el cajón marrón de la difunta y las tablas de la mecedora desmontadas y amarradas con una cabuya de fique. El hombre abrió los candados y sacudió la reja con fuerza.

─¡Hagan el favor de ponerse atrás, atrás, primero tiene que entrar el cajón! ─vociferó el empleado.

Los cuatro hombres que cargaban el féretro tenían las caras abrasadas. Caminaban con pasos ceremoniosos.

Uno de los hombres trastabilló con una piedra y el féretro se inclinó a un lado.

─¡Cuidado, se va a caer la mecedora! ─gritaron al unísono.

Otros se acercaron al cajón para sostenerlo. Recobrado el equilibrio, siguieron entrando.

─¿Dónde está la bóveda? ─preguntaron al vigilante.

El hombre contestó que al final del camposanto, al lado de la cúpula azul, donde reposaba encima un acordeón oxidado.

Las hermanas de Idalia y el cura se adelantaron para dar instrucciones. Leonor tenía en sus manos un papel con algunas indicaciones de su difunta hermana. Cecilia y Noris portaban claveles rojos y blancos, envueltos en periódicos de antaño.

Caminar por el cementerio no les resultó fácil, ya que tuvieron que lidiar con los escombros que incordiaban el paso, los cráneos que rodaban como cocos, las cabelleras que parecían pelucas y se enredaban en los floreros, los sacos de fique con cadáveres exhumados y el olor de los difuntos en proceso de putrefacción…

El barullo se fue incrementado en ese apretujado espacio de ardía en calor.

─Bueno, descarguen ya el cajón, es aquí ─dijo uno de los hombres que cargaba una corona de flores con un lazo violeta y el nombre de la difunta escrito con letras doradas.

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A las afueras del camposanto se instalaron los vendedores que antes estuvieron en la plaza y el camellón. Se bajaron de un camión varias vendedoras de fritos con sus mesas portátiles y manteles floridos. Se ubicaron frente al cementerio. Algunos bebían cerveza helada y cuestionaban la última voluntad de la difunta. Les parecía que era un deseo absurdo, un capricho más de la fallecida, y que había que recordar que esa mujer no estaba en sus cabales.

─Acuérdate, Manuel de León, cuando éramos pelaos y en el colegio intentó meter la mecedora al baño.

─Erda, sí me acuerdo, como si fuera ayer, desde pequeña todo lo hacía en la bendita mecedora.

Descargaron el féretro y desataron las tablas. Colocaron cada una de las baldas en el suelo y los clavos que estaban dentro de una bolsita los sostenía Leonor en la mano para echarlos dentro del cajón a última hora, como había dispuesto su hermana. En el cementerio ya no cabía más gente. La muchedumbre empezó a quejarse por el calor, por los mosquitos que atacaban en las piernas y los brazos. Lo más insoportable era el olor a carne descompuesta.

─Bueno, qué esperan, metan ya la mecedora junto con la difunta en el cajón ─gritó un espontáneo─. Para eso hemos venido.

La muchedumbre gritaba: “¡Sí, estamos aquí para asegurarnos que se cumplirá la última voluntad de la muerta!”. Las protestas se fueron incrementando, mientras se daban palmadas en las pantorrillas para despachurrar a los zancudos.

Una de las hermanas dejó las flores en un muro, que habían empezado a ponerse pochas y arrugarse. El cura levantó la cubierta del féretro. El encargado del cementerio extendió una estera en el suelo para que echaran a la difunta, ya que el suelo emanaba eructos de fuego.

Sacaron a Idalia con cuidado, la frente y las manos le chorreaban de sudor. La difunta lucía un vestido florido con fondo rojo. En el cabello aún se le mantenían los rizos en buen estado, debajo de los brazos cruzados apretujaba la cuerda que saltó durante tanto tiempo en su niñez. Ya una vez en el suelo, las mujeres se acercaron con abanicos de palma y le echaban aire, se olvidaron por un momento de los mosquitos y el insoportable calor.

─¡Qué esperan, metan ya la mecedora junto con la muerta, nos están devorando los insectos! ─protestó un vendedor de cigarrillos.

Los hombres acomodaron cada una de las láminas en el fondo del cajón, luego levantaron a la muerta, como si fuera una bandeja de porcelana. La colocaron encima de las tablas, su hermana acomodó la bolsita con los clavos debajo de los pies. Una de las puntas de los clavos sobresalía del plástico. “Se puede puyar”, pensó su hermana, entonces, manipuló el clavo de tal manera que la punta quedó hacia adentro. Cuando la muerta reposaba plácidamente encima de las tablas, se escuchó un gran alborozo entre aplausos y gritos.

─¡Bajen la tapa! ¡Estamos esperando!

Las hermanas y el cura bajaron la tapa, el cajón no cerraba. La gente se llevó las manos a la cabeza.

─¡Tendrán que poner primero a la muerta y después las tablas!

Sacaron a la difunta y la mecedora. Metieron a Idalia, las tablas las colocaron encima del cuerpo frío y sudoroso, la bolsita con los clavos, otra vez, debajo de los pies. La cubierta no cerraba…

La gente estaba exhausta de tantas maniobras inútiles. Algunos comentaron que cómo no se le ocurrió a la difunta pensar en la primera mecedora que tuvo cuando era una niña, pues seguro esa sí cabía. Esta era una mecedora muy grande para pretender meterla en el cajón.

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Las hermanas de mutuo acuerdo creyeron que lo más conveniente era volver a montar la mecedora. Volvieron a armarla, la gente no entendía por qué, sin embargo, nadie protestó. Leonor la arrastró hasta el final del cementerio, la acomodó debajo de una palmera de coco, que apenas se sostenía.

─¡Ahora, traigan a mi hermana! ─gritó desde el fondo del camposanto.

El cura se secó la frente con un pañuelo oloroso, entre varios hombres cargaron el cadáver. Los volantes del vestido de la mujer ondeaban en el aire inexistente. Su rostro estaba estoico, y se dibujaba una modesta risita en sus gordos labios.

─¡Siéntenla! ─ordenó Leonor.

─¡¿Pero, qué es lo que está haciendo?! ─vociferó la multitud…

Cuentan los nativos del pueblo que cuando pasan por el camposanto se acercan a contemplar cómo se mece la difunta en su mecedora, mientras se descompone.

Por Verónica Bolaños

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