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10 Mar 2022 - 3:17 p. m.

William Carlos Williams y la magia de lo cotidiano

“Nunca me percibí como un poeta, pero sabía que tenía que ser artista de alguna forma y convertirme en un poeta fue la forma en la que la vida se las arregló”, reveló William Carlos Williams.

Jhonny R. Quintero

Fotografía del pasaporte de William Carlos Williams, poeta y doctor, tomada en 1921.
Fotografía del pasaporte de William Carlos Williams, poeta y doctor, tomada en 1921.
Foto: Archivo particular

En general la vida de los poetas está atravesada por anécdotas y pasajes salvajes, interesantes, llenas de aventuras y revoluciones rimbombantes que dan un halo mágico y magnifican su obra. Pensemos en el final misterioso de Rimbaud y sus viajes; o en la tormentosa vida de Baudelaire; o en el alcoholismo y la vida trágica de Poe. Y se dice que son esas vidas las que inspiraron los versos que siguen recitándose hoy en día, casi de memoria, y que se convirtieron en hitos de la poesía universal. Sin embargo, al margen de los tormentos, los escándalos, las drogas y el alcohol, estuvo un médico pediatra que inspiró a toda una generación de poetas y que creó una nueva forma de escribir poesía, me refiero a William Carlos Williams, el poeta de la vida tranquila.

Sus poemas no fueron épicas sobre búsquedas espirituales o viajes, no reflejaban el espíritu de una época. Siempre estuvo más cercano a la literatura japonesa, en describir una escena, una imagen, pero hacerlo con tal belleza que parece que cada línea es una pincelada, aunque se trate de las pantuflas de su esposa o de un gato que se sube a un armario.

Todo comenzó con un infarto

No hay muchas aventuras para contar de la vida Williams: nació en Rutherford, New Jersey, el 17 de septiembre de 1887, su padre era británico y madre puertorriqueña (por eso su segundo nombre es Carlos, en honor a un tío materno) y estudió medicina en la Universidad de Pensilvania. Pero quizás el evento vital y que dio el empujón para ser poeta sucedió cuando tenía unos 16 años. Williams corría una carrera y corría la octava vuelta cuando alguien gritó que faltaba una. Cuando terminó, se sintió enfermo, vomitó enfermo y le dolía la cabeza. “Cuando llegué a casa, mi familia llamó al viejo Doc. Calhoun. Dijo, ‘soplo en el corazón’. Oh, no sé, puede que haya tenido fiebre reumática sin saberlo. De todos modos, significó un cambio completo en mi vida. Había vivido para los deportes como cualquier otro niño. Me dejaron ir a la escuela. Pero no más béisbol. No más carreras. No me importaba mucho lo de las, pero el resto, no estar con otros después de la escuela... Me vi obligado a estar conmigo mismo. Tenía que pensar en mí. Y comencé a leer”, cuenta en su autobiografía I wanted to write a poem.

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En algún momento, como todos, tuvo que tomar una decisión sobre qué estudiar o qué hacer con su vida. “Cuando llegó el momento de tomar una decisión sobre lo que debería hacer para ganarme la vida, lo que, por supuesto era muy desagradable para mí tener que ganarme la vida, fue muy, muy grave. Como nunca había tenido nada, era bastante natural que continuara sin hacer nada y sin tener nada. Pensé que estaría bien”, cuenta en su autobiografía. Su elección era ser silvicultor, vivir una vida de campo y en soledad, pero su afección cardiaca le impedía vivir una vida de mucha actividad física, así que, casi obligado por su mamá, terminó estudiando medicina, lo que tiempo después agradecería.

Siguió escribiendo en verso libre, fuertemente influenciado por los poemas largos de Walt Whitman y buscando la elegancia de John Keats, cuando conoció a quien sería uno de sus mejores amigos y rival de escritura por el resto de su vida: Ezra Pound.

El ‘pie variable’: una nueva forma de escribir poesía

Hay un largo trecho y mucha diferencia entre John Keats y Walt Whitman, sus principales influencias. En la mitad entre estos dos hitos de la poesía hay una larga lista de escritores, pero el rango entre ellos no es muy amplio, exceptuando por el tipo de versos que escribían. Para principio del siglo XX, Ezra Pound y T.S. Eliot eran los primeros nombres que salían a relucir cuando se hablaba de poesía en inglés. Y si bien ambos eran de Estados Unidos, no podía hablarse de que su obra fuera estadounidense. Estos dos habían sucumbido a la sofisticación y a la herencia del pentámetro yámbico que Shakespeare se encargó de dejar cincelado para las futuras generaciones.

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Al mismo tiempo, y muy cerca de ellos, estaba un joven estudiante de medicina escribiendo sus poemas, pagando por imprimir sus propios libros y construyendo lo que sería la nueva poesía estadounidense. Allí, en ese momento y entre el follaje de grandes, se abría paso William Carlos Williams.

Uno podría describir el enorme aporte de Williams a la literatura de varias formas: como apareció de forma escueta en su obituario en el New York Times el 4 de marzo de 1963, día de su muerte, en el que decía que “ayudó, como señalaron los críticos más tarde, a liberar a la poesía estadounidense de algunas de sus inhibiciones”, o señalando lo obvio, que fue el padre (no deseado) de la generación Beat.

Sin embargo, cuando el mundo literario se rendía y fluía al ritmo del modernismo, liderado por Eliot, Hilda Doolittle, Pound y W.B. Yeats, Williams se abrió un camino aparte, en la soledad de su consultorio, publicando sus poemas en panfletos de 50 centavos de dólar. Desde temprano sintió repulsión por el inglés británico y pensaba que todo lo que se escribía en ese momento no reflejaba el lenguaje de su gente. “Desde el principio sentí que yo no era inglés. Si tenía que escribir poesía, tenía que hacerlo a mi modo (…) Muy temprano comencé a dudar si rimar y decidí: No. Descubrí que no podía decir lo que quería decir en rima”, cuenta Williams.

Ese sentimiento tan estadounidense estuvo presente siempre en su lenguaje, más sencillo y menos pretencioso que el de sus colegas tan britanizados. “Desde el principio supe que el lenguaje americano debía darle forma al patrón. Años después rechacé la palabra ‘lenguaje’ y comencé a hablar del ‘idioma americano’”, reflexionaba.

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Pero tampoco se decantó por el verso libre y extenso, casi prosa, de Whitman. “Pude rechazar la soltura del verso libre. El verso libre no era verso para mí. Todo el arte es ordenado”, explica en su autobiografía. Entonces fue haciendo su propio camino, uno de versos cortos, en el que la unidad rítmica iba diciendo la forma y no la cantidad de sílabas, como era tradicional. Fue entonces cuando, al igual que su maestro Walt Whitman, rechazó todas las escuelas y corrientes y le dio forma a lo que luego llamaría “el pie variable”, su propia forma de escribir versos. Sin embargo, la academia nunca recibió muy bien su nueva prosodia y Williams nunca logró explicarla del todo bien.

“La Unidad rítmica no se medía por las mayúsculas al principio de una línea o por puntos dentro de las líneas. La unidad rítmica solía venir a mí en un estallido lírico. El ritmo era el ritmo del habla, un ritmo emocionante porque yo estaba emocionado cuando escribía”, explica Williams sobre su nueva técnica.

En un artículo suyo titulado Faiths for a Complex World publicado en la revista The American Scholar en otoño de 1957, Williams dice: “El pie variable se puede construir a lo largo de ciertos bloques de palabras. Mi método de trabajo no me permite ser didáctico. Sigo un cierto patrón suelto de verso, siguiendo tres versos, permitiendo cierto pie relativista”.

La naturaleza muerta y el haiku

Con frecuencia se dice que William Carlos Williams fue de los primeros autores en usar el haiku en inglés. Incluso, podría decirse que el ‘pie variable’ es más cercano al haiku en japonés, que se limita no a sílabas sino a moras, una forma de prosodia japonesa que le da peso fonético a las sílabas. Esto puede verse en varios poemas suyos que se arman en bloques de dos, tres y cuatro líneas, como este titulado Poema:

“Mientras el gato

subió a

la parte superior de

el closet

primero la pata

derecha

con cuidado

luego bajó

la pata trasera

en el hoyo de

la maceta

vacía”.

Pero no es solo por la prosodia por lo que Williams era tan cercano al haiku. Como se ve en el poema anterior, Williams es un observador directo, que con frecuencia no entromete observaciones ni metáforas de ningún tipo. Como dice el filósofo Byung Chul Han en su ensayo sobre el budismo, Filosofía del budismo zen, en los haikus “no se puede buscar ninguna interioridad, no se expresa allí ningún yo lírico. Tampoco las cosas del haiku están apremiadas a nada”.

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Esto también tiene que ver por el impulso que siempre tuvo Williams por la pintura, la imagen tal y como es, además de su estilo de vida tranquilo, casi bucólico. “Tuve una inclinación muy fuerte toda mi vida por ser pintor. Bajo diferentes circunstancias preferiría ser pintor que molestarme con lidiar con las malditas palabras. Nunca me percibí como un poeta, pero sabía que tenía que ser artista de alguna forma y convertirme en un poeta fue la forma en la que la vida se las arregló”, revela en su autobiografía.

El 5 de marzo de 1963, el New York Times dedicó un espacio de su portada a la muerte de Williams. “El Dr. William Carlos Williams, destacado poeta estadounidense durante medio siglo, murió mientras dormía esta mañana en su casa. La muerte se atribuyó a una hemorragia cerebral. Tenía 79 años”. Casi 50 años después de su muerte, su obra sigue siendo actual, simplemente mirando las cosas como son, como una instantánea eterna.

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