16 May 2021 - 2:00 a. m.

La trayectoria artística de Beatriz González

Después de concluir su exposición retrospectiva en el Museo de Arte Miguel Urrutia, del Banco de la República, entre octubre y diciembre de 2020, la artista Beatriz González ha sido invitada a participar en la exposición “Otra energía: poder para seguir con el desafío”, en compañía de 15 mujeres artistas de amplio recorrido y diferentes nacionalidades, en el Museo Mori de Tokio (Japón). Aquí un resumen de su trayectoria artística.

Eduardo Márceles Daconte

Las obras de Beatriz González se exhiben en el país desde principios de la década del sesenta, pero solo se perfilan con mayor intensidad y experimentación a partir de 1965, cuando ganó un premio especial en el XVII Salón Nacional de Artistas con su pintura más famosa de aquella época, en tres versiones diferentes: Los suicidas del Sisga. Ya desde 1967, de una manera incipiente, en su serie de héroes nacionales, la pintora reemplazó el óleo y la tela por el esmalte y los metales que la llevaron a explorar campos inéditos de creación visual. Por esa época empezó a ensamblar sus conocidos Muebles, sacados de su contexto doméstico, como cunas, camas, mesas, peinadores o televisores que utiliza como soportes integrales de sus pinturas esmaltadas, constituyéndose en una de sus contribuciones más significativas al arte contemporáneo en Colombia.

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También incursionó en la serigrafía y la pintura sobre objetos comunes, como tambores, banderas y joyeros, y realizó gigantescos telones de lona interviniendo y recreando obras de los impresionistas franceses para construir, en suma, una iconografía que ha encontrado múltiples canales de expresión plástica. Se podría argumentar que es pionera en Colombia del arte posmoderno, puesto que rompe con las nociones que caracterizan la modernidad en cuanto a técnicas, materiales, temática e ideología, acercándose cada vez con mayor intensidad a una expresión conceptual libre de cualquier compromiso con la estética convencional.

A través de su trayectoria vital, la artista ha insistido en experimentar desde diferentes perspectivas, pero ha permanecido fiel a una temática que se inspira en la pintura popular, fotografías de periódicos, estampas religiosas o en las obras de los grandes maestros de la pintura universal. Sin embargo, altera de manera drástica los colores por otros más planos, intensos o desteñidos, aplicados con aparente descuido dentro de una limitada gama de colores. Hay referencias al arte pop en sus imágenes de intención desmitificadora, lindando en ocasiones con la caricatura por su tendencia a enfatizar los elementos esenciales de sus temas y el humor crítico que se desprende de ellos.

No se trata de concretar los aspectos irónicos, satíricos, mordaces o cáusticos recurriendo al facilismo de la ilustración tradicional. De hecho, son escasos los artistas que han alcanzado a madurar un sentido del humor convincente en su trabajo. Recordamos, por ejemplo, a Fernando Botero, Antonio Samudio, Marlene Troll, Juan Camilo Uribe, Diego Pombo, Antonio Caro, el humor negro de Pedro Alcántara, o, incluso, las obras de implícito ingenio y crítica social del colectivo El Sindicato de Barranquilla, para citar a los más destacados en este campo. Es una mínima representación que confirma la complicada empresa de generar una sonrisa de complicidad en las expresiones plásticas.

Desde que vio por primera vez la robusta figura del presidente Julio César Turbay (1978-1982) en la fotografía de un periódico, Beatriz González (Bucaramanga, 1938) pensó que sería un buen modelo para una pintura, así que empezó a recortarlas y coleccionarlas. No sabía a ciencia cierta cuál sería el objetivo final de esta empresa, pero un día cualquiera se puso a dibujar sobre este tema y cuando se dio cuenta ya tenía una serie de bocetos que expuso de manera provisional para tantear la situación. En aquella oportunidad mostró también un receptor de televisión en cuya pantalla se exhibía, en la técnica del esmalte sobre metal, el rostro del presidente inaugurando el primer televisor colombiano a color, una verdadera novedad que merecía la intervención presidencial.

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Aquellos trabajos iniciales en agosto de 1980 eran solo un atisbo del potencial que escondían, y no tardó la pintora en descubrir el alcance de sus empeños. Sin proponérselo, empezó a trabajar un diseño con base en una fotografía del presidente Turbay Ayala y un grupo de personas que entonaban algunas coplas en una alegre fiesta. La intuición es más poderosa que la lógica. Sin saber exactamente dónde iba a desembocar, pero con la certeza de que por ahí era el camino, simplificó el conjunto de personas con un carácter cerrado e íntimo en zonas de colores sólidos dentro de una gama limitada a verde, marrón, mostaza y amarillo, que sugerían una serigrafía. No obstante, en el proceso se dio cuenta de que tal boceto se prestaba mejor para un proyecto más ambicioso.

No era la primera vez que a Beatriz González se le ocurría la peregrina idea de hacer una cortina como obra de arte. La propuesta había sido ya ensayada en otro contexto y con intenciones diferentes por Christo Javacheff (1935-2020), artista conceptual de origen búlgaro, quien, además de realizar sus famosos Wrappings (monumentos gigantescos envueltos con lona y cuerdas), deslindó zonas geográficas con una cortina anaranjada de proporciones asombrosas (Cortina en el valle, 1970-72, con una extensión de 380 metros). Pero en el caso de la pintora colombiana se trataba, en un principio, de asimilar conocidas obras de famosos impresionistas a sus telones de lona.

La idea surgió en 1975, durante un recorrido por la avenida Jiménez de Quesada en Bogotá, cuando detectó “en la vitrina de una tienda, al lado de botellas y bocadillos, una revista Salvat en cuya carátula aparecía el Almuerzo sobre la hierba, de Claude Manet, arruinada por la mugre y el sol. Parecía un telón o una carpa de circo pintada con acrílicos desteñidos. Eso era lo que nos llegaba de la móvil y cambiante fisonomía de la naturaleza, tan buscada por los impresionistas”, según recordó tiempo después.

Con estos telones iniciales de tamaño monumental, la artista participó en la XXVIII Bienal de Venecia (1978), aunque desde 1975 había elaborado su primera prueba con Telón de boca para un almuerzo (4,50 x 5,20 metros), inspirado en la mencionada pintura de Manet. Después, en 1978, expuso, dentro de la misma línea, su trabajo Diez metros de Renoir, el cual consistía en un encadenamiento sin interrupciones de un detalle simplificado de su obra Le Moulin de la Galette en colores sólidos y contornos imprecisos. La obra tuvo características muy especiales de distribución, pues se vendió por metros, incluso una revista de arte tuvo la ocurrencia de ofrecer a sus lectores un centímetro cuadrado de esta pintura socarrona sobre un pliego de papel cuadriculado.

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De ahí a las cortinas fue solo un paso. La primera fue denominada Cortina para el baño de la Orangerie (2,50 x 20 metros) y se exhibió en la muestra de la FIAC de París, en 1979. Se trataba de una cortina de plástico verde con diseños originales pintados con material de PVC. De suerte que su trabajo Decoración de interiores (serigrafía sobre tela, 1981), protagonizada por Turbay, era consistente con parámetros coherentes de creación artística. En esta obra se observa una cortina de 2,85 metros de altura por 120 metros de longitud, la cual fue necesario segmentar en partes desiguales para exhibirla.

En cuanto a las imágenes, es evidente que a Beatriz González no le interesaba exaltar o difundir de manera gratuita la figura del presidente Turbay. Si consideramos que su obra se inscribe dentro de una modalidad pop auténtica, de raíces colombianas (es decir, recurre a los elementos populares que nos circundan para recrearlos a nuestra imagen y semejanza), debemos recordar que desde un comienzo el arte pop derivó su iconografía de imágenes y símbolos propios de los medios de comunicación (fotografías de personajes, artículos de consumo, mitos y fetiches sociales).

Recordemos a Andy Warhol con sus retratos seriados de Marilyn Monroe y Elvis Presley, a Roy Lichtenstein con sus tiras cómicas o también a Jasper Johns con sus banderas de Estados Unidos repetidas en sucesión de imágenes. Beatriz González incursiona en este campo dentro de un concepto que ha evolucionado y ya no se inspira en un motivo ajeno a nuestro país o una alusión al pasado, sino que enfoca el palpitante acontecer de la política colombiana en escenas que, en su cortina, se repiten cada tres metros con la monotonía que personifica al protagonista de su argumento.

La cortina de Beatriz González se exhibió de manera simultánea con los escándalos que se suscitaron en torno a la persona de Turbay, aunque no existía una premeditada coincidencia. Mostrar a un presidente rumbero en medio de los conflictos y dificultades que nos asedian a diario es justamente señalar la incongruencia de tal situación y resaltar, mediante una aparente broma, el estado de postración moral en que se encontraba -y sigue así- el país, ya que las fotografías publicadas en la prensa mostraban casi siempre a un presidente en sus funciones oficiales, pero también a un personaje viajero, seductor, ceremonioso, solemne y hasta devoto.

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No obstante, detrás de esa fachada, el país se caía a pedazos víctima de la desidia e incompetencia del narcoclientelismo que dominaba las esferas del gobierno en aquella época. Por ello la obra de Beatriz González es crítica, aprovechando el humor crítico, la más contundente y difícil de las herramientas que pueda utilizar un artista: el comentario político que encierra una ironía sutil. No se trataba de una caricatura grotesca, sino del manejo cuidadoso de símbolos iconográficos que poco a poco han ido permeando nuestro subconsciente. Turbay es ya un personaje kitsch en la parafernalia popular de Colombia.

Entre sus obras más recientes merece destacarse Auras Anónimas, una intervención de los columbarios en el Cementerio Central de Bogotá, con más de ocho mil nichos que representan las siluetas de cargadores que llevan los cadáveres ocasionados por la violencia en Colombia. Esas imágenes siguen tan vigentes hoy como en 2009, cuando terminó de imprimir las diferentes matrices con la técnica de serigrafía manual como un monumento a la memoria de incontables víctimas anónimas del conflicto armado en el país.

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