El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Las memorias de Heberto Padilla (Políticamente artistas VI)

A finales de los años 60, “El caso Padilla” resonó en los círculos intelectuales de la izquierda, que había apoyado y celebrado la Revolución de Cuba del 1o. de enero de 1959. Sin embargo, aquel idilio empezó a romperse cuando el poeta Heberto Padilla fue puesto en prisión por unos versos en los que cuestionaba al gobierno de Fidel Castro. En esta entrega de Políticamente artistas nos adentramos en la vida y la obra de Padilla

Fernando Araújo Vélez

24 de febrero de 2026 - 02:23 p. m.
Heberto Padilla nació el 20 de enero de 1932.
Foto: Elisa Cabot
PUBLICIDAD

El teléfono sonó hacia las dos de la madrugada del 1o. de enero de 1959, pero él, Heberto Padilla, que a duermevela combinaba sus poemas con los de Saint John-Perse y Ezra Pound, y vivía inmerso en un mundo de letras y de sueños por cumplir, lo dejó sonar y sonar y sonar pues creyó que era parte de su sueño. Siguió durmiendo, y soñó de nuevo con Florence, la mujer con la que había estado unas horas antes de despedirse del año 1958, y soñó otra vez con el teléfono pesado y negro que sonaba y sonaba y parecía reventarse, hasta que en el sueño, escribió muchos años más tarde en su biografía “Mala memoria”, comprendió que aquellos ring riiiingsss eran parte de la realidad. Cuando levantó al auricular, escuchó la voz de Florence, que le decía que en su país había ocurrido algo.

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

Él dijo entre sueños que en Cuba nunca ocurría nada, que no lo molestaran. Colgó el auricular y dio media vuelta. Sin embargo, algunos minutos más tarde oyó, o percibió los pasos decididos de algunos de sus amigos de Washington Heights que llegaban hasta su apartamento. Gritaban, saltaban, cantaban, tomaban ron o whisky o vino o todo a la vez, fumaban y se quitaban la palabra. El nuevo año se confundía con la victoria de la revolución y la huida de Fulgencio Batista, quien había estado en el poder dos veces, a comienzos de los 40, y desde 1952. Lo soñado era cierto. Padilla se levantó, se echó agua en la cara y se fue con sus amigos, o compañeros, a despertar a todos los cubanos que conocían. Cuando se encontró con Florence, la abrazó y la besó. Se abrazaron, como diría, con una felicidad inédita.

Pasadas las horas, a la mañana del dos de enero, Padilla se encontró en la Berlitz con sus colegas profesores de español. Lo recibieron como a un héroe, aunque él no hubiera tenido nada que ver con la victoria de los “barbudos”. Entre la fiesta, la algarabía y los gritos de Viva Cuba, el director de la academia y el subdirector, de apellidos Vargas y Manso, lo llamaron a un rincón. Tenían el gesto adusto y la palabra grave. Le hablaron de los tiempos de la dictadura en España. De Franco, de los republicanos, de la Guerra Civil, de las muertes de uno y otro bando, de las delaciones y las falsedades, y le pronosticaron que lo que estaba por llegar era terrorífico. Vargas abrió un periódico, vio la foto de Fidel Castro y le dijo que él no confiaba para nada en los hombres que no se afeitaban por las mañanas.

Read more!

Padilla no les respondió mayor cosa. Unos días más tarde, se reunió con Saint John-Perse para conversar sobre la traducción de algunos de sus poemas, pero Perse estaba interesado ante todo en Castro. Le preguntó si lo conocía, si sabía de él, si creía que era autónomo. Padilla le dijo que para él, lo importante era que hubiera finalizado la dictadura de Fulgencio Batista. Después, y muy por encima, le habló del período democrático que habían transitado Carlos Prío y Ramón Grau, quienes muy a pesar de sus tintes de corrupción, habían hecho de Cuba, una Cuba relativamente libre, y habían dado los primeros pasos para que se creara el Partido Social Demócrata, del cual surgieron los dos políticos más populares de la historia política de la isla, Eduardo R. Chibás y José Pardo Llada.

“De altar ha de tomarse nuestra patria para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal para levantarnos sobre ella”, fueron las primeras palabras en público que Padilla le escuchó decir a Fidel Castro, en una reunión de los integrantes de la Federación Estudiantil Universitaria. Por entonces, años cuarenta y principios de los cincuenta, a Castro lo llamaban “El gallego”. Le temían, y entre pasillos murmuraban que había sido él quien había asesinado al líder del Movimiento Socialista Revolucionario, Manolo Castro. Sin embargo, jamás hubo pruebas concretas. “El gallego” daba de qué hablar por su porte, por su temeridad, por la leyenda que se tejía a su alrededor sobre sus enfrentamientos a tiros con el gangsterismo, pero no por sus ideas, y menos, por sus palabras, muchas, tomadas de José Martí, o incluso de Benito Mussolini.

Read more!

En el texto que escribió sobre sus recuerdos, Padilla contó la primera vez que habló con Castro más de cinco minutos. Se habían citado en la casa de Yuyo del Valle para iniciar una larga gira por la provincia de Matanzas. Castro llegó con la ropa ajada. Todos los allí presentes lo observaron, pero solo la esposa de Del Valle, Maruca, “una mujer tan hermosa que daba miedo verla”, como dijo Padilla, se atrevió a señalarle que se había puesto un calcetín de un color y el otro, de otro. Fidel Castro dijo que el pueblo no se iba a dar cuenta de aquello. Maruca le respondió que el pueblo era mucho más inteligente de lo que parecía. En un ir y venir, le llevó un par de calcetines de su marido y una camisa recién planchada. Luego, un par de días más tarde, Padilla, Castro y el político Mario Rivadulla se sentaron a hablar de literatura.

Castro miró a Padilla y le dijo que su poeta preferido era Romain Rolland. “Tenía una gran preocupación moral”, comentó Padilla. Castro sonrió. “Eso es lo que más me gusta. No escribe por escribir”, añadió. Pasados unos cuantos minutos por los que desfilaron Víctor Hugo y Curzio Malaparte, en gran parte por su libro “Técnica del golpe de estado”, recayeron en Dostoievski. Padilla quedó deslumbrado por los profundos conocimientos que tenía Fidel Castro sobre su obra y su vida, y palabras más, palabras menos, entre los dos se trenzaron en un amplio dar y tomar con respecto a “El sepulcro de los vivos” y los tiempos de Dostoievski en Siberia, “Crimen y Castigo”, “Los demonios” y “Los hermanos Karamazov”, con esporádicos y sutiles comentarios de Rivadulla.

Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.