Pablo Neruda había comenzado a escribir una y otra vez su biografía desde los veinte años. Por aquellos tiempos, años veinte y treinta, no tenía mucho que contar, pero igual, contaba su infancia en Temuco, cuando aún se llamaba Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, sus años de juegos, sus primeros escritos y el poema que le dio inicio a eso que él mismo diría que era su vida, “Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”. “Muchas veces me han preguntado cuándo escribí mi primer poema, cuándo nació en mí la poesía. Trataré de recordarlo. Muy atrás en mi infancia y habiendo apenas aprendido a escribir, sentí una vez una intensa emoción y tracé unas cuantas palabras semirrimadas, pero extrañas a mí, diferentes del lenguaje diario. Las puse en limpio en un papel, preso de una ansiedad profunda, de un sentimiento hasta entonces desconocido, especie de angustia y de tristeza”.
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Aquel poema se lo había escrito a doña Trinidad Candia Marverde, la mujer que se había convertido en su madre. “Era un poema dedicado a mi madre, es decir, a la que conocí por tal, a la angelical madrastra cuya suave sombra protegió toda mi infancia. Completamente incapaz de juzgar mi primera producción, se la llevé a mis padres. Ellos estaban en el comedor, sumergidos en una de esas conversaciones en voz baja que dividen más que un río el mundo de los niños y el de los adultos. Les alargué el papel con las líneas, tembloroso aún con la primera visita de la inspiración. Mi padre, distraídamente, lo tomó en sus manos, distraídamente lo leyó, distraídamente me lo devolvió, diciéndome: —¿De dónde lo copiaste? Y siguió conversando en voz baja con mi madre de sus importantes y remotos asuntos. Me parece recordar que así nació mi primer poema y que así recibí la primera muestra distraída de la crítica literaria”.
La madre de Neruda había muerto cuando él era un recién nacido. Se llamaba Rosa Neftalí Basoalto. Era maestra. Según la describió una de sus compañeras, se caracterizaba por su “férrea disciplina y por ser muy cariñosa con los niños”. Luego de su muerte por tuberculosis, su padre, José del Carmen Reyes Morales Reyes, se mudó de Parral y sus campos, a Temuco. Allí estudió Neruda, allí se enamoró, allí vivió su primera mirada de amor, y como escribió Mario Amorós en su libro “Neruda, el príncipe de los poetas”, “allí se forjó su personalidad primera, triste y silenciosa, y su temprana condición de poeta”. Leyó algunas de las novelas de Julio Verne, los poemas de Baudelaire, las aventuras de Salgari, empezó a vivir y a vestirse de negro, como los poetas, y eligió en una lluviosa tarde su pseudónimo. En adelante firmaría como Pablo Neruda, en honor a Jan Neruda, un poeta checo, y escribiría sin que los acusadores y críticos supieran quién era en realidad.
En Temuco, un lugar que crecía y crecía a comienzos del siglo XX, y que se había ido llenando de extranjeros, Neruda ingresó en el Liceo Fiscal de hombres de Temuco, que con el pasar de los años se llamaría Liceo Pablo Neruda. “Mis compañeros tenían apellidos alemanes, ingleses, franceses, noruegos y chilenos también, naturalmente”, contaría hacia 1971, y agregaría que “Era un mundo sin castas, una sociedad que nacía. Todos éramos iguales. La cristalización de las clases ha venido realizándose con posterioridad, cuando algunos empezaron a enriquecerse. En aquel tiempo, era una especie de democracia popular, donde todos tenían trabajo. No existían terratenientes, propietarios”. Neruda, por aquel entonces aún Neftalí Reyes, quedó deslumbrado por los laboratorios de física y por la biblioteca casi siempre cerrada de su colegio. Les tenía pavor a sus maestros, casi todos de bigote y vestidos de oscuro, en especial, al de matemáticas, el señor Peña.
Por aquellos años, el compañero de pupitre de Neruda era Gilberto Concha Riffo, quien recordaba que “Éramos unos niños que no corríamos, ni saltábamos, ni jugábamos a la pelota. Como él era muy chico, lo único que podía hacer era ponerse en un rincón para protegerse de esos salvajes que corrían de allá para acá y gritaban como locos. Él ahí en su rincón con pequeñas cosas, algún palo raro, insectos. Decía que tenía una pieza llena de objetos ‘muy interesantes’”. Concha, que luego se dedicó a la poesía y adoptó el pseudónimo de Juvencio Valle, le prestaba libros, El Quijote, La vuelta al mundo en ochenta días, El corsario negro. “Todo nacemos poetas”, diría Neruda a principios de los 60. Desde sus años en Temuco, defendió la idea de que la poesía se manifestaba “a muy temprana edad”, y repitió que la diferencia entre los que seguían escribiendo y los que no, tenía que ver con “la constancia y la fuerza de cada carácter”.
Después de haber cumplido treinta años, contó que sus primeros poemas los escribió antes de llegar a los 10. “Los largos inviernos del sur se metieron hasta en las médulas de mi alma”, dijo, y luego explicó que necesitaba la lluvia, el sonido del agua al caer, las ventiscas que llegaban con los aguaceros para construir sus versos. Para crear, “Para escribir me hacía falta el vuelo de la lluvia sobre los techos, las alas huracanadas que vienen de la costa y golpean los pueblos y montañas, y ese renacer de cada mañana, cuando el hombre y sus animales, su casa y sus sueños, han estado entregados durante la noche a una potencia extraña, silbadora y terrible”. Aquellos primeros poemas fueron censurados por su padre y los amigos de su padre, que despreciaban sus escritos y a los poetas y al mundo que estuviera más allá de los ferrocarriles con los que trabajaban. Según Glasfira Mason, su tía, “Los azotes no le impidieron llegar a donde se propuso”.
En julio de 1917, y bajo la firma de Neftalí Reyes, apareció publicado en el periódico “La mañana” su primer texto, con el título de “Entusiasmo y perseverancia”. Uno de sus tíos, que en realidad era su hermanastro, Orlando Mason, había fundado aquel diario y lo había alentado para que escribiera y leyera, para que fuera un hombre como él, a quien Neruda describió como “el primer luchador social” que conoció. “Era hermoso ver ese diario entre gente tan bárbara y violenta, defendiendo a los justos contra los crueles, a los débiles contra los prepotentes”. Desde muy niño, Neruda se preocupó por la vida y el destino de los trabajadores, “de los tristes”. “Escribía de corrido, como si le estuvieran dictando, sin parar”, diría muchos años después su hermana, Laura Reyes. “Hasta grande fue así. A veces, hablaba como si estuviera leyendo: ‘Laura, escucha esto’. Y empezaba a recitar de memoria”. Luego los copiaba en sus cuadernos.