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“Leer como los influencers empobrece la lectura”: Patricio Pron

El escritor y crítico literario argentino Patricio Pron publicó un manifiesto que insta a leer mejor y más despacio como gesto de libertad.

Juan Camilo Rincón

18 de julio de 2026 - 07:00 p. m.
Patricio Pron fue escogido por la revista Granta en 2010 como uno de los veintidós mejores autores en español de su generación. Además fue el ganador del Premio Alfaguara de Novela en 2019.
Foto: Catalina Bartolomé
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«La humanidad publica un libro cada medio minuto», cuenta Gabriel Zaid en Los demasiados libros. Según la agencia colombiana ISBN, en 2024 se publicaron 21.826 títulos. ¿Qué nos dice esta cifra? En No, no pienses en un conejo blanco (Isla de Libros, 2026), Patricio Pron busca responder a un buen número de cuestiones insalvables del mundo literario y editorial, invitándonos a contraleer como un acto de resistencia y a vivir la literatura fuera de la lógica capitalista.

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¿De qué manera la Revolución industrial reactualizó la relación entre el poder, la riqueza y el valor?

Podría decir que inició procesos y derivas que se manifiestan de diferentes maneras en nuestros días. Una de ellas, tema central del libro, es la aparente optimización de procesos y experiencias que, nos dicen, deben ser mensurables, optimizables. Eso también se plasma en la literatura y en el libro hablo exactamente de cómo ese mandato de producir más, más rápido, para más personas, que proviene en buena medida de la Revolución industrial, nos está impidiendo leer, entre otras cosas.

Convierte la experiencia de leer y de escribir en algo cuantificable.

Y que tiene como única función terminar en las listas de los más vendidos, en posteos, en TikTok, en cualquier red social de referencia. Así, se niega la naturaleza de la literatura bajo una demanda de velocidad que atenta contra el auténtico ritmo de la literatura, porque esta va lento, no puede ser acelerada. De alguna manera estamos atrapados en una demanda de que leamos más, más rápido y más libros. El asunto es que no solamente no podemos hacerlo, sino que es indeseable. ¡La literatura es otra cosa!

Por eso usted también reflexiona sobre la particular relación entre el capitalismo y la credibilidad de los medios hoy.

Yo soy crítico literario; trabajo para varios periódicos, incluyendo Babelia, el suplemento cultural de El País, y lo hago convencido de que hacer crítica literaria y escribir en prensa es importante. Al mismo tiempo, lo hago con el convencimiento de que todo lo que me interesa a mí es expulsado por los periódicos; la cultura crítica y la mirada cuestionadora a las cosas tienen cada vez menos cabida en los periódicos, incluso en aquellos de calidad.

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Eso afecta la forma en la que se habla de los libros y de la literatura en ellos.

De manera general, afecta la calidad de las instituciones democráticas, la convivencia entre las personas, que está mucho más estrechamente relacionada con la literatura de lo que pensamos, puesto que el descrédito en el que ha caído la literatura viene acompañado de una enorme dificultad para comprender discursos complejos. Hoy las personas carecen de esa experiencia y tienen menos capacidad para comprender un mundo que es inevitablemente complejo, con las fuerzas sociales, económicas y políticas que operan en él. El resultado de todo esto es peligroso para la democracia. Ahora bien, lo que estamos leyendo es producto de diferentes instancias que incluyen editores, agentes, ciertos autores, responsables de medios de cultura, libreros, grandes cadenas, retailers online y demás, que determinan que todo este complejo funcione como una especie de máquina de no leer; una máquina enorme que nos dice qué es la literatura.

Y que atenta contra nuestros intereses, aun cuando parece lo contrario.

Por eso debemos hablar y poner en cuestión el negocio editorial, porque de eso depende nuestra capacidad de ofrecer algún tipo de resistencia, que además es tremendamente necesaria en este momento histórico. Tenemos que defender nuestros derechos, ser libres, incluso respecto a la posibilidad de escoger y de leer los libros que queramos, la complejidad de los libros que deseamos y no dejar que esas decisiones estén en manos de otros.

¿Cree que estamos “descomplejizando” la literatura en nombre de una mayor producción y sacrificando su calidad frente a las demandas de las tecnologías y las redes sociales?

Hay una nueva promoción de lectores y lectoras —y de personas que tal vez no sean lectores y lectoras en este punto— que no saben aún cuántas cosas les han robado: la capacidad de prestar atención, de conectar con otros, de hacerlo sin la mediación de las pantallas. Es que las pantallas les han robado la capacidad de pensar en sí mismas y en quiénes son y, por consiguiente, de decidir quiénes desean ser. Les han mermado capacidades que servían el propósito de ser libres y, por supuesto, no saben qué es lo que se están perdiendo ni qué es lo que los libros pueden hacer en ellas si les dan la oportunidad.

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Es difícil pensar que esto no es deliberado.

Es que hay un plan detrás. Parece haber una intención por parte de muchos editores y editoras u otras personas en el mismo ámbito, que buscan que digamos que compramos libros, pero no necesariamente esperan o buscan que los leamos. Solo se espera que sirvamos de caja de resonancia de esos libros adquiridos, pero no leídos. Todos tenemos derecho a que alguien nos diga que hay otro mundo posible.

Sobre eso, hace poco alguien me preguntó si yo ya había leído los seis mil que tengo, y admitir que no lo he hecho me hizo sentir algo de vergüenza.

¿Por qué vergüenza? No es una vergüenza tener libros que no has leído. Los libros que no has leído hablan de que aún tienes un futuro como lector, que tu vida como lector no ha terminado, que todavía reserva para ti sorpresas. Tal vez habría que avergonzarse de caer una y otra vez en los mismos trucos y trampas del negocio editorial. A mí me sucede lo mismo. Es lo que yo llamo «El mejor libro del año esta semana»: todas estas promesas de autores y autoras y de libros reveladores que nunca encontramos cuando finalmente los leemos. Creo que ser consciente de ello es el primer paso para comenzar a leer distinto, a leer mejor. Es el derecho a ser libres también en materia de lecturas.

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¿Cómo lee la mercantilización digital de la lectura?

Creo que eso está pasando, aunque no tengo estadísticas que lo ratifiquen. En este libro tiro mucho de estudios porque me parecen importantes. Mi percepción es que para los más jóvenes esas redes sociales no son atractivas; tal vez solo lo es TikTok. Creo que está bien que cada nueva promoción de lectores y lectoras hable de los libros de maneras distintas. También es evidente que leer como lo hacen muchos booktubers, tiktokers, booktalkers y demás, no solamente empobrece su lectura, sino que además deja fuera cientos de textos. No todos los textos han sido escritos para producir una emoción espontánea; no todos son resumibles ni todos puedes contarlos en voz alta.

La literatura es otra cosa…

… y funciona de otra manera y genera efectos, entre ellos, por supuesto, el de emocionar a sus lectores y lectoras. Nos muestra una visión, un mundo más rico, diverso, plural que el que creíamos que habitábamos antes de leer. Nos recuerda cuál es nuestro lugar en el mundo, quiénes somos y quiénes podemos ser eventualmente si lo deseamos. Hay en la literatura un potencial transformador —si no quieres llamarlo revolucionario— enorme y muy potente. Pero todo ese potencial se va por el fregadero si solo lees pensando en qué tipo de trucos vas a emplear para que la gente vea un vídeo; ¡es una auténtica pérdida de tiempo! No hay nada para mí allí ni para nadie inteligente, que sea intelectual y emocionalmente vivo.

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Por Juan Camilo Rincón

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