El Magazín Cultural

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23 Oct 2022 - 2:00 a. m.

Leila Guerriero, la autora que le huyó a la “cámara de cristal”

La periodista conversó para El Espectador sobre el ejercicio de escribir, hacer periodismo, el poder transformador de los libros y la guerra de las Malvinas.
Danelys Vega Cardozo

Danelys Vega Cardozo

Periodista de El Magazín Cultural
"La gente siente que es culta si lee, pero hay tantas formas de la cultura", dice Leila Guerriero.
"La gente siente que es culta si lee, pero hay tantas formas de la cultura", dice Leila Guerriero.
Foto: El Espectador - Óscar Pérez

Tres personas conversan a la entrada del Radisson Bogotá Metrotel. Una de ellas viste un camibuso negro, jean bota campana y botines; carga un bolso beige en el brazo. Su pelo, negro y crespo, luce en total libertad como la melena de un león. Sus ojos están delineados de negro. No es tan difícil reconocerla: las fotos que circulan en internet son casi fidedignas a su versión real, quizá con uno que otro cambio. La charla es interrumpida por un momento. Ahora, una desconocida ha entrado en la conversación y tres países han quedado en medio: Argentina, Colombia y Chile. Llegan más chilenos, pero no se quedan a conversar, solo hacen una parada para saludar y llevarse a sus compatriotas a almorzar. La argentina no almuerza, dice que nunca lo hace, que aquello es una costumbre que le quedó por el correcorre de su trabajo. Ella es periodista y escritora: se llama Leila Guerriero.

Ha visitado Colombia varias veces, pero no tiene certeza de cuándo fue la última vez que estuvo en Bogotá. En “2018, tal vez”. Pronuncia aquellas palabras mientras está sentada en un sofá azul, contiguo a un piano. Entonces llega el momento de posar en una pared para ser retratada; pareciera que también fuera modelo. Luego de unos minutos, inicia la conversación.

Al escribir, trata de conectar y retornar a esa primera impresión que le causó un espacio. Esto también se puede trasladar a las relaciones humanas. ¿Recuerda alguna primera impresión que haya sido desagradable, pero que, en posteriores encuentros, se haya transformado en una experiencia significativa?

No veo las cosas en términos agradables o desagradables, porque si pensara el trabajo de esa forma tendría que considerarlo en plan de ver gente que me cae bien, pero no siempre es así en la vida de un periodista. Incluso, cuando he entrevistado a personas que admiro, trato de dejar eso a un lado, porque estaría haciendo una especie de periodismo de fan. Siento que mi trabajo es estar completamente flexible o abierta para encontrarme con lo que el otro es de manera genuina, no con lo que yo pienso. Por otra parte, nada es más engañoso que una primera impresión (para mí no cuentan mucho las primeras impresiones). No lo pienso nunca en términos de agradable o desagradable, porque no voy a confirmar una idea previa que tenga de esa persona; voy a ver lo que hay. No estoy ahí para ser su amiga, estoy ahí para entender algo de su pasaje mental. Nunca tomo nada como algo personal, salvo que una persona me agreda por algo personal, pero nunca me ha pasado eso.

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¿Y si llevamos la misma pregunta al ámbito personal y no laboral, cambia la respuesta?

Bueno, supongo que sí. No es que yo sea dos personas distintas, porque si no estaría loca, pero sé que hay ciertos mecanismos que se ponen en marcha cuando uno está en modo laboral, que son diferentes a cuando me encuentro con un amigo y estoy completamente en otra sintonía. En la vida real, por llamarlo de alguna manera (como si la otra fuera irreal), muchas veces te pasa que te encuentras con alguien y sientes antipatía a primera vista, que sabes que nunca, en una situación de vida cotidiana, querrías a esa persona para irte a cenar, de viaje o invitarla a tu cumpleaños, mientras que con otra gente hay una especie de sintonía inmediata.

Me gustaría que conversáramos sobre un verso de William Blake que citó en una de sus columnas más recientes en El País: “Aquel que desea pero no actúa, engendra peste”.

Era una columna relacionada con una residencia literaria que hice en la Casa Estudio Cien Años de Soledad, que fue donde vivió Gabriel García Márquez durante mucho tiempo. Entonces, la columna, primero que nada, hablaba sobre mi impresión ante la casa porque era espectacular. La frase de William Blake tiene que ver con eso: cómo el hecho de no pasar a la acción, cuando crees mucho en algo, en lo que sea, y no lo haces, eso termina produciendo peste a tu propia vida, antes que a ninguna otra. Los que tienen esa mínima posibilidad de poder arriesgar algo en lo que creen deben seguir esa pulsión. Es un poco eso la idea de la columna: seguir la pulsión, el deseo.

No me gustaría generalizar, pero supongo que es eso a lo que siempre se enfrenta un escritor: lanzarse al vacío a pesar de todo. ¿Cómo ha sido en su caso?

Me parece que con cada cosa que uno escribe es como empezar de nuevo y estar de nuevo ante ese abismo posible. Nada de lo que hiciste —si es que tuviste la fortuna de que tu trabajo se defendiera o encontrara lectores, en este caso— garantiza que eso siempre vaya a seguir siendo así. Me parece que el trabajo es, primero que nada, el compromiso con lo que estás escribiendo. No puedes estar pensando en cómo va a ser recibido, porque empiezas a escribir para la tribuna y te transformas en alguien que los demás quieren deglutir. Con escribir para la tribuna me refiero a levantar oleadas de entusiasmo. A veces hay que escribir en contra de lo que la gente quiere; ser genuino. Muchas veces no pienso en cómo se supone que piensa la gente del común. Me parece que, sin ese punto de incertidumbre, sin ese desafío, no sucede la creación.

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¿Y cómo ha logrado, a pesar de todo, seguir siendo genuina?

Bueno, no es que me haya tocado muy difícil, no es que haya habido grandes manifestaciones alrededor de mi casa diciendo “¡basta de ser genuina!”.

Me refiero a que a veces la gente elige irse por el camino por dónde se van los demás, porque de pronto así van a captar más lectores o clics…

Básicamente, creo que soy una persona muy desobediente e insolente. No fui una persona conflictiva durante la niñez y la adolescencia, pero sí era clandestina: hacía cosas sin que nadie supiera que las hacía; escapaba por debajo del radar, de alguna manera. Creo que esa desobediencia se fue alimentando con consumos culturales; ellos exacerbaron eso de no seguir al rebaño. Nunca nadie me obliga a hacer algo que no quiero hacer.

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¿Y qué ha tenido que sacrificar por conservar su mirada?

No creo que haya pagado un precio muy alto, realmente. Podría decirte: “Bueno, perdí determinado trabajo, me echaron de tal lugar, o qué sé yo”, pero siempre sentí que todas esas cosas pasaron por cuestiones que no tenían nada que ver con eso. No me quiero poner en un papel de víctima, que no soy realmente.

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Guerriero dice que no ejerce el periodismo en términos reduccionistas. No piensa que existan “buenos puros y malos puros”. “Si abordas la realidad con una mirada no reduccionista, se pone todo mucho más peligroso, pero también mucho más interesante. En un mundo dividido entre buenos y malos, no creo que haya tan buenos resultados”. Ha logrado tener esa visión gracias a entrevistas, conversaciones con otras personas y el consumo de cine y varios tipos de lecturas, como ensayos de psicología, filosofía, psicoanálisis, poesía, literatura, novelas de no ficción, diarios y revistas, entre otros. “No ser una imbécil que está metida todo el tiempo en una cámara de cristal y que mira el mundo desde un palomar”.

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Este año se cumplieron cuarenta años de la guerra de las Malvinas. En su libro “La otra guerra” usted trató de recuperar la historia detrás del cementerio argentino en las islas que hoy siguen bajo dominio del Reino Unido. ¿Por qué cree que las Malvinas siguen siendo una herida abierta?

Me parece que hablar de la guerra de las Malvinas es difícil y está lleno de contradicciones; cada uno tiene una posición distinta. No hay una postura unificada. Para mucha gente es muy complejo transformar todo eso en una conversación y, sobre todo, siento que también se ha obturado mucho esa conversación desde el poder político. Ninguno quiere hacerse cargo de esa papa caliente que fue Malvinas. La guerra afectó a una cantidad considerable de familias, pero no a los 45 millones de habitantes que somos ahora, pero simbólicamente tiene un peso enorme en la historia contemporánea. Entonces, cualquier político que mueva una pieza para acá o para allá, seguramente, va a pagar un costo político muy alto.

Pero no hablarlo, impide que algún día quizá la herida sane…

Yo no sé si hay que pensar en sanación, se puede reparar algo, porque cuando hay una herida tan potente no sé si se puede sanar. Cada uno es un camino muy individual, pero, por supuesto, no hablar nunca es el mejor camino para solucionar nada. Hablar es doloroso, tiene un costo, pero no hacerlo, volviendo a la columna, engendra peste, de alguna manera.

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En algunas ocasiones, como quizá cualquier ser humano, se ha enfrentado a situaciones en donde no quiere hablar, pero elige hacerlo. “No es lo que más me pasa, no soy una persona llena de conflictos en ese sentido, tengo una cuestión bastante fluida en la relación con la gente de mi entorno. Estoy como muy psicoanalizada, entonces siento que tengo muchas herramientas para expresar, así que una vez que entro en el terreno no hay complique seguir ahí”.

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Cree que los libros pueden llegar a salvar vidas, pero no necesariamente en el sentido literal. “De pronto, lees un libro sobre algo que te está pasando. En ese momento, te sentías demasiado solo o loco, o el sentimiento que fuera. Entonces, te das cuenta de que al otro también le estaba pasando lo mismo. Piensas: “Tan solo no estoy”, esa sensación de estar conversando con una comunidad más amplia”.

Ha llegado a comprar un libro solo por un párrafo, aunque luego se dé cuenta de que el resto de la obra quizá no era tan buena. Dice que varios libros le han salvado la vida; uno de ellos es “El oficio de vivir”, el diario íntimo de Cesare Pavese.“Es una obra monumental y es de esos libros que uno diría: “Bueno, si pasa algo, lo agarro, lo meto en la maleta y salgo corriendo con él”.

Dice que lo único que sabe y quiere hacer es escribir crónicas, porque lo que le gusta es escribir no ficción, pero textos que no den una mirada reduccionista, “sino la posibilidad de ver más lento, hondo y de trabajar desde unos tiempos”.

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Dice que a ella no le ha tocado duro. “Al lado de lo que les pasa a los periodistas, yo no puedo decir que a mí me haya tocado algo terrible, de verdad”.

¿Por qué esa tendencia a no exaltarse?

Yo no creo en la jactancia, me parece altanero eso. En todo caso, tengo cierta certeza de que trato de hacerlo de una manera tan buena como puedo hacerla, pero no podría jactarme. No estoy interesada en hablar de mí, me interesa hablar de otros temas.

Danelys Vega Cardozo

Por Danelys Vega Cardozo

Comunicadora social y periodista de la Universidad de La Sabana con énfasis en periodismo internacional y comunicación política, y un diplomado en comunicación y periodismo de moda. Perteneció al semillero de investigación Acción social y Comunidades, bajo el proyecto Educaré.danelys_vegadvega@elespectador.com
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