El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Leni Riefensthal, las imágenes del nazismo (Políticamente artistas I)

En esta primera entrega de la serie Políticamente artistas, repasamos parte de la vida de la cineasta alemana Leni Riefensthal, quien trabajó para Hitler y su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, en la promoción del nazismo.

Fernando Araújo Vélez

02 de febrero de 2026 - 03:00 p. m.
Esta semana, Cine Colombia estrenará un documental llamado "Leni Reifenstahl: la cineasta del nazismo" en el que se habla de su obra a través de entrevistas y su propio archivo personal.
Foto: Vincent Productions
PUBLICIDAD

“Yo simplemente acataba órdenes”, dijo Leni Riefensthal cuando la acusaron de ser una de las principales promotoras de la estética Nazi, a partir de 1935, cuando grabó un documental que tituló “El triunfo de la voluntad” (Triumph des Willens, en alemán). Su película se iniciaba con una frase que pretendía situar al espectador en la historia, y que decía: “5 de septiembre 1934. Veinte años después del estallido de la Guerra Mundial, 16 años después del inicio del sufrimiento alemán, 19 meses después del inicio del renacimiento de Alemania, Adolf Hitler voló de nuevo a Núremberg para liderar una presentación militar”. Del fondo emergía una música de victoria, compuesta principalmente por Herbert Windt, acompañada por imágenes de nubes que le daban paso al descenso de Adolf Hitler en Núremberg.

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

Como lo escribió María Cristina Osorio Villegas en su artículo “Arte, música y cine en los años del nacionalsocialismo alemán: Entre lo puro y lo degenerado”, publicado en el portal Scielo, “la llegada de Hitler a Núremberg en su avión” era una “clara referencia a su descenso del cielo”. Más adelante, Riefensthal combinó escenas en las que el “Fuhrer” interactuaba con el pueblo, la gente, su gente, con imágenes en las que el orden, las banderas, la cruz esvástica, las pancartas, los uniformes y los estandartes nazis iban sucediéndose, todo aquello impulsado por la música de Windt, y por algunas referencias a las obras de Ernst Hanfstaengl y de Richard Wagner. Windt, quien había sido soldado en la Primera Guerra Mundial, trabajaría después con Riefenstahl en Olimpia.

Hanfstaengl, a quien sus compañeros de trabajo y los altos mandos nazis señalaron como el creador de la frase “Sieg Heil”, (Salve victoria, en español), repetida millones de veces en los discursos de Hitler y en cada una de las paradas del ejército alemán, fue censurado y perseguido por el régimen luego de que alguien le contó al “Fuhrer” que había dicho que sus métodos eran “brutales”. Logró salvarse y acabó siendo una especie de espía de los gobiernos de los Estados Unidos. Wagner, como se ha escrito una y otra vez, era el músico preferido de Hitler, y por ende, de todo el sistema nacionalsocialista. Para los nazis, sus obras eran la representación de lo que debería ser Alemania, y sus textos y consideraciones antisemitas deberían ser tomadas en cuenta siempre y a rajatabla.

Read more!

Riefensthal conoció a Hitler en 1932, poco antes de su ascenso al poder, en enero del 33. Había nacido en Berlín el 22 de agosto de 1902. De niña y adolescente fue, ante todo, bailarina, pero una lesión en los meniscos la obligó a un largo receso. Una tarde cualquiera, vio “El acorazado Potemkin”, una película del director ruso Sergei Eisenstein, con música de Dmitri Shostakóvich, que narraba los sucesos que desencadenaron en una sublevación en el barco Potemkin durante los distintos hechos de la revolución rusa de 1905, que terminó controlada por las fuerzas del orden del zarismo y del propio zar, Nicolás II, y que determinó el fin de la autocracia absoluta en la Rusia de entonces. Mientras veía el filme, Riefensthal decidió que se dedicaría al cine, como dijo en infinidad de ocasiones y en sus memorias.

Con el tiempo, “El acorazado Potemkin” se convirtió en un punto y aparte para la historia de la cinematografía y del arte. Eisenstein fue subyugado por Iósef Stalin, primero, y obligado después a trabajar con el dictador y para el dictador en la multiplicación de las ideas e imágenes del régimen soviético, que acabaría siendo decisivo en la derrota del nazismo. Riefensthal, por su parte, colaboró decididamente con Hitler y su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, y muchos historiadores han considerado que fue la creadora de gran parte de la estética nazi. Tanto para Eisenstein como para Leni Riefensthal el cine era arte, y ellos eran artistas. Para Stalin y para Hitler, el cine era y fue uno de los instrumentos más valiosos de propaganda para sus respectivas ideologías, y ellos, sus instrumentos.

Read more!

En 1932, Riefensthal dirigió y actuó en “La luz azul”, una película que se filmó en Los Alpes y que fue premiada en “La Mostra di Venezia”, durante el gobierno de Benito Mussolini. La historia giraba alrededor de una mujer llamada Junta, que vivía en una pequeña aldea, Santa María, asolada por el rumor de que una maldición en forma de luz azul que emergía del pico de una montaña iba a acabar con la vida de sus habitantes, y con el pueblo todo. Junta decidía subir hacia el pico de la maldición, muy a pesar de que algunos de los pobladores trataban de convencerla para que no lo hiciera, pues todos los que habían intentado subir habían perecido. Cuando “La luz azul” fue exhibida, tanto el asesor de guiones, Béla Balázs, como el director de fotografía, Hans Schneeberger, y Barrí Sokal, el productor, habían huido de Alemania.

Riefensthal eliminó sus nombres de la paleta de créditos, y sólo dejó el de ella. Hitler quedó fascinado con su trabajo y con ella, y logró acordar el primer encuentro para conocerla. Luego se vieron en múltiples ocasiones y los rumores se esparcieron. Sin embargo, ella siempre negó que entre los dos hubiera habido algo que hubiera ido más allá de la mutua admiración, y las veces en las que le preguntaron por la relación e insinuaron que habían sido “algo más”, se molestó, aunque más de un opinador ha concluido que sus molestias en las entrevistas eran parte del personaje que había creado. Necesitaba distracciones que alejaran a sus múltiples entrevistadores de lo esencial, su participación o no en algunos de los hechos del Nazismo. Las entrevistas que le hicieron, sus cintas de película, trabajos, fotos, grabaciones y demás, todo guardado en más de 700 cajas, le darían claridad al debate.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.