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Las palabras parecen brotarle del pecho, de un pecho de madre adolorido. “Dani, Dani querido. Me preguntaste alguna vez si te ayudaría a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensé mil veces: sí, te ayudaría, si de ese modo evitaba tu enorme sufrimiento”. Bajo una luz cenital que guarda algo íntimo, la actriz Victoria Hernández pronuncia las palabras que la escritora Piedad Bonnett le dedicó a su hijo en Lo que no tiene nombre. En ese instante, es como si el ensayo de la obra de teatro dejara de ser ensayo. Se ve ahí el personaje convertido en realidad.
Dice que no puede hacerlo de otra forma, que cada vez que llega a esa línea se le mueven todas las fibras de madre; que cada vez que esas palabras salen de su boca, viajan tan rápido por ella y cargadas de tanto dolor, de un dolor que es prestado, que terminan de deslizarse también por las mejillas. No importa si el director pide “la italiana”, ese ensayo que es rápido, sin actuar, solo para fijar el texto en la boca, Victoria no puede hacerlo así. “Es una cosa muy fuerte lo que me pasa con ese texto. Apenas digo ‘Dani, Dani querido’, me voy, me voy, me voy emocionalmente”.
Cuando finaliza el ensayo, faltan 27 horas para el estreno de la adaptación que hizo Johan Velandia, director de teatro y maestro en artes escénicas, del libro de Bonnett y que estará en temporada hasta el 19 de septiembre en el teatro Petra de Bogotá.
El director se despide con un “nos vemos mañana”, y Victoria, que se acaba de secar las lágrimas, lanza dos palabras que definen el preludio del estreno de la obra: “Tengo pánico”.
Lo dice, aunque desde los 14 años hace teatro; aunque lleva casi cuatro décadas en el oficio; aunque es la maestra de tantos actores; aunque en el mundo del teatro la conocen como la profe. Lo dice porque los años no la blindan y espera que nunca llegue el momento en el que el miedo le rebote en la piel.
Ahora, sentada en un restaurante a cuatro cuadras de ese teatro y a unos pasos de su casa, habla de ese miedo, mientras para aliviar la sed que le dejaron cuatro horas de ensayo, se toma en sorbos cortos y contenidos una soda.
“El día que se me quite el miedo, me dedico a otra cosa. No es lo mismo estar empezando, cuando nadie te conoce mucho ni le has enseñado a nadie: ahí puedes salir, equivocarte, estás más libre. Pero cuando ya has sido la maestra de tantos y tantos actores y actrices en el país, que llevas como tres décadas, casi cuatro en este oficio, de alguna manera uno siente que tiene un nombre que cuidar. Y este caso particular, pues la responsabilidad es muy grande desde todo punto de vista. Este caso es una historia muy personal”, señala.
Las preguntas aparecen juntas, como si todas reclamaran una salida urgente: “¿cómo abordar un texto así con el debido respeto, con el debido amor, con la fuerza y la contundencia con las que fue escrito?”.
Victoria habla del libro —el testimonio de Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo— y cada tanto mira hacia arriba, como si buscara ahí las palabras que le hagan justicia a la obra, como si temiera que alguna no alcance el respeto necesario.

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A Victoria Hernández le pidieron cerrar los ojos. Era junio de 2026 cuando Johan Velandia le escribió: “¿Usted confía en mí? ¿Quiere estar en un proyecto dirigido por mí?”. Ella respondió que sí; sí a las dos. No sabía de qué proyecto hablaba ni lo preguntó.
Llevaba diez años, afirma, “coqueteando” profesionalmente con Velandia. Lo había visto dirigir por primera vez en la obra Camargo y desde entonces no le quitó el ojo de encima. “Yo pensaba: uy, qué pelado tan pilo”.
Después supo cuál era ese proyecto: “Voy a hacer Lo que no tiene nombre”. Victoria respondió: “¿Qué? ¿Dónde le firmo?”.
La actriz había leído el libro por ahí en 2018. Lo compró en un aeropuerto de Ciudad de México y desde que llegó a sus manos no pudo soltarlo. Lo leyó en la fila de migración, lo leyó en el carro, y al llegar al Airbnb solo abrió la maleta para sacar la pijama. Una obsesión que le puso pausa a otra. “Tengo como un trastorno obsesivo compulsivo con que si no desempaco, no me puedo acostar. Pero esa noche no me importó”, cuenta. Terminó de leerlo cuando el sol ya estaba a punto de entrar por la ventana.
A Velandia le había pasado algo parecido. Mucho antes de imaginar que dirigiría a Victoria en esa obra, él también había quedado atrapado en la prosa de Piedad Bonnett. Sentado en el Teatro Petra, mientras espera que empiece el ensayo, dice que es un libro que llega al alma directamente. Y ahí, en el alma, “genera unas conexiones profundas con mi propia historia, con mi familia, con amigos y con muchos artistas. Me aterró y me aterrizó en el tema de las enfermedades mentales”.
Ese impacto lo condujo a releerlo años después con la fijación de llevarlo al escenario. “Me sentí profundamente conectado con la historia de Daniel, con su arte, con su manera de mirar el mundo”. Le escribió a Bonnett, a quien admira como una de las voces más potentes de la literatura colombiana, y se citaron en un café. Velandia, quien también conoce de cerca la sombra de la depresión, le compartió su propia historia en relación con estos temas. La escritora lo escuchó y le pidió que regresara con una propuesta.
“Me fui a mi casa directo a trabajar muchísimo: a pensar en el vestuario, en la escenografía, en la puesta en escena, a empezar los primeros esbozos de la adaptación. Ocho días después nos encontramos de nuevo en el mismo café. Le mostré cómo me imaginaba los objetos y cómo me gusta abrigarme de otras artes en el escenario, de lo pictórico, lo musical, lo coreográfico. Ella me dio sus impresiones iniciales y me dijo: ‘Okay, hazlo’”.
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La escenografía la enmarcan cuatro dibujos de Daniel. Son paneles verticales que se levantan para delimitar el escenario. Uno es inconfundible: el rostro de la portada de la edición especial del libro, un joven con las manos sobre la cara. El resto de la obra se desarrolla entre escaleras, cuadros pequeños y tres bancas que, al juntarse, componen otra obra de arte de Daniel. No es teatro convencional ni busca el realismo, explica Victoria. Es un teatro físico donde el cuerpo manda.

En esa lógica, la escena renuncia a lo cotidiano. “Los personajes van repitiendo como espejos: repiten lo que dice la voz de Piedad, que es la madre universal, y a veces repiten lo que dice Daniel. Aparecen madres más jóvenes que también pueden estar viviendo lo mismo. Aparece un Daniel, otro Daniel, una Daniel y ‘otra’ Daniel, porque esto no tiene género ni edad. La única que tiene género es la madre, porque la madre es la madre”, explica Victoria. Por momentos, la puesta adquiere el aliento de una tragedia clásica: los actores forman un coro mientras Victoria permanece a un lado, en silencio, mirando el vacío como si todo el dolor del mundo estuviera ocurriendo dentro de su cabeza.
Para darle lugar a ese universo, Velandia asegura que diseñó la adaptación alrededor de tres núcleos: lo humano, que es el vínculo íntimo entre madre e hijo; lo artístico, que es el diálogo entre las páginas de Piedad, los cuadros de Daniel y la escena; y la salud mental, esa pregunta incómoda sobre cómo enfrentamos como sociedad las enfermedades que no se pueden ver. A partir de esos tres ejes, escogió los fragmentos del libro, los poemas, las melodías y las imágenes que ahora se toman el Teatro Petra.
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El ensayo se trabaja con el cuidado de una filigrana. Velandia, sentado justo al frente, está pendiente de cada detalle. “Vamos, chicos”, dice. “Ojo con este movimiento”, “ojo con las manos”. A sus órdenes, los seis actores preguntan, escuchan y corrigen.
Miden la distancia de una banca con otra; prueban si un actor debe sostener uno o dos cuadros de Daniel entre las manos. La música también dicta el ritmo de la función y trae de vuelta la presencia del hijo ausente. “Después de la pintura, lo que más le gustaba era la música. Mientras pintaba, encerrado en su estudio, oía hasta la madrugada jazz, rock, música clásica: Janis Joplin, Sting, Radiohead, Manu Chao, Lou Reed…”, escribió Piedad Bonnett en su obra testimonial. A partir de esa descripción, se escogieron temas como Cry Baby, así como versos de la autora convertidos en canción, como Desgarradura.
Los movimientos y los diálogos se detienen con frecuencia durante el ensayo. Los actores preguntan. Repasan las líneas. Frases cortas que empiezan y terminan en un "ta-ta-ta" para avanzar rápido y cederle el paso a la voz que sigue. Pero cuando le toca el turno a Victoria, las líneas que contienen algunos de los momentos más punzantes salen casi siempre enteras. “Nadie llora: si uno de nosotros se rindiera al llanto, arrastraría con su dolor a los demás”, dice en uno de los primeros bloques. Y más adelante: “La fotografía, qué paradoja, recupera y mata”.

Para Victoria, la poética de Piedad Bonnett exige un respeto casi sagrado. Por eso, en un punto del ensayo, interrumpe el movimiento y pregunta si la línea exacta dice “hubiera todavía” o “todavía hubiera”. Se aprende las palabras al pie de la letra. Y mientras a su alrededor los actores jóvenes ajustan posiciones y el ruido del montaje continúa, ella repite sus diálogos en voz baja, una y otra vez, abstraída del mundo, como si la voz del personaje terminara por habitarla del todo.
Su pánico nace también de enfrentarse a una arquitectura escénica que opera de manera diferente de lo que ella aprendió en casi cuarenta años de carrera. En esta obra —donde los cuerpos se multiplican y el dolor no tiene género ni edad— la palabra llega al final. “Yo empiezo por comprender el texto, pero la manera de trabajar de Johan es montar primero la estructura física, con el texto ya memorizado, para que luego la palabra se vaya metiendo en esa estructura. Tu trabajo como actriz es sacarlo de la mecanicidad y empezar a darle vida”.
Por eso, cuando sale de cada ensayo, el trabajo no termina. “Ahorita llego a ensayar en mi casa, ahorita de momento tengo un corredor y ahí practico sola, pero todo. Y lo grabo y luego lo escucho”.
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En escena Victoria no busca ser Piedad Bonnett, sino una madre universal.
Fue su abrazo, su forma de ser y sus casi cuatro décadas de experiencia lo que terminó de sostener esa intuición con la que Johan Velandia la buscó para el montaje de la obra.
“Tiene ese aspecto de lo humano, ella tiene el ambiente maternal que yo quería rescatar del texto. Esa manera en que Piedad le habla a su hijo, Victoria también la tiene, aunque sus caminos sean diferentes. Victoria es la madre de nosotros —la madre es la gran noche, dice Piedad en uno de sus poemas—, y por supuesto abriga a todos los actores más jóvenes, actores inteligentísimos, actrices maravillosas, muy talentosos y muy virtuosos en lo que hacen”, asegura el director de la adaptación.

Cuando el libreto llegó a sus manos, Victoria empezó por volver al libro. Buscó las frases en el guion y después en la obra de Bonnett, para no perder el origen. No habló con la escritora. Prefirió tomar prestado solo lo que ella dejó plasmado en sus páginas. “No quiero entrar a hacer un calco. No la conozco tanto, y el dolor de ella es de ella, es único. Quiero encontrar mi propia manera de transitar esta situación. Para mí es clave ese texto donde ella dice que después de la muerte de su hijo se apodera de ella ‘una pulsión investigativa que me lleva a indagar quién fue Daniel’. Esa es la acción de toda la obra: ella recordando, tratando de saber quién fue su hijo. Y tratando de evitar ese día, aunque en el teatro el destino siempre llega”.
Para marcar la distancia con su propia vida, Victoria se propuso no pensar en su propio hijo. “Yo soy actriz, voy a tener un hijo imaginario, no voy a pensar en el mío”, se decía a sí misma. Pero admite que es inevitable que ciertos gestos en escena la hagan pensar en él. Por eso, como un ritual, tiene una frase que se repite para volver a poner distancia: “Es ficción, es ficción, es ficción. No es mi hijo, soy una madre universal; ahora no soy Victoria y este es un hijo universal”.
Aun así, en medio de ese pensamiento de su hijo que a veces se le cuela, expresa que sus imágenes de Daniel —el que ella construye en su cabeza mientras actúa— están asociadas a fotos reales que ha visto de él. “Todo lo que yo construyo en esa relación es pura imaginación, gracias a todo ese camino que me dio un poco Piedad Bonnett”.
Ese camino trazado en Lo que no tiene nombre termina en la adaptación de Velandia con Daniel en la cima de una de las escaleras. Cuando Victoria termina de pronunciar esa frase que le llega como un golpe seco al vientre —“Dani, Dani querido”—, ambos actores se llevan las manos a los labios y luego estiran sus brazos como en un beso imposible.
Esa escena finaliza y, con ella, el ensayo. El resto del elenco camina hacia los camerinos, mientras Victoria se queda sola en una banca. A su alrededor, los técnicos siguen ajustando el diseño de iluminación y ella repite sus líneas en voz baja.
El pánico está ahí, pero también una disciplina que no cede. A Victoria Hernández le queda practicar cuantas veces sea necesario para interpretar un dolor que es prestado.
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Jorge(89627)•13 de septiembre de 2026 – 10:15Naty, estás haciendo en periodismo lo que la actriz hizo en el teatro, hacernos vivir solidariamente el dolor de la madre que siente el dolor y la desesperación de su hijo en sus entrañas porque lo ama con toda la intensidad humana posible y creo que más allá. Qué orgulloso me siento de ti!,
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Jorge(67654)•13 de septiembre de 2026 – 09:00Muy bello artículo, lograste transmitir el sentimiento alrededor de la obra.
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Elkin(41114)•13 de septiembre de 2026 – 06:26Artículo y contenido excelente. Fotografía espectacular.. Felicitaciones espectador