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CAPÍTULO I
¿Cómo se vive en La Cordura?
En el país de La Cordura, la imaginación es la más grande locura.
Aquellos que se atreven e imaginan son considerados traidores y rebeldes... condenados al destierro.
En esta nación se siguen fielmente las reglas que benefician al gobernante de turno. La gente no se atreve a ir en contra, porque La Cordura es todo lo que conocen.
Ser declarado loco es la más grande ofensa en ese país.
En La Cordura, todos se levantan a la misma hora. Realizan las mismas actividades todos los días.
No sonríen al vecino, ni abrazan en los cumpleaños; no felicitan en los días especiales y vestir de colores cálidos es una herejía.
Nacer en ese país es negarse a contemplar una vida afuera.
Colorear no es una opción en La Cordura; la última persona que se atrevió a hacerlo fue ejecutada frente a todo el mundo.
¡Shhh! Se me eriza la piel de solo recordarlo.
En La Cordura no existen los matrimonios por amor, de hecho, es más fácil pasar por el fuego y no quemarse a encontrar dos personas que se juntan por amor.
El amor va en contra de todo lo que se cree en ese país, porque si amas significa que imaginas, si imaginas, sonríes y si sonríes, contagias con tu risa.
Ese sería el final en el país de La Cordura.
Como ven, aquí todo es gris, cuando se es joven nadie sabe que vive en tristeza, porque ese es el estado normal. No conocen el opuesto, ni siquiera se nombra.
Todo el mundo está condenado a vivir así y nadie se molesta por cambiarlo.
Todo el que se resistió ya no vive para contarlo.
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***
El día que Félix cumplió sus 20 años, salió de casa para ir a su trabajo, el más aburrido del mundo: arrumar montones de papel en un sótano donde no llega la luz. Además de esta buena fortuna, el muchacho también era alto, delgado, de cabello negro y al hombro. Cejas pobladas. Sus dientes eran perfectos y amarillentos: eran su arma de seducción, lo sé porque alguien más se lo dijo algún día.
Ese día, en medio del tedio de su trabajo, Félix tuvo una sensación extraña, no era igual que todos los días. Mientras realizaba su labor, algo se asomaba entre sus ojos, era muy parecido a las gotas de agua que se deslizan por el cristal de su ventana en un día de mucha lluvia. La sensación persistió hasta el final de la jornada.
Al llegar a casa, Félix le preguntó a su papá si había sentido antes algo parecido. Y resultó que sí. No supo decirle cómo se llamaba, no lo sabía. En la charla de varón a varón le insistió que era normal a los 20. “Todos han pasado por lo mismo”. También le dijo que al principio eso era algo extraño pero que después podría acostumbrarse.
Félix aceptó la respuesta, hizo la cama, se acostó a dormir y como siempre, no soñó nada.
CAPÍTULO 2
El soñador ha despertado.
***
Como era terco y curioso, Félix no se conformó con una básica respuesta, quería saber más. Pero, ¿cómo iba a lograr saber más de esa extraña sensación, si todo lo que tenía para averiguarlo era eso, una extraña sensación y el testimonio de su padre? Seguramente, otras personas le dirían lo mismo. Arriesgarse a preguntar era parecer raro. En La Cordura casi todos eran extraños y sucede que un cuerdo nunca habla con extraños.
Sin embargo, el terco Félix seguía empecinado en saber qué era esa sensación. Muy dentro de él sabía que, si lograba ponerle nombre, algo increíble podría suceder, algo distinto a todo eso gris que veía todos los días.
Después de varios días de trabajo arrumando papeles en el Ministerio de la Normalidad, Félix encontró un archivo que lo dejó de boca abierta. La rara sensación que estaba teniendo se llamaba tristeza, su antídoto era la felicidad y la manera de tener el antídoto era la imaginación. Según el manifiesto que encontró, en la Cordura todos tenían que sentir tristeza al cumplir los 20 años, y quienes la ignoraban, eran considerados ciudadanos honorables. Pero si le seguías el rastro, eras decapitado por encontrar la felicidad, porque la felicidad era altamente adictiva.
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En la tarde, Félix volvió a casa y actuó como si no supiera nada. Pero desde ese día se dedicó a imaginar en secreto. Se levantaba todos los días y le ponía color a la ropa de sus vecinos y a los fríos edificios de su ciudad. Era feliz imaginando y nadie lo notaba.
En su imaginación, ella tenía cabello largo y del color del atardecer. Su sonrisa era el mejor adorno, y sus labios eran rojos y carnosos. Usaba vestidos de flores y zapatos converse. Desde que la vio, nunca pudo pensar en otra cosa, se metió en su cabeza como una canción pegajosa que sonaba todos los días. Su nombre era Leticia.
Como era tímido, Félix nunca se atrevió a hablarle, pero la observaba todo el tiempo en los lugares más bonitos de su imaginación. El muelle, al lado del estanco, en el mirador, en el bosque y en el jardín. Lo que Félix no sabía, es que ella era real y también lo imaginaba. Ella moría por él, así como él moría por ella. Pero ese sentimiento extraño seguramente estaría prohibido.
Ambos en su imaginación pasaban momentos increíbles, la iniciativa fue de ella porque era más arriesgada, se complementaban perfectamente. Recorrían los parques, comían helado, él sonreía cuando la veía cantar, correr o bailar. Sabían que se amaban, pero no podía ser real, si los guardias de La Cordura los veían sonreír, se podrían meter en serios problemas. Su única alternativa era seguir imaginándose.
La ventaja de que fuera imaginario es que podían llevarse el uno al otro a cualquier lugar que fueran, siempre podían estar juntos. La condición era actuar normal al encontrarse por las calles y nunca, jamás, por ningún motivo, pensar en un beso. Un beso los haría sonreír y su sonrisa delataría el amor que habían encontrado.
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CAPÍTULO 3
Dos trenes, dos rumbos.
Era cierto lo que decían esos papeles que Félix encontró, cuando descubrió que el antídoto de su tristeza era la felicidad. La felicidad era muy adictiva. Leticia había traído tanto de eso a su vida, que cada vez quería más.
Continuaron su romance imaginario llevándose a todas partes, como siempre. Sin embargo, como en todas las relaciones, como en todas las cosas de la vida, tenían que avanzar, añadir un ingrediente que les aportara fuerza a su casi caducada utopía. Félix estaba pensando algo mientras viajaba en el tren regreso a casa.
En un día común y corriente, Leticia no aguantó más, rompió el límite y lo besó en su imaginación. En la realidad sonrió, muy sutilmente, pero lo suficiente como para que la gente a su alrededor lo notara. El escándalo se armó y los guardias la persiguieron. Por suerte y gracias a su belleza, no pasó más allá de un susto y una advertencia. Algo tenían que hacer.
Félix por su parte, había tomado una decisión que le costó horrores. Dejó a un lado lo que le quedaba de cordura y en su imaginación le pidió que se conocieran. La invitó a cruzar el límite, pero en la realidad, le propuso burlar las reglas de La Cordura y huir. Huir como huyen los valientes, a otra nación donde la felicidad no fuera un motivo de condena.
¡Crack! Leticia dejó caer el vaso de cristal que tenía en sus manos, del miedo que le produjo escuchar semejante propuesta. Estaba tan atemorizada por la amenaza que hace minutos había recibido, pero, también, estaba avergonzada de haber roto el límite que prometieron respetar para mantener vivo su romance imaginario. Le contó todo a Félix y él insistió en escapar.
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Mientras ella lo pensaba, él se moría de los nervios. Prometieron encontrarse en su imaginación a la media noche en el muelle, junto al estanco, para recibir una respuesta. Llegada la hora, ambos se dirigieron al lugar y para suerte de Félix, Leticia llevaba buenas noticias, había decidido huir junto con él.
Acordaron encontrarse dentro de uno de los dos trenes, los cuales salían en direcciones opuestas sin retorno, perfecto para dos enamorados en busca de una dosis más alta de felicidad. Acordaron, también, la ropa que usarían al día siguiente para poder reconocerse, aunque era imposible para él no recordar su cabello rojo, su piel blanca y sus carnosos labios.
El momento llegó, estaban más nerviosos que nunca, por fin iban a poder conocerse. Félix entró al tren y esperó con ansias. Leticia ya estaba adentro, igual de inquieta. El tren cerró sus puertas, encendió motores y se echó andar. Para su mala suerte, olvidaron acordar en cuál de los dos trenes debían verse, así que solo se vieron a través de la ventana. Tomaron trenes con direcciones diferentes, sus vidas tomaron rumbos opuestos y su romance imaginario nunca pudo convertirse en realidad.