Hace veinte años, cuando se realizó la primera versión del Cartagena Festival de Música, tal vez nadie imaginaba que, más allá de una sucesión de conciertos, el evento anual podía convertirse en un resumen de la historia de la música universal. Hoy, con la perspectiva del tiempo, la memoria nos trae recuerdos dispersos: desde un coro femenino que interpretó cantos búlgaros milenarios hasta un violonchelista que presentó la obra El velo protector, del compositor británico John Tavener (1944-2013).
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He citado dos extremos, por supuesto. La esencia del Festival no está dedicada a la música antigua ni a la contemporánea. Todo lo que va en el medio, en cambio, ha sido el corazón de su programación durante estas dos décadas. Por eso ha sido muy pertinente el anuncio de la temática del próximo Festival. Bajo el título de El alma y el cuerpo, durante nueve días, se presentará una sucesión cronológica de obras, desde el período barroco hasta los albores del siglo XX. Asistir al Festival, del 4 al 12 de enero, será no solo recordar los mejores momentos de su historia, sino también repasar la evolución misma de la música.
El alma, la primera parte, se refiere a los maestros que sentaron bases para la expresión de sentimientos universales. En ese sentido, el primer nombre que hay que mencionar es el de Johann Sebastian Bach. Básicamente, fue el creador de un mundo sonoro propio, con unas estructuras precisas, que se sustentan en lo matemático. Su obra El clave bien temperado, por ejemplo, consistió en dedicar dos piezas (un preludio y una fuga) a cada una de las tonalidades existentes en el teclado, para demostrar las características de la armonía. Si, en teoría, esto da la impresión de ser muy rígido, hay que escucharla para entender cómo una obra de espíritu académico puede ser a la vez tan expresiva.
En el segundo día de esta programación aparece la figura de Wolfgang Amadeus Mozart, quien tomó esas bases para construir unas melodías frescas. Prácticamente, cada frase melódica era una genialidad. Y lo más llamativo es que se oyen como si fueran ideas sencillas, como si al compositor se le hubieran ocurrido sin esfuerzo.
Su contraparte en muchos sentidos es Ludwig van Beethoven, porque en la música de este otro genio ya aparecen tensiones: hay pasajes caóticos que avanzan con esfuerzo hasta conquistar el orden, o también hay calmas que desencadenan en tormentas. Beethoven encarna otro espíritu, que es romántico, agitado y temperamental.
El alma encuentra un cuerpo
Hacia el 8 de enero vamos a notar un cambio en el enfoque de la música. Todos estos ejercicios que conforman el alma, el espíritu de los tonos, empiezan a viajar en busca de nuevas maneras de expresión. Y se encuentran, felizmente, con el folclor. Para el siglo XIX aparecen los nacionalismos: los compositores quieren mostrar sus destrezas y talentos, pero también se identifican con su lugar de origen. Frédéric Chopin, por ejemplo, se inspira en las danzas de su Polonia natal: las polonesas y las mazurkas pasan a formar parte del repertorio para piano, primero en salones pequeños y luego en salas de concierto. Y es cuando el alma encuentra un cuerpo.
Otros compositores siguen esa misma tendencia desde sus rincones geográficos. La música de Edvard Grieg es fascinante porque nos habla de Noruega y nos lleva a habitar esos paisajes. Grieg decía, con gracia, que si la música de Bach era una catedral, la suya era una cabaña. Y uno alcanza a imaginarse esa cabaña, construida en madera y enclavada muy cerca de los fiordos, donde el aire es fresco y la vida es simple. Grieg llega a incursionar en el relato musical, porque varias de sus Piezas líricas para piano cuentan historias breves.
Y luego tenemos a Jan Sibelius, desde Finlandia. Es un compositor cuya música se parece al frío y al silencio. Alguien dijo que era “el más grande sinfonista, después de Beethoven”, y esas sinfonías tienen la extensión, pero también la belleza, de esos bosques enormes de la región nórdica. En este momento de la historia, la música se ha nutrido tanto de los detalles de cada país, que escucharla se vuelve una manera de viajar. La vigésima versión del Cartagena Festival de Música se ha trazado una meta: nos va a mostrar la evolución orgánica de nuestro impulso por hacer música, nos va a hacer viajar en el tiempo.
Más allá del alma y el cuerpo
La tendencia de los nacionalismos llegó también a América Latina, donde se ha desarrollado una música académica que no pocas veces se inspira en ritmos, danzas o escenas tradicionales. De hecho, los dos últimos días del Festival estarán dedicados a esas expresiones más cercanas a nuestro territorio. Esto se ha vuelto un sello del Festival, que tiene una gran importancia: son los días para escuchar obras que no se suelen presentar tanto y de las cuales muchas veces no existen grabaciones. El domingo 11 de enero, por ejemplo, el Cuarteto de Cuerdas José White, de México, nos presentará una visión del repertorio latinoamericano de cámara, donde no faltarán obras del argentino Alberto Ginastera y del cubano Ernesto Lecuona.
Y el lunes 12, una sorpresa: el quinteto del bandoneonista Giovanni Parra (formato instrumental que le pertenece por tradición al tango argentino) presentará obras de dos compositores entrañables. Uno es Luis Antonio Calvo, a quien con tanto cariño se le ha llamado el “Chopin colombiano”. El otro es un caso bello y curioso de amor por Colombia: el argentino Terig Tucci, quien colaboró en varios proyectos con Carlos Gardel, estaba tan fascinado con nuestro país que escribió varios pasillos. Lo curioso de todo esto es que nunca pisó nuestro territorio; todo lo que compuso en ese sentido tiene que ver más con una imaginación sentimental.
Para finalizar, hay que mencionar también un lado experimental que el Festival ha venido explorando en los últimos tres años, como una manera de acercarse a otros públicos (más jóvenes o, en todo caso, más curiosos). Este año la música electrónica correrá por cuenta del dueto Grandbrothers, conformado por un pianista alemán y un ingeniero de sonido suizo, la noche del 6 de enero. Su arte consiste en explorar el piano desde una perspectiva tecnológica: el sonido de las teclas es filtrado a través de un software que puede descomponer las ondas y crear ecos u otros efectos. Alguien comentó que era como hacerle “una cirugía de corazón abierto al piano”. La experiencia resultante es difícil de definir con palabras, pero en esencia es un llamado a escuchar desde distintas perspectivas.
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