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El taller de Luis Roldán: un escondite y refugio artístico

En esta nueva entrega de la serie “Los microcosmos del arte”, el artista caleño habló sobre algunos de los espacios en los que ha trabajado a lo largo de su carrera y las sensaciones que ha tenido en ellos.

Andrea Jaramillo Caro

27 de mayo de 2026 - 08:04 p. m.
Luis Roldán, nacido en Cali en 1955. Estudió arquitectura y luego arte.
Foto: Eder Rodríguez
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Tras una puerta en el barrio La Macarena, en Bogotá, se oculta el taller de Luis Roldán. Para llegar, primero hay que ascender unas escaleras en forma de caracol. Al entrar, la luz llena todo el espacio. Con ventanas que apuntan al oriente y occidente de la ciudad, Roldán se dispone a crear sus obras. Las paredes blancas le sirven de caballete, pues diseñó su propia manera de colgar y cambiar las piezas en las que trabaja, algunas de gran formato y otras en lienzos más pequeños.

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El taller de Roldán es de dos pisos. El primero lo ocupa para sus pinturas, caballetes y materiales. Al fondo hay una pequeña habitación que utiliza de bodega. El segundo piso, en cambio, parece un balcón. Allí, una mesa de dibujo, piezas en cerámica y obras pasadas llenan el lugar.

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El artista caleño contó que el espacio en el que ahora trabaja fue reformado tras su regreso de Estados Unidos. En ese mismo barrio ha tenido otros talleres. “Tengo una forma muy cómoda de vida aquí porque no tengo que coger un carro para ir a trabajar o para hacer lo que quiera, aunque no considero que ir a mi taller sea trabajo. Solamente camino unos metros y eso me facilita la manera de vivir. Este barrio me trae mucha comodidad, conserva ese ambiente como de pueblo y a la gente que vive aquí la conozco de hace muchos años”, afirmó.

Al principio trabajó en un taller que parecía una casa en ruinas. Contó que debía pintar en el patio ya que en el interior la iluminación no era cosa fácil y la humedad también dificultaba su labor. “Me gustaba porque era como sucio, no era complicado mentalmente y me sentía muy a gusto”, dijo. Luego, mudó su práctica a un espacio del cual era dueño. En el lugar que actualmente ocupa fue donde desarrolló la obra para su exhibición “Plots”, que presentó en la galería Casas Riegner en septiembre de 2025.

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“Es un taller más adulto, en el sentido de que el espacio es muy cómodo, tiene buena luz, altura y cumple unos requisitos que son fundamentales: que no sea muy limpio, por ejemplo. Es decir, que se me puede regar algo y no siento que le esté haciendo daño al espacio. Eso me da tranquilidad al momento de crear. Además, hay otras ventajas como que puedo trabajar con la puerta abierta y ver el jardín o que si siento frío puedo salir a la terraza a asolearme”, contó.

Luis Roldán en su taller.
Foto: Tomás Osorio

Todos los días, hacia las 9:30 de la mañana, abre la puerta de su taller. Luego de eso, comienza su rutina. Según contó, esta incluye “mirar y sentirse cómodo con lo que se está haciendo”. “Normalmente me gusta que no tenga la sensación de que algo aquí es rígido, prefiero sentir que mis obras me están esperando, que las cosas no están terminadas. Cuando estoy aquí, me puedo dar una vuelta por todos los espacios y me gusta que no esté nada listo, porque cuando termino una obra, la saco de mi taller. Obra terminada, obra que se va de este espacio mental. Suelo dejarlas a un lado y sin mirarlas por un tiempo, luego puedo regresar a ellas para asegurarme de que sí están terminadas”.

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Actualmente, su taller se mantiene en un silencio relativo, salvo por el ruido de los carros pasando. Sin embargo, no siempre fue así, porque, según reveló, en el pasado prefería escuchar radio.

Para Roldán su taller tiene una connotación de refugio, como un espacio del que él se apropió y que con cada día que pasa genera más pertenencia en él, convirtiéndolo casi que en una guarida. “El espacio es como un elemento por el que uno no se pregunta tanto. Mientras menos preguntas haga de este lugar, más está conmigo. Es como un par de zapatos nuevos. Al principio puede ser raro y hasta doler, pero mientras más los usas, más te sientes cómodo en ellos y ya no hay necesidad de preguntar si son buenos”, contó.

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El artista no solo se ha ido sintiendo más cómodo en su estudio actual, también ha desarrollado un cariño especial por este espacio. A sus primeros talleres, cuando aún era estudiante, se refería como “escondites” y fue el artista Jairo Tellez quien, en París, le alquiló su primer taller en la capital francesa. Era un cuarto pequeño que tenía una ventana por la que divisaba la ciudad de la luz. Disfrutaba llegar hasta allí, aunque implicara subir ocho pisos por una escalera. “Ese es un recuerdo dulce, como de un espacio que te está esperando como recompensa de subir hasta ahí. Ese lugar me generó una sensación de responsabilidad. Recuerdo que llegaba y generalmente no pintaba, sino que dibujaba. También trabajaba con pasteles y por el polvero me enfermé de sinusitis”.

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Recordó que cuando era más joven, sus talleres se sentían transitivos, como si estuviera en un estado de “flux”. “Uno está pensando en si se va o no, si agarra para otro lado o que por el tema económico hay problemas y todo lo demás que hay que hacer, que es parte del proceso de conseguir un taller. Me siento muy afortunado de que no tengo esa presión y eso también está relacionado con la sensación de que este estudio es más adulto”, dijo.

De esos primeros talleres todavía conserva muchas cosas. Aseguró que no se deshace de nada, porque ve esos objetos como “generadores creativos”. Uno de esos es una caja de lápices que lo ha acompañado durante 40 años, desde que vivió en París. Roldán estimó que los materiales dentro de esa caja pueden tener 30 o 35 años, pues los consiguió durante su estancia en Milwaukee.

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Parte de lo que contó el artista es que también prepara sus propios lienzos. Afirmó que siempre le ha gustado que en Colombia tiene la oportunidad de sufrir la búsqueda de los materiales que va a usar.

“Para mí la pintura nunca empieza rayando una obra, sino desde antes de que esté la tela templada. Todas son una serie de escogencias que uno decide y no son fijas, pero sí hay unas preguntas y límites que uno tiene que aceptar o rechazar. Primero, hay que escoger el formato, que actualmente estoy trabajando mucho en pequeña escala. Me gustan porque son más trabajosos. Una vez he decidido las proporciones, corto la tela y la tiemplo. No es algo que me encante hacer, es como cuando uno tiene que sacar el perro a pasear en la noche y está lloviendo. Sin embargo, hacerlo es como entrar en otro espacio, porque hay una dinámica para que quede bien. Luego tengo que prepararla con las capas que necesita para que resista la pintura, porque el óleo acaba con la tela al ser ácido. Ahí creo que ya estoy pintando”, dijo.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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