Al calor de la olla comunitaria, entre las voces del barrio y con una cámara en mano, diversas comunidades han encontrado en el cine una forma de resistir a la violencia. “Luces, cámara y comunidad” es una exposición del Museo Nacional que reúne experiencias, fotografías y momentos clave de más de tres décadas de historia del cine comunitario en Colombia.
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De qué hablamos cuando hablamos de cine comunitario
De acuerdo con Daniel Bejarano, líder de la Estrategia Nacional de Cine Comunitario del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, es una metodología cuyo objetivo es reconstruir el tejido social desde los territorios.
“Lo que hacen las comunidades —o lo que hacemos— es tomar una cámara y relatar lo que ocurre a su alrededor o lo que desean mostrar, primero a su comunidad y luego a otros públicos”, mencionó para El Espectador.
De acuerdo con Bejarano, en el Ministerio se tiene registro de aproximadamente 288 iniciativas de cine comunitario en el país. “Sabemos que hay muchas más”, dijo. Para esta exposición se realizó una convocatoria pública y se inscribieron 160 proyectos, de los cuales seleccionaron 90 bajo criterios como una trayectoria de más de dos años, el desarrollo de prácticas permanentes de cultura de paz y el impacto a nivel local, nacional e internacional.
A partir de la articulación de los testimonios de las comunidades, las fotografías de los procesos colectivos y las actividades pedagógicas propuestas para acercarse al público, “Luces, cámara y comunidad” vio la luz.
El rostro de una mujer da la bienvenida a la exposición, mientras señala con un trozo de madera un papel fosforescente en el que está escrito “toma 9”. Su nombre es María Simón Valencia e hizo parte del proceso de formación de cine comunitario en Monfort.
El recorrido continúa por la izquierda, donde una extensa línea de tiempo va revelando los momentos claves del cine comunitario colombiano. “Existía una deuda por parte del Estado en cuanto al reconocimiento y la visibilización de estas iniciativas de cine comunitario en el país”, declaró Bejarano.
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En esta línea de tiempo aparecen figuras del gremio que sentaron las bases del cine político colombiano desde los años sesenta, como Marta Rodríguez, Carlos Álvarez y Jorge Silva. Ese interés por la denuncia social y la memoria fue retomado por las comunidades, que decidieron reenfocar la mirada desde sus propias narrativas.
Las iniciativas de radio y televisión comunitaria también contribuyeron a la construcción de espacios de creación colectiva, lo cual preparó el terreno para el cine comunitario, que vio el nacimiento de sus primeros proyectos en la década de los noventa. Aquí surgió el Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21, el cual se convertiría en un referente de la comunicación y el cine en la ruralidad a nivel nacional.
“En medio de la violencia y el control de actores armados ilegales —que prohibían salir después de las seis de la tarde— un grupo de mujeres salió al parque, colgó una sábana, proyectó una película y convocó a la comunidad con un megáfono. Fue una estrategia para perder el miedo y recuperar el territorio”, dijo Bejarano sobre este colectivo.
De acuerdo con el líder, la mayoría de iniciativas de cine comunitario en el país nacieron precisamente como una forma de resistencia frente al conflicto y la violencia. Si bien estas creaciones colectivas cumplen con el propósito de darle visibilidad a sus realidades, también le apuestan a la construcción de una cultura de paz. “No se trata solo de hacer críticas, sino de generar comunicación con la comunidad y buscar soluciones”.
La cronología avanza hacia la creación de otros proyectos y la fundación de los primeros festivales de cine comunitario,como Ojo al sancocho, un evento realizado en la localidad de Ciudad Bolívar desde hace 19 años y del cual Bejarano es uno de sus pioneros. Esto fue consolidando progresivamente al gremio, hasta que en 2024 se constituyó una línea específica para este tipo de cine en la Dirección de Audiovisuales, Cine y Medios Interactivos (DACMI) del Ministerio de las Culturas.
La ruta por la historia de 30 años del cine comunitario colombiano culmina en un mapa, donde las telas de distintos colores representan a los 32 departamentos. De cada uno de ellos se desprenden otros retazos marcados con los nombres de estas iniciativas, así como de las entidades que han ayudado a impulsarlas. Sin embargo, el recorrido por la exposición no termina ahí.
En medio de la sala se encuentra una estantería llena de objetos: cámaras, maquetas, reconocimientos, camisetas, afiches y libros, que esconden en sus fragmentos las historias de aquellas personas que han luchado por reivindicar el lugar del cine comunitario en el país. Además, en la parte de abajo brilla el metal de una gran olla, un objeto que suele acompañar el proceso de creación audiovisual colectiva. “En ese espacio compartido se cocinan los sueños colectivos, sostenidos por la soberanía, la resistencia y la autonomía audiovisual”, se lee en el texto que la acompaña.
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Esta mitad de la exposición también está marcada por el juego y el aprendizaje. Ahí los asistentes pueden ver instrucciones para hacer una cartografía social de cine comunitario, donde podrán identificar actores, escenarios y emociones que componen las historias en su territorio. Además, se encuentra un rompecabezas con los afiches de distintos festivales.
El valor pedagógico de la exposición se amplía con un ejercicio construido a partir de las experiencias de los actores de este gremio: el ABC del cine comunitario. Este reúne principios fundamentales de esta práctica, como el acercamiento al territorio, a la comunidad y a sus propias historias, no solo para contarlas, sino para sentirlas, experimentarlas y vivirlas.
La comunidad es la encargada de empezar a crear la historia y la identidad visual. “A diferencia del cine tradicional, en el cine comunitario no siempre se escribe un guion, ya que hay personas que no saben escribir. Por eso, las historias se aprenden de memoria, como sucede con quienes hacen hip hop o se organizan mediante dibujos similares a un storyboard”, explicó Bejarano.
Desde los esfuerzos colectivos se plantea también el manejo de recursos, las alianzas y la repartición de roles. El líder dijo que, al no haber profesionales en ciertas áreas, se designa estas funciones de acuerdo con las habilidades identificadas dentro del grupo. Es decir, quien tenga mejor oído puede encargarse del sonido o quien tenga la habilidad de motivar al grupo, asume la dirección, aunque algunos roles se comparten y cambian a medida que avanza el rodaje.
Tanto actores como locaciones hacen parte del mismo territorio. Luego de editar el filme, una de las partes fundamentales es volver a la comunidad: ellos son los primeros en ver el metraje, antes de difundirlo a otras comunidades o a públicos nacionales e internacionales. Esta difusión se complementa con la importancia del archivo y la preservación de estas obras que nacen a partir del cine comunitario.
La exposición termina en un cuarto oscuro, donde varios cortos son proyectados, mientras la gente puede sentarse a disfrutarlos en los horarios del museo. De esta manera, la iniciativa se convierte en un espacio para que estas producciones y archivos se integren en la narrativa nacional. “La exposición refleja un movimiento amplio y consolidado del cine comunitario, que ya era conocido en el país, pero que requería un proceso de visibilización desde la institucionalidad en un espacio como el Museo Nacional de Colombia”.
“Luces, cámara y comunidad” estará abierta al público hasta el 24 de mayo y, tras su paso por Bogotá, se espera que pueda recorrer distintas regiones del país. El cine comunitario ha convertido el arte en una forma de resistencia y ha brindado a las comunidades un espacio para narrar sus propias historias.
A pesar de las dificultades en varios de estos contextos, el cine se ha consolidado como un lugar de esperanza y, como afirmó Bejarano, estos esfuerzos colectivos “reflejan un país que, a pesar de todo, mantiene la alegría, el entusiasmo y la capacidad de encontrar motivos para reír y seguir adelante”.
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