Cultura

12 Apr 2018 - 9:47 p. m.

Manuel H., una vez fotógrafo, siempre fotógrafo

Tras el lente de una Rollei Flex fue un testigo excepcional del Bogotazo. Su osadía lo consagró como uno de los reporteros gráficos con más prestigio del siglo XX en Colombia. Recuento de sus vivencias profesionales y personales.

Linda Rueda De la Hoz

Cortesía.
Cortesía.

“Mi papá es ciclista, torero, fotógrafo y marciano”, decía Margarita Rodríguez a sus compañeros de colegio. A Manuel H. le gustaba el ciclismo; no era torero, pero deseó serlo y la fotografía fue su vida misma. Lo de marciano se lo decía a sus hijos porque el color de sus ojos cambiaba. “Azules cuando estaba muy feliz, verdes cuando estaba contrariado. Nos dijo que estaba programado hasta el 2010”. Falleció el 18 de septiembre de 2009.

Tal vez no fuera marciano, pero tenía un don especial para estar siempre en el lugar indicado. “Yo no tenía que hacer nada allá. No sé por qué me metí en eso, pero tenía que hacerlo”, le contaba a Mauricio Rodríguez, su hijo. Se refería al 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán y la ciudad se levantó en protesta. Él estaba en un café cerca de la oficina del caudillo liberal y a los pocos minutos de salir del lugar, sucedió la tragedia. Se devolvió de inmediato y con su “Rollei Flex” capturó las escenas del Bogotazo que marcarían su vida como fotógrafo.

“La primera fotografía que tomó ese día fue la de un asalto a la ferretería Berrío. Le pidió a las personas que posaran mostrando lo que llevaban en las manos. Lo hicieron, pero alguien se percató de que con la foto podían identificarlos y lo quisieron linchar”, cuenta Margarita Rodríguez, fotógrafa como su padre. Alguien gritó: “Es Manuel H., el de los toros. Déjenlo” y el bogotano se salvó.

Ese día toreó la muerte más de una vez. Volvió a su casa cuando ya no le quedaban rollos y se dispuso a revelar sus capturas. Turbas enfurecidas, tranvías en llamas, el cuerpo de Jorge Eliécer Gaitán, saqueos, ruinas. “Al día siguiente caminaba el Cementerio Central y le pareció extraño un cuerpo semidesnudo, con muchos golpes y corbatas alrededor del cuello. Llamó a los forenses y confirmaron que era Roa Sierra, el autor material del asesinato de Gaitán”, relató Manuel Rodríguez, su nieto. De nuevo obturó su Rollei Flex.

Antes del Bogotazo Manuel H. se dedicaba a la litografía y la fotografía era un hobby. Después de ese momento, congelar el tiempo en un papel era todo lo que quería hacer.

Bomberos en acción, Bogotazo 1948. Foto: Manuel H. Cortesía. 

“Es Manuel H., el de los toros. Déjenlo”


Manuel H. vivía en San Diego (Bogotá), cerca a la Plaza de Toros de Santamaría. “El conserje que lo conocía movía una tabla y lo dejaba entrar a todos los eventos. Se enamoró de la tauromaquia y hasta quiso ser torero. Incluso hay fotos donde está haciendo pases a vaquillas”, cuenta Margarita.

Sin embargo, prefirió lidiar con una cámara de cajón que con los toros. En 1938 la adquirió por 20 pesos y desde el tubo de la plaza tomaba fotos de todas las faenas a las que asistía, con el único fin de plasmar en un papel lo que le parecía fascinante. 

“Mi papá era zapatero remendón y a mi no me da pena decirlo”, expresaba Manuel H. Cuando cumplió 12 años, su padre le buscó un trabajo con su padrino, pues necesitaban otra fuente de ingreso. Así que inició en una litografía, haciendo el aseo del lugar y colaborando con la mensajería.

Mientras en su trabajo aprendía sobre imprenta y archivos, por su cuenta aprendía sobre fotografía. Practicaba con su familia, con los amigos del barrio y, por supuesto, con los toros. “Un día un señor que lo había visto ir constantemente a la plaza le dijo: ‘Venga Manuel H., tome las fotos a contrabarrera para la revista Estampas’. Y así le publicaron las primeras fotos”, contó Margarita Rodríguez.

Se hizo a una “Rollei Flex” con la que podía hacer fotos de mejor calidad. Con esa cámara capturó la foto que le daría reconocimiento en el medio. “Estuvo Manolete en una faena y no le fue muy bien. El torero se recostó en la barrera, con un semblante trágico y mi papá le tomó una cara”, explicó su hijo Mauricio. Un año después, cuando un toro mató a Manolete, la fotografía que hizo Manuel H. le dio la vuelta al mundo.

Manolete en la arena en la Plaza de Toros Santamaría en Bogotá, 1946. Foto: Manuel H. Colección de arte del Banco de la República.
 

“Había que renovar equipo”


No fue sino hasta el Bogotazo que Manuel H. dejó su trabajo en la imprenta para dedicarse a la reportería gráfica. Trabajó como freelance (trabajo independiente), colaborando con las revistas “Estampas” y “El Liberal”, y con los diarios El Espectador y El Tiempo. También alquiló un lugar en la carrera séptima con la calle 22 y armó su estudio de fotografía.

Por las mañanas desayunaba con su esposa y sus hijos. Luego, se encontraba en el estudio con Jaime, quien era su hermano y compañero de trabajo. En el orden del día estaba tomar café en un sitio cercano, leer el periódico y revisar qué había por hacer. “Era una persona innovadora, siempre pensando en qué cosas nuevas se podrían implementar. Era inquieto, observaba en los diarios las fotos y buscaba saber cómo se había tomado, en qué circunstancias, con qué lentes, entre otras cosas”, cuenta Mauricio, uno de sus nueve hijos.

Cuando Manuel H. no estaba haciendo fotos, estaba trabajando en el cuarto oscuro u organizando los negativos. Él no echaría por la borda lo que había aprendido en la litografía. Así como había aprendido a organizar las facturas que imprimía, se aseguró de tener un estricto orden con sus fotografías. Dice Mauricio que desde la primera hasta la última foto que tomó, están enumeradas. “El negativo de 35mm tenía una estrías y allí él colocaba con plumígrafo la numeración y la fecha. Luego se hacían las copias y se guardaban los negativos”.

En sus más de 70 años como fotógrafo, entre reportería gráfica, foto documento, sociales y arquitectura, logró un archivo organizado de 516.141 negativos en blanco y negro y 190.000 en color. Además, guardaba cada una de las cámaras que alguna vez utilizó. Un día le preguntaron acerca de lo que haría si se incendiaba el estudio donde guardaba su trabajo. “Tomaría la foto”, respondió.

“Él, a pesar de todos los momentos críticos que se le presentaran, tenía un corazón regio para salir adelante”, afirma Mauricio. Un día entraron los ladrones al estudio y se llevaron todas las cámaras, menos las de museo. Mauricio, quien trabajaba como fotógrafo en la gobernación de Cundinamarca y los iba a visitar todas las mañanas, se encontró con el caos del lugar. Al no encontrar ni a su tío Jaime ni a su papá, se digirió al café al que solían ir.

- Papá, ¿qué pasó?- preguntó angustiado.

- Mijo, se entraron los ladrones, se llevaron todo- dijo Manuel H. mientras se tomaba su tinto.

- ¿Cómo así? ¡Ay, papá!- Mauricio quería agrandar la tragedia con sus gestos .

- Mijo, no se preocupe, ya era momento de renovar los equipos- respondió con calma.

“Mi papá quedó manicruzado, no tenía cómo trabajar. Entonces, el periodista Germán Castro Caycedo le regaló una cámara Nikon y así fue que pudo defenderse mientras se recuperaba del robo”, recordó su hija Margarita.


Soldaditos de plomo, música clásica y recitales


Julia Rodríguez tenía cinco hermanas y un hermano. Manuel H. tenía tres amigos con quienes de niño jugaba e iba a las corridas de toro. “En una ocasión fueron a cine y se encontraron con cuatro de las hermanas Rodríguez. Conversaron y se echaron el ojo los unos a los otros”, cuenta Margarita. Adolfo con Inés, Enrique con Martha, Alberto con Teresa y Manuel H. con Julia. “Mi abuelito era muy exigente y demasiado cuidadoso con sus niñas. Cuando hacían visita los vigilaban. Mis papás hacían que leían el periódico y se daban un besito”.

A sus 23 años, Julia Rodríguez y Manuel H. Rodríguez. se casaron. “Antes de la fotografía ellos hacían y vendían soldaditos de plomo. Luego mi mamá lo asistió en el laboratorio fotográfico. Y cuando mi papá se metió de lleno en la fotografía, ella se dedicó a nosotros”, asegura Mauricio.

Los domingos eran los días destinados a pasar tiempo en familia. Algunas veces se iban a comer dulces en Usaquén o empanadas en la 59, como recuerda Mauricio. Otras veces, se quedaban en casa. “Él siempre escuchaba música clásica en la casa. Nosotros hacíamos obras de teatro, bailes o recitales de poesía. Nuestros papás eran los espectadores y les hacíamos el rato agradable”, relata Margarita.

Por supuesto, Manuel H. no dejaba su cámara ni un instante. Aquellos recuerdos familiares fueron capturados por el lente de su cámara de bolsillo.


Si no sabe, averigüe y hágalo


Manuel Rodríguez, el nieto que más tiempo compartió con Manuel H., asegura que, además de heredar su buen ojo para la fotografía, le heredó las ganas de aprender. Su abuelo era autodidacta, leía muchos libros y se le medía a todo. “Si no sabe, averigüe y hágalo”, le enseñó.

Quienes manejaban la campaña del candidato presidencial Alberto Lleras Camargo, en 1956, le preguntaron a Manuel H. si él podía hacer una foto mural en tela. Él les dijo que nunca lo había hecho, pero seguro lo podía hacer. Lo fácil era conseguir la tela fotográfica en Venezuela. Lo difícil, ampliar la fotografía.

La ampliadora funciona como un video beam, entre más lejos se proyecte la imagen, más grande se hace. “Para poder hacer la foto de más de dos metros de alto tuvo que abrir un boquete en el entresuelo del laboratorio y desde allí proyectar la imagen hacia el primer piso. Tapó entradas y ventanas, para hacer un cuarto oscuro improvisado”, narra Margarita.

Al fotógrafo le tocaba subir para enfocar la imagen y bajar para verificar que estuviera bien. Hacer varias pruebas en papel y cuando lograra lo que deseaba, pegar la tela en el piso para proyectar la imagen. “Se quitó la ropa y caminó como un gato sobre la tela para regarle los químicos de revelado. Y finalmente, se llevó el mural a La Rebeca para lavarlo”, terminó el relato.

La Rebeca es una escultura de una aguadora desnuda que tiene un cuenco y un cántaro, situada en medio de un estanque compuesto por un espejo de agua. Está ubicada en el barrio San Diego, en Bogotá.

La Rebeca, 1958. Foto: Manuel H. Colección de arte del Banco de la República.
 

“Ahí van comiendo prójimo”


Los tres “accesorios” favoritos de Manuel H. eran la cámara, el corbatín y la prudencia. “Cámara corbatín o corbatín cámara, así siempre veíamos a mi papá”, recuerda Mauricio. Tenía una colección y al inicio de la semana sabía cuál usaría cada día.

En cuanto a la prudencia, coinciden Margarita, Mauricio y Manuel, era su mayor virtud. “Mire, ahí van comiendo prójimo”, decía cuando veía a la gente hablar por el camino. Según afirman, Manuel H. fue respetuoso del trabajo de sus colegas, no criticaba ni para bien ni para mal. “Los saludaba, echaba uno que otro chistesito y chao. No era vulgar ni irrespetuoso”, dice Mauricio.

Además, era ocurrente. Cuenta Margarita que en una ocasión tuvo que asistir al médico, pues se le dificultaba tragar. Le dijeron que le harían un examen, pero que debía firmar un consentimiento. “Le explicaron que tenían que meterle una camarita por la garganta hasta el estómago, para ver qué pasaba. Si algo salía mal, ellos no se hacían responsables”. Entonces, Manuel H. lo pensó dos veces y concluyó que no se sometería a tal procedimiento. “Sabe qué doctora: yo las cámaras las uso, no me las como”, le dijo.

Además, era defensor de las buenas causas. Sobre todo si tenían que ver con su gremio. El día que un miembro de la seguridad del presidente Guillermo León Valencia rompió la cámara de Carlos Caicedo, Manuel H. como presidente del Círculo Colombiano de Reporteros Gráficos, pidió al mandatario una reunión. “Quería que hiciera la promesa de que no volvería a suceder. Pero el presidente no se prestó para eso y lo más práctico para mi papá fue vetarlo gráficamente. Así que si le hacían una noticia, él no aparecía en la foto”, explicó Mauricio Rodríguez.

Hasta que el presidente se decidió y los reporteros gráficos pudieron presentar la queja formal. “Claro, mi papá decía que si eso lo hacía un miembro de seguridad del presidente, lo podía hacer un miembro de la seguridad nacional”.


“No borre las fotos aunque no le gusten”


Manuel H. le recordaba a las personas la importancia de la fotografía para reconstruir la historia. La gente tiene la costumbre de borrar las fotos que no le gustan. Él decía: “no la borre, dele vida a esa foto hasta cinco años, vuélvala a ver y me cuenta. Verá cómo todo es diferente”.

“Así me enseñó que todos somos historiadores gráficos, siempre y cuando seamos precisos en guardar esos archivos. Luego, como él decía, verlos y refrescar la memoria”, afirma Mauricio.


Lo difícil de la vejez


“Para él lo más difícil de su vejez fue volverse viejo”, dice entre risas su nieto Manuel. “Recuerdo que le parecía fatal quedarse en cama por una gripa. Él podía estar enfermo o cansado, pero siempre salía a trabajar”.

Manuel H. falleció por un problema en sus pulmones, causado por la constante exposición a los químicos que utilizaba para revelar las fotografías. Sin embargo, trabajó hasta cuatro meses antes de morir.

“Cuando tenía como 70 años nos bajamos de un bus y le di la mano para recibirlo. Se molestó conmigo”, cuenta Mauricio. “Esa gente tiene 60 y se sienten vieja. No me mire a mí, mire lo que hago a mi edad”, decía el fotógrafo.

Así su vejez fue difícil para sus hijos, quienes intentaban convencerlo de que debía descansar, tomar sus medicamentos o utilizar el oxígeno. “Decía que no le gustaba nada de eso porque después se volvía adicto”, recuerda con nostalgia Margarita.

Manuel H. Archivo El Espectador. 

La broma que le cambió el nombre


“Manuel hay muchos, Manuel H. soy yo”, decía el fotógrafo. La pregunta que todos se hacían era qué significaba la H.

“Mi papá fue al programa de entrevistas “Yo, José Gabriel”. Antes de la grabación, el presentador nos llamó y nos preguntó cómo se llamaba mi papá. Pero le dijimos que ese era un secreto de él y que no se lo podíamos decir", relata Margarita.

- ¿Manuel H., cuál es tu verdadero nombre?- preguntó José Gabriel durante la entrevista.

- A uno no le preguntan cómo se va a llamar, sino que le ponen el nombre y ya. Por eso yo decidí que me dijeran Manuel H. Mi nombre es Manuel Hermelindo Rodríguez Corredor- respondió.

Desde ese momento la gente creyó que la H de verdad era por Hermelindo. En varios reconocimientos le colocaron ese nombre. En Wikipedia aparece de ese modo. Incluso, el día de su muerte, cuando leyeron las palabras de despedida se dirigieron a él como Manuel Hermelindo.  

La respuesta había sido una broma, pero Manuel Humberto Rodríguez Corredor nunca se preocupó por desmentirla. De todos modos, lo importante es que se sepa quién fue Manuel H.

 

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