Usted publicó en 2010 Tiempo de vida, que tiene que ver con su familia paterna, y el año pasado publicó esta obra relacionada con su familia materna. ¿Qué aprendió de ese primer libro y cómo abordó este de Los ilusionistas?
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Bueno, Tiempo de vida es un libro que nació de una situación de urgencia, de duelo. Es decir, uno nunca piensa que se vayan a morir sus padres. A veces lo tiene en la cabeza, pero lo destierra inmediatamente, de manera que uno no se puede preparar. Escribir un libro sobre la muerte de un padre no sucede, y en esa urgencia escribes, y ese fue mi caso en Tiempo de vida.
Hasta entonces yo había escrito ficción pura, o lo que se considera ficción pura, de una manera convencional. Tiempo de vida, por la necesidad de escribirlo en el momento de la urgencia del duelo, lo hice así, pero por el camino tuve que aprender a escribir ese tipo de libros, que exigen un pacto con el lector diferente.
Yo ya, si te soy sincero, tenía en la cabeza este libro de Los ilusionistas. Lo que pasa es que, como no había aprendido a escribir ese tipo de libros desenmascarados, digamos, lo concebía más bien como una historia embozada en ficción. Pero cuando terminé Tiempo de vida, este aprendizaje me dio las claves para afrontar este libro, que ha salido varios años después, con esas herramientas de las que me doté escribiendo Tiempo de vida.
Simplemente demoré su escritura porque, igual que me pasa ahora, estaba un poco agotado de conjugar el yo conmigo y necesitaba volver a la ficción. Me pasé una serie de años haciendo de padre y escribiendo cuentos de ficción. También porque no tenía la distancia suficiente con la historia de Los ilusionistas y necesitaba que el tiempo pasara. Cuando me sentí capaz de hacerlo con la objetividad y radicalidad necesarias, lo afronté. Pero el libro estaba desde antes en mi cabeza.
¿Por qué le interesa tanto esta exploración de la identidad? Entiendo que es uno de los temas transversales de Los ilusionistas.
No, no te creas. La identidad no representa para mí un gran problema. De hecho, estoy muy cansado del foco desmesurado que, a mi juicio, se pone hoy en día en la identidad, ya sea la identidad nacional, la identidad de género, etcétera. Creo que estamos pecando de un exceso de énfasis en la identidad.
Al final, somos todos seres humanos: todos nacemos sin haber pedido nacer, todos morimos sin querer morir —salvo los suicidas—, y en el camino suceden cosas muy parecidas a todos. Naturalmente es muy distinto nacer en unos lugares o en otros, y tu vida puede estar condicionada por las condiciones socioeconómicas de tus padres, pero al final la literatura escribe sobre los conflictos fundamentales: la fragilidad del ser humano y, al mismo tiempo, su grandeza.
Dentro de esa finitud de nuestras vidas somos capaces de hacer grandes cosas. Esa es la maravillosa contradicción del ser humano y la que alberga todo tipo de conflictos. La tarea de la literatura es desvelar, sacar a la luz esos conflictos.
A mí no me interesa la identidad en sí misma. No escribo sobre mi familia porque sea mi familia ni porque quiera aferrarme a eso, sino porque trato de identificar esos conflictos de los que se nutre la literatura: el amor, la fidelidad o la infidelidad, la herencia, el condicionamiento. Esos son temas que me interesan, que podría explorar a través de novelas de ficción, pero que me ha resultado más útil abordar desde novelas sin ficción, digamos, reales.
No es un asunto de que me importe a mí mismo como personaje ni de dejar un legado, sino que lo que me importa en Los ilusionistas es la deconstrucción de una familia y analizar qué es lo que nos hace ser como somos, una de las preguntas centrales de la novela: hasta qué punto influyen en nosotros hechos previos a nuestro nacimiento, cómo las familias se condicionan a través de los relatos que tejen de su pasado, grandioso a veces, o exagerando lo malo para justificarse. Eso es lo que me interesa más que la identidad. Lo que pasa es que decidí que la familia fuese la mía; me parecía más natural que escoger otra.
En esa misma vía hay una frase que me llamó la atención y es que usted dice que para explicarnos son más importantes los mitos que nos rodean que los hechos...
Sí, porque realmente todos venimos al mundo con una carga, de un modo u otro. Salvo los bebés que nacen en un hospicio, que tienen la carga tremenda de preguntarse quiénes fueron sus padres y qué los llevó a abandonarlos, todos nacemos con una carga: la de lo que cada familia quiere representar ante sí misma.
Muchas veces eso no tiene que ver con la realidad. Hay un aprendizaje en la vida que consiste en decodificar críticamente todo eso que has recibido en la infancia, de forma ideológica, acerca del mundo y de tu propia familia. Llega un momento en que esas verdades transmitidas ya no te sirven o las descubres como falsas. Ese es el momento de crisis, de ruptura, en el que uno conquista su propia autonomía y su madurez.
Pero sí, nacemos con esa carga de cosas que nos han contado sobre nosotros mismos y sobre el mundo, que obedecen muchas veces a una necesidad de las familias de protegerse o de adquirir un estatus del que se sienten inseguras. A eso se refiere esa frase.
Usted decía en una entrevista que uno de los temas del libro es la presencia del pasado en el presente. Hago dos preguntas en una: ¿por qué ese interés en esa influencia del pasado y también en el ejercicio de la memoria?
Yo me pregunto por las maneras en que el pasado se proyecta en el presente, pero eso no quiere decir que sea un devoto del pasado. Todo lo contrario: soy bastante reacio a esa melancolía que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor.
A pesar de que el presente que vivimos ofrece vetas muy siniestras y preocupantes, que nos están llevando a momentos históricos difíciles, gracias a personajes tan oscuros como Trump, tiendo a mirar el mundo con optimismo. Puede que haya cosas en las que seamos peores que antes, como la pérdida de capacidad de concentración para leer, pero suelo resaltar lo positivo.
Lo que me interesa es el fenómeno de cómo se proyecta el pasado en el presente. Yo nací en una familia en la que me faltaban las dos abuelas; jamás conocí a mis abuelas y, sin embargo, de una manera extraña —y mi familia no es peculiar en eso—, me fueron transmitidas casi como si estuvieran vivas.
Cuando somos pequeños nos hacen creer en los Reyes Magos y luego descubrimos que no existen. Durante unos años no vivimos la realidad de manera pura, sino filtrada. Los padres tejen un muro de protección para que el niño no sienta el mundo como una amenaza. Ese muro te hace creer que el bien triunfa sobre el mal, y luego eso se desmorona.
De ese muro forman parte también los mitos familiares: historias que justifican la posición de la familia en el mundo, ya sea diciendo que antes fueron importantes o que se hicieron a sí mismos desde la miseria. Las familias encuentran miles de maneras de legitimar el discurso ideológico que transmiten a sus miembros.
¿Por qué llamar al libro y a su familia Los ilusionistas?
Porque es una familia peculiar, aunque este tipo de libro podría hacerse sobre cualquier familia. Lo que me interesa es el sujeto familiar como centro de conflictos, de amor y de transmisión.
En el libro hay siete personajes. Uno soy yo, que aparezco de manera transversal, como receptor y emisor del legado. Luego está el origen, los padres, y los ilusionistas propiamente dichos, que son los cuatro hijos. Son personas inadaptadas que, para protegerse de la aridez de la vida, han creado realidades alternativas.
La paradoja es que muchas veces esas realidades alternativas han sido más rudas que la realidad misma. Han vivido en el alambre, practicando el ilusionismo, evadiéndose y creándose personalidades que los protegieran. De ahí viene el título: practican el ilusionismo, sobre todo frente a sí mismos.
Usted dice que la infancia se vive como si no fuese totalmente nuestra...
Siempre me ha parecido curioso sentir que era básicamente la misma persona cuando tenía ocho años que ahora, con más de cincuenta. Tengo las mismas fallas de carácter, las mismas inseguridades, las mismas apetencias, aunque el tiempo me ha permitido aprender muchas cosas.
¿Cómo conciliamos eso de ser los mismos en un lugar remoto del corazón con haber cambiado? La infancia es muy importante porque nos forma y nos da claves para atravesar la vida. La vivimos como si no fuese del todo nuestra porque la vivimos muy protegidos. Nos hacen creer en un mundo irreal para que seamos buenos, prometiéndonos recompensas.
Luego descubres que en la vida real muchas veces los malos obtienen recompensas y los buenos no. Todo eso te hace vivir un poco de prestado, condicionado para evitar peligros, y en ese sentido lo decía.
Enfrentarse a la historia de la familia implica conocer recuerdos difíciles o desmitificar figuras. ¿Cuáles son los retos de contar esa historia y exponerse como escritor?
A veces se piensa erróneamente que la ficción es invención. Yo creo que la ficción tiene más que ver con cómo recreas que con inventar o no. Muchos escritores escriben sobre sus propias vidas y, aunque no inventen hechos, hacen ficción en el sentido de recrear literariamente ese material.
El biógrafo escribe desde un presente estático. La novela, en cambio, es un personaje que sale al camino y al final es distinto de como empezó. El Marcos que empieza Los ilusionistas no es el mismo que lo termina. Ahí hay un cambio narrativo.
Escribir sobre la propia familia implica un pacto distinto con el lector y con el material, porque atañe a otras personas y a intimidades. A veces hay que renunciar a un libro si el daño es mayor. Yo no me he visto en esa tesitura, pero si hubiera pensado que dañaba gravemente a alguien, no lo habría hecho.
Estoy hablando de una intimidad muy ceñida y de personas comunes, con zonas grises. La realidad humana no es blanca ni negra. Combino una honestidad radical —mostrar toda la complejidad— con una mirada piadosa y comprensiva, porque al final hablo de la fragilidad de la condición humana.
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