
Cuando apenas estaba en el colegio, una niña la empujó y le dijo “aquí no jugamos con negras”. La contundencia de la frase la marcó para siempre y le hizo entender, muchos años después, que la historia de su piel la incluía a ella, a su papá, a su abuelo, y al abuelo, del abuelo, del abuelo de su abuelo.
“La historia de mi piel” podría ser uno de los libros más personales de María Gómez Lara, pero también es el símbolo de una historia que la trasciende y así mismo lo reconoce la autora, que entendió esto también viviendo en España y siendo testigo de cómo cada 12 de octubre se celebra en ese país la hispanidad cuando de este lado del mundo es la fecha que marca la colonización y la barbarie.
¿En qué momento unió usted las experiencias de su vida para hacer este libro o cómo fue que se fue armando este poemario?
“Este es un libro que yo llevo varios años trabajando y es una historia que se fue ampliando. Es una historia que empezó siendo personal y se volvió colectiva; empezó siendo, digamos, propia y se volvió política. El origen de este libro es la historia de mi abuelo paterno, que era negro. Yo no lo conocí, pero mi papá tiene una memoria extraordinaria y me ha contado muchos detalles sobre él. Entonces yo quería rastrear esa historia de mi abuelo, ¿no? Digamos, por casualidades de la genética, porque la genética es arbitraria, yo soy la más parecida a mi papá, es decir, la más parecida a mi abuelo, es decir, la menos blanca.
La raza no existe, o sea, biológicamente no existe. Es una construcción cultural, que además depende del contexto. Entonces, yo podría haber estado en el contexto equivocado; seguramente en otros contextos no habría sido percibida racializada, pero estaba en el contexto equivocado. Y también es una construcción cultural en la que le va la vida a mucha gente. Hay un verso en que digo que tengo el privilegio de que solo me persiga el lenguaje, es decir, a mí no me van a matar, espero, pero hay personas a quienes la violencia racista, la violencia policial, les cuesta la vida.
Se ha entendido que la norma es ser blanco, ser heterosexual, ser hombre, etc. Uno se pregunta cuando está, entre comillas, desviado, es decir, fuera de lo que se espera. Si alguien te dice desde afuera: “Es que tú no perteneces” o “es que tú no tienes derecho a estar aquí”, entonces ahí se activa, digamos, esa necesidad de pensar quién soy yo, cómo es ocupar el mundo con este cuerpo, cómo se percibe este cuerpo.
Yo llegué a vivir a España hace cinco años y cuando llegué pensaba que el libro estaba terminado porque ya había escrito varios poemas sobre mi abuelo, sobre mi relación con el cuerpo. Este es un libro escrito, digamos, desde la piel.
Pero me encontré con mi primer 12 de octubre. Y esa fecha es la fiesta nacional en España. Ellos lo llaman el Día de la Hispanidad, que a mí me parece muy complicado y muy problemático.
Entonces yo me di cuenta de que esta historia no empezaba con mi abuelo Federico. Esta historia empezaba con Cristóbal Colón, la esclavitud, la trata transatlántica de personas, el genocidio, el exterminio de los pueblos indígenas, la invasión de América.
El primer poema ya para mí es muy potente porque el primer verso dice: “No es culpa de mi papá…”. Empezar un poema sobre estos temas mencionando la culpa y liberando a tu papá de esto resulta conmovedor.
Mira, yo detesto la culpa. O sea, la culpa como emoción me parece paralizante, me parece complicadísima. Cuando recibimos una educación demasiado católica, está la culpa católica que nos dice: el pecado original, naciste con culpa. Y, además, cuando yo hablo de estos temas de racismo estructural, de colonialismo vigente en el presente, de discriminación, de xenofobia, porque aquí hay una cuestión de migración muy importante, las personas inmediatamente se van a la culpa individual.
Y me dicen: “Es que no es mi culpa, es que yo no hice nada, yo no soy racista, yo no estaba vivo en ese momento”, y todo eso es verdad, todo eso es cierto. Pero justamente la idea es que se trata, por un lado, no tanto de culpa, sino más de responsabilidad. Y seguramente no hay responsabilidad individual, es decir, las personas que están hoy vivas en el presente no tuvieron responsabilidad en esto, pero sí hay unas estructuras vigentes. Y sí hay unas estructuras en Latinoamérica. Si tú ves la jerarquía racial, es decir, si tú ves cómo se distribuye el poder y cómo se distribuyen los privilegios, es evidente que la estructura colonial sigue existiendo.
Entonces, me gusta más esta noción de responsabilidad que de culpa. Claro, yo empecé ahí ese verso: “No es culpa de mi papá que sean tantas las cicatrices”. Este es uno de los poemas que escribí hace mucho tiempo. Y ahí estaba pensando en un desamor, porque yo he escrito mucho sobre ese tema. Ahora que no tengo desamor, no sé qué voy a escribir (risas). Y he escrito también desde la tristeza, digamos. Casi todos mis libros fueron hechos desde la tristeza.
Este es el primer libro que es desde la rabia, pero entonces ahí, en ese verso, yo pensaba: claro, no es culpa de mi papá que yo tenga el corazón roto, él no tuvo nada que ver con esto.
“Vivo en un país en donde es todavía la fiesta nacional el día nefasto”, que es el 12 de octubre que mencionó. ¿Cómo fue en todos estos años explorar esa rabia que acaba de señalar e ir convirtiendo ese tema en poesia?
Por un lado, yo tengo una idea que es una generalización, seguramente habrá excepciones, pero creo que como escritora latinoamericana o escritor latinoamericano, si vives en España tienes dos opciones: o escribes de esto o te vas. O por lo menos yo lo sentía así. Puede que no todo el mundo, pero yo lo sentía así. Yo no me podía ir, o bueno, no me quería ir. También estaba en mi derecho de no querer irme en ese momento, de tener otras prioridades, pero es algo tan fuerte en la experiencia cotidiana de todos los días que acabas escribiendo de eso.
Yo no sabía lo del Día de la Hispanidad. No sabía tampoco, o era consciente, pero tal vez no era consciente de lo fuerte que es que esa sea la fiesta nacional. España no es el único país que colonizó, es casualmente el que colonizó el territorio del que yo vengo, pero hubo otros países que colonizaron. Que yo sepa, sí es el único que todavía celebra haber colonizado.
Es decir, que todavía tiene su fiesta nacional asociada a haber colonizado otros territorios. Me parece que Portugal es el cumpleaños del poeta Camões, y eso no quiere decir que Portugal no haya hecho atrocidades, por supuesto que sí. Pero el hecho de no problematizar hasta el punto de celebrar y de poner eso como una fecha de celebración… La primera vez que yo me lo encontré, cierran las avenidas, hay desfiles militares, hay aviones, es festivo, entonces no se puede ir a la biblioteca porque está cerrada.
Y yo sí creo que allá hay muchas personas que están en desacuerdo con esto. O sea, tampoco quiero generalizar y decir que todas las personas en España están celebrando esto porque no es cierto. Hay personas a las que no les gusta para nada esta fecha. Hay personas que piensan en esta fecha de manera superficial y solo dicen: “Ay, es un festivo, no tengo que ir a trabajar ese día”.
Y hay otras menos, espero que sean las menos, que sí lo ven como un motivo de orgullo. Y eso para mí es problemático y es triste. Y además es excluyente con los millones de latinoamericanos que ya estamos allá.
Haré esta pregunta porque está relacionada de alguna manera con lo que estamos hablando: el libro también toca el tema de la migración… Usted menciona casos de profesoras latinoamericanas que no contratan por no ser españolas, por ejemplo.
Este es un libro, digamos, migrante. Escrito desde la perspectiva migrante. Yo no me inventé nada. Todo lo que hay en ese libro me lo dijeron a mí o se lo dijeron a alguien que yo conozco. O sea, no hubo nada que yo exagerara por efectos poéticos. Y entonces eso ya te pinta el cuadro de la situación.
Es decir, que el racismo y la xenofobia son transversales. Que sean transversales no quiere decir que no haya privilegios en las maneras en las que nos afectan. Una cosa es que te afecte porque te matan y otra porque no te contratan en la universidad.
Eso no tiene la misma dimensión, pero sí tiene el mismo origen. Y yo quería en ese libro mostrar esa conexión. Entonces, es evidente que la manera como nos tratan a las personas migrantes en España está atravesada por la colonialidad. Es decir, que hay un centro del imperio. Porque, por ejemplo, y esto también, a mí un montón de veces me corrigen mis propios estudiantes que dicen: “Es que en español no se dice así, se dice asá”. Y entonces, ya decir —y no quiero generalizar de nuevo, esto es complicado con las generalizaciones—: España es la dueña del idioma porque este idioma es nuestro, y la RAE, por ejemplo, dice: “Esto sí se dice, esto no se dice”.
Y desde Madrid te decimos cómo tienes que hablar en Bogotá. Entonces, claro, ya la RAE incluye definiciones: “En Colombia se dice así”, pero la realidad es que es un mecanismo de control, es un mecanismo de control del habla, y el lenguaje se usó como herramienta de dominación.
El lenguaje se usó de manera muy violenta. Entonces, por eso a mí me parece que no es menor que hoy, en el presente, nos corrijan nuestra manera de hablar. Y, por otro lado, ahí, no sé si se entienda, pero espero que sí, hay una referencia al genocidio en Gaza que está siendo perpetrado con exactamente los mismos argumentos coloniales, para que nos digan que esto ya no existe.
Es decir: esta tierra es mía porque me la dio Dios y tú, que estás ahí, no tienes derecho a existir, eres menos persona que yo y te extermino. Porque lo que está pasando en Gaza es un genocidio que viene del pensamiento colonial, que está muy vigente hoy.
El auge de la ultraderecha en el mundo es muy preocupante. Por eso yo quería publicar este libro en Colombia, en Latinoamérica primero, y quería publicarlo pronto, porque me parece que la ultraderecha está llegando a todas partes. Es muy preocupante esta deshumanización del otro, esta violencia.
“Nosotras no jugamos con negras”. Ese suceso que menciona en el libro ocurrió en la infancia, y lo que resulta impresionante es que un gesto tan violento como ese suceda a tan temprana edad.
Bueno, por un lado, a mí sí me da miedo la crueldad de los niños y niñas. Esa es una de las razones por las que me gusta ser profesora universitaria y trabajar con adultos, que también pueden ser crueles de otra manera, ¿no? Pero, digamos, los niños y niñas todavía no tienen filtro. Entonces, a mí me han dicho muchas cosas racistas a lo largo de la vida, pero esa es la más explícita. O sea, esa es la única vez que me han dicho algo tan explícitamente como: “Nosotras no jugamos con negras”.
A mí me han dicho: “Ay, alízate el pelo porque es que así no estás peinada”, “cuidado con el sol, que se te oscurece más la piel”, “no, es que en esta universidad solo contratamos doctores españoles”. Todas esas cosas son racistas, pero es un racismo disfrazado. En cambio, ese es el racismo explícito. Ahora, yo no creo que esta niña fuera cruel por naturaleza, sino que simplemente lo escuchó de sus papás.
Es decir, no me parece que el racismo sea algo con lo que nacemos, sino que ella en algún lado lo escuchó y en algún lado le pareció que ese era el orden del mundo. No quería ser cruel conmigo ni causarme un trauma que me llevara a escribir un libro, evidentemente, pero digamos que sí es una muestra.
Hablemos de algunos de los personajes a los que les rinde un homenaje. Usted le dedica, por ejemplo, un poema —y al final es muy clara la mención— a George Floyd. También hay otro en el que habla de Billie Holiday
El caso de George Floyd fue terrible y, digamos, fue un caso de violencia policial, violencia racista evidente. A Floyd lo asesinaron por ser negro. Digamos que en muchas partes del mundo la policía asesina a personas negras o racializadas por perfil racial. Ahí es cuando yo te decía de esa conciencia del privilegio, es decir, a mí no me cuesta la vida esto. Que te digan una cosa racista, pues duele, pero puedes seguir adelante; que te maten, no.
Entonces, ese poema que se llama A veces pienso en ella es un poema sobre ese episodio de racismo que yo tuve de chiquita y sobre George Floyd, porque justamente yo quiero hacer ese reconocimiento de que a algunas personas esto les cuesta la vida. Es decir, que el racismo mata a la gente, las personas racistas matan a otras personas por el color de su piel.
Reconocer mi propio privilegio. Es decir, yo estoy en un lugar en que a mí no me van a matar, pero hay gente que sí. Entonces, por eso quería dedicarle el poema a George Floyd, porque, claro, la violencia racista creo que se parece —y también es distinta— a la violencia machista. Me parece que hay mucha más conciencia del machismo que del racismo, mucha más. Pero se parece en que funciona como una escala, digamos, y la punta del iceberg es que te asesinen. Pero todo lo demás está conectado y todo lo demás hace que sea posible el asesinato.
Para que haya un feminicidio, primero hay manipulación, primero hay violencia psicológica, violencia física, violencia sexual, feminicidio, pero es que abajo hay chistes machistas: “¿Por qué no te ríes si es chistoso?”. Entonces, lo que llamamos micromachismos o microrracismos no es que sean micro, pero hacen parte de una estructura que permite que se llegue al asesinato.
Y con el racismo ocurre algo parecido. Es decir, el asesinato racista afortunadamente no es la norma, no le pasa a todo el mundo, pero sí hay toda una base de personas a quienes les dicen lo que me han dicho a mí, a quienes insultan, a quienes discriminan, a quienes excluyen, y todo eso va construyendo y va haciendo posible la violencia del asesinato. No estoy diciendo que sea equiparable lo uno con lo otro, pero sí viene del mismo lugar y eso era lo que yo quería mostrar en ese poema.
¿Y el homenaje a Billie Holiday?
La amo, simplemente. O sea, es una de mis artistas preferidas. A mí me gusta mucho Billie Holiday. Me parece que tiene una voz impresionante. Sus canciones a mí me conmueven. Por ejemplo, esta canción que ella interpreta, que se llama Strange Fruit, que es una canción sobre el racismo, sobre los negros que colgaban de los árboles en Estados Unidos. Dolorosísima.
A mí también otra cosa que me preocupa cuando se habla de racismo es poner a la gente negra solamente en el lugar del pobrecito porque los esclavizaron y los secuestraron. Sí, obvio, por supuesto. Billie Holiday era una artista excelente, era una artista conmovedora, que pudo transformar una cantidad de dolor en arte y una cantidad de dolor en belleza, y por eso me gusta tanto.
El libro también está lleno de citas y de epígrafes, y la mayoría son de mujeres negras. Y eso también era un gesto político, porque si tú le preguntas a cualquier persona quién es tu escritor o escritora preferida, la gran mayoría de la gente te contesta a un hombre blanco. Excepcionalmente te contestan a una mujer. Pero casi nadie te contesta que una mujer negra. Entonces, yo sí quería establecer un diálogo en este libro. Por supuesto, hay unas poquitas y hay muchísimas más.
“Sé de mi abuelo que murió joven, sé que mi papá gastó su primer sueldo en comprarle la lápida, sé que se la robaron y que eso a mi papá le duele tanto todavía”. Hablemos también de ese homenaje, si se le puede llamar así, que les hace a su abuelo y a su papá en este libro.
Yo quiero que sea como un homenaje, porque la historia de mi papá es una historia que a mí me conmueve. Todo lo que él ha conseguido en la vida me conmueve. Efectivamente, mi papá es excepcional. Nació en Chaparral, Tolima, con todas las desventajas estructurales que tú te puedas imaginar en el mundo, y él logró superar esas desventajas estructurales, estudiar, pagarse los estudios con una beca, trabajar al mismo tiempo, mantener a la abuela, a los hijos, a todo. Y él logró hacer esto y logró, digamos, ocupar un lugar en la sociedad en el que él no tenía derecho a estar.
Él logró hacerle trampa al sistema y llegar ahí. Mi papá no quiere decir que no exista el sistema. Es decir, el hecho de que haya una persona que logró sobrepasar todos esos obstáculos no quita los obstáculos. Entonces, yo sí quiero hacerle un homenaje a mi papá por su excepcionalidad, por haber logrado lo que ha logrado en la vida, y también quiero denunciar esos obstáculos. Y quiero denunciar que la solución no es decir: “Ay, pero si este lo logró”, sino ser consciente de la estructura que impide que la gran mayoría lo logre.
Esto también, digamos que este poema o este libro, es una especie de carta de amor a mi papá. Es decir, de querer reconocerme en él, de querer reconocer la herencia, no solo la herencia genética, la herencia de la piel. El sentido del humor también se lo saqué a mi papá, creo, aunque el mío es un poquito distinto.
Y de mi abuelo paterno, pues yo no lo conocí. Él murió antes de que yo naciera. Por lo que me cuenta mi papá, quisiera haberlo conocido y también por eso quería hacerle este homenaje.
“A veces intuyo que la piel tiene memoria, que la memoria se hereda”. ¿Cómo pensó esa relación entre piel y memoria?
Mira, yo eso no te lo puedo explicar racionalmente, pero lo sentí. Me acuerdo exactamente del día en que pasó. Como en 2016, yo ahí ya había empezado a pensar en esta historia de mi abuelo paterno, de dónde viene, y fuimos a un lugar en Ghana, que era el puerto de donde sacaban a las personas esclavizadas, o sea, las personas que esclavizarían, secuestrarían, torturarían, etc. Hay también una parte en el poema en que yo hablo de todas las que murieron en el mar, que fueron muchas.
Era como un puerto y tenía un espacio subterráneo en donde hacinaban a la gente, a las mujeres las violaban. Bueno, era terrible. Y ese lugar lo llamaban los ingleses The Door of No Return, la puerta sin regreso. Cuando yo estuve en ese sitio, a mí me dolió todo. O sea, me dolió el cuerpo en todas partes. Y ahí fue cuando yo sentí esto de que la piel tiene memoria, la memoria se hereda. Cuando estuve en ese sitio me dolió absolutamente todo y sentí que escribir este libro también era una manera de regresar. Era, digamos, un homenaje a todas las personas que no pudieron hacerlo.
De ese lugar, concretamente en Ghana, era de donde sacaban a las personas secuestradas que luego esclavizarían, que llevarían a Colombia. Mi especulación era pensar: yo vengo de ahí. Y no es especulación al final, vengo de ahí. Es decir, no sé cómo ni cuándo, porque obviamente también el registro es un mecanismo de poder y solamente registran a quienes son considerados personas.
El libro también es una exploración del dolor, del dolor físico, también del emocional o del psicológico, si se quiere.
Es que casi siempre escribo sobre el dolor. No sé si alguna vez vaya a escribir poemas sobre los pajaritos, que son muy lindos. Pero yo casi siempre acabo escribiendo lo que más me duele en ese momento. Creo que las dos cosas que más me molestan en la vida son el machismo y el racismo. Y en ese libro están las dos. O sea, es más el racismo, pero también hay una cuestión de patriarcado, hay una cuestión de violencia machista que también está ahí, de muchos tipos de violencia.
Hay gente que no cree tanto en el poder sanador de las palabras, y está bien porque no todas las palabras tienen que sanar, pero para mí sí. O sea, para mí no es que tengan que, pero me han sanado. Escribir poesía me ha sanado. Y también una cosa que yo hago mucho en los poemas es que, no sé por qué, pero me gusta usar este recurso de partir de anécdotas o de cosas de la realidad.
Casi nada de lo que está ahí me lo inventé, y luego se transforma en imágenes poéticas. Ese poema del dolor del cuerpo, ese es un poema sobre una otitis.
Una vez me dio una otitis terrible. Yo sufro de otitis y normalmente las niñas sufren mucho de eso, pero a mi edad adulta me siguieron dando. Y una de las primeras cosas que me pasó cuando llegué a España es que me dio una otitis que yo me estaba muriendo del dolor. Fui al centro médico y, por racismo y también porque estaban desbordados, no me quisieron mandar al especialista para que me hiciera un lavado del oído y me quitara el dolor, sino que me mandaron un analgésico que era un derivado del opio, así de fuerte. Y era tan fuerte el dolor que no me lo quitó. Al final pagué un especialista privado.
Seguramente, si me mandan al especialista, me quitan el dolor y ya no tengo que escribir el poema. Pero eso sí me hizo ver cómo podía ser, digamos, el momento empírico del dolor de oído también una metáfora de otra cosa.
Terminemos con dos elementos: la relación del lenguaje con el cuerpo y también la alusión frecuente a las tamboras en este libro.
Son importantes para mí, es decir, las palabras y los tambores. Esta idea de escribir desde el cuerpo o escribir con el cuerpo es algo que a mí me obsesiona. La antología que publiqué en Frailejón se llama Palabras piel y es el título de un poema.
Entonces, a mí sí me gusta mucho pensar en unas palabras hechas desde el cuerpo o con el cuerpo, ¿no? Porque la poesía es el género literario que está más cerca de la música y que está más cerca de la sensorialidad. Es decir, tú cuando lees un poema te puede dar escalofrío, sientes algo físico, y entonces, por eso esa necesidad de escribir con el cuerpo o con la piel.
Y lo de los tambores, pues mira que pasó igual también esa vez que estuve en Ghana, cuando yo descubrí los tambores. O bueno, no descubrí, obviamente llevo toda la vida con los tambores, porque toda nuestra música aquí también tiene unos orígenes africanos, y a mí siempre me ha encantado bailar. Pero empecé a escuchar estos tambores y yo pensé: “Yo tengo que bailar esto”. O sea, yo me sentía como arrastrada por eso, y desde entonces yo hago danza africana del oeste de África.
Cuando llegué a Madrid encontré un lugar donde bailar antes que un lugar donde vivir. De hecho, en algún momento hablo de mis amigas de danza africana. Pero entonces, sí, también creo que tiene que ver con una coyuntura específica, y es que cuando yo empecé a bailar con estos tambores en vivo —porque además eso es muy emocionante, tú vas y están los tres tambores en vivo—, ahí no puedes pensar en nada sino en el ritmo, en el ritmo de los tambores.
Hay una parte en el poema en que yo hablo del ritmo exacto que te marca cuándo tienes que cambiar de paso, cuándo tienes que parar, y eso es como un lenguaje, el lenguaje de los tambores que tú escuchas. Es como una puntuación. Pero entonces, por casualidades de la vida, en ese momento fue cuando me encontraron el tumor en el cerebro, y mi preocupación era que iba a perder el lenguaje, y estaba pensando todo el tiempo en eso, porque además trabajaba como profesora de español básico, nivel cero, a gringos que no saben nada de español.
Con el estruendo de los tambores era el único momento en que no estaba pensando en el lenguaje: estaba pensando en el pie para allá, el brazo para allá y en el ritmo, en el pa, para, pa, pa, pa, y ya. Este libro yo lo quise escribir con el ritmo de los tambores, los tuve muy en cuenta cuando estaba escribiendo, cuando estaba leyendo los poemas, y quise darles, digamos, a estas palabras el ritmo de esos tambores también.
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Juliana(94626)•16 de septiembre de 2026 – 17:58Qué importantes todas las reflexiones que plantea sobre la segregación, la exclusión, el poder. Maravillosa su poesía!
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Lucila(60806)•16 de septiembre de 2026 – 17:53Marîa,tienes un corazôn de oro y una sensibilidad de pajarito. Me encantô esa charla-confesiôn,tan autêntica,sencilla y amorosa. Que te cuides mucho el oîdo y bailes por siempre!!!!He leîdo tus poemas y me encantan.Gracias.
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Alberto(3788)•16 de septiembre de 2026 – 17:06Profundas, muy sugestivas e inteligentes respuestas. Memorable entrevista. Gracias, María Gómez Lara.
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Berta Lucía(2263)•16 de septiembre de 2026 – 16:39Muy buena entrevista, María Gómez Lara; leeré su libro.